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miércoles, 25 de julio de 2012

EL GARRAMUÑO ABREVIADO

PETER BROAD
Indiana University at Pensylvania
Prólogo del libro inédito  

La literatura no puede alimentarse ni de ideas, ni de hechos históricos, ni de datos estadísticos, sino que halla su sustento en los seres contingentes, en el pequeño suceso, en la nadería cotidiana. La diferencia es que estos seres, sucesos y naderías, son elevados, por medio de una muy especial alquimia, a un nivel universal. De modo que al final resulta que lo cotidiano deja de ser lo cotidiano y se transforma en lo significativo (La cuadratura del huevo 11).
Marco Tulio Aguilera Garramuño escribió estas palabras hace más de veinte años en la “Nota preliminar” a una colección de ensayos literarios, y esta caracterización de la literatura es aplicable más que nunca a lo que está escribiendo. En sus cuentos para niños y en su Libro de la vida, los pequeños detalles de la vida de todos los días se elevan a un nivel de verdadero arte literario. Aguilera Garramuño no aborda las grandes corrientes de la historia en su obra. No pretende defender una ideología o criticar una política a través de su literatura, sino que busca en las interacciones de sus personajes un acercamiento a las ideas filosóficas y psicológicas que nos afectan en lo más personal de nuestra experiencia.
La génesis de esta actitud se encuentra en la experiencia vital del autor. Durante su vida ha sufrido los trastornos de la pérdida temprana de su padre, el desarraigo de los cambios bruscos de patria, y los efectos de una crisis profunda de adolescencia (narrada en su novela El juego de las deducciones). Si agregamos a estas experiencias los estudios de filosofía que siguió en Cali, tenemos una idea muy clara del origen del fondo psico-filosófico de la mayor parte de la obra garramuniana.
Hasta la fecha (2001), Marco Tulio Aguilera Garramuño ha publicado seis novelas y siete libros de cuento.  Otra novela, finalista al premio de novela de la editorial Alfaguara, se publicará dentro de poco, y dos más están listos para publicarse también. 
La primera novela, escrita cuando todavía estudiaba la licenciatura en Cali, fue Breve historia de todas las cosas, que apareció en Ediciones de la Flor en Buenos Aires en 1975. Posteriormente hubo una edición colombiana. Esta novela le ganó el premio nacional de novela otorgado por el Ministerio de Cultura de Costa Rica. Ofrece una visión panorámica, satirizada, de la vida de San Isidro del General, Costa Rica, lugar donde Aguilera Garramuño terminó el bachillerato.
Esta primera novela tiene una estructura muy flexible y una trama no muy visible.[1] Los dos fenómenos se deben, seguramente, a la forma en que se escribió, que Aguilera Garramuño describe así:
Al inicio no fue más que un relato largo, abigarrado, en el que contaba la historia del hijo subdotado de un músico [Californio el Simple]. Al lado del relato, a manera de ramas, aparecían varios personajes, numerosas anécdotas, todos ellos inexplotados (Nacimiento de una novela 7).
Es decir, empezó con un tema, sin tener idea de la meta de su relato, pero luego, sin haber desarrollado este tema hasta el final, se dejó llevar por temas laterales, ramazones, hasta que, al final se perdió casi por completo el tema original entre el follaje agregado.
El resultado es un retrato de San Isidro del General, Costa Rica, desde los años después de la revolución de 1948 hasta aproximadamente la primera parte de los años setenta, a través de una serie de anécdotas, más o menos conectadas. Es una representación no sólo de los personajes más exóticos del lugar, sino del desarrollo de un pueblo que, en su aislamiento relativo, también participa de todas las corrientes más importantes que fluyen por las naciones latinoamericanas en este siglo. Jorge Ruffinelli, en su reseña en La palabra y el hombre, define estas corrientes como: “el gremialismo, la rebelión estudiantil, las relaciones amorosas, las pandillas, los clubes nocturnos, las orquestas de pueblo, los monumentos, los negros, los judíos...” (76). Podría haber mencionado también la burla que se hace de la iglesia, de los misioneros evangélicos y mormones, del macho latinoamericano, etc. “Todas las cosas” que se entretejen en esta novela se presentan, teniendo como telón de fondo un colorido tapiz que representa la gradual modernización, la construcción y pavimentación de la Carretera Panamericana y el paso incierto de pueblo a ciudad, en lo que podría ser un compromiso con la realidad sociológica, pero no lo es, pues no se presentan ni juicios ni soluciones posibles a la situación.
El próximo libro fue la primera colección de cuentos, Alquimia popular, publicado por Plaza y Janés en Bogotá en 1979. Ese mismo año publicó, en Monterrey, en el Instituto de Artes de la Universidad Autónoma de Nuevo León, una colección de artículos de teoría literaria, titulada La cuadratura del huevo. Los cuentos incluyen elementos derivados de las experiencias de Aguilera Garramuño en Cali, en Guadalajara, en Kansas y otros lugares.  Incluye también lo que podría ser el borrador de una novela que nunca llegó a publicarse. El libro de ensayos es una manifestación clara de la constante preocupación del autor con el arte literario.
Seis años más tarde, en 1985, vio la luz la segunda novela, Paraísos hostiles, publicada por Leega Literaria en México.  Esta novela, según el autor, tuvo su origen en sus experiencias en una inverosímil casa de huéspedes en Monterrey: “Es una novela que yo viví en una casa en Monterrey, ... en la casa de Bartola, durante dos años en un período de miseria económica. Y todos los personajes, o casi todos los personajes, que aparecen en esa novela fueron personas que compartieron mi vida allí” (Gutiérrez 46).[2]
Los sucesos de la novela se desenvuelven en, y en torno a, la casa de huéspedes. Es un laberinto, con infinidad de patios interiores, cuartos, pasillos y lugares inexplorados. Allí habita una enorme variedad de personajes cuyo único rasgo común es la penuria. La casa de Bartola desempeña en Paraísos hostiles un papel parecido al de San Isidro en Breve historia..., aunque en este caso se trata de un lugar ficticio. Al juntar a un grupo tan variado de personajes en un lugar cerrado, la casa crea las condiciones propicias para toda clase de relaciones personales, las cuales son la base de la acción de la novela.
Este lugar, que de algún modo separa a los personajes del resto del mundo, es el “paraíso hostil” del título, un mundo aparte, un edén en el que rigen las leyes de la naturaleza. Allí sucede lo que sucedía en los primeros tiempos del mundo. De ese sitio salen los que logran sobrevivir, los que de algún modo son los más fuertes. Este tema darwiniano se establece en un epígrafe, cita del Origen de las especies, con el que se inicia el libro:
Batallas tras batallas han de repetirse continuamente con diferente éxito, y, sin embargo, tarde o temprano las fuerzas quedan tan perfectamente equilibradas, que el aspecto del mundo permanece uniforme durante largos períodos de tiempo, a pesar de que la cosa más insignificante daría la victoria a un ser orgánico sobre otro.
En el mismo año de la publicación de Paraísos hostiles, 1985, Aguilera Garramuño también publicó las primeras ediciones de Cuentos para después de hacer el amor.  Con este libro empieza la costumbre de hacer diferentes versiones de sus libros para Colombia y México.  Los cuentos de las dos ediciones son, en su mayoría, los mismos, pero no todos. Lo mismo hace con Cuentos para ANTES de hacer el amor, donde la versión colombiana es muy diferente, y con su última novela publicada, titulada Buenabestia en Colombia y Las noches de Ventura en la edición mexicana.  En este último caso, no hay diferencias notables entre los dos textos. Cuentos para después de hacer el amor es el libro de nuestro autor que más éxito ha tenido, con una edición mexicana y cuatro colombianas, todas cambiadas en un aspecto u otro.  Las ediciones colombianas también han tenido numerosas reimpresiones.
La próxima novela de Aguilera Garramuño, publicada en 1988 por la editorial de la Universidad Veracruzana, es Mujeres amadas. Aunque claramente una obra de ficción, Mujeres amadas es la autobiografía novelada de Marco Tulio Aguilera Garramuño desde que dejó Cali para estudiar en la Universidad de Kansas (ficcionalizada con el nombre de “Stillwater” en la primera edición[3]), pasando por su estancia en Monterrey, hasta su llegada a Xalapa, Veracruz, ciudad donde actualmente reside. Narra las peripecias de un protagonista, Ramos, como estudiante y amante. Ramos se enamora de una estudiante mexicana, regiomontana, para la que siente una atracción tanto intelectual como física. Ella se llama Irgla, y Ramos la persigue por toda la novela, usando la narración de sus aventuras amorosas como medio de seducción. Al final, Ramos logra su meta, sólo para perder lo logrado con el descubrimiento tardío de que Irgla no era, realmente, lo que deseaba.
Varios críticos han comparado la armazón de Mujeres amadas con la estructura de Las mil y una noches, donde Ramos sería Scherezada y las aventuras que él le cuenta a Irgla serían comparables a los cuentos de la cortesana. Esta estructura no presenta complejidad alguna en el clásico de la literatura oriental, pero en Mujeres amadas sí. La complejidad se basa en el hecho de que Aguilera Garramuño, a diferencia del narrador árabe, no indica tan claramente los cambios de focalización en su narración, causando que algunos lectores hayan visto la estructura como confusa.
Desde luego, esta estructura narrativa no es lo que más ha llamado la atención con respecto a Mujeres amadas. Lo que causa más efecto en todos los lectores es el erotismo, que a veces linda con la pornografía, pero en otras ocasiones se presenta como anécdota humorística, o simplemente como una tensión que subyace a las interacciones entre personajes. Aguilera Garramuño ha afirmado en más de una ocasión que hizo un estudio profundo, o por lo menos amplio, de la literatura erótica como preparación para escribir esta novela. También se supone que incorporó sus experiencias personales. De todos modos, se percibe en este texto un interés tan intelectual como humano en los asuntos del amor.
En términos de publicaciones, ésta es la época más productiva de Aguilera Garramuño.  Después de Mujeres amadas, publicó en los próximos doce meses dos novelas más: El juego de las seducciones (México, 1989), y Los placeres perdidos (Colombia, 1989–edición mexicana, 1990).  Son dos novelas realmente diferentes.
Durante quince años o más, mientras publicaba Breve historia de todas las cosas, Alquimia popular, Cuentos para después de hacer el amor, Paraísos hostiles y Mujeres amadas, Aguilera Garramuño trabajaba en una novela bastante diferente de sus otras obras.[4] Finalmente, en 1989, esta obra “secreta” vio la luz con el título de El juego de las seducciones. Se trata de una novela profundamente psicológica, con reminiscencias de Dostoievski y de Kafka. Hace uso de los mitos de Edipo, de Narciso y de los orígenes del mundo. Pero, más que nada, es una novela íntimamente personal, que gira en torno a la crisis de adolescencia de un personaje complejo.
El juego de las seducciones se presenta como la autobiografía del personaje Alejandro Rivera Barbieri, alter ego obvio del autor. Lo vemos a él, y vemos a su familia, desde su primera infancia (e incluso antes, pues tenemos también mucha historia de la familia) hasta que sobrevive una crisis de identidad cuando todavía cuenta con menos de veinte años. Es la historia de una familia muy singular, venida, poco a poco, a menos después de la muerte del padre. Seguimos sus pasos desde Colombia hasta Estados Unidos y de allí a Costa Rica. En Costa Rica el protagonista, al terminar su bachillerato y viendo la necesidad de contribuir a la economía familiar, y con la intervención de su madre, consigue un puesto como maestro rural en Sidón, una aldea remota al sur de Costa Rica. A raíz de sus experiencias en el pueblo, sufre una crisis psicológica que le mete en una profunda depresión, de la que sale poco a poco. En una escena que se presenta como una metáfora de su relación con una criada, se describe el trastorno interno de Alejandro que está al centro de la novela, y su eventual resolución:
Una imagen podría dar idea de la batalla que estaba librando: el espectáculo de un remolino de proporciones asombrosas al pie del acantilado, la descripción detallada de la atracción terrorífica e ineluctable que ejerce sobre barcos, peces y cuanto se halle en su radio de acción, la frialdad del narrador que se atreve a mirar por segunda vez aquel vórtice en el que estuvo una vez, y, por encima de todo lo anterior, el relato de ese girar lento hacia el fondo, la bruma que se eleva desde la profundidad y que forma un arcoiris con la luz de la luna. Eso, precisamente eso, era lo que me estaba sucediendo, pero a diferencia del narrador del cuento de Poe, durante los dieciséis años de vida que llevaba, nunca, nunca había alcanzado la posibilidad de mirar el abismo desde el acantilado sabiendo que tarde o temprano, si se aprende a vivir con paciencia y serenidad, todo lo que se sumerge vuelve a salir a flote (233-234).
Los placeres perdidos, la otra novela publicada ese año, reúne las mismas características que las dos primeras novelas, Breve historia... y Paraísos hostiles, (caricatura, personajes estrambóticos), pero les añade un personaje central y una trama más o menos tradicional. Con esta novela Aguilera Garramuño ganó, en 1988, el Premio Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera en Colombia. Al presentarse para el premio llevaba el título de Venturas y desventuras de un frenáptero.[5] Se mejoró el título al publicarse, pero el título original revela claramente la naturaleza de esta novela: es un título de novela. Se trata, de hecho, de una novela que venía trabajando Aguilera Garramuño desde hacía mucho tiempo, pues ya en su segundo libro, la colección de cuentos, Alquimia popular, se incluyó un borrador de las primeras páginas bajo el título de “Biografía parcial de un frenáptero.” Su ubicación en Cali sugiere también una larga gestación, pues cuando se publicó la novela en 1989 el autor ya llevaba más de una década fuera de Colombia.
La trama de la novela sigue la trayectoria vital del protagonista, el “frenáptero” Adolfo Montañovivas. Lo vemos crecer desde su casta y frenética adolescencia hasta que se convierte en un adulto, tiene una relación amorosa estable, y espera la llegada de un hijo. Aunque sus experiencias lo tranquilizan hasta cierto punto, es, todavía un ser libre de mente alada al final del libro.
Como lo han notado casi todos lo que han escrito sobre su obra, hay una fuerte corriente erótica en el arte de Aguilera Garramuño, que a veces algunos, erróneamente, han tachado de pornografía. En Los placeres perdidos el amor sexual, que existe en gran porcentaje de sus versiones, siempre es algo positivo. Las relaciones verdaderamente duraderas que termina teniendo Adolfo son con Albamarina. La primera vez que hacen el amor, que parece ser la primera vez que Adolfo llega a completar el acto, Aguilera Garramuño se deleita en prolongar la descripción durante unas quince páginas, descripción que se interrumpe repetidamente para narrar otras cosas no relacionadas con la escena de amor, como si estuviera jugando con sus lectores. En esta descripción también demuestra el puro placer que le dan las palabras con las que narra este acto de sensualidad completa. Después de lo que parece un larguísimo tiempo desnudos, empieza el acto final:
·         ¿Y ahora?
·         Eso pregunto.
·         No comprendo muy bien el juego de la vida–confesó Adolfo–. Tengo muchas ideas confusas. He visto películas en las que las mujeres suspiran y se les acaballan a los hombres. Ehem, ¿qué tal si haces eso? (150).
Una vez que Albamarina ha subido, Adolfo empieza a pensar, y le hace preguntas, pero Aguilera Garramuño ya no puede permitir que escape, y, con palabras escogidas más por el efecto de ligero humor que por su claridad descriptiva nos cuenta lo que pasó:
Alba estaba ocupada en otros menesteres menos teóricos. Buscó mejor acomodo. Su territorio interior, allende el bosque de helechos, se ciñó sedoso al divino calvo de su amado. Sonrió al sentir que el milagro de la naturaleza estaba invadiendo su campo florido y que éste destilaba rocío de amor (150).
Y así; la descripción del acto continúa por casi una página más.
Y es precisamente este deleite en el lenguaje que constituye el otro factor, además del erotismo, que más se ha notado en toda la literatura de Aguilera Garramuño. En Los placeres perdidos el gozo del lenguaje llega a veces a niveles orgiásticos. En esta novela, como en pocas, el lenguaje de la narración es fiel reflejo de lo más sustancioso del contenido. Adolfo Montañovivas, y, por medio de él, Marco Tulio Aguilera Garramuño, ejemplifica y proclama la libertad absoluta como obra de arte.
La novela más reciente de Aguilera Garramuño–Buenabestia en la edición colombiana, La noches de Ventura en la mexicana–es también la primera que refleja plenamente su residencia en Xalapa. Como Mujeres amadas, tiene como tema central la relación entre la vida y la literatura en un contexto del más alto erotismo, pero en ella se nota menos el peso de la investigación en textos clásicos y se aprecia una profundización en el concepto artístico.  Como lo indica el segundo título–Libro de la vida I–esta novela se proyecta como la primera de una serie. (Las dos últimas novelas de la serie están por publicarse, probablemente en 2002. La segunda lleva el título de La hermosa vida, y la publicará el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y la tercera, que será publicada por la Universidad Autónoma de Puebla, se llama La pequeña maestra de violín). Esta novela dio sus primeros pasos como contribución semanal a la revista xalapeña Línea. Allí, empezando con el número tres de la revista, correspondiente al 17 de junio de 1988, se publicó cada semana durante la vida de la revista, una página de divagaciones entre imaginarias y autobiográficas. Las entregas semanales en Línea llevaban como título “Diario de un frenético.” Retrataban y parodiaban cruelmente el ambiente intelectual y artístico de Xalapa.
Buenabestia / Las noches de Ventura está construida con base en la tensión entre escribir y hacer. Se trata de un período en la vida de un escritor, Ventura, en que está tratando de escribir una gran novela al mismo tiempo que es asediado constantemente por la necesidad de satisfacer sus deseos eróticos. En un nivel, es una novela episódica, pues seguimos una serie de aventuras del protagonista en su búsqueda de satisfacción física y amorosa. Al mismo tiempo es una novela de evolución del protagonista, quien se analiza constantemente, que termina enamorándose de verdad, sólo para descubrir que ese amor no va a prevalecer. También es una novela que se parodia a sí misma: Ventura escribe una novela por entregas que paralela sus obsesiones de forma caricaturizada y que está intercalada entre las aventuras referidas. Los otros personajes leen las entregas de esta segunda novela en el diario, y lo que leen afecta su relación con Ventura. (Esta novela intercalada está incluida en la presente colección bajo el título de la “Historia completa de Ranita.”)
A Aguilera Garramuño le preocupa en sumo grado, como hemos visto, el arte literario. Siempre hay para él una vinculación muy estrecha entre la literatura, que es una expresión artística, y la vida, y nunca ha podido, por mucho que haya escrito sobre el asunto, establecer una separación entre las dos. Ya desde sus primeros años como escritor, publicó sus ideas sobre lo que es, o debe ser, la literatura, y sigue hasta la fecha dando conferencias y talleres en que presenta sus ideas sobre el arte de escribir. En la propuesta que presentó en 1999 al Sistema Nacional de Creadores de México para solicitar una beca, describió así el proyecto para las novelas que componen El libro de la vida: “No será un libro de gran complicación formal, sino de trabajo minucioso sobre la prosa y de una construcción milimétrica de la estructura. Buscaré básicamente la transparencia en la escritura y la claridad expositiva en las ideas.”
En otra ocasión, en una entrevista, publicada en una revista brasileña, dice con respecto a su público:
É esse o sentido que geralmente tento passar para os leitores desprevenidos. Apunhala-los pela espalda e logo surpreende-los com a novidade de que não são um escritor erótico, escandaloso, exibicionista, ou dado a temas truculentos, sou um escritor sério, disciplinado, que mede cada uma de suas palavras (Simões 3).
“Que mide cada una de sus palabras.” En esta frase tenemos la clave para entender el estilo de Aguilera Garramuño. Más que nada, lo que caracteriza este estilo es el cuidado y el gozo con los que Aguilera Garramuño escoge su vocabulario, inventa sus neologismos, da vida a sus personajes e insinúa su concepción del mundo y del arte. Andrés Garza, en una reseña de Cuentos para después de hacer el amor, el libro del autor que más éxito de ventas ha tenido, dice: “Marco Tulio Aguilera Garramuño es un romántico que parece estar haciéndole el amor a las palabras.”
Y es una indudable característica del estilo de Aguilera Garramuño; está enamorado de las palabras que le facilitan sus obras y las trata, las acaricia y las domina de una forma casi impúdica. En este afán de buscar un lenguaje exacto, pulido, original y expresivo vemos al máximo grado la emoción, la pasión con las que Aguilera Garramuño se esfuerza para crear sus obras.
Considérese, por ejemplo, esta oración en dos versiones que demuestran de forma muy clara el esfuerzo, hasta el cariño con el que Aguilera Garramuño se acerca a su prosa. Viene de “El suave olor de la sangre,” que apareció por primera vez en las ediciones primeras de Cuentos para despues... y que forma parte de esta antología.  Citamos aquí de la edición colombiana de 1985. El narrador-protagonista, que está asaltando un autobús con una pandilla de hombres vestidos más o menos de neo-aztecas, se dirige a los pasajeros: “Como podrán notar si miran con cuidado a lo largo de la extensión de este vehículo automotor hay la cantidad de trece jóvenes sonrientes y armados con puñales, dagas, macanas, llaves inglesas, picahielos, cuchillos matamarranos y estiletes, de modo que lo más conveniente para la salud y el correcto tejido de la piel es que permanezcan en silencio, inmóviles y tranquilos como en misa.” Eficazmente el autor ha logrado comunicar la idea de que se trata de una persona que trata de elevar su discurso a algo más que una simple amenaza de asaltante pero que carece de una formación adecuada para hacerlo. Así dice, por ejemplo, “vehículo automotor,” frase de resonancia cuasi-jurídica. También refuerzan este tono las palabras excesivas que emplea, como “a lo largo de la extensión de” y “la cantidad de,” frases que sólo sirven para resaltar el carácter del discurso y no para comunicar.
Cuando reescribe este cuento para Cuentos para ANTES... (edición colombiana), Aguilera Garramuño hace unos cambios sutiles pero eficaces en la oración: “Como podrán notar si miran con cuidado a lo largo de la extensión de este vehículo automotor hay la cantidad de trece jóvenes sonrientes y armados con puñales, dagas, macanas, llaves inglesas, picahielos, cuchillos matamarranos, estiletes y hasta inclusive martillos de emergencia, de modo que lo más conveniente para la salud y el correcto tejido de la piel es que permanezcan en silencio, inmóviles, tranquilos, como en misa, digo.” El primer cambio es la adición de otra arma, “y hasta inclusive martillos de emergencia.” Representa un reductio ad absurdum de una lista ya excesiva, precedida de una frase más de un ignorante que presume de cultura, “y hasta inclusive.” El otro cambio es el modo de terminar la oración, donde el efecto que se busca es devolver la expresión a un nivel más convincentemente hablado y menos literario. Comunica lo mismo que la primera versión, pero el autor ha vuelto a acariciar sus palabras, buscándoles otra arista de perfección.
Otro ejemplo de cómo trabaja Aguilera Garramuño su estilo se encuentra en las palabras con las que se abre “Cantar de niñas,” otro cuento que hemos incluido y con el que comienza Los grandes y los pequeños amores: “Con su noble sonrisa, plácida y segura, la vi ejerciendo una encantadora felicidad de niña.” Esta sencilla y rítmica oración, casi versos de romance (puede dividirse fácilmente en un heptasílabo, dos octosílabos y otro heptasílabo, con rima asonante entre los dos heptasílabos), establece un aire de tranquilidad y sobriedad que, quizás irónicamente, se desarrolla luego en una historia de la obsesión de un hombre mayor hacia una niña, al estilo de la Lolita de Nabokov, aunque sin llegar a cumplirse ningún acto sexual. Esta oración inicial le da al cuento el tono del epígrafe, unos versos de Antonio Machado:
Del romance castellano
no busques la sal castiza:
mejor que romance viejo,
poeta, cantar de niñas.

Es una apertura perfectamente lograda.
Sin embargo, no es la primera versión publicada del cuento. En las versiones originales de Cuentos para después..., aparece bajo el título de “Fruta verde.” Es el mismo cuento, pero el autor ha continuado perfeccionándolo. La primera oración de esta versión dice así: “Muy blanca, con su hermosa sonrisa plácida y segura, la vi ejerciendo una serena felicidad de niña.” Es también una frase bien hecha, pero los cambios la han mejorado notablemente. La tranquilidad está allí en las dos versiones, sugerida por palabras como “plácida,”“segura” y, en la versión original, “serena.” Pero, al sustituir “serena,” observación objetiva, con “encantadora,” interpretación subjetiva, Aguilera Garramuño ha logrado iniciar con una palabra la comunicación de lo que siente el señor al contemplar a esta niña. La frase “muy blanca” que inicia la versión original, aparte de su ritmo, no añade nada a la imagen que se va creando. En cambio la “noble sonrisa” eleva la imagen a un nivel de placer maduro, desarrollando así lo introducido en el epígrafe, que falta en la primera versión.
El cambio de título también es un logro. La primera versión, “Fruta verde,” subraya la lujuria implícita en la obsesión del señor. El título “Cantar de niñas” pone el énfasis en lo atractivo de la niña (y de las niñas en general). Es un cambio sutil, pero tiene el efecto de reducir lo que podría verse como grosero en la relación y elevar lo estético.
Otro rasgo de este estilo cuidado, en que las palabras son seleccionadas con mucha precisión, es el invento de neologismos. Son relativamente pocas las palabras que ha inventado Aguilera Garramuño, menos que otros escritores con este afán lingüístico, pero una vez inventadas se repiten con mucha frecuencia y sirven para identificar un elemento de gran importancia en la literatura del autor. La tres palabras garramunianas que más ocurren en su obra son “frenáptero,” “frenolito” y “saúd” (o “saúde” en algunas versiones). Esta última tiene todo un cuento (incluida en la antología) dedicada a ella: “”Los saúdes” de Cuentos para después... Se explica así, por lo menos en parte, su etimología:
De la palabra “saudade”, tienen los saúdes, el carácter indefinible que impulsó a otro poeta a decir: “Tem a palavra saudade, tristesa que outra palavra não tem”. Parafraseando al poeta diremos que tiene el saúd una belleza esquiva que ningún otro ser conocido posee (26).
Este concepto de belleza esquiva, junto con una idea de libertad absoluta, se manifiesta como ser humano con el concepto del “frenáptero,” palabra derivada de raíces griegas que significan “mente alada.” Así define Aguilera Garramuño no sólo al protagonista de Los placeres perdidos sino a toda la banda de amigos que lo acompañan en sus aventuras. Estas dos palabras representan un ideal de la persona absolutamente libre, no reprimida por las normas de la sociedad y, en el segundo caso, eternamente feliz. Su contrario es el “frenolito,” la persona con mente de piedra. (La importancia de este concepto para el autor se evidencia en el hecho de que en sus tarjetas personales se identifica como “escritor frenáptero.”)[6]
Este ideal de libertad espiritual será, junto con lo erótico, tema subyacente en la mayor parte de la narrativa garramuniana, y lo hemos usado para identificar un grupo de las obras incluidas en la antología. Pero, a diferencia del erotismo, el concepto del “frenáptero” contrasta con la forma de escribir, por lo menos en los últimos años. Si bien escribir es, para Marco Tulio, un acto erótico en sí, no es un acto libre. Controla al mayor grado posible todos los aspectos del lenguaje que emplea.
En una entrevista con el autor que se publicó en el periódico mexicano Excélsior, con motivo de la próxima publicación de Cuentos para después..., Aguilera Garramuño contrastó la manera en que escribía inicialmente, libre y frenético, con el modo de trabajar que desarrolló posteriormente:
Al principio se me hacía muy fácil escribir y lo hacía a carretadas y considerando que cualquier cosa que escribía estaba bien, pero a medida que va pasando el tiempo uno se va dando cuenta que eso no es la literatura, que la literatura es más un trabajo de destrucción como decía Hemingway. De destrucción del estilo que uno cree propio y no lo es. Uno tiene que destruir lo que ha creado para que la estructura se convierta en rompecabezas, en enigmas, entonces es cuando verdaderamente uno comienza a desarrollar lo que puede hacer y creo que mientras más difícil le sea a uno escribir mejor escribe (Maitret).
Esta destrucción, este rechazo constante de versiones hasta encontrar la más adecuada, la más exacta expresión posible, es lo que hemos visto en los ejemplos citados arriba.
Esta búsqueda del lenguaje exacto, este afán de crear un estilo personal, apropiado a lo que quiere comunicar en su narrativa, es parte de lo que llamara en una ocasión Aguilera Garramuño su contribución a la “dialéctica creativa de la sociedad” (Hacia una teoría...). Aunque niega tener interés en la historia, o como lo dice en otro lugar, le “interesa más la sicología que la sociología” (Peláez González), este mismo deseo de comprender las motivaciones de los que lo rodean lo inscribe dentro del contexto social desde el cual crea su narrativa. No escribe literatura de compromiso social, pero sí de arraigo en la sociedad.
Después de la prosa algo desbordada de Breve historia de todas la cosas, su primera novela, Aguilera Garramuño, ha ido descubriendo más y más la forma de presentar sus ideas de la manera más eficaz, creando un lenguaje literario cada vez más directo en su expresión, pero sin perder la originalidad que siempre ha caracterizado su escritura. Esta preocupación por la expresión de sus narraciones refleja el cuidado con el que desarrolla las ideas que se presentan en ellas. En la continuación de la propuesta para una beca ya citada, describe de forma muy clara su manera de acercarse a su escritura:
Será ... una novela de ideas: exploración en temas como el amor, la muerte, el erotismo, la naturaleza de las mujeres (si es que la tienen diferente al hombre, lo que creo firmemente), la naturaleza del hombre, los objetivos de la vida, Dios o su ausencia, etc. Muy importante será el trabajo sobre la tensión novelística: intentaré no repetir lo que considero errores que cometieron autores como Proust, Durrell o Miller (los excesos discursivos, la insistencia en temas históricos, las descripciones demasiado detalladas, el tono profético...). El trabajo que haré quiero que sea a alta presión: nada sobrante, solamente lo significativo, tendrá lugar en las novelas.
Es decir, piensa con mucho cuidado lo que va a presentar, está consciente de las ideas detrás del desarrollo de los personajes, y construye meticulosamente los relatos de sus narraciones. El resto, el mundo alrededor de sus novelas, no entra como elemento importante en sus consideraciones.
Aguilera Garramuño sí está consciente, por una parte, de su situación histórica; es decir, escribe desde la realidad que lo rodea, a veces sin siquiera ficcionalizarla, y no ignora los conflictos ideológicos que influyen en las vidas de sus personajes. Por otra parte, nada de esto es de gran importancia para sus novelas y cuentos. Sirve más bien de trasfondo, destaca en cierto modo el realismo de las narraciones, hasta podría verse como parte de una postura ante el mundo que se revela a través de sus palabras, pero lo central en todas las obras, sin excepción, son los personajes y lo que ellos revelan en lo más íntimo de su condición psicológica. 
Durante todos sus años como escritor, Aguilera Garramuño ha hecho referencias repetidas a este aspecto de su obra, al hecho de que lo importante par él son sus personajes y lo que revelan acerca del ser humano, y no los grandes temas históricos; ante cualquier tema extra-literario, prefiere poner su atención en lo íntimamente humano. Por ejemplo, en una entrevista que le hizo el escritor argentino Mempo Giardinelli, en la que se trata de identificar la nacionalidad de su obra sostiene que:
La discusión de políticas culturales y de la existencia de una cultura nacional es un asunto muy importante que, por el momento, no me interesa. Es un paquete demasiado complejo, para el cual no tengo ni tiempo ni formación, ni autoridad, ni capacidad. Prefiero ocuparme de mi propia intimidad y de la de los que me rodean.[7]
Lo mismo afirma en una entrevista publicada en la Hispanic Journal: “Lo que yo hago fundamentalmente es contar historias que involucran a personajes” (242). Y, un poco más ampliamente, en la entrevista que le hizo Carl Gutiérrez para la revista Chasqui, dijo:
Yo pongo todo lo que soy en cada cuento; y todo lo que soy es resultado de todo lo que yo he podido chupar de la realidad. Yo no soy una persona que tenga objetivos nobles. Yo no quiero ser bueno. Yo no quiero redimir a la humanidad. Yo quiero hacer obras atractivas, sugerentes, apasionantes, violentas, inolvidables. En ese sentido yo soy un romántico; yo soy un escritor romántico, no sé si trasnochado o en vigilia (48).
He aquí lo fundamental de la obra de nuestro autor: se centra en la persona del autor y en sus experiencias, y se dirige hacia un lector que busque satisfacción a nivel estético y en la representación, no en una visión de la sociedad.
Aguilera Garramuño recibió su formación literaria a través de la influencia de autores muy diversos. Él mismo reconoce su deuda a Borges, a Cortázar, a Rubem Fonseca y a García Márquez, entre otros.[8] Su primera novela, Breve historia de todas las cosas, se escribió también a la sombra de García Márquez. El juego de las seducciones tiene obvias resonancias, en lo psicológico, de Dostoievski. En otras obras se ven fácilmente elementos de otros grandes escritores, tales como Poe, Cervantes, Proust, Lawrence, Kafka, Rabelais; pero la influencia más clara en la mayor parte de las novelas es la de Henry Miller, autor a quien menciona con admiración desde sus primeros años de escritor, a quien cita textualmente en Mujeres amadas, y que le proporciona un modelo para llevar las experiencias personales más íntimas a sus novelas y cuentos.
Henry Miller se conoce principalmente por su serie de libros autobiográficos en los que narra sus encuentros artísticos y sexuales y sus reflexiones sobre ellos. Las novelas Mujeres amadas y Buenabestia / Las noches de Ventura siguen en cierta forma el mismo plan. En El juego de las seducciones Aguilera Garramuño describe cómo descubrió de adolescente:
las increíbles escenas en los libros de Miller (aquel judío lavándose la verga después de follarse a la hermana de su mejor amigo; dos parejas sentadas a la mesa y mezclando coitos con bocadillos de caviar; los polvos veloces a judías de cejas pobladas y coños peludos frente a la puerta de la casa de la madre furibunda; el lenguaje de la vida por vivir, tan posible, tan difícil de entender) (170).
Las descripciones francas de actos sexuales y a veces brutales que manifiestan el gozo, o al menos la total falta de inhibiciones, del narrador al rememorar lo que describe, que se encuentran en todas las novelas de Aguilera Garramuño, son evidencia en sí de la influencia de Miller.
Y es cierto que en el enfoque en los detalles de la vida cotidiana, la representación de actos físicos y reacciones psicológicas, y en la preocupación por la creación literaria, se puede ver algo parecido a lo que escribiera Miller. Pero con todo esto, sería exagerado afirmar que la prosa de Aguilera Garramuño sea imitativa de la del gran bohemio. Lo que en Miller es, con frecuencia, sordidez y cinismo, en Aguilera Garramuño se convierte en ordinariez y frustración; donde Miller ataca a los demás, Aguilera Garramuño los satiriza; y donde Miller desprecia a las mujeres, Aguilera Garramuño las adora. El tono prevaleciente en las obras de Aguilera Garramuño es uno de humor y una sempiterna esperanza en que las cosas vayan a mejorar. Por mucho que sienta la influencia de Miller, y por mucho que también respete a filósofos como Nietzsche, no puede ocultar su fundamental optimismo.
En la citada entrevista con Ricardo Rondón, Aguilera Garramuño dijo de sí mismo: “Soy básicamente un hombre feliz a pesar de cualquier problema. Es decir soy optimista, y considero que todo mal es circunstancial” (18). Este optimismo se manifiesta claramente en el ideal que representa en sus personajes más simpáticos, el del ser completamente libre, el “frenáptero”: “un personaje que supera los conflictos con la sociedad por medio de la imaginación.... [El] ‘frenáptero’ no se deja atrapar por las angustias cotidianas. En síntesis, es superior a la realidad. Y naturalmente que la enriquece por medio de la imaginación” (Esquina Popular 10).
El conflicto interno de los protagonistas de las novelas garramunianas es precisamente el de querer y no poder ser completamente libres. Este ideal “frenáptero” es central en los personajes Ramos, de Mujeres amadas, y de Ventura, de Buenabestia / Las noches de Ventura. En estas dos novelas, ambas autobiográficas, los protagonistas, (que son, en muchos sentidos, el mismo) viven en un estado de tensión entre erótica y artística. El primero casi logra la fusión de los dos elementos con su mujer amada, pero al final, ella no puede liberarse de las restricciones que le impone la sociedad, y Ramos es frustrado una vez más. Ventura sigue buscando liberarse de las cadenas que le imponen la necesidad económica y el anhelo de un amor perfecto. Al final de la novela sale, al modo de Guzmán de Alfarache, en busca de un nuevo comienzo allende las fronteras. En la segunda novela de la serie, aún inédita, Ventura alcanza cierta satisfacción artística y económica, pero todavía no logra el amor perfecto, lo cual lo lleva a continuar escribiendo como si a través del arte pudiera llegar adonde la vida no lo deja.
Como se indica arriba, Aguilera Garramuño quiere caracterizar a esta última novela como “novela de ideas,” que serían ideas acerca del amor, la muerte, la naturaleza de las mujeres y de los hombres, los objetivos de la vida, la existencia de Dios, y otras. Pero no es una novela (o mejor dicho, no son novelas) de filosofía. Como las novelas anteriores, y como la casi totalidad de los cuentos, en El libro de la vida lo que hace el autor es crear personajes complejos, darles relaciones de diferentes tipos, y dejar que sus éxitos y fracasos sean la exposición de perspectivas sobre la vida. Es cierto que, de vez en cuando, expresan ideas filosóficas acerca de las ideas mencionadas, pero éstas siempre se presentan de una forma medio irónica, donde no estamos seguros de cuál será la opinión del autor al respecto. Estas expresiones hacen que el lector considere las diferentes perspectivas acerca de los temas sin establecer una en particular como la única aceptable.
Aguilera Garramuño tiene algunas opiniones bastante claras, y las comunica en sus obras. A veces estas ideas, como en el caso de algunas de sus observaciones francamente machistas, pueden irritar. En otras ocasiones las opiniones que expresa son muy inteligentes y hasta notablemente profundas. Pero lo que más le queda al lector no es una reflexión filosófica sino la búsqueda de algo inalcanzable, algo que apenas se vislumbra por medio del arte pero que es, en su esencia, la vida misma. Citamos arriba lo que dijo que le causó una impresión realmente fuerte en Henry Miller, “el lenguaje de la vida por vivir, tan posible, tan difícil de entender” (El juego de las seducciones 170). Y es precisamente este lenguaje que se siente al leer la obra de Aguilera Garramuño.
Marco Tulio es un escritor muy consciente de todo lo que hace. Nunca pierde su perspectiva irónica que le permite comprender lo que hace, sin tomarse demasiado en serio. Al mismo tiempo, trabaja constantemente para conseguir esa “muy especial alquimia” por medio de la cual convierte lo cotidiano, las experiencias de personajes reales, en arte literario. En los cuentos y fragmentos de novela que siguen, se ve todo el panorama de las variadas expresiones de este arte. No hay mejor caracterización de su empresa narrativa que la que se presenta en Buenabestia / Las noches de Ventura, y por eso la citamos aquí para concluir esta introducción:
Se sentó ante la máquina. Pudo escribir un par de páginas. El estilo es pulido, tiene más color, es más ambiguo y polifacético que todo lo escrito anteriormente. ... Aunque teme repetir un tipo de literatura que abomina carente de relato, “es decir, de sentido,” se dice que pretende ser más esencial; tiene la idea de que el alma no está oculta, sino que yace a flor de piel. Hay en lo escrito, cree, la riqueza de su primera novela y el rigor que le han dado los años. La realidad, le enseñó la vida, tiene puntos, y hay que descubrírselos. “¿Qué será lo que estoy escribiendo? ¿Una especie de parodia de la condición humana, un inventario de seres cuya ordinariez los hace estrambóticos, un bestiario psicológico? (Las noches de Ventura 171).
Xalapa, 1999 / Vermont, 2001                                                                                   Peter G. Broad

Obras citadas

Aguilera Garramuño, Marco Tulio.  Breve historia de todas las cosas.  Buenos Aires: La Flor, 1975.
----------------------------.  La cuadratura del huevo.  Monterrey: Instituto de Artes, Universidad Autónoma de Nuevo León, 1979.
----------------------------.  “Hacia una teoría estructuralista del estilo literario.”  Estravagario, Revista Cultural de El Pueblo.  Cali, 18-IV-75.
----------------------------.  El juego de las seducciones.  México, D.F.: Leega Literaria, 1989.
----------------------------.  Mujeres amadas.  2ª edición.  Xalapa: Universidad Veracruzana, 1996.
----------------------------. “Nacimiento de una novela.”  Revista no identificada.  Cali, 7/10/75.
----------------------------.  Las noches de Ventura.  México, D.F.: Planeta, 1995.
----------------------------.  Paraísos hostiles.  México, D.F.: Leega Literaria, 1985.
----------------------------.  Los placeres perdidos.  Bogotá: Tercer Mundo/Fundación Tierra de Promisión, 1989.
----------------------------.  Propuesta para beca presentada al Sistema Nacional de Creadores de México.  Manuscrito, 1999.
“Conversación con Aguilera Garramuño.”  Esquina Popular.  24-30-VI-81: 10.
Foltz, David A. y Fernando Ruiz Granados.  “Marco Tulio Aguilera Garramuño: El erotismo como razón de ser (una entrevista).”  Hispanic Journal.  15(2), 1994: 233-244.
Garza, Andrés. “Autor describe el amor desde varios ángulos.” Reseña de Cuentos para después de hacer el amor. El Norte (Monterrey). 6-XII-83.
Gutiérrez, Carl.  “Una entrevista con Marco Tulio Aguilera Garramuño.”  Chasqui.  18(1), 1989: 45-50.
Maitret, Evelia.  “Marco Tulio Aguilera Garramuño y la Narrativa.”  Excélsior.  México, 18-X-83: 8.
Peláez González, Cristóbal.  “Escrito nuestro y lejano.”  El Colombiano-Dominical.  Medellín, 19-XI-89.
Rondón Ch., Ricardo.  “Cuentos para antes y después de hacer el amor”.  El Espacio.  Bogotá, 9-V-98: 18.
Ruffinelli, Jorge.  “Mundo y circo.”  La palabra y el hombre.  76-77.
Simões, Cleide.  “Ainda somos autores exóticos.”  Suplemento Literário.  Belo Horizonte, 27-VI-87: 3.
Williams, Raymond L.  Reseña de Breve historia de todas las cosas.  Inter-American Review of Bibliography.  27(1), 1977: 73-74.



[1]El crítico norteamericano Raymond L. Williams atribuye este fenómeno a un rompimiento con la novela tradicional. (Reseña 73).
[2]En realidad, sólo vivió en la casa de Bartola unos seis meses. (Comunicación personal del autor.)
[3]En 1996 la Universidad Veracruzana publicó una segunda edición en la que se usan los nombres verdaderos de los personajes de Kansas. También hay un párrafo adicional al final que matiza un poco el sentido, y un apéndice crítico.
[4]Al fin de la novela aparecen las siguientes fechas: “Cali, 1973 / Xalapa, 1988.” El autor me asegura que trabajó más tiempo del indicado en este post scriptum.
[5]Frenáptero. Palabra inventada. Significa: persona de mente alada.
[6]Aunque, en una entrevista publicada inicialmente en 1989, cuando se le preguntó si era frenáptero él, respondió: “No, yo no soy un frenáptero porque utilizo la literatura para mis fines. El frenáptero es un artista de la vida, alguien que no tiene tiempo para sentarse a registrar su creatividad” (Peláez González).
[7]La cita viene de una fotocopia de un texto, que me facilitó Aguilera Garramuño, en el que no se identifica ni lugar ni fecha de publicación.
[8]Véanse las entrevistas que le hicieron Carl Gutiérrez (45) o, más recientemente, Ricardo Rondón (18).

sábado, 21 de julio de 2012

FOTOS VACACIONES 2012

Una chica algo fría que conocí en mis vacaciones


Con mi nuevo sombrero Panamá

Mi hermano Jorge, nadador, mi sobrino Camilo, MT y mi sobrina  Chavi, baterista de Mophina Crash


domingo, 15 de julio de 2012

CRÓNICA DE LA PRESENTACIÓN EN MÉRIDA





Erotismo, tema recurrente de Marco Tulio Aguilera Garramuño
Después de presentar su libro más reciente en España “Historia breve de todas las cosas”, que muchos han comparado con “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, ayer por la noche, el escritor Marco Tulio Aguilera Garramuño, de visita en Yucatán, presentó los libros “Cuentos para antes de hacer el amor”, “El imperio de las mujeres” y “Agua clara en el alto Amazonas”, esta última, novela que ha recibido reconocimientos en París, España y México.
La presentación se llevó a cabo en la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán ubicada en el Barrio de Santa Ana, ante un nutrido público que acudió al encuentro con el escritor colombiano, radicado en Xalapa, Veracruz desde hace varios años. Entre los presentes estuvieron la Coordinadora de la Casa de la Historia de la Educación, Mtra. Effy Luz Vázquez, e integrantes de la comunidad literaria en el estado como la poeta Nelly Aponte, y los narradores Tomás Ramos, José Castillo Baeza y Juan Manuel Rodríguez
El escritor, quien estuvo acompañado de su esposa, la también escritora Leticia Luna, dialogó con el público sobre los temas que concurren en sus diferentes libros, entre ellos, el erotismo. Del mismo modo, Marco Tulio Aguilera Garramuño leyó algunos fragmentos de la novela “Historia breve de todas las cosas”, de la que dijo, hay mucho de autobiográfico.
Cabe mencionar que sobre la narrativa de Marco Tulio Aguilera Garramuño, Enrique Pimentel afirmó: “Así como Cervantes parodió las novelas de caballerías, Garramuño parodió el realismo mágico y creó lo que no dudo en llamar un clásico de la picaresca contemporánea en lengua castellana”. En 2001 fue finalista del Premio Internacional de Narrativa Alfaguara.
Durante el evento, organizado por el Departamento de Fomento Literario y Promoción Editorial de la SECAY, en coordinación con CONACULTA y la Casa de la Historia de la Educación, estuvieron a la venta cinco de los casi treinta títulos que Marco Tulio Aguilera Garramuño ha escritor a lo largo de su trayectoria literaria. La moderación de la presentación estuvo a cargo del Mtro. Jorge Cortés Ancona, Director del Departamento de Fomento Literario y Promoción Editorial de la SECAY.

 Periódico POR ESTO de Mérida, Yucatán,

lunes, 2 de julio de 2012

CONFESIONES DE NARCISO

10 de julio de 1983.  En esta fatal rueda de la vida la depresión  por cualquier nimiedad y la exaltación sin razones razonables se suceden una y otra vez. Ayer me sentí una miseria humana a causa del rechazo de Shaka y hoy a la hora de acostarme gozo de una alegría inexplicable. Amanecí con mi arma empuñada, vertiendo energía líquida sobre mi vientre y sonreí. En mi sueño me visitaron la polaca y mi princesa totonaca. Salí a jugar básquet con Buki, un muchacho corporalmente perfecto, moreno de hermosos rasgos, de cuerpo esbelto y bien proporcionado, todo armonía, terriblemente simpático. Me contó que fumaba marihuana  y totalmente trabado ponía un cassette de los Beatles y hacía abdominales, hasta 500 sin descansar. Le creo. Jugué contra él cinco horas sin agotarme. Luego dormí hasta las cinco. Invité a Emanuelle a dos sesiones y en la segunda gocé con ella. Fui a comer tacos de bisté y ahora estoy fumando Pielrroja y tomando té de manzanilla. Afuera el aire es delicioso, hay una dulce humedad en el ambiente.  Las estrellas se ven con claridad. Me miré desnudo en el espejo y me sentí satisfecho conmigo mismo. No tengo amor verdadero por nadie, pero tengo el futuro a mi disposición y sé, con absoluta certeza, que va a llegar a mí la persona correcta. Me amo y no puedo ocultarlo. Sería imposible no hallar tarde o temprano a alguien a quien amar y que me ame. Soy un irrebatible romántico. El problema, lo digo con todas sus letras, es la pequeñez que hallo en todos (todas) los (las) que me rodean. Lo digo sin rubor y sin disculpa alguna. No me preocupa el juicio de los otros. Si no amo es porque no encuentro una persona que considere digna de ser amada.

jueves, 28 de junio de 2012

FIESTA DE CUMPEAÑOS 34. CONCHA CHACÓN

Anoche me enojé en mis sueños. Vi a una mujer que me impresionó profundamente. Noté que yo también atraía su atención. Nos fuimos acercando los dos sonrientes, los dos complacidos, los dos anticipando… Súbitamente desperté.  Me dio mucha rabia el despertar dejándola ahí entre los velos del sueño. Supe que no la volvería a ver jamás.
27 de febrero de 1982.  No lo había dicho pero lo voy a decir. Llevo varios meses intentando dejar de fumar. Antes de hoy había logrado mi récord: una semana sin un solo cigarrillo. Y hoy, día de mi cumpleaños 34, caí: fumé como chacuaco. Chacuaco: mitológico animal mexicano que nadie ha visto pero que según parece era atraído por las hogueras de los indígenas  tarascos de este país. Fiesta en casa: un crítico uruguayo y su compañera poeta, una suiza (rolliza de pelo larguísimo, casi blanco), dos francesas (una chiquilla con largo kilometraje en las camas jalapeñas y Jossianne, recatada, moralista, chismosa y pesada), dos venezolanas (una gorda y otra flaca, de un rubio escandaloso y una bondad se burra vieja, con un lunar fungoso en la mejilla derecha), el novio de la burra vieja, guapito, Lupita, la secre de mi oficina, el doctor Ramón, mi maestro de violín Marcel Du Franck, su novia, una adolescente que toca piano y tiene dientes postizos, un bigotón estilo Pancho Villa que hasta donde sé no fue invitado. El uruguayo y yo llegamos tras algunos tragos a la conclusión de que los dos éramos unos verdaderos genios. El uruguayo (Jorge Ruffinelli dijo: De verdad que eres un genio, se puede decir que Colombia ya tiene un Nobel y medio). Admirable tipo: si hubiera habido otro invitado de su estatura, habría estado aún más feliz. Saqué de su estuche mi violín a las cuatro de la mañana y me puse a tocar. Marcel Du Franck en medio de sus tormentas alcohólicas miraba la partitura, era del Minueto de Beethoven, y cerraba los ojos, movía la cabeza de lado a lado y se mesaba las rojas barbas de profeta nicotinoso. Ni sus gestos casi de desesperación ni las miradas casi suplicantes de los invitados lograron detenerme durante una hora. Interpreté malamente todas las piezas del segundo volumen del Método de Mathias Crickboom. Fue una noche feliz. Me acosté a las cinco de la mañana y a las seis llegó Concha Chacón. Miró y olfateó los restos de la fiesta. No me invitaste, criminal, quería decirme con su mirada totonaca. Le di vino. No quería hacer catleya (no quería que me subiera a su árbol, que empanizara su pescado, que hiciera sonar a rebato las campanas de su iglesia) pero finalmente la convencí. Traía ligueros y le pedí que se los dejara para imaginar que estábamos en una película francesa de los veintes. El asunto estuvo bien aunque sin fuegos artificiales. Luego me dijo que anoche había llorado mucho, hasta llegar a una decisión: No quiero nunca volverte a ver.  (Fin de la Libreta del año 82).

lunes, 25 de junio de 2012

HISTORIA DE TODAS LAS COSAS: LA NUEVA GRAN NOVELA LATINOAMERICANA

Alexandi Gutiérrez Hortúa
Publicada originalmente en Newsweek en español, noviembre de 2011 

Marco Tulio Aguilera Garramuño es un escritor colombiano que vive hace 32 años en México y que desde la ciudad de Xalapa ha ido configurando una de las obras literarias más consistentes y valiosas de la literatura latinoameriana. Sus proyectos son de una ambición que podría considerarse anacrónica y no obstante sus obras tienen una vigencia y un prestigio crecientes. Libro a libro ha ido edificando su obra, que ha recibido gran cantidad de premios de gran nivel.
Habiendo rebasado los sesenta años, mantiene una disciplina espartana que le permite ser uno de los atletas máster más destacados de México. Compite con frecuencia en torneos de natación en varios estados de la república y habitualmente gana tres o cuatro medallas. En octubre del año pasado acometió la proeza de ganar siete medallas en el Torneo Máster Aquabel en Veracruz. Meses antes había nadado desde la ciudad de Veracruz hasta Isla Sacrificios ida y vuelta en mar abierto, acompañando a un grupo de triatlonistas.
Entre  los proyectos literarios ya cumplidos de Aguilera Garramuño está haber publicado tres libros de cuentos con temática erótico-amorosa: Cuentos para después de hacer el amor,  Cuentos para ANTES de hacer el amor  y El imperio de las mujeres. El primero de ellos ya va por su 14ava edición y fue clasificado pro la revista  Semana de Colombia como uno de los libros de cuentos más importantes del siglo XX en ese país.
Otro de sus proyectos magnos está a punto de ser cumplido. Se trata de la serie de cinco novelas que ha llamado  El libro de la vida, de las cuales se han publicado hasta la fecha  Mujeres amadas, Las noches de Ventura, La hermosa vida, La pequeña maestra de violín. Resta por publicar  El sentido de la melancolía,  obra en la que aborda “la enfermedad del siglo”, la depresión.
Y el año pasado, 36 años después de su primera edición en Argentina, vuelve a ver publicada la obra que pretendió competir en calidad con Cien años de soledad. Se llama  Historia de todas las cosas. En su primera edición la escribió cuando era un joven de 24 años y desde entonces ha cargado injustamente con el estigma de ser un imitador de Gabriel García Márquez.
La publicó Ediciones La Flor de Argentina, del prestigioso editor Daniel Divinsky, en 1975; quien escribió las siguientes palabras en la contraportada: “Nosotros los editores de este libro, declaramos al lector: Que Aguilera Garramuño no es un seudónimo utilizado por García Márquez para escribir una novela más divertida que "Cien años de soledad". Aguilera Garramuño es el de la fotografía, y no tiene bigote. Que "Breve historia de todas las cosas" es la novela más imaginativa, loca, entretenida y rica que haya pasado en mucho tiempo por nuestras manos. Que garantizamos al lector satisfacción completa, si no se le devolverá el importe de su compra en la tienda principal de San Isidro de El General. Que el pueblo San Isidro de El General no es Macondo y su único parecido es que ambos sólo podrían estar en latinoamérica. Que todos los comentarios bibliográficos de este libro lo relacionaran con García Márquez, siendo esto una mentira: a nosotros nos gusta más Aguilera Garamuño."
La novela fue entregada por el autor a García Márquez en su propia mano, Gabo la recibió escéptico y una semana más tarde llamó a Aguilera Garramuño para felicitarlo. “No creo que sea mejor que Cien años de soledad, pero no le hace falta. Es una novela extraordinaria y original”.
Muchos lectores autorizados pensaron lo mismo y unos pocos acusaron a la obra de ser un subproducto del realismo mágico. La edición argentina no se vendió de manera tan copiosa como esperaba el editor, pues Argentina por esos días estaba en la peor crisis de su existencia y gobernada por la feroz tiranía de los militares.
Salió en 1979 una segunda edición de 25.000 ejemplares en Plaza y Janés de Colombia, y ahí terminó la carrera de la novela, que no fue olvidada por la crítica y los lectores, pero sí relegada por su autor, que se dedicó a sobrevivir en Estados Unidos, Colombia y México, y que comenzó a publicar otros libros que tuvieron repercusión pero no llegaron a tener a eco nivel mundial.
Lo más cerca que estuvo Aguilera Garramuño de alcanzar difusión mundial, fue en el año 2000, cuando quedó finalista del Concurso Alfaguara con su novela El amor y la muerte, concurso que ganara Elena Poniatowska. La editorial ocultó que la novela de Garramuño había sido finalista, pero la crítica de muchos países subrayó el ocultamiento y el escritor levantó una polémica contra Alfaguara, afirmando que se premia lo que se vende, no la calidad.
Aguilera Garramuño, urgido por una pulsión narrativa y un poder literario que han reconocido críticos de muchos países, ha publicado libros que se han transformado en clásicos. Por ejemplo, el ya mencionado  Cuentos para después de hacer el amor, que a la fecha lleva 14 ediciones y El pollo que no quiso ser gallo, cuentos infantiles, que ha vendido casi 50 000 ejemplares en varios países.
En la memoria de los lectores quedó, sin embargo, la primera novela,  Breve historia de todas las cosas,  que fue considerada por el prestigioso académico norteamericano Seymour Menton como lo más cercano que se haya escrito a Cien años de soledad; se recuerda que esa obra entró en la historia de la literatura latinoamericana exaltada en libros de John Brushwood, Wolfgang Luchting, Raymond Williams, Anderson Imbert y en artículos de medios literarios de muchos países.La Estafeta Literaria de Madrid le dedicó una página, y Germán Vargas, uno de los siete sabios de Cien años de soledad, destacó su gozosa calidad, así como lo hicieron más de 100 críticos. Aun así el autor decidió dejar relegada esa novela y dedicarse a demostrar que no es, de ninguna manera, una sombra del célebre Gabo.
Como dato curioso, años después el filósofo norteamericano Ken Wilber publicó un libro con el mismo título. Y aun más curioso, un escritor español, 15 años después de la publicación de Cuentos para después de hacer el amor, publicó un libro con el mismo título.
36 años después de la publicación de Breve historia de todas las cosas, una pequeña y prestigiosa editorial del estado de Puebla, llamada Educación y Cultura, publicó  una novela que ahora se llama  Historia de todas las cosas. Es la misma vieja novela escrita por un autor casi adolescente, alimentada con la experiencia narrativa a lo largo de los años, y con 220 páginas más. Aguilera Garramuño afirma que va a demostrar que lo que dijo su editor original, si no era verdad entonces, sí lo es ahora.
La novela fue presentada en octubre del año pasado en Barcelona por el editor Ricardo Moreno Botello, también por Alexandri Gutiérrez Hortúa (autor de estas líneas) y por el escritor uruguayo, Héctor D’Alessandro, quien consideró que la “nueva vieja” novela de Aguilera Garramuño pronto será considerada como un clásico a la altura de  Cien años de soledad.

miércoles, 20 de junio de 2012

DESCABEZADERO: Videoentrevista a Marco Tulio Aguilera: Promesa cu...

DESCABEZADERO: Videoentrevista a Marco Tulio Aguilera: Promesa cu...: http://www.archive.org/details/EntrevistaAlEscritorMarcoTulioAguileraGarramuo

LOS EJÉRCITOS DE EVELIO ROSERO

Después de leer (y comentar)  La carroza de Bolívar del colombiano Evelio Rosero leí  Los Ejércitos, aunque la primera novela me pareció bastante apresurada, estilísticamente pobre, y sin embargo muy interesante.
Supongo que Rosero cedió a las exigencias de Tusquets para que les ofreciera otra novela, antes de que pasara el efecto publicitario de la obra que en el 2007 recibiera el Premio Tusquets Editores de Novela.  
Los Ejércitos es en efecto una novela estremecedora, en la que quizás como en ninguna otra, a excepción de  Cóndores no entierran todos los días,  de Gustavo Álvarez Gardeazábal, se escenifica de una manera válida de manera artística, lo que ha sido la violencia en Colombia.
La segunda violencia que ha vivido Colombia, ya lleva décadas, y es de tal manera confusa, porque los protagonistas, los instigadores de ella ya no son simplemente liberales y conservadores, como en la primera violencia, sino narcotraficantes, militares, paramilitares, delincuentes comunes, políticos corruptos, todos luchando contra todos y teniendo en medio a la población inerme.
En la novela el pueblo de San José, en las montañas de Colombia, se va vaciando hasta dejar solo al protagonista, un viejo maestro, que lo ha visto todo.
Hermoso libro sobre un tema triste, desolador, que parece ineluctable: el del hombre enfrentado en absoluta soledad contra todo un universo que le es adverso. En un tono menos poético, pero tan válido en términos literarios como el de Los ejércitos,  otro colombiano, Daniel Ferreira, publicó otra novela que me parece extraordinaria: La balada de los bandoleros baladíes.

miércoles, 6 de junio de 2012

MUJERES, MUJERES, MUJERES: AMOR Y EROS (DE SIN MÁSCARA)

AÑO 1982. Hay épocas que concentran demasiada energía, en las que se amontonan acontecimientos, verdaderos centros u ombligos de la vida, tiempos complejos y quizás incomprensibles a la luz de la distancia, pero que se viven con una especie de naturalidad, como si fueran parte de la materia real, no del vacío universal, épocas en las que la materia oscura opaca a la luminosa, tiempos sin sentido o aparentemente sin sentido. El año 82 fue una de esas épocas cifradas en las que parece ser el caos el que domina por sobre el orden y el sentido. En el 82 se acumularon a las puertas de mi casa, pasaron al frente o entraron directamente hasta la cocina, y claro, mi recámara, Shaka, la polaca adicta a Chopin, Bárbara Bláskowitz y su hija (que no era violinista como quise presentarla en  La pequeña maestra de violín), Concha Chacón y su chácara psicologista, Lygia, la pequeña y dulce mujercita con la que creí haber encontrado el amor, Rayza, la sublime inadaptada de la Habana. Y sin embargo seguía como el sol de mi horizonte Irgla, a quien por entonces no llamaba La Nauyaca porque la amaba o creía amarla. Todas las primeras mujeres que conocí durante mi primera época en Xalapa (época AdLL) pasaron casi transparentes a mis novelas de lo que llamé  El Libro de la Vida.  En esto que estoy escribiendo naturalmente no uso nombres propios, más bien recurro a los apelativos que usé en las novelas y si las implicadas llegan a leer estas páginas les pido que las recorran como si fueran literatura. No creo estar escribiendo lo que se llamaría estrictamente memorias, ni siquiera autobiografía y de verdad no me preocupa que se enmarque en algún género o denominación esto que mis amigos lectores tienen en sus manos. Tal vez sería agradable que lo leyeran como la novela de la vida de un escritor cínico, sincero, descarado, directo, autodestructivo, impío, misógino o quizás ginadicto (póngale usted, my friend, el calificativo que quiera o le acomode).
Abro la libreta de contabilidad número 5, donde hallo este registro: Del 18 de mayo de 1982 al 1 de marzo de 1983.
Libros en proceso de lectura:
Plexus  de Henry Miller
Ulises de Joyce
El amor y Occidente de Denis de Rougemont
Dilemas de Gilbert Ryle
Noches de Torcuato Tasso
Estoy leyendo las novelas del Concurso Jorge Isaacs. En mi habitación de la Calle Prolongación 3 se apilan 300 manuscritos. Continúo la escritura de Mujeres amadas.  Escribo entre 5 y 8 páginas diarias. Principios: Sólo escribir en el momento en que sienta la absoluta necesidad. Sólo escribir lo que me produzca sentimientos intensos de nostalgia, de alegría, de paz, de deseo, de lo que sea. ¡La intensidad por encima de todo! Basta de literatura desapasionada, descafeinada, desangelada. Hace aproximadamente veinte días hice el amor, digámoslo así, con Shaka au rebours. Creo que no lo registré.  Apenas escribí una nota demasiado indirecta. La primera vez nos calentamos los cuerpos y tuvimos jugueteos intelectuales durante dos horas. Es el tipo de personas a las que hay que hablarle de epifanías, iluminaciones y teorías hermenéuticas mientras se les mete mano. Súbitamente me dijo tras mirar su aparatoso reloj Cartier (que hace juego desastroso con unos anteojos descomunales que cabalgan una nariz algo incróspida): Gitanillo, debes irte exactamente en cuatro minutos, disfrútame y piérdete de vista. Y yo me dije, ahora o nunca. Una vez allanado el camino con un discurso sobre el concepto de virtud en Aristóteles me fue más fácil transitar por él. En la segúnda ocasión me dije: Shaka, te voy a hacer gozar hasta que quedes más seca que el desierto de Sahara.  Así fue. Gimió y gritó de tal manera, que temí que las vecinas (vive un apartamentito de muñecas dividido en cuatro estancias ocupadas por cuatro lindas solitarias que le hacen la vida amable al patrón) protestaran. (Pero si Shaka gritaba de tal manera, hay que decirlo, tal vez no fuera por legítimo entusiasmo sino por una especie de natural presunción suya, que la obliga a magnificar todo lo que hace y dice haciéndola parecer una actriz de cine mudo, que tiene que exagerar sus gestos para que se entiendan bien sus mensajes). Shaka cabalgó alegremente y me bañó en sus fluidos vitales y luego con gran frialdad, como la del conejo de Alicia, miró su reloj y dijo: Rápido, rápido, tienes que irte (y eso me recordó que dos o tres años antes la gringa pequeñita, la erudita del Departamento de Español de la Universidad de Kansas, tras disfrutar de mis artes, de una botella de vino y algunas estrofas del Siglo de Oro español me dijo: Ahora, menino, tienes que irte. Eso fue en Lawrence, en pleno invierno, a las tres de la mañana). De modo que una y otra, Shaka y la menina me trataron como elemento desechable. Y yo les aseguro que en los dos casos mi casta persona  ensoñaba no con fluidos vitales, sino con algún sentimiento noble, quizás el heteróclito amor. ¿Sabes qué?, remató Shaka, la adoradora de Chopin, yo le doy poca importancia a un  acostón. Y yo, iluso, pensando en enormidades como el amor. ¡Qué sandez! Me asombró sobre todo su familiaridad con el Corpus Christi. Se acostó frente a él, cuando estaba presentando armas, y lo contempló con interés, pero creo sin cariño. Su cuerpo blanquísimo, los pechos más hermosos que haya visto, su rubia cabellera casi blanca, su retórica literaria, la batalla encarnizada que presentaba para que no le quitara los lentes, todo ello paso directamente a Las noches de Ventura, pero curiosamente no fue protagonista de la línea vertebral de la novela, en la que Ventura era central, sino que ocupó una segunda (monstruosa) columna, en la que el Doctor Amóribus, alter ego del alter ego, disfrutaba de los dones de la polaca. Dejaré este tema a un lado, pues sólo leyendo la novela se puede entender esta especie de vida en tercera calca.
¿Qué sucedía por entonces en el mundo? La Guerra de las Malvinas. Escuchaba noticias sobre ello en un gran radio de onda corta que me acompañó muchos años.
En la página cuatro de la libreta de contabilidad registro esta frase escuchada en un  sueño:
--Yo siempre estoy dispuesto a pelear. Sólo falta que encuentre a una persona que quiera hacerme frente.
Visito con frecuencia a Bárbara Bláskowitz, la alemana, que cambia de amante cada dos o tres meses, alegando, ¡siempre!, estar enamorada hasta extremos francamente insoportables. Es bella, grandota, una teutona que en tiempos de los vikingos habría impuesto su ley. Platicaba en la sala con su nuevo amor, un francés calvo, caballeroso y culto. Les leí un capítulo de  Mujeres amadas. Parece escrito por un novato, dijo secamente Bárbara. No está mal escrito, replicó el francés, el problema es que tus personajes no existen, eres solamente tú el que hablas en tus novelas. En ese momento llegaron la hija mayor de Bárbara, a la que llamé Trilce en  La pequeña maestra de violín, y una bruja chilena, que comenzó a ejercer sus artes recurriendo a las revelaciones que le hacía un huevo dentro de un vaso de agua (dijo: Ay, esta niña va a repetir minuciosamente la vida de su madre).
Y en efecto, acoto, ya saliéndome del cuaderno de contabilidad: quizás un año más tarde la niña Trilce, recién cumplidos los quince años, terminaría en mi cama, como lo hizo su madre. Mi relación con la Trilce real fue pobre, lastimosa, tan breve que ya no recuerdo nada, pero a la hora de escribir la novela  La pequeña maestra de violín, fue adornada con una serie de teorizaciones sobre técnicas violinísticas y lecturas demasiado avanzadas para una criatura de su edad.
El martes 25 de mayo registro en la libreta de contabilidad: 5 minutos 52 segundos 5 décimas en una milla. El miércoles registro una serie de 5 veces 400 metros: el mejor tiempo: un minuto 3 segundos 5 décimas. Eso me lleva a recordar el año 1974: Estadio Pascual Guerrero, Cali, entrenamiento con los bellos negros de la Selección Colombia de Atletismo: hicimos una serie de diez veces 400 metros por debajo de un minutos. Esos eran los tiempos AdSLMG, antes de La Nauyaca: tiempos de Marilú Ostertad, de La Cabezona, de Carmen la vendedora de dulces, de María Helena la mulata de Pance.
Hay en mi lectura de Doctor Faustus una especie de dolorido sentimiento del deber: la idea de estar leyendo una obra grande, importante, de más de mil páginas densas, llenas de elucubraciones metafísicas y de todo tipo, como quisiera que fueran las mías (todas mis obras), que sin embargo (la de Mann) es muy diferente a lo que yo en general he escrito: el protagonista de Mann tiene ideas elevadas, ideales, si se quiere, muy espirituales, muy germánicos, distintos y quizás superiores a mis “ideales”, que pareciera me impulsan a buscar en las mujeres más sus cuerpos (el vórtice infernal de la voluptuosidad) que sus espíritus. En cierta medida me causa repulsión un espíritu tan puro, tan impoluto, como el de Leverkhun, un espíritu tan distinto al mío, que es carnal y terrestre a veces hasta el hartazgo. Hallo sin embargo una disculpa o una justificación en esta frase de Mann: Un matiz de amor aparece en cuanto el instinto lleva un rostro humano, aunque sea el más anónimo, el más despreciable. Y es aquí donde encuentro una esquina de justificación: en mi búsqueda y hallazgo de cuerpos, de la sucesión de cuerpos femeninos que transitaron por mi vida, yo espiaba la aparición del espíritu, de eso que hace que una persona diferencie a una criatura en particular, de la sucesión de seres que pasan frente a los ojos, por la ventana de la vida. Atisbando por la ventanita del túnel de Sábato he pasado mi vida a la espera de que haya alguien con quien me pueda comunicar, llámese alma gemela o simplemente compañera de viaje… que encontré, no dudo, en LL, mi Beatriz, la que me hundió y me sacó del infierno. (Me falta hablar de mi novela más sufriente, oscura, terrible: El sentido de la melancolía).
En la página 13 escribo: Me cuesta trabajo conciliar el sueño. El fuego interno sigue bullendo por horas y horas. No importa que haya desplegado una actividad de maniático: ir a la oficina, corregir galeras, comer frugalmente, ir a jugar básquet, leer, escribir a máquina, ver televisión, ir al concierto, donde más que escuchar  fui a ver a Adriana X interpretar el Réquiem de Mozart: el cuello delicado sustentado una cabeza de diosa eleática con un rostro perfecto que reflejaba la música celestial de Mozart en su último momento, su cuerpo danzando en casi inmovilidad con una gracia impresionante. Ir a cenar a La Tavola, regresar a casa, leer, tenderme en la oscuridad, aguardar con gran regocijo y una gran certeza el instante en que las tinieblas den paso a las imágenes. Esperar que de la oscuridad, a partir de una chispa, se abra la ventana que me permita acceder a ese mundo nocturno. Sentir que todo en la vida tiende  a una ignota armonía que quizás se asemeje a la muerte. Todo es una búsqueda imposible de paz, me digo. La paz es armonía con el mundo. Pero el  mundo es lucha. El sonido más insignificante me retorna al otro mundo, a ese que está afuera, a ese mundo que no soy yo y que por lo tanto es la guerra. La guerra y la paz: eso es la vida. Imposibilidad de conciliación. Y sin embargo …

sábado, 2 de junio de 2012

SUBLIMES INADAPTADAS EN LA HABANA


Continuación del texto que encontrará en el blog Mongolia Central
24 de diciembre de 2002.  Por la noche me separé de los miembros de tour y me fui con mi Tadzia y con su hermana Etiopía al cabaret del Hotel Riviera. Hubo un show que me voy a saltar y un largo solo de Omara Portuondo, que sostuvo la emoción durante media hora. Nos bebimos una botella de ron Habana entre los tres. En realidad Etiopía no bebió. Parecía un lince oteando el horizonte.  Pasó el tiempo embebida en el show, escuchando con una intensidad casi alucinada. No respondía a las preguntas. Bailé con Rayza. Me porté de forma torpe y no puedo argüir que fue a causa del licor, pues estaba perfectamente lúcido. Toqué descaradamente sus tetas despiertas y palpitantes en la oscuridad. Rayza aparentemente aceptó con naturalidad. Luego, ya en la mesa, estuvo seria y silenciosa. Cuando habló fue para decirme que le inspiraba asco. ¡Me das ajco, colombianito de  mierda!, dijo. Agregó que  no soportaba mi narcisismo, que no le interesaba mi currículum, igual podía ser vendedor de lotería o limpiacaños que escritor, bah, vaya presunción.  Lo que entendí fue que  se estaba ufanando del poder de su cuerpo y aprovechándose de un turista pendejo que la invitaba a darse los lujos que no tenía habitualmente. Eso me ofendió profundamente. Me hizo verme desde una perspectiva exterior bastante deplorable, de burocrático viejo verde (aunque por entonces apenas estaba pasando de los 30 años).
Era obvio que Rayza y Etiopía eran visitantes habituales de los cabarets.  Conocían los nombres de los artistas, tarareaban sus canciones, chismorreaban sobre sus vidas, conocían las rutinas de baile y los chistes.
Le pregunté a Etiopía cómo se conciliaba  ese show lujoso con la austeridad de la vida de los cubanos.
  --Este show, amigo, y los demás, fueron montados para turistas porque Cuba necesita divisas.
  --Pero a los cubanos nos gusta venir –dijo Rayza--. Gesticuló un poco al estilo de Elvira Madigan e Isadora Duncan, haciendo volar al aire del Ferrari una larga pañoleta de seda china: --… especialmente a nosotras, las sublimes inadaptadas.
Nos quedamos en el cabaret hasta que todos los demás hubieron salido. Luego caminamos por el malecón.
Orino (como un gato que se apropia del territorio, pienso ahora, al escribir esto) en el centro de la calle, y recuerdo que hace años oriné en el corazón de Guadalajara, cuando estaba tras los huesos de la judía Mendy Calef.
 Tomamos un taxi a las cinco de la mañana. El auto avanza a una velocidad de película. (No sé si ese dato es objetivo o producto de la borrachera, que por entonces me poseía). En voz baja le pregunto a Rayza. Ella me dice que efectivamente estamos en el límite menos cuerdo de la velocidad, que falta poco para que nos matemos los cuatro. Y aplaude y se ríe. Le parece bellísimo morir un 24 de diciembre, tras una noche de farra. Corra más, le pide alborozada al conductor mientras le mesa el cabello. Yo trato de ordenar mis pensamientos. Finalmente concluyo que la situación no amerita morir. Además en Xalapa me espera mi gato Mishkin. Pongo una de mis considerables manos en el hombro derecho del conductor y aprieto con todas mis fuerzas.

lunes, 28 de mayo de 2012

SUICIDIO APLAZADO

TOMADO DE ESCRITURAS UNIVALLE

Richard Peck, narrador: "El primer párrafo es el último disfrazado."

Richard North Patterson, narrador: "La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia."

Tobías Wolff, narrador: "Hazlo. Trabaja duro en ello. Pero hazlo."

Judith Guest, narradora: "El creador y el editor -las dos mitades de todo escritor- deben dormir en piezas separadas."

Rudyard Kipling, narrador: "Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad."

Truman Capote, narrador: "Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras."

W. Somerset Maugham, narrador: "Escribir con sencillez es tan difícil como escribir bien."

Robert Benchley, narrador: "Me llevó quince años descubrir que no tengo talento para escribir. Pero no pude dejar de hacerlo, pues para ese entonces yo ya era demasiado famoso."

John Ciardi, poeta y ensayista: "No es obligatorio sufrir para ser un poeta. La adolescencia ya es bastante dolorosa para cualquiera."

Lewis Carroll, narrador: "¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?"

Benjamín Disraeli, ensayista: "Cuando necesito leer un libro, lo escribo."

Lord Byron, poeta: "Ciertamente, es agradable ver estampado el propio nombre; un libro es siempre un libro, aunque no contenga nada."

Arturo Pérez Reverte, narrador: "La vida es muy traicionera, y cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros."

Emile M. Cioran, filósofo: "Un libro es un suicidio aplazado."

William Shakespeare, dramaturgo: “Acción es elocuencia."

Aristóteles, filósofo: "Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto. Es un hábito."

Cuando le preguntaron a Saul Bellow cómo se sentía después de ganar el Premio Nobel, respondió: "No lo sé. Aún no escribí sobre eso."

Roman Jakobson, ensayista: "Algo es bello en relación con su contexto."

Robert Graves, narrador: "La cosa por decir, dila."

John Steinbeck, narrador: "Las correcciones hechas durante el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante."

Samuel Beckett, narrador: "Las palabras son todo lo que tenemos."

Ursula K. Le Guin, narradora: "Las primeras oraciones son puertas a mundos."

sábado, 26 de mayo de 2012

MURIÓ ROBERTO BRAVO GARZÓN

Una figura fundamental para entender lo que es hoy la Universidad Veracruzana es Roberto Bravo Garzón, cuyas glorias sin duda cantarán muchas personas. Bastaría conocer del apoyo que dio a la Orquesta Sinfónica y a la Editorial para saber que hoy esta institución es lo que es gracias en gran medida a él.
Yo lo que quiero es ser más anecdótico y contar cómo lo conocí. En 1979 Sergio Pitol y yo fuimos premiados en el Concurso de Cuento de La Palabra y el Hombre, un concurso cuya importancia puede medirse por la calidad de los autores premiados a lo largo de los años: Juan Villoro, Guillermo Samperio y una larga cauda de los que entonces no éremos más que principiantes y hoy formamos parte de la literatura mexicana y latinomaericana.
Entre los miembros del jurado estaba Eraclio Zepeda, quien en la fiesta de ceelebración, con sus alcoholes encima, le dijo al entonces rector Bravo Garzón (también con sus alcoholes encima): ¿Por qué no te traes a este muchacho a trabajar a la Veracruzana? (por etonces yo tenía 30 años, usaba pelo largo y botas de tacón altísimo).
Y a continuación Eraclio le hizo un resumen de mi curriculum de forma tan ditirámbica, que Bravo Garzón no tuvo más alternativa que decirme:
--Pues que se venga Marco Tulio a Xalapa. A ver a dónde lo acomodamos.
Pasada la fiesta, con mis 10 000 pesos del premio, regresé a Monterrey, donde yo trabajaba como un buey dictando 30 horas de traducción en la Facultad de Idionmas de Universidad Autónoma de Nuevo León, liquidé un asunto de amores que ya llevaba varios años sin solución, vendí mis cosas, metí cuatro trapos en mi VW llamado Alimaña (comprado con el Premio que me dio ese mismo año la Universidad Juárez del Estado de Durango) ... y me dejé venir a Xalapa.
Aquí me recibió en su casa el poeta Angel José Fernández y luego me llevó a rentar un apartamento por el Macuiltépetl.
Cuando fui a visitar al rector Bravo Garzón me encontré con la sorpresa de que no me quiso recibir.
Y de pronto me veo en Xalapa, sin trabajo, con una pequeñe reserva de dinero y en medio de una niebla londinense.
Tuvieron que pasar varios meses antes de que consiguiera trabajo haciendo adaptaciones radiofónicas en Radio Universidad y luego asistiendo a la Editorial de la Universidad Veracruzana, donde comencé desde abajo, gracias al apoyo de Sergio Galindo.
A partir de entonces sólo vi a Bravo Garzón en las noticias y me enteré de sus francachelas con Chateau Laffite, amenizadas por los conjuntos universitarios.
Me haya ignorado o no, le agradezco a Bravo Garzón el acto de haberme invitado a trabajar en la ciudad y en la institución donde he estado treinta y tres años.

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...