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sábado, 24 de marzo de 2012

EL JOSÉ DONOSO SECRETO

MT y José Donoso. Foto tomada en ¿1981? en el Hotel Intercontinental de Cali
durante las delibraciones del Concurso de Novela Jorge Isaacs
Selecciones del Diario de MT
Terminé de leer todas las novelas del concurso Jorge Isaacs—la verdad es que a 75 de ellas sólo les leí un capítulo: sus autores tuvieron el talento suficiente para espantar al lector antes de la segunda página—y ya tengo la obra para el premio: Las puertas del infierno, obra que relata la historia de un alma gemela, un pecador irredimible, que quiere encontrar su salvación entre las piernas de una mujer y las líneas de una obra de arte que tiene en proceso. El narrador cuenta su vida con enorme candor y en ocasiones parece imbécil de marca. La gracia de la novela se encuentra en el hecho de que uno no sabe si el autor se está burlando de su personaje o contando una autobiografía descarnada y deplorable. El domingo viajaré a Colombia.
Ya en Cali. Hotel Intercontinental.  Servicio VIP, supongo que es necesario arrugar el ceño y mirar sin ver a nadie, yo que vivo en un cuchitril de miseria estoy fumando pipa inglesa con tabaco turco y mirando a esas criaturas divinas de bikini con estudiado desprecio, meto el dedo índice en mi copa de martini y me hurgo la nariz con el mismo dedo. Ni más faltaba, yo también puedo ser elegante a mi manera. Me reciben una canasta de frutas y tres ramos de flores en la habitación, tarjeta de bienvenida firmada por el gobernador, don guebernador y su digna ding-ding esposa. Visita a casa de los Arruabarrena. Joshuana, un hermoso culo, llena de esbeltez, elegancia y cultu­ra, como muchas multi­millona­rias caleñas que son esposas de los magnates, calma sus tedios dedicándose a la cultura y coqueteando con los artistas, que generalmente tienen más tiempo y más sustancia de vida para ellas que sus esposos.  Joshuana es la organizadora del Concurso de Novela Jorge Isaacs. Los dólares para el premiado y para los miembros de jurado —muchos, muchísimos dólares han salido de la Licorera del Valle para honrar la memoria del autor de  María y hacer feliz a uno solo de los pobres escritores latino­americanos que se gastaron la vida y sus últimos ahorros persi­guiendo la Gran Obra,  La Fama o un lugar limpio y bien iluminado en el territorio del Señor— los consiguió Joshua­na.
  Ella, José Donoso y yo recorremos la edificación, de estilo morisco, gigantesca, y vemos cuadros de grandes firmas en todas las estancias. Joshuana no es artificiosa. Trata por todos los medios de ser amable. Yo no soy precisamente un caballero de la corte del Rey Sol. No tengo ni la más puta idea para qué sirven tantos cubier­tos. Uso la marisquera como cenicero. Germán Vargas, padre espiritual de García Márquez, sonríe y me explica el uso de esas herramientas.
  —Eres un patán, Marco —dice Joshuana coqueteando—. Pero quisimos traerte desde los Méjicos porque sabemos que eres el último genio que ha dado esta patria después del Gabo, que ya se volvió inalcanzable.
  La experiencia del Concurso ha sido interesante. Una semana entera en el Intercontinental, deliberando entre eructos de langosta y vino francés. Descubrir que Donoso José y yo tenemos casi los mismos libros como finalis­tas. El gringo Tittler, erudito de la Universidad de Cornell, quedó totalmente sorprendido, avergonzado por su selección, pidió time, corrió a su habitación a releer los libros, permaneció 12 horas sin salir y cuando lo hizo, había llegado a un acuerdo con nosotros.
  Donoso, el viejo fauno, el sátiro Marsyas, un carcamal diverti­dísimo, no podía quedarse tranquilo. Quería salir a la noche caleña después de diez horas de viaje desde Santiago. Yo tenía la intención de hacerle una buena entrevista.
 —Ya habrá tiempo, muchacho —me dijo Pepe ("Llámame Pepe", pidió de entrada)—.  Habrá mucho tiempo. Vamos a permane­cer en este hotel viviendo como hijos de Tutankamen a costa de los borrachos de Colombia.
  La experiencia de las cámaras, de tener veinte micrófonos al frente y cincuenta periodistas alborotados brincando para llamar la atención, la sobrellevé, la disfruté, con tranquilidad. Me dieron tanta importancia como a Donoso, tal vez porque soy el único miembro colombiano del jurado.
              El forcejeo para otrorgar el premio no lo he contado. Donoso y yo pasamos horas discutiendo: cada uno trataba de imponer a su candidato. El suyo era un escritor chileno cuyo nombre no recuerdo. El mío era José Luis Díaz Granados. Tittler era el convidado de piedra. Gustavo Álvarez, que era el coordinador del concurso, dio una palmada en la mesa y dijo:
         --Ni uno ni otro. Pónganse de acuerdo en un tercero. Le dan el premio a ése y proponemos que se publiquen las otras novelas. Así se hizo: premiamos Adán Ceniza, la novela del poeta antioqueño Carlos Castro Saavedra --en la que se nota una influencia muy marcada del realismo mágico de García Márquez--, y propusimos que se publicaran La muerte de Alec, de Darío Jaramillo --quien andando el tiempo se convertiría en una especie de capo de la cultura colombiana--, y Las puertas del infierno, de José Luis Díaz Granados --un poeta que resultó, andando el tiempo, casi mi hermano del alma. Ya no me acuerdo qué pasó con la novela chilena que Donoso quería premiar. Creo que también fue publicada y muy pronto olvidada. De todas las novelas que destacamos en ese concurso sólo sigue viva, reeditándose una y otra vez, la de José Luis, obra que quise premiar y que no pude, por la obstinación de Donoso. "Es que yo quiero premiar la novela del chileno --dijo--. No sólo porque es buena, sino porque es importante de para Chile en estos tiempos de dictadura militar”.
     Entre  los ires y venires del día siguiente logré concertar la cita para la entrevista con José Donoso, una entrevista seria, a fondo. ¿En una de las salas del hotel?, pregunté. No, demasiado público, respondió. ¿En un privado del restau­rante? La mezcla de olores embota mi inge­nio. ¿En tu habitación? No, allí mi mujer se reirá de mis res­puestas y comenzará a responder por mí; ¿si te dijera que la mayor parte de las entrevistas que doy las responde ella, me cree­rías? Enton­ces... En tu habitación, Marco; hasta donde sé, eres solterito y aparte de alguna visita ocasional de damas de tu pasado, duermes solo. Eso dijo con ojos de Heliogábalo.
  Al entrar, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos y pedirme que marcara el número clave para que el teléfono quedara desconec­tado. ¿Qué? ¿No te has dado cuenta? Aquí todo es por computadora: marcas un número y aparece un negro abisinio con una doncella de  trece años más hermosa que la Beatrice del florenti­no en bandeja; marcas otro y aparece un galán de la Borgoña con una botella de champa­ña y una cesta de frutos árabes. Marcas un tercero y aparece un genio con turbante dispuesto a cumplir tus más arduos caprichos.
  No fingí asombrarme sino que me asombré. Era mi primer hotel de auténticas cinco estrellas. ¡Qué comparación con el Danky en el DF, donde en lugar de televisión, el inquilino tiene el deleite de contemplar las manchas de humedad en el techo o los lamparones de líquidos sicalípticos en la alfombra y hasta en las sábanas!
  Sin esperar a que lo invitara, Donoso se tendió en la cama, puso las manos con los dedos entrelazados acunando su nuca, hizo un nudo con sus tobillos, lanzó un suspiro y sonrió. Yo acerqué un sillón a los pies de la cama, tomé mi libretón de contabilidad y me dispuse a hacerle una entrevista seria y cabrona a mi segunda pieza del boom (aclaro: días antes había estado con García Márquez en el DF, quien al saber que yo iba a estar unos días con Donoso, me previno contra sus aires de príncipe ruso).
  —Pero, ¿por qué te sientas tan lejos? Ven acá —dijo Pepe palmeando la cama.
  No sin cierta reticencia me senté a su lado.
  —Te voy a contar algo que nadie sabe y que espero que no difundas. Mi romance con mi yegua en la inmensidad solitaria de Magallanes, cuando era pastor de ovejas.
  ¿Se burlaba? Quién iba a saberlo, especialmente con un novelista, particularmente con un sátiro Marsyas, cuya voz era cada vez más cálida. Donoso insistía en colocar sus manos sobre mis antebrazos, en acariciar mis piernas, aparentemente sin otra intención que mostrar amistad.
  —Mi yegua era en esas soledades el mejor sustituto de la mujer. Tierna, inmóvil, sus músculos se amoldaban a mí con felicidad, y ni ella ni yo teníamos remordimiento alguno—. Donoso se arrella­nó en la cama—.  Acérca­te más. No me digas que me tienes miedo. Mira, soy un viejo, un vejete enclenque y decrépito. ¿Qué puedo hacerle a un garañón de tu envergadura?
  Dejé que siguiera hablando, sin mostrar un rechazo tajante.
  —En Bogotá mis amigos me prepararon una fiesta de bienvenida. La idea era llevarme a un baño turco, de esos sórdidos y asquerosos en los que en cuanto se apaga la luz unos mancebos negros, musculosos y maleantes, se abalanzan unos sobre otros y cada cual hace lo que sea con el que está al alcance de la mano.
  La confesión (si es que era confesión aquélla, y no mera balandronada) era atrevida, sin duda, y había sido hecha con una intención clarísima. No calculaba Donoso —porque no había leído los libros que yo tenía escritos e inéditos, hundidos en el baúl de la nostalgia— que si él era un demonio viejo y curtido, yo también era un demonio nuevo, fuerte y de ninguna manera inge­nuo, como sostenía más de una de las mujeres que visitaban mi colchón y mi ánimo. La verdad es que las hembras podían hacer conmigo práctica­mente cualquier cosa, no los hom­bres, de quienes desconfiaba a muerte.
  El siguiente paso del sátiro Marsyas fue más agresivo y delicado: pidió un beso, solo un beso.
  —Me gustan los muchachos. ¿Qué culpa tengo yo? No hay nada tan hermoso como un muchacho. La ternura de los hombres es lo más bello de la tierra.
  ¿Se estaba burlando? Evidentemente no. Le di un beso en la frente.
  —Acuéstate conmigo, por favor, por favor.
  Era hora de quitarse la máscara. Definitivamente no, Donoso. Le ofrecí disculpas, nunca había podido superar mi debilidad por las mujeres, es un asco tener tantas limitaciones, pero así soy, un machito, tal vez con una pizca de homosexualidad no declarada.
  —La verdad es que desde que te vi comencé a tener sospe­chas — dijo en tono de cariñoso regaño—. Eres un coqueto. Miras a todas las criaturas como si quisieras comértelas. ¿No te has dado cuenta cómo tienes abochor­nadas a las señoras del concurso?
  No me había dado cuenta. La verdad es que todas ellas me parecían unas cascosflojos, unas hembras que pretendían ser fatales y que estaban esperando la oportunidad de arrinconar a este joven talento en un baño.
  —Increíble, increíble la capacidad que tienes, Marco, de proyectar tu perversidad hacia el mundo. Las señoras del concurso son unas damas dignas de todo respeto.
  —Eso depende del famoso cristal. Ante un José Donoso se deben portar como monjas carmelitas, pero ante un humilde Marco Tulio Aguilera, que no tiene ni un destartalado Volkswagen, ¿para qué van a apretarse el calzón? Además —me atreví a presumir, sólo para hacer fiestas a costa del sátiro Mars­yas, que había querido divertirse con mi cuerpo de maratonista algo magullado por el tiempo y los kilómetros de pavimento— me parece que yo tengo algo mejor que ofrecerles.
  —Sí, ya sé, ya sé. Después de los sesenta alcanzar el segundo enceste, es muy difícil, mientras que para un verraco como vos, debe ser asunto de veinte o treinta minutos.
  —Diez minutos contados.
  —Y tal vez llegues a tres o cuatro supernovas en una noche.
  —Mi marca es trece veces en 24 horas.
  —Te creo, te creo —dijo mansamente—. Tienes temple de novelista, pero no de mentiroso. No debes hacer ostentación de lo que te sobra porque pronto comenzará a faltarte.
  Ajá —pensé—, ahora utiliza el camino de la adulación. Sólo le falta decir que soy un genio literario y que va a reco­mendar mis obras completas a Seix Barral.
Pero me equivocaba. Donoso tenía por principio no mezclar la literatura con sus debilidades del cuerpo. Terqueó, eludiendo los caminos fáciles. Después de recurrir a la agresión, a la complici­dad de sensibili­dades, a la comunidad de las almas grandes, al expedien­te de la libertad moral que deben tener todos los espíritus superiores, a las historias escabrosas, me contó una versión rioplaten­se de Muerte en Venecia.
  —Mira, ¿qué puedes temer de un anciano como yo? Acúesta­te a mi lado, déjame tomar tu mano y cerremos los ojos.
  Como lo vi tan resignado al recular de su ilusión, acepté, pero en cuanto estuve tendido a su lado, su mano en mi mano, y sentí que comenzaba a acariciarme las rodillas, tomé su muñeca y la apreté con fuerza y así la tuve hasta que abandonó su empeño. Quince minutos más tarde su respira­ción acompasada me indicaba que se había dormido. Y con razón. Llevaba dos días y dos noches de actividades extraliterarias, mientras su mujer seguía semiadormila­da en su habitación, con dos o tres valiums entre pecho  y espalda, y cuando despertara se preguntaría por qué el aire de Cali le proporcionaba un sopor tan extraño.
  Aparté mi mano de la suya, me senté al frente, en el sillón que había colocado para la entrevista cabrona, y escribí en mi cuadernote de contabilidad.
  Cuando terminé sentí que tocaban a la puerta. Como en un relámpago supe quién era y adiviné la forma de salvar al sátiro Marsyas de la ignominia y el escándalo. Me asomé a la puerta en calzoncillo. La esposa de Donoso dijo un ay disculpa que sonó falsísi­mo, ¿no estás solo? Inició el movimiento de retirarse, una vez que, con solicitud tan artificiosa como la de ella, le comuniqué que estaba con mi antigua novia y que a la pobre le habían extirpado medio pulmón y un seno y que ahora la estaba consolando de los desas­tres de su vida, ocasionados por mi cacareada genia­lidad y mi poco graciosa huida.
  La señora sonrió. Conocía sin duda ese tipo de historias. Disculpa, comenzó a alejarse, y antes de que yo cerrara la puerta, dijo casi al desgaire:
  —¿No has visto a Pepe? Desapareció hace horas y nadie sabe dónde está.
  Naturalmente le dije que no conocía su paradero, aunque estaba seguro de que ella había adivinado todo lo que mi lengua calló.
  Entré a la habitación, desconecté la clave del teléfono y, cinco minutos más tarde, escuché la voz de la señora:
  —Pásamelo.
  Donoso abrió un ojo. Sonrió. Antes de responder, colocó la mano sobre la bocina y dijo:
  —Fue bonito. No te voy a olvidar, Marco, eres una bestia grande y despiadada. No sé si llegues a ser un buen novelista, pero eso en realidad carece de importancia.  

El el Hotel Tequendama. Desde que llegamos al aeropuerto de Bogotá comenzaron las atencio­nes. Nos esperaba un autobús lleno de jóvenes rubicundos, saluda­bles, elegantes y sofisticados del Colegio Nosécuántos, cuyos padres habían pagado una carretada de oro para que los alumnos de su taller literario pudieran escuchar, tocar y ver a  un miembro del boom, un poquito marginado, pero saluda­ble y lleno de humor. Ya estábamos libres del mundo de las señoras, libres del mundo de los homosexuales, ahora íbamos a caer en un mundo que se dividía: el de los escri­tores e inte­lectuales, muchos de ellos ofendidos por haber perdido los dólares del concurso, y el de los adolescentes, que competían por hacer pregun­tas inteli­gentes y por exhibir sus naturalezas díscolas. No podía quejarme por el anonimato: varios de los nenes habían leído sin desagrado mi primera novela,  Breve historia de todas las cosas,  y los periodistas se empeñaban en demostrar que yo no era el miserable corrector de galeras que se moría de hambre y abandono en un pueblito llamado Xalapa. (Nota actual: la anterior frase me hace pensar que lo que estoy contando sucedió entre 1980 y 1983). Entre los jóvenes hubo una rubia hermosi­ta, algo entrada en carnes y cultura, que desde que me vio se me adjuntó: en el autobús, en el restaurante y luego, a la hora de despe­dirnos, en el lobby del Hotel Tequendama. ¿Te puedo acompa­ñar?, preguntó sin bajar un ápice la voz, de modo que sus compañe­ros de taller la escucharan y que incluso, de paso, el mismo Donoso se diera cuenta y lanzara una mirada de encantador reproche: ¡Marco, Marco, otra vez a tus anda­das! Sorprendido, extasiado, lleno de susto, pues la niña apenas tendría quince o dieci­séis años, tal vez catorce bien trabajados por la vida, le dije que cumpliera sus deseos pero sin meterme en líos.
(En este punto me salto algunos sucesos que no atañen al tema central: Donoso).
Críticos, periodistas, escritores y público, en batahola, fingían interesarse verdaderamente por la literatura, todos en torno a Donoso y a mi persona que, sinceramente, hallaba el asunto bastante gris.
            Don Marco no olvidaba, a los cuarenta años que tenía entonces, no, nunca, que ése que posaba frente a las cámaras no era yo, que yo generalmente no eructaba mariscos y champaña sino honestos frijoles y tortilla, que en verdad no era sino un tipo solitario que vivía en Xalapa, una ciudad remota de todo centro y que en lugar de cama formal lo que tenía era un pedazo de hule espuma sobre el suelo y una casa sin jardín. Pero bueno: eso es la vida, cada día es un cuarto clausurado cuyo contenido sólo conoceré, cuando me toque entrar.
            Dejé la plaza por completo a Marsyas Donoso y regresé al enigma, a ese violín finlandés fabricado con pino de Caldas.
  —Eh, ¿a dónde vas, don Garrañón?
  —A mi cuarto: prefie­ro el fasto y la celebración de una piel lozana a la ignominiosa gloria del mundo.
   Donoso prometió guardar el secreto.
  —Pero no te voy a sacar de la cárcel.
Al día siguiente se terminaría la época de vacas gorditas. Era indispensable regresar a la vida de civil, pagar mis gastos y sufrir del anonimato. Me recupe­ré a mí mismo. Ya no había periodistas ni asediantes. La vida seglar tenía sus encan­tos.
   Pero antes de regresar a mí mismo tenía la obligación despedirme de Pepe de la mejor forma posible. No quería molestarlo. Deseaba evitar cualquier escena difícil con su mujer. Escribí una carta cariñosa y la metí bajo su puerta a las cinco de la mañana. A las seis recibí una llamada telefónica.
  —Exijo que vengas ahora mismo a mi habitación y que te despidas como un caballero, trogolodita.
  Toqué a la puerta de su habitación. Su esposa estaba despierta, con tubos de plástico en el pelo. Me recibió afectuosamente. José seguía acostado.
  —Pepe me dijo que querías escaparte sin despedirte de él.
  —El avión sale a las ocho y no quise molestarlos.
  —Ven acá, despídete —dijo Pepe imperativo.
  Me acerqué prudentemente. Le tendí la mano.
  —Nunca lo voy a olvidar, José Donoso.
  —Ven acá —casi gritó—. Ven acá—. Tiró de mi mano con energía y me hizo abrazarlo, mientras él seguía acostado, al tiempo que me estrechaba con fuerza de caballista del sur de Chile. Estuve sobre su cuerpo varios segundos.
  —Macho prepotente, eres un coqueto. Si no fueras tan peligroso te invitaba a Santiago, pero temo por mi hija. Eres un Atila. Espero que algún día nos volvamos a encontrar, pero lejos de Chile, donde podrías acabar lo que no han podido diez mil volcanes.
            Ya no volví a ver a Pepe Donoso nunca más. El 23 de diciembre del 81 me llamó.
            --Garañón: estoy en el DF. Quiero que vengas a saludarme.
            Le dije que lo intentaría, pero sabía que no iba a hacerlo. Conseguir un boleto de Xalapa al DF era imposible.

miércoles, 21 de marzo de 2012

MISTERKOLOMBIAS: EN AL CALOR POLITICO

MISTERKOLOMBIAS: EN AL CALOR POLITICO: En el siguiente link una nota en la página virtual más visitada en Veracruz http://www.alcalorpolitico.com/informacion/La-novela-Historia-de...

martes, 20 de marzo de 2012

EN AL CALOR POLITICO

En el siguiente link una nota en la página virtual más visitada en Veracruzhttp://www.alcalorpolitico.com/informacion/La-novela-Historia-de-todas-las-cosas-de-Marco-Tulio-fue-presentada-en-Puebla-89187.html
Tras la presentación en Puebla

Esta foto es una auténtica reliquia. Estoy deliberando con José Donoso antes de dar el fallo del Concurso de Novela Jorge Isaacs en Cali ¿en 1981? La foto es una foto de una foto del periódico El País, de Cali.


domingo, 18 de marzo de 2012

FOTOS PRESENTACIONES DE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS EN EL DF Y PUEBLA


Con René Avilés en la Librería Rosari Castellanos en el DF

Con Jorge Arturo Abascal y el poeta Pimentel en Profética, Puebla


Felipe Garrido, Abascal, MT y Pimentel en Profética, Puebla

Samperio, Félix Luis Viera y MT en Centro Cultural Bella Epoca, DF

lunes, 12 de marzo de 2012

MÁS MÁSCARA (5o fragmento)

Me dedico a leer el largo capítulo que Mann le dedica a Beethoven. La elección es elemental: debes optar entre el arte y el mundo. Los dos no pueden convivir: la farándula, la superficialidad, el exhibicionismo, la ostentación, el exponerse, viajar, posar, engolar la voz, decir apodictos impresionantes ante el público o ante la prensa, comer más allá de lo acostumbrado y fuera de la dieta cotidiana, dormir más de la cuenta o velar más de la cuenta, someterse a los asedios de La Fama (la diosa perra), escuchar elogios desmedidos (en la pasada presentación René Avilés afirmó que prefería mi obra a la de García Márquez; Samperio enunció con todas sus palabras que consideraba que MT era mejor escritor que Pitol --el pollo desplumado, nuestro Premio Cervantes). Toda esta balumba, este alud, este atragantamiento de hechos que rompen la armonía de mi la vida sosegada en Xalapa, simplemente me altera el estado de ánimo. Hay que sentir el agobio del fracaso para poder escribir algo que valga la pena. Cada vez que un escritor sale de su casa se pone una máscara. La mía es bastante casquivana, superficial, como la de un bufón no muy sofisticado o como la de un anónimo diletante veneciano en el escándalo del carnaval. Hay algunas anécdotas sobre las que Mann pasa velozmente, que podrían ser cuentos de Borges. Por ejemplo la historia de Johan Conrad Beissel, un analfabeta que en base a puro entusiasmo y misticismo terminó por ser el fundador de la Iglesia Anabaptista del Séptimo Día en Pensylvania. Beissel “parecía estar a punto de poner en música la Biblia entera”. Personaje que me recuerda a Funes el memorioso. “--¿Es para ti el amor la pasión más grande? –preguntó Leverhkun. --¿Conoces tú otra más fuerte? –Sí; la curiosidad del espíritu”. Yo diría que estoy de acuerdo con Leverhkun… hoy: sí, hoy prefiero estar aislado en mi estudio, leyendo, escribiendo, que dedicarme a trabajos de amor; diez años atrás la perspectiva del amor realizado o simplemente de una buena sesión de goce sensual, nublaba cualquier perspectiva de pasión intelectual. Esta tarde, en la que siento que no arranca el fragmento diario (casi obligatorio) de mi novela, me parece  que el diálogo con el Doctor Faustus es fructífero. He avanzado apenas un par de páginas. Me disculpo: tengo todo un año para escribir  esto. Y además: todo lo que escriba es provisional, un magma de quizás 1000 páginas, del que quizás recupere 300 o 400.







 

Lo que escribió Guillermo Vega Zaragoza en Revista de la Universidad de México

Aguilera Garramuño: La risa libérrima Por Guillermo Vega Zaragoza

Así como se sigue considerando que todos los escritores mexicanos son hijos de Pedro Páramo, para muchos es casi ley que todos los escritores colombianos sean hijos de Aureliano Buendía. Pero en el caso de Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, Colombia, 1949)no era para menos. En 1975, cuando sólo tenía 24 años, tuvo el infortunio de que su primera novela, Breve historia de todas las cosas la promoviera Ediciones de La Flor como que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que Gabriel García Márquez pero sin bigote. Las coincidencias eran muchas (sin contar el hecho de que ambas fueron publicadas originalmente por editoriales argentinas): la historia de un pueblo y de sus pintorescos habitantes, el ánimo voraz de la novela total y una narrativa exuberante como la selva misma.

Sin embargo, en ese entonces muchos lectores se fueron con la finta. Ahora sabemos que Aguilera Garramuño no era ni es, ni por cerca, un seguidor del “realismo mágico”. Así lo demostraríacon su vasta obra posterior, que incluye más de treinta libros, los cuales han recibido diversos premios y reconocimientos, entre los que destaca el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí por sus célebres Cuentos para después de hacer el amor.

En el caso de su primera novela, se trató más bien de un ejercicio de parodia, pleno de humor, que se desdoblaba en una crítica más puntual a la idiosincrasia de los pueblos latinoamericanos, retratando sus lacras, infortunios y desatinos, pero pocos parecieron entender el chiste.Uno de los pocos que apreciaron con justeza la apuesta fue ni más ni menos que Seymour Menton, quien señaló en La novela colombiana. Planetas y satélites (FCE, 2007): “Breve historia de todas las cosases una especie de parodia deCien años de soledad, que se distingue de su modelo por el tono predominantemente humorístico y por su afiliación con la novela autoconsciente, o sea la novela estilo Rayuela que comenta su propio proceso creativo”. Luego de hacer un análisis comparativo puntual y detallado entre las dos obras, Menton concluye: “Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes deCien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites macondinos de la última década”.

Pero treinta y seis años después, Aguilera Garramuñodecidió trabajar de nuevo sobre esa primitivaexperiencia. Ahora la ha rebautizado comoHistoria de todas las cosas que es —y no esal mismo tiempo—una versión corregida y aumentada de aquella primera incursión novelística. Lo es porque conserva gran parte de las anécdotas que tienen como escenario el poblado imaginario de San Isidro de El General, ubicado en Costa Rica, y aparece la galería de personajes ya conocidos, una inacabable corte de los milagros que ya poblaba las páginas de la alucinante narración original.

Y no lo es porque, ya desde el título, el autor ha decidido hincar aún más sus sardónicos dientes. Ya no se trata de una “breve historia”: se trata de “Lahistoria” de todas las cosas. Ha llenado huecos, ha introducido nuevos personajes, ha replanteado escenas y descripciones, la ha aumentado hasta sobrepasar las 500 páginas, proponiendo al lector una experiencia literaria renovada. En efecto, esta reciente versión se lee de manera diferente y sobresalen en ella, ya sin tomar tanto en cuenta la impronta macondiana, los mejores artilugios con los que siempre ha contado el autor, como lo ha demostrado en otras novelas comoMujeres amadas, Las noches de Ventura, La pequeña maestra de violín y La hermosa vida.

A la manera de Rabelais, en Historia de todas las cosasAguilera Garramuño ha realizado“una obra basada en la risa que degrada, corporiza y vulgariza ante la imposibilidad de llegar a la verdad con certeza”, como ha dicho Diógenes Fajardo, a propósito de Gargantúa y Pantagruel. En el mismo sentido, Mijaíl Bajtin ha señalado que Rabelais rechazó los moldes literarios de su tiempo“mucho más categóricamente que Shakespeare o Cervantes, quienes se limitaron a evitar los cánones clásicos más o menos estrechos de su época”. En Rabelais, dice Bajtín, “no hay dogmatismo, autoridad ni formalidad unilateral”. Las imágenes rabelesianas son “decididamente hostiles a toda perfección definitiva, a toda estabilidad, a toda formalidad limitada, a toda operación o decisión circunscritas al dominio del pensamiento y la concepción del mundo”.

Así Aguilera Garramuño en este libro desternillante, libérrimo, totalmente disfrutable. Como Rabelais, se ha resistido a ajustarse a los cánones y reglas del arte literario dominantes, tal cual lo señala el propio narrador de la novela: “Tengo, amigos, el derecho de inventar lo que se me de la gana. Fácil, en la tramoya literaria todo se puede, hasta lo que no se puede. El que quiera oír o leer, que oiga o lea, y el que no, que ponga a enfriar sus pelotas. En lo que escribo, señor orate, soy rey soberano, dios y el mundo se callan.”

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Historia de todas las cosas. Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, México, 2011. 515 pp.

miércoles, 7 de marzo de 2012

¿POR QUÉ TOMARSE TAN EN SERIO A GARCÍA MÁRQUEZ?

Visita a GARCIA MARQUEZ
CON SORPRESA FINAL
1ª, 2ª y 3ª parte
Diario de un escritor
No había visto a García Márquez  desde hacía quince o veinte años. Se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocerlo. Ella es su gran admiradora. Entre sus obras preferidas están  El amor en los tiempos del cólera y el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”. Leticia dice que ningún escritor tiene el encanto de García Márquez. Muchos lectores comparten esta opinión. Yo lo admiro pero tengo mis reservas. Reconozco que estoy obsesionado por su figura o tal vez por su fama. Aunque en verdad debo decir que no envidio su vida, eternamente acosado. Si hay algo que aprecio es que no me llamen a deshoras, que no me acechen en la calle, que no me pidan autógrafos. Un autógrafo de vez en cuando, pero no diez en línea. Unas cinco o seis invitaciones nacionales y dos al extranjero al año. No veinte o treinta diarias, como le sucede a él. Hay claras diferencias entre él y yo: Gabo es tímido; yo atrevido; Gabo es reservado, yo exhibicionista. Gabo poco adicto al deporte; yo fanático.
 Desde que le dieron el Premio Nobel se volvió inalcanzable. Antes lo vi cinco o seis veces: en Bogotá, Xalapa, Coyoacán, el DF. Cuando se descubrió que tiene una enfermedad grave, se recluyó con mayor reconcentración. Declaró que ya no iba a aceptar más premios, reconocimientos ni invitaciones. Dijo que  ni una entrevista más. La publicación del primer tomo de sus memorias  Vivir para contarla, no tuvo el estruendoso éxito que se esperaba. A mí particularmente me dejó un sabor de incompletitud, de falta de sinceridad, de excesivo auto elogio, y así lo manifesté en un artículo en la revista Crítica de Puebla, artículo que titulé “Crónica de lectura de Vivir para contarla”.  En ese texto yo sostenía que las verdaderas memorias de García Márquez no eran ésas, sino otras, que debía tener guardadas en una caja fuerte. Me atrevo a suponer que García Márquez no siguió escribiendo sus memorias porque prefirió tener una vejez tranquila, al lado de Mercedes (es curiosa esa relación de Gabo con su esposa: ella siempre ha estado a la sombra tal vez porque esa ha sido su opción de vida. Mientras él habla sobre libros —sobre sus libros—, ella conversa sobre sus compras en las grandes tiendas de París.)
 Pues como se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocer a Gabo, un día decidí caerle por sorpresa en su casa en la Calle Fuego. Resulta que, o Gabo no estaba o no quiso recibirnos. De todos modos le dejé el manuscrito de una de mis novelas inéditas,  Agua clara en el Alto Amazonas, y nos tomamos fotos frente a su puerta.
 El fin de semana pasada decidí insistir, ya solo, sin mi esposa.  Tardaron mucho en atender el llamado del timbre. Una ventanita se abrió a la altura de mis ojos y una mujer de edad juvenil, demasiado joven y guapa para ser sirvienta, me preguntó qué deseaba. Quiero ver a don Gabriel, soy su compatriota, me apellido Garramuño. Los ojos de la muchacha se iluminaron: ¿El de los cuentos? Le respondí que sí, tratando de entender una complicidad que sospechaba pero de la cual no estaba seguro. Evidentemente no era una sirvienta. Tal vez se trataba de una sobrina o de una hija de su hijo Gonzalo.
     —Mire, no sé si quiera recibirlo. Hay orden de no recibir a nadie. Lo voy a anunciar sólo porque me gustaron sus cuentos.
 —Nada más dígale mi apellido, mi segundo apellido, Garramuño, el de la novela de todas las cosas. Dígale así: “Garramuño, el de la novela de todas las cosas”. Si no quiere recibirme, me lo dice y me voy.
Volvió a cerrar la ventanita.
 Me apoyé en la puerta, levanté una pata y la puse contra ella, crucé los dedos. Me fumé un par de cigarrillos —llevo años tratando de abandonar el vicio pero no lo logro. En realidad es uno de los dos vicios que me quedan. Es decir, soy casi un santo.
 Escuché una discusión. Creí escuchar la palabra “nadie”, pronunciada casi a gritos por otra voz femenina. Debe ser Mercedes, pensé. Mercedes, la que me debe una invitación a comer, me dije. No sé si le simpatizo a la esposa de García Márquez. Pienso que no. En las pasadas entrevistas —que le hice a la traición a Gabriel— de alguna manera me burlaba. Decía que yo iba a ser mejor escritor que él, que El otoño del patriarca  era una novela indigesta, que Gabo escribía cuentos de hadas, que  Ojos de perro azul era un libro que me avergonzaría firmar, que Gabo se exhibía como seductor ante las cajeras del Samborns.
 Pasaron varios minutos. Finalmente se abrió la puerta y fue el mismo Gabo quien apareció. No andaba con bastón, sus ojos se veían brillantes. No estaba encorvado. No era un hombre derrotado por la enfermedad. Más bien parecía un monje budista sorprendido en el momento de conquistar la serenidad. En lugar de estrecharme la mano me abrazó, como la segunda vez que nos vimos en el Hotel Xalapa.
 —No conozco a nadie tan terco ni tan pesado como tú, Garramuño, qué quieres. Hace más de treinta años me dijiste que te ibas a casar…
            —Y tú me dijiste: “Ya te jodiste”.
 —¿Te jodiste?
 —No. Estoy bien.
 —Tienes razón: no te jodiste. He recibido tus libros uno tras otro.
 —¿Y qué te han parecido?
 —Ya te dije hace muchos años que no voy a hablar de tus libros. Una palabra mía alabando lo que has escrito bastaría para joderte el resto de la vida.
Continúo con la crónica de mi reciente visita a Gabo. Nos quedamos en que yo le había mandado por correo todos mis libros uno a uno a lo largo de los años. —¿En privado no me podrías decir qué te han parecido mis libros?
 —No —dijo enfático, casi enojado— que te baste con saber que no los he tirado a la basura.
 Atravesamos dos salas, una estancia con marquesina y muchos helechos, entramos a un jardín, en el que había una fuente y una especie de arroyuelo que no logré ver dónde se perdía. Entramos a una cabaña de madera rústica. Mi estudio, dijo.
 Se suavizó. Dijo que guardaba mis libros con cariño, e incluso me llevó al librero donde estaban. Allí los vi, bien alineaditos: Breve historia de todas las cosas, Alquimia popular, Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Las noches de Ventura/Buenabestia, La hermosa vida, La pequeña maestra de violín, Cuentos para antes de hacer el amor, Cuentos para después de hacer el amor, Eroticón frenáptero  (inconseguible en México),  La pequeña maestra de violín, El pollo que no quiso ser gallo, El ojo en la sombra, El amor y la muerte, Poéticas y obsesiones, Los placeres perdidos.  Todos estaban dedicados, con dedicatorias a veces insolentes, a veces  llenas de afecto.
Incluso tenía libros que yo ya no tengo, como  La cuadratura del huevo  y  El arte como problema. Mis libros estaban al lado de los de Álvaro Mutis. Entonces era cierto lo que me había contado Fabio Jurado: que en sus libreros Gabo privilegiaba los libros de Mutis y los míos.
—¿A qué viniste?
—Quiero verte antes de que te mueras o antes de que me muera yo. Eres como mi madre: por tu culpa empecé a escribir y siempre me han comparado contigo, para bien y para mal.
 —¿Y para qué diablos quieres verme?
 —Porque eres el único genio literario vivo y yo soy tu sucesor. ¿Sabías que estoy escribiendo una parodia de  Cien años de soledad?
 Gabriel fermentó una larga sonrisa no sé si de menosprecio, superioridad, comprensión, piedad o rencor. Recordó varias escenas: cuando nos conocimos en el local de Alternativa y yo le dediqué mi primera novela así: “Para García Márquez,  a quien pienso matar literariamente”; cuando nos vimos en el Hotel Xalapa y él prefirió reunirse con una apetitosa y gordita periodista (recuerdo su nombre, Rosa Elvira Vargas, ahora trabaja en  La Jornada) en lugar de cumplir una cita conmigo (recuerdo que yo me enojé y quise regañar a Gabo: él me respondió así: Cachaco tenías que ser); cuando me invitó a comer tacos en una taquería de Coyoacán junto con varios colombianos; cuando me defendió de los personajes que querían expulsarme del país por pornógrafo…
         —¿Así que estás escribiendo una parodia de  Cien años de soledad? ¿Crees que tienes los huevos de dinosaurio que se necesitan para lograrlo?
 —La historia me juzgará —dije melodramático. Gabo soltó una carcajada.
 —Eso es lo que me gusta de Colombia: produce unos locos de miedo.
Continúo relatando mi visita a García Márquez en su casa. Nos quedamos en que Gabriel me llevó a su estudio, al fondo del jardín, me ofreció un tequila y me invitó a sentarme en un profundo sillón de cuero blanco. Él lo hizo en una mecedora de abuelita, frente a mí.
Mercedes, la Gaba, andaba rondando como una gata en celo y cada cinco minutos se asomaba al estudio y le decía a su marido: recuerda que necesitas reposo, ¿ya te tomaste tu medicina?, es hora de tomar la presión, ¿no tienes frío?, ¿tienes hambre? A mí me ignoraba por completo, lo que yo debía entender como una invitación a ahuecar el ala.
Le pregunté a Gabo si ya había leído  Poéticas y obsesiones, en el que reúno las entrevistas que le hice.
—¿Las entrevistas a la traición?, preguntó.
—Eso, las entrevistas a la traición, dije.
—No la leí. Tengo libros más interesantes que leer. Por lo menos hay treinta libros que quiero leer antes del tuyo. Además esas entrevistas ya las has publicado en veinte partes y son la culminación de tu vanidad. Me utilizas a mí para hablar de ti mismo
—Tú también te auto promocionaste en el pasado. Recuerdo que en una reunión con Gustavo Sainz inventaste una historia para promocionar un libro tuyo. Inventaste que el manuscrito te lo habían robado. Yo asistí al invento y a la planeación de la promoción. En esos días Sainz era el papa de la cultura de México. Era director del Instituto Nacional de Bellas Artes.
—No me gusta cómo has movido tu carrera. Con premios literarios uno tras otro.
—Tú también hiciste lo mismo. Comenzaste ganando el Premio de Novela Esso en Colombia, luego ganaste otros, y cuando ya eras muy famoso dijiste: ya no quiero más. Yo he participado en concursos y he ganado varios para salir adelante. No tuve una mafia poderosa que apoyara mi promoción. Trabajé solito, desde la periferia, ciudades de provincia. Tú formaste una rosca de gente muy talentosa: Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Donoso —que por cierto siempre te tuvo mucha envidia (fui jurado con él en un concurso y me hablaba no muy bien de ti, pero la que hablaba peor era su mujer, Pilar).
García Márquez insistió en que no le interesaba leer las entrevistas que le hice. Dijo que abominaba de todo lo que fuera divulgación de su imagen, de sus opiniones.
—Ahora mi vida es escuchar vallenatos, Brahms, Bartok, cuidar a mis nietos, leer…
—¿Escribir?
—Eso es asunto privado. Si no supiera que eres chismoso podríamos hablar de todo. Ya sé que vas a escribir minuciosamente todo lo que yo diga o haga. Apuesto que ya me contaste las manchas que tengo en la cara, el temblor de mis manos, ya anotaste cómo estoy vestido. No dudo que me hayas olido a fondo cuando cometí el error de permitir que me abrazaras.
—No fui yo el que te abrazó, Gabo.
—No serás el mejor escritor de Colombia y del mundo pero sí el rey de los vanidosos.
—Mis defectos son mis virtudes.
—Esa frase es mía, Garramuño.
—Hace años también dijiste que yo te había robado un título: Cuentos para antes de hacer el amor —dije.
—…Y me lo robaste.
Ya no quise seguir discutiendo.
—Y esa novela que va a ser mejor que Cien años de soledad ¿de qué trata?
—De la vida en un pueblo más divertido que Macondo. Un pueblo lleno de putas y de beatas, de bobos y de locos, de judíos, españoles y gringos.
—Si tiene putas va a ser una novela divertida.
Cambié de tema. Le pregunté que cómo estaba.
 —Si algo quisiera en la vida en este momento es no ser nadie, salir a la calle y que todo el mundo me ignore. ¿Quieres un consejo? Abandona la literatura y dedícate al basquetbol o a pescar en algún pueblito costero de Veracruz.
 Hay otros detalles del encuentro pero se ha terminado el espacio de esta columna.
ENTREVISTA IMAGINARIA

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