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martes, 6 de marzo de 2012

EN BERLÍN: OTROLUNES COMENTA HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

Este es el vínculo que lleva a la Revista de Literatura Hispanoamericana que se publica en Berlín bajo la dirección e Amir Valle. En ella el novelista cubano Félix Luis Viera comenta...http://otrolunes.com/librario/historia-de-todas-las-cosas-de-marco-tulio-aguilera-garramuno-la-novela-grande/
La novela grande
Félix Luis Viera
Terminar la lectura de una novela y sentir deseos de tomarla de nuevo, extrañar sus personajes, comprobar la necesidad de llamar al autor para agradecerle, quizás sean tres de los “síntomas” que nos avisan que hemos leído algo fuera de serie. Y si pasan los días y sentimos igual, entonces uno se atreve a firmar, definitivamente, que ha leído algo fuera de serie.
Sé que asumo una alta responsabilidad al exponer lo que expongo en el párrafo anterior. Pero lo sostengo. Y trataré de demostrarlo. Y quien me conozca sabe que me puedo equivocar, pero no miento.
San Isidro de El General es un pueblo o ciudad pequeña que existe en Costa Rica, pero ya no existe como tal, como pueblo o ciudad; ahora es una gran y totalizadora parábola que se inaugura en la literatura hispanoamericana. Marco Tulio Aguilera Garramuño (MATG) se apoya en las enjundias de San Isidro de El General (SIEG) y desde ahí levanta, fabulación mediante, el vuelo no para inmortalizar esta locación, sino para darle una nueva vida, una dimensión que es historia, idiosincrasia, levante y caída de toda una cultura, un modo de hacer, un juicio en pro y en contra de una civilización, la latinoamericana del pasado siglo. Atiendan: dije latinoamericana, y lo sostengo.
Panóptico o caleidoscopio, según se mire, la historia de SIEG es trabajada desde adentro, desde la entraña, por un narrador que puede ser el evocado en la obra, Mateo Albán, o el Loco, o don Garrapata, o un sinfín de otros contadores que corren por sus 515 páginas. Resulta una hazaña concretar tal infinidad de personajes y darles formas, respiros, antecedentes, consecuencias y desenlaces en medio de una tómbola narrativa que plantea, más bien, una novela sin trama. Sé que me contradigo con esto último, pero al menos yo, en una obra cuya argumentación es soberana y contundente, no hallo la trama —no el hilo de la trama, que eso es otra cosa—por ningún lado. Los que sepan de estos asuntos, que investiguen, ahí se lo dejo de tarea.
Arrastrar con uno los personajes de un novela —creo que hasta siempre— es una de las razones por las que nos sentimos agradecidos de una lectura que nos ha entretenido, informado, formado, instruido, divertido, conmovido hacia la tristeza, el humor, la reflexión. Gloria entonces para el negro Vladimiro, su Niña Blanca, su interminable camada de negritos; para el noble Zaratrusta, nacido para la inmolación; para el paticorvo Palomo, padre de la dispersión e hijo del victimario y víctima sargento Robustiano; para Californio el simple, ——siempre acompañado por su fiel Anastasia—, hijo de ese paradigma  de la frustración que es el músico incomprendido Rey David y que al final de la novela nos dará una lección de condición humana, de esperanzas, y a la vez, un ejemplo —o será el autor quien lo hace—de lo que es un cierre literario a la altura de circunstancias clímax; para las cuatro bellas Fernández; la Costurera Flaca; la siempre flamante, al parecer, Sietecolores; el obcecado dentista Camilo Pérez; el inclemente negociante Denario Treviño; Epaminondas, cáustico, críptico; Bonderhouse, amor contra natura; la Negra Celina, brillo único; Sebastián Pereira, estoico pero encabronado ante la adversidad; la beatitud de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa; Benjuil Mnemjián, dueño “de las cosas que existen (…) (y) de las que sin existir existen”; el inolvidable Samuel, creador de esa manera prodigiosa de expresión denominada el “samueleo”; Jaime Po, el más bello; la Malandra, tal vez una de las no contabilizadas hijas del sargento Robustiano; el inefable Betóben (así, con el acento en la o) Charriaga; el optimista, intimidante  padre Soto; el padre Clímaco, efusivo; el negro Termidor, que siempre aparece digamos arrinconado, como si nos indicara el autor que este personaje reflexiona, reflexiona; los Estudiantes y los Intelectuales, personajes colectivos, simbólicos.
Gloria digo para los personajes citados en el párrafo anterior —y los tantos que faltan— en el sentido literario, por sus valores literarios, puesto que en la historia contada, unos son buenos-malos, otros malos-buenos, ninguno maniqueo.
MTAG apunta a la tesis de su novela desde las primeras páginas, pero es la 381 cuando la redondea: “… no se trata de entender el mundo sino de disfrutarlo”. Aunque, claro, yo agregaría que disfrutarlo se relaciona con aprender de él, como nos ocurre con Historia de todas las cosas, un libro que puede resultar asimismo una especie de breviario: por donde quiera que usted lo agarre puede empezar a leer sin problema, y queda enganchado. Una novela de la cual el lenguaje —a veces rayano en la oralidad, siempre de una creatividad suprema y en ocasiones arrollador— merece un análisis independiente; lo merece, no lo olviden los que saben de esto (fíjense por ejemplo en el símil, la hipérbole, la inestimable ganancia de las metáforas conde, la revalorización relativa del estilo picaresco, el trastoque  de la semántica, el tempo, el ritmo, la candencia). Una novela donde prima la sabiduría, y en la que la sapiencia, vasta, solo aparece cuando es menester y en dosis asimilables; una novela, un breviario, decía, un “manual de vida” que de ningún modo se apoya en lo fantástico, y menos en lo mágico, sino en la fábula  o la fabulación de lo posible, en la exageración o la minimización para darnos las claves de la esencia; una novela portadora de un humor que nos levanta del asiento en ocasiones y en otras nos hace mirar hacia nosotros mismos, y pensarnos; un turbión que en una y otra página parece indicarnos que estamos leyendo un largo poema narrativo; el ingenio puesto en lengua de narradores que replican creo que a todo lo existente, ya sean religiones, costumbres (esos novios tomados por sus dedos meñiques), gobiernos, idiosincrasias, etnias, doctrinas, historiografías, tradiciones literarias y artísticas, etc.
Para su mal, unos y otros han querido pegar Historia de todas la cosas con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Tonterías, no porque ambos autores sean colombianos o en fin por causa alguna deben hacerse comparaciones, o más bien competencias en este caso. Es ridículo. Estas comparaciones siempre son insensatas. Pero, en mi opinión, la novela del Premio Nobel es básicamente impresionista, e Historia de todas las cosas muy lo contrario.
De los capítulos más sobresalientes de Historia de todas las cosas, advierto al menos cinco que a mi juicio pertenecen a un escritor grande (así se suele decir, grande): Páginas: 263-275 (donde además se recaracterizan a varios de los personajes principales); 309-319 (donde además se alcanza un poder descriptivo excepcional); 373-392 (donde además varios de los personajes son “reciclados); 393-408 (donde la poesía se manifiesta intensamente y el gran negro Vladimiro marcha hacia el  ocaso); y el capítulo final, una oración en favor del arte, del humanismo, un cierre en alto y a la vez coda que me trae a la memoria, únicamente por su poderío narrativo, aquel final que alcanzó Emilio Zola en Germinal.
Suerte para Historia de todas las cosas que ha podido contar con una edición bellísima (Trama Editorial, España, y Educación y Cultura, México) que incluye una portada muy precisa y de sumo impacto, así como con un interior donde hallamos alto gusto en la letra y la página toda.
Bueno, sé, me han dicho, que Historia de todas las cosas tiene su origen en una primera versión, escrita y publicada hace como cuarenta años, titulada Breve historia de todas las cosas. No me interesa aquella versión, para nada. Jamás la buscaré y mucho menos leeré una de sus páginas. En este caso no me interesa el origen de la luz, sino la luz en sí misma.

jueves, 1 de marzo de 2012

Proverbios de Harold Alvarado

No hables. 
Mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren. 

Confía sólo en los niños y los animales y de los ancianos aprende el miedo de haber vivido demasiado. 

A tus contemporáneos pregunta sólo cosas prácticas 

y comparte con ellos tus fracasos, tus enfermedades, 

tus angustias, pero nunca tus éxitos. 

De tus hermanos ama el que está lejos 

y teme al que vive cerca. 

A tus padres nunca preguntes por su pasado 

ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud. 

Con tu patrón no hables, escríbele y nunca le cuentes 

tus planes futuros y miéntele respecto a tu pasado. 

Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita 

y si llegas a tener hijos, piensa que, 

como en los juegos de azar, 

podrás ganar o perder. 

El destino no existe. 

Eres tú tu destino. 

Y si llegas a la vejez 

da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo, 

pero implora con resignación por tu pronta muerte. 

Los que no tenemos dinero ni poder 

valemos menos que un caballo, 

un perro, 

un pájaro o una luna llena. 

Los que no tenemos dinero ni poder 

siempre hemos callado para poder vivir largos años. 


Los que no tenemos dinero ni poder 

llegados a los cuarenta 

debemos vivir en silencio 

en absoluta soledad. 


Así lo entendieron los antiguos, 

así lo certifica el presente. 


Quien no pudo cambiar su país 

antes de cumplir la cuarta década, 

está condenado a pagar su cobardía por el resto 

de sus días. 


Los héroes siempre murieron jóvenes. 

No te cuentes, entre ellos, 

y termina tus días 

haciendo el cínico papel de un hombre sabio.

jueves, 9 de febrero de 2012

El Amazonas de William Ospina

Hace algunos años hallé un considerable manuscrito sobre la mesa de centro de Mario Rey, quien fuera por muchos años en gran promotor de la cultura colombiana en México.  Picado por la curiosidad y movido por el ocio y la pereza de afrontar el smog de la ciudad de México comencé a leerlo. Era la narración de las aventuras de un vasco que vino joven a la América recién descubierta, que batalló a las órdenes de su tío, Miguel Díez de Armendáriz, gobernador de amplios territorios, y que acometió grandes hazañas y fue calificado como militar de valentía y coraje incomparables, bandido, malhechor, villano, criminal y soñador de glorias.
            Ursúa se llamaba aquel manuscrito que leí a medias y que sin duda era una novela. No tuve tiempo de terminar la lectura. Llegué hasta la mitad más o menos, pero supe que allí había algo grande. Varios años después me enteré que la novela había sido publicada por Alfaguara en Colombia.[1] El autor es William Ospina, un viejo conocido, casi un cómplice de mis años setentas en Cali, un contemporáneo, y yo diría, un frenáptero: poeta sereno, intelectual comprometido, cantante de las canciones de Edith Piaf en perfecto francés, aspecto de hippie, erudición sorprendente y don del natural ingenio, una de esas personas con las que uno quisiera pasar la vida en una luminosa e interminable borrachera.
La novela Ursúa de entrada muestra una virtud indudable: un conocimiento exhaustivo, casi increíble, del tema, del territorio y de la época. Lo sorprendente no es que el autor sepa o parezca saber casi todo sobre la América de los conquistadores  sino que logra diluirlo de tal modo en una narración épica, que uno no tiene esa incómoda sensación de que el autor quiere apabullarnos con sus sapiencia. Es una novela navegable con viento sereno, legible de principio a fin, no sólo por la riqueza de las peripecias del protagonista y los que lo rodean, sino por la fineza de una prosa que en ocasiones obliga al lector a detenerse y subrayar o marcar de alguna manera la línea memorable.
El narrador, cuya identidad se mantiene soslayada hasta el final, relata la historia de Ursúa, le sigue los pasos al aventurero y recorre las mismas selvas. No físicamente, sino por medio de las narraciones que el mismo Ursúa le hace.
Yo andaba en los pantanos del Imperio procurando olvidar mi adolescencia, el            mal camino que me llevó con Pizarro y sus hombres en busca de la canela, y la          serpiente sin ojos que arrastró nuestro barco por la selva.
 Esa serpiente sin ojos es el río Amazonas y la epopeya de la busca del país de la canela es  una aventura que contará el autor en el próximo libro de la serie, llamado precisamente  El país de la canela, del que me ocuparé más adelante.
¿Quién es Ursúa? Un muchacho que abandona España y se lanza a la aventura en América. Una mezcla de príncipe y bandido, que sueña con alcanzar una gloria semejante a la de Hernán Cortés: conquistar un imperio, someterlo, poseer ciudades enteras de oro, muchas mujeres  y todas las glorias del mundo.
La novela no sólo vale como epopeya de un mozablete que se alza desde la inopia hasta el poder casi absoluto, sino como descripción y canto a territorios jubilosos o endemoniados hallados por los conquistadores en América. La descripción de la Sabana de Bogotá, el bellísimo valle en el que está asentada la capital de Colombia, es de gran elevación poética.     En la obra se novela uno de los acontecimientos más asombrosos de la conquista: la coincidencia de tres expediciones de diferente nacionalidad, por caminos distintas, en la Sabana de Bogotá: la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, un varón con títulos e influencias en España; la del trotamundos alemán Federman, y la expedición de Belalcázar, quien fundaría la ciudad de Cali. La corona española le concedió al primero la primacía de los derechos del nuevo reino; a Federmán se le premió con oro y a Belalcázar con la gobernación de Popayán.
            Nadie podía creer que coincidieran tantos europeos en la misma sabana, y eso            fortaleció la convicción de que habían acertado con el rumbo del tesoro. Como un   imán los arrastraba a todos la leyenda de la ciudad de oro que se alzaba en las           montañas centrales, y un relato repetido miles  de veces, por sanos y enfermos,       por los náufragos desdichados de Castilla de Oro y por los comensales felices    bajo la ceiba grande de Margarita.
            A pesar de la oposición de varios grupos de indígenas (chibchas, muiscas, muzos y otros) los españoles se establecieron en la sabana donde  fundaron la que sería la capital de Colombia.    
            Hay secciones en las que el lector siente estar leyendo apartes de  la Iliada  o la  Odisea,  particularmente cuando el autor se ocupa de hacer la enumeración de los grupos indígenas que colmaban un territorio casi virgen y de una exuberancia alucinante; o cuando describe las orillas del río Magdalena, las serranías, la región zenú, los territorios de Nariño y las selvas casi impenetrables, aun hoy en día, del Chocó, en la Costa Pacífica de Colombia.
La novela está plagada de escenas  sorprendentes, crueles, poéticas, memorables, contadas con entera verosimilitud. Leamos  un párrafo sobre el asesinato atroz de la esposa de Athaualpa:
La princesa, fiel  a su esposo, hizo lo imposible para esquivar los asedios de los hombres blancos, y cuando cayó finalmente en sus manos cubrió de    excrementos su cuerpo desnudo para causar repulsión a los verdugos; pero    Gonzalo Pizarro había crecido en la vecindad de los albañales y no dejó de        violarla por ello, después de lo cual el propio Francisco Pizarro la retuvo como           rehén              intentando que el Inca Yupanki se rindiera a cambio de rescatarla. Manco     Inca se negó, y el marqués cometió el peor de sus crímenes: hacer azotar             hasta el rojo  a la hermosa cautiva, hacer que sus flecheros practicaran el tiro           en        su cuerpo, y arrojar el cadáver profanado al río Yupanqui, que llora desde            entonces por ella.
Una de las más altas virtudes de esta novela es el apropiado manejo de la diacronía, la sincronía y la ucronía: no sólo se cuenta lo que le está sucediendo en el presente al protagonista sino lo que le sucedió en el pasado e incluso lo que le sucederá o lo que le podría suceder en el futuro hasta su muerte; además se cuentan los sucesos contemporáneos a la acción central. Y a más de ello se entra en la conciencia de los protagonistas, logrando una muy convincente  omnisciencia. Tal despliegue de sapiencia e imaginación da como resultado una narración muy rica, que —y aquí estriba la habilidad grande del escritor— curiosamente no se siente diversa, farragosa u ociosamente discursiva. Todas estas virtudes se basan en un conocimiento minucioso del tema, y, naturalmente, en un adecuado manejo de los elementos de la ficción. Historia y ficción se armonizan para crear una novela de lectura apasionante para el aficionado, e ilustrativa y enriquecedora para el conocedor.
Auténtico surtidor de poesía es esta novela: la enumeración de las plantas que se dan en la sabana de Bogotá es un verdadero canto que envidiaría Neruda. Y todo ello con naturalidad, sin retórica, como si la poesía surgiera del mismo mundo, sin intervención de la mano del poeta. Invisible es el poeta que hay tras esta novela porque el mundo que está fabulando es visible y más que visible, apabullantemente visible.
Ursúa está plagada de ombligos de interés, de hoyos negros, de instantes significativos, misteriosos o sugerentes: la noche en la montaña de nieblas y tinieblas que se ilumina con una inexplicable luz enceguecedora; el encuentro de Ursúa con Ciudad Tayrona, uno de los grandes misterios arquitectónicos de la humanidad; el hallazgo de los monstruosos monolitos de San Agustín; el primer enfrentamiento con el majestuoso Salto del río Tequendama. Leyendo la novela uno no puede dejar de imaginar el esplendor de aquel territorio original plagado de paisajes insólitamente bellos y salvajes, de etnias  diferentes, de culturas singulares, de secretos insondables como los sueños que se perdieron con la devastación propiciada por los conquistadores.
La novela basa gran parte de su tensión en los aplazamientos constantes del gran sueño de Pedro de Ursúa: la búsqueda de El Dorado. Aplazamientos ocasionados por las responsabilidades que se le asignan una tras otra, en general de conquistar o aplacar tribus  hostiles o  emprender guerras de exterminio o pacificación. Y entre la narración de los planes de buscar tesoros inconmensurables y las guerras, se entreveran los relatos de las escaramuzas amorosas con mujeres, con las que Ursúa protagoniza amoríos que no alcanzan una dimensión tan trascendente como para hacerle olvidar su obsesión por el oro.
Documentándome  sobre el tema me entero que Pedro de Ursúa no es ente imaginario  producto de las fiebres poéticas de William Ospina, sino que fue capitán en un grupo de expedicionarios en el que también iba el gran loco que fuera Lope de Aguirre. Ursúa acompañó a Lope de Aguirre en la odisea final en busca de  la ciudad de oro. El Ursúa histórico pereció  a manos de sus compañeros, junto con su amante final, Inés de Atienza.
Ya recurriendo a fuentes exteriores a la novela de Ospina hallo que el asesinato de Pedro de Ursúa es relatado por Lope de Aguirre en carta dirigida a Felipe II:
Fue este mal gobernador (Pedro de Urzúa) tan perverso y ambicioso y miserable que no le pudimos sufrir y así por ser imposible relatar sus maldades y por tenerme por parte en mi caso como me tendrán, excelente Rey señor, no diré más de que LE MATAMOS, muerte cierto bien breve, y luego a un mancebo, caballero de Sevilla que se llamaba don Fernando de Guzmán, le alzamos por nuestro Rey y le juramos por tal, como tu persona real verá por las firmas de todos los que nos hallamos aquí, que quedan en la isla de La Margarita, en estas Indias, y a mí me nombraron por su maestre de campo, y porque no consentí en sus insultos y maldades, me quisieron matar, y YO MATÉ AL NUEVO REY, y al capitán de su guardia, y a su teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a su capellán, clérigo de misa, y a una mujer de la liga contra mí, y a un comendador de Rodas, y a un almirante, y dos alférez, y otros cinco o seis aliados suyos; y con intención de llevar la guerra adelante y morir en ella por las muchas crueldades que estos vuestros oidores usan con nosotros. Nombré de nuevo capitanes y sargento mayor, y luego me quisieron matar, y YO LOS AHORQUÉ A TODOS.

            El factor dinámico que   mueve el mecanismo de la novela es la búsqueda del País de la Canela, hacia el cual avanza la expedición de Pizarro, en la que va el Ursúa. Buscando ese país los españoles, acompañados por una multitud de indígenas, cerdos, perros, pertrechados con toneladas de vituallas y armas, armaduras y caballos, se van hundiendo en la selva y hallan que el mentado país es una selva inhóspita que ni siquiera tiene el nutrido tesoro de árboles de canela. Se ven prácticamente arrastrados más hacia el fondo de los barrancos, arrinconados por arroyos tormentosos, que forman al principio quebradas y luego ríos cada vez más caudalosos que finalmente desembocan en el que sería llamado el Amazonas.
            Ospina narra que Pizarro, viendo la ruina de su expedición, en la que invirtió toda su fortuna,  enloquece y hace desmembrar a 3000 indígenas, cuyos despojos lanza a la jauría de los perros. (No hay fantaseo en lo concerniente a la masacre: está documentada históricamente.)
Hay en esta novela, en la voz del narrador, una reflexión sobre lo que ha movido a los hombres a emprender las grandes empresas: no precisamente la búsqueda del oro o de la sabiduría, que sería lo más aparente, sino la persecución de lo imposible:
             No se sabe quién va más extraviado, si el que  persigue bosques rojos de canela o        el que busca desnudas amazonas de guerra, si el que sueña ciudades de oro o el        que rastrea la fuente de la eterna juventud: nacimos, capitán, en una edad    extraña en la que solo nos es dado creer en lo imposible, pero buscando esas            riquezas fantásticas, todos terminamos convertidos en pobres fantasmas.
            El relato del descenso por los afluentes del Amazonas hasta el gran río y luego el transcurso del viaje sobre la piel de la madre de todos los ríos del mundo hasta desembocar en el mar es en gran parte verosímil e incluso histórica. Es Fray Gaspar de Carvajal, fraile dominico, acompañante de Orellana en su odisea, quien, en su "Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande de las Amazonas", da informaciones fidedignas y de primera mano de este viaje. Entre las curiosidades que detalla está la del encuentro con las amazonas. Dice:
            Y quiso Dios que en doblando una punta que el río hacía,  vimos la costa       adelante muchos y muy grandes pueblos que estaban blanqueando. Aquí dimos    de golpe en la buena tierra y señorío de las amazonas (...)  

            Sigo el documento original de Fray Gaspar de Carvajal: se entabla la lucha, pues los españoles querían “cabordar” para aprovisionarse y los indios defender sus posesiones. Y es en esta lucha donde por primera vez se menciona como hecho real la presencia de las mujeres guerreras que han sido uno de los grandes mitos de la humanidad:
            Quiero que sepan cuál fue la causa por donde esos indios se defendían de tal    manera. Han de saber  que ellos están subjetos y tributarios a las amazonas y,           sabida  nuestra venida, vanles  a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que        éstas vimos nosotros, que andaban             peleando delante de todos los indios, como los         capitanes, y peleaban ellas tan animosamente que  los indios no osaban volver las             espaldas, y el que las volvía, delante de  nosotros lo mataban a palos, y ésta es la         causa por la cual indios se defendían  tanto. Estas mujeres son muy altas y            blancas y tienen el cabello  muy largo y entrenzado y revuelto en la cabeza: son     muy membrudas, andaban desnudas en cueros y atrapadas sus vergüenzas, con         sus arcos y sus flechas en las manos haciendo  tanta guerra como diez indios...

             Relata Fray Gaspar que tras matar a diez o doce de ellas, los indios retrocedieron y los españoles escaparon con sus bergantines “que parecían puercoespines” de tantas flechas como tenían clavadas en sus maderas.
            Es evidente que William Ospina alimentó su novela con la crónica de Fray Gaspar de Carvajal y con otros documentos, pero le agregó sin duda pasajes imaginarios e incluso se le pasó la mano  en su deseo de novelar la presencia de las hembras bragadas.  Los estudiosos afirman que las narraciones de Fray Gaspar, en gran parte creíbles, tienen gran dosis de imaginación. El fraile dominico perdió un ojo merced a un flechazo y tuvo durante varias semanas fiebres, que muy probablemente le ocasionaron alucinaciones. Es muy probable que su crónica escribiera como reales eventos que vivió en sus delirios.
            De todos modos las amazonas pintadas por Ospina en su novela son dignas de aprecio. Veámoslas:            
            …armadas y feroces: eran altas y de piel más clara que los indios que nos habían        acogido. Yo pude compararlas con los cuatro indios altos y blancos que vimos en el primer caserío de Aparia y que nos sorprendieron por su altivez…

La novela halla uno de sus desenlaces en el encuentro de las aguas dulces y las saladas: el río más poderoso del mundo desemboca en el océano casi infinito. Termina El país de la canela dejando un hiato abierto que habrá de llenar la tercera novela,  La serpiente sin ojos.  Tensa la cuerda del arco de  un escritor de pulso tan firme como William Ospina, no dudo que cerrará una obra mayor de la literatura contemporánea: quizás lo más destacado que se haya escrito en Colombia desde  Cien años de soledad  y la obra novelística de Álvaro Mutis.
Leyendo esta obra, y tras una visita personal al Amazonas, donde fui consciente de su majestad y poderío de la naturaleza y del sentimiento de indefensión que se apodera del viajero ante la soberanía de la selva, no puedo menos que asombrarme ante la magnitud de la hazaña emprendida por Gonzalo Pizarro, Orellana, Ursúa y Lope de Aguirre, auténticos héroes, seres de dimensión casi mitológica, en general despiadados, a veces compasivos, los unos adoradores de la naturaleza, los otros descarados perseguidores del brillo del oro, depredadores de todo lo que pueda parecer ajeno, extraño o diferente. Y tampoco puedo evitar asombrarme ante la hazaña narrativa emprendida por William Ospina: una saga narrativa sobre los esplendores del Cuzco, la Amazonia, la sabana de Bogotá, las hazañas que motivaron aquellos paisajes que no volverán  y los hombres que las acometieron y disfrutaron. No sólo el poder narrativo de Ospina es admirable sino la serena poesía que emana la prosa de quien fuera considerado uno de los poetas más interesantes de Colombia actual y ahora debe ser colocado al lado de los grandes narradores.
                                                                                         


[1] Ospina, William, Ursúa, Alfaguara, 2005, Colombia

sábado, 4 de febrero de 2012

García Márquez y yo (o a la inversa)

Una vieja reseña recuperada para celebrar la nueva edición de...
Poéticas y obsesiones de Marco Tulio Aguilera

 Fabio Martínez
Universidad del Valle
Cali, Colombia

 El nuevo libro de Marco Tulio Aguilera, Poéticas y obsesiones (Editorial Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, 2007) nos ofrece una nueva perspectiva de un escritor que nos había acostumbrado a una temática fundamentalmente centrada en los temas del amor, el erotismo y las relaciones, en general tormentosas, entre hombres y mujeres. (Aunque no hay que olvidar aquella faceta de escritor de literatura infantil, que le permitió obtener el Premio Nacional Juan de la Cabada hace algunos años, con su libro El pollo que no quiso ser gallo,  publicado por Alfaguara Infantil).  Quizás lo más llamativo de este nuevo libro   de Marco Tulio Aguilera, Poéticas y obsesiones,  sea la narración que hace de sus encuentros con el que sin duda es su escritor favorito, su ídolo y su modelo (de paso, también, su compatriota): Gabriel García Márquez[i]. A lo largo de cuarenta páginas Aguilera relata, de manera dramatizada, o quizás sería mejor decir, novelada, su relación con el autor de Cien años de soledad.  Desde su primer encuentro en Bogotá, cuando Aguilera tenía poco más de veinte años y acababa de publicar en  Buenos Aires su primera novela Breve historia de todas las cosas,  hasta el encuentro más reciente, en las calles de Coyoacán, tal vez un año antes de que le concedieran el Nóbel a Gabo. Llama la atención en esta serie de encuentros el desparpajo con que Aguilera trata a su héroe, un desparpajo que llega a ser insolencia, a la cual García Márquez responde con juvenil  actitud, a veces poniéndose al nivel de Aguilera. Tal es el caso del intercambio de dedicatorias. Aguilera le dedica a García Márquez  su primera novela de la siguiente manera: “Para García Márquez, a quien pienso matar… literariamente”. García Márquez le dedica a Marco Tulio  El olor de la guayaba de la siguiente manera: “Para Marco Tulio, de la competencia”. La dedicatoria de García Márquez es una obra maestra de la ambigüedad: no se sabe quien es de la competencia: Marco Tulio o el mismo García Márquez.
              En pocas ocasiones como en ésta podemos asistir a una confrontación tan abierta entre dos escritores de edades tan diferentes. García Márquez nació en 1927, Marco Tulio en 1949. Con 22 años de diferencia, Marco Tulio, que inició su carrera con una novela que fue calificada por su editor, Daniel Divinsky, de Ediciones La Flor de Buenos Aires, como mejor que Cien años de soledad  y por otros como una mala imitación de la misma novela, ha desarrollado una narrativa personal que ha ido consolidando su carrera, independientemente de la sombra enorme que proyecta el hijo de Aracataca. Pueba de ello son sus obras subsecuentes.

       La más reciente novela de Marco Tulio Aguilera,  El amor y la muerte, que fuera finalista del Concurso Internacional de Novela Alfaguara en España y que fuera publicada por la misma editorial Alfaguara, ha sido unánimemente comentada en muchos países como obra de la más alta calidad, en la que se explora el alma femenina. Su libro Cuentos para después de hacer el amor ya lleva once ediciones en varios países, la más reciente en España, publicada por Punto de Lectura, de la misma editorial Alfaguara.

      La parte más académica de Poéticas y obsesiones se ocupa de reproducir las conferencias que Aguilera ha dictado en Colombia, México, Estados Unidos y Canadá. En ellas explica de manera conversacional cómo ha escrito sus novelas y cuentos, sacando conclusiones que ha cifrado en sus “poéticas”. Así como Cortázar escribió su “Paseo por el cuento” y  Quiroga su “Decálogo del buen cuentista”, y así como Edgar Allan Poe  describió la manera en la que escribió su poema del cuervo, Aguilera ha hecho una especie de desmonte de los procesos de la creación de sus textos en conferencias memorables que sin duda se integrarán a las lecturas obligadas para todos aquellos que quieran ser cuentistas o novelistas.

      Textos como “¿De dónde salen los cuentos?”, “La creación del cuento”, “El arte de la novela”, “Oficio de Caín”, “La novela: seda entre las manos”, que ya han sido recogidos en antologías tanto en México (Poéticas del Cuento I, II, III de Lauro Zavala, UNAM) como en otros países (Monte Ávila, Venezuela; Colcultura, Colombia; El Cuento,  Argentina) harán que los aspirantes a escritores dispongan de nuevas herramientas, y los lectores busquen las obras narrativas de este escritor colombiano que poco a poco, desde su refugio en la provincia mexicana, en Xalapa, ha ido ganando un lugar cada vez más privilegiado en las letras de letras de lengua española.

    La ratificación de su estatura como narrador ha sido resaltada por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, al invitarlo al Encuentro Internacional de Cuentistas, donde alternó con el brasileño Rubem Fonseca y los mexicanos Sergio Pitol y Rosa Beltán, así como con otros cuentistas de varios países. Dicho encuentro se llevó a cabo a fines del presente año.  La publicación más reciente de Aguilera es la tercera edición (de rústica y lujo) de  Cuentos para ANTES de hacer el amor (no confundir con Cuentos para  DESPUES de hacer el amor, que ya lleva once ediciones en México, Colombia y España). El autor colombiano ha anunciado la próxima publicación de su novela  Agua clara en el Alto Amazonas  y del libro  El imperio de las mujeres. (Cuentos EN LUGAR  de hacer el amor).



[i] El texto íntegro de estos encuentros con García Márquez fue publicado originalmente en la revista Crítica de la Benemérita Universidad de Puebla.

lunes, 30 de enero de 2012

Fotos con amigos escritores

Pero antes les dejo el vínculo en el que se anuncia próxima la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en el DF http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html
Con Luisa Valenzuela

Con Andrés Neuman

Con Rubem Fonseca
Otra con Rubem Fonseca

Escritora mexicana con Andrés Neuman

Con Sergio Pitol

La misma escritora con Rubem Fonseca

jueves, 26 de enero de 2012

Las disparatadas historias de Marco Tulio Aguilera en Historia de todas las cosas

Esta es la lectura de uno de mis alumnos de la Facultad de Arquitectura.
Historia de todas las cosas, es una novela que describe a la ciudad de San Isidro de El General. Novela entretenida para la cual hay que ser pacientes y cautelosos. Al final te dejará un buen sabor de boca.
Por Edson Esair Figueiras Jiménez.
Pero antes el link donde se anuncia la presentación de Historia de todas las cosas en el DF

http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html

Manolo Ortuño y Ricardo Moreno Botello, coeditor español y editor mexicano, con MT en restaurante en Barcelona celebrando la aparición del libro.
 Hace unos días me encontraba en una cátedra de Marco Tulio Aguilera Garramuño, para la cual tendríamos que leer su libro Poéticas y obsesiones, al comenzar a leerlo me resultó un libro aburrido y personal (refiriéndome a personal porque son conferencias de Marco Tulio y demás), aborrecí este libro como una misa católica narrada por un padre anciano con voz aguardentosa y lenta. Lo aborrecí hasta que Marco Tulio me presentó la oportunidad de leer su novela Historia de todas las cosas, la cual si solo hubiera leído sus primeros dos o tres capítulos, al darme cuenta que no tenían ninguna coherencia el uno con el otro y cerrar el libro, tendría la vaga e ignorante idea de que el autor de dicho, era un escritor aburrido encerrado en sí mismo, el cual él mismo se dirigiría como ácrata frenáptero.No entiendo por qué me llamaron la atención sus primeros capítulos, ¿habrá sido la discriminación aplicada a Vladimiro por la “Ley de No Inmigración de Chinos, Negros, Mulatos y otros extranjeros desde la Costa hacia el interior”? Tal vez fueron esas palabras cautivadoras y concretas: “que la historia no es otra cosa más que un invento pasado por las aguas turbias de la memoria de algún ocioso, tergiversado por unos cuantos embaucadores y oportunistas” o quizá el inútil y estruendoso intento de Rey David al querer crear la Pindárica Orquestal de Quebrada de los Chanchos. No importa cual haya sido, pero eso bastó para que este libro me cautivara. No quiero decir que es el mejor libro que he leído pero si uno de los que más me ha aportado personalmente con sus cautelosas frases.Es recomendable, antes de empezar a leer la novela, conocer un poco de la vida de Marco Tulio, la cual puedes encontrar en su blog http://mistercolombias.blogspot.com/. Si la novela es leída pasivamente y con esmero, encontrarás una publicación interesante y llena de vida sanisidrogeneraleña, la cual trata de un pueblo, perdón (disculpen mi ignorancia), ciudad, con personajes tan diversos y llenos de vida, que solo faltaba la puta de la historia, pero absurdamente es un pueblo, perdón, ciudad, lleno de putas bellas con hermosas facciones.Cabe mencionar como Marco Tulio logra plantar valores, emociones, léxico, altos y cabizbajos, amor, repudio, celos, sexo, discriminación y demás cosas por mencionar, de una forma tan liberal. Lo cual pocos autores se atreven a hacerlo.La redacción de esta novela es directa, va al grano en cuanto a los personajes en formas de ser y características, sin importar a quién ofenda, creando un mundo particular y la elaboración de un lenguaje. Donde hasta cierto punto fue repudiado y criticado por lectores reales y personajes que solo fueron producto de su imaginación… sin mucho que decir, al que no le guste que chingue a su madre.La novela es conflictiva por la falta de respeto a la lógica cronológica, y no solo en cuanto al tiempo, sino que también al tergiversar sucesos, desfigurando la secuencia de algunos capítulos, me atrevo a decir que en la mayoría de  ellos. Retomando de lo que trata el libro, encontrarás desbaratadas ranaciones sobre la Quebrada de los Chanchos, Ureña o San Isidro de El General, como lo gusten nombrar, relatadas por Mateo Albán y don Garrapata, los cuales son capaces de transformar una simple discusión que no pasa de empujones y ceños fruncidos entre los Profesionales y amigos de Paticorvo Palomo atrás del Mercado, en una embestida brutal e inhumana llena de sangre y violencia, donde solo se respira aquel polvo rojo y se escuchan los estruendosos golpes de cadena y posibles objetos punzocortantes.Al terminar de leer la novela quedé extasiado, sin un pero, sin un por qué, sin  siquiera un bostezo de aburrimiento. A pesar de que no es un final del todo feliz, se me prolongó una sonrisa de oreja a oreja, la cual describe mi satisfacción lectora.Esta podría ser una novela interminable, pero siempre hay que buscar el justo medio.http://mistercolombias.blogspot.com/2012/01/el-25-de-febrero-se-presenta-historia.html

martes, 24 de enero de 2012

Del Diccionario de Frases Colombianas de Alonso Aristizábal

Alonso Aristizábal, amigo, escritor colombiano y maestro del twitter, ha publicado un curioso diccionario de frases célebres de autores colombianos. De mis libros sacó sin permiso las siguientes, y yo, sin permiso, me permito reproducirlas.


"Al tiempo prudencial Laura dio a luz a un hermoso “rinoceróptero” que, desgraciadamente, murió de nostalgia. Jamás, durante el término de su breve existencia, halló una hembra de su especie." En: Cuentos para después de hacer el amor, 1985, Amor contra natura


Sus ojos enormes y tristes, sus hábitos simples y plenos de significados, la gran emotividad que imprimen a cada gesto, la misteriosa impresión de ausencia o descuido, la radical soledad que parecen sufrir a pesar de un desamparo que exige a gritos protección, caricias interminables y sin embargo, sutiles, hacen que estos asombrosos seres sean llamados saúdes. Ib., Los saúdes


Atízale un suavezón tubazo en la base craneana cuidando de no darle en el occipucio por donde se filtra la materia blanda del cerebro. Ib., El suave olor de la sangre


¿No es indecible la precisión de los músculos bajo la piel que parece de seda escondiendo pequeños seres vivos que responden a nuestras caricias? Ib., La piel más tersa


Hablar sobre Sammy McCoy sin incurrir en la retórica, la hipérbole o los caminos trillados por manadas de elefantes es imposible. Ib., ¿Quién no conoce a Sammy McCoy?


"Decir “te quiero” cuando uno está fuera del otro es como mirar las estrellas en un día nublado y con la cara enterrada en la arena." Ib.


Hacer el amor con una leona de mar, dijo, es desagradable al principio. Luego uno se acostumbra al aliento con olor a pescado podrido. No hay como la ternura de los leones marinos. Te miran con unos ojos redondos y negros y se frotan contra tu cuerpo. Ib.


El hombre sería bueno si supiera que ello le ayuda a ser feliz. Ib., Juan Flemas despierto otra vez


Tú, como cientos de mujeres distantes, hiciste de mí una máquina de ilusiones. Ib., El juego de los tiempos prestados


En las calles de todas las ciudades hay muchos de nosotros esperando esa mirada, esa palabra insólita que caerá como una moneda de plata en un vaso sensible. Ib.


Escribí una novela que destruí porque hallé que ya había sido publicada por diez o doce escritores, todos tan mediocres o escépticos como yo. Ib.


Estoy convencido de que el trascendentalismo es apenas una y la más soporífera forma del aburrimiento. Ib.


Lo que llaman el amor tiene más de paciencia que de riesgo. Ib.


Súbitamente el camión, como una gran gallina, se aposentó en un bache y decidió empollar el barro. Ib., Próxima guerra en Alaska


La literatura es infinitamente saqueable. El arte está en la gracia de hacerlo bien. En: (Sobre Tierra de Leones, de García Aguilar), Dos nuevas novelas colombianas, El Espectador, 1986


Casi todos los escritores nos dedicamos a desgarrar el país para convertirlo en obra de arte. Ib.


Si alguna vez hubo en Cali -ciudad que se precia de albergar especímenes humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo- un mancebo digno de ser amado por todos, todas, siempre sin tacha ni pausa ni reposo, ese ser magnífico fue Adolfo Montaño Vivas. En: Venturas y desventuras de un frenáptero (Los placeres perdidos), 1989


Cali, la ciudad más depravada y gozona de Colombia. Ib.


Para saber a ciencia cierta si una persona es hermosa o detestable, es necesario someterla a un largo tratamiento de besos y caricias. Ib.


Un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito. Ib.


La realidad es una obra de arte que está esperando el ojo iluminado. Ib.


La postreridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo. Ib.


¡Un cálamo, un papiro, una corteza de maple, un cuero de cabra del Sinaí, rápido, lo que sea, tengo que escribir una idea que se me escapa! Ib.


Hombres, mujeres y bestias caen abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de hincar el diente real o figuradamente en su carne de ave celestial... Los recursos para llegar hasta Adolfo han sido tan diversos como los matices del verde en la selva amazónica al amanecer. Ib.


No he tenido tiempo para decidir si me gustan más las mujeres que los hombres. Creo que prefiero a las lombrices de tierra después de la lluvia. Ib.


Los ojos del profesor se abatieron sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones y picas en nucas de Flandes. Ib.


No ignora que tras los ojos de admiración mística hay bestezuelas golosas que más vale no convocar. Ib.


Todas quieren lo mismo, cochinas, prosaicas. No me opongo al acto sino a la prisa... Al amor se debe llegar como a la cima de la montaña más alta. Ib.


Y se miran divertidos los dos abrazados en el centro del espejo, en medio del escándalo anticuado de sesenta bombillas de diez voltios. Ib.


Más insultado que una hetaira romana en manos de la baja plebe o tan vapuleado como una mujer adúltera en el Antiguo Testamento. Ib.


"No hay como las largas antesalas para la alimentación de la cultura personal: en aquella ocasión leí 500 páginas de “La guerra y la paz”." Ib.


Si uno les dice piropos a viejas secas como espartos, éstas reverdecen. Ib.


La sociedad se inventó para liberar al hombre solitario del peso de su propia conciencia y para que se mantenga ocupado en imbecilidades. Ib.


Soy más inútil que una vaca, pero menos perjudicial que un policía. Ib.


Cuando uno es feliz más vale no hacer preguntas. Ib.


"Ahora me doy cuenta de que “relativamente” es la palabra perfecta: quiere decir que sí sin conceder del todo, y quiere decir que no, sin ser descortés." Ib.


"La palabra “impúdicamente” me agrada: vamos a ponerla en práctica." Ib.


Una mañana al despertar Adolfo descubrió que se había vuelto a transformar en un monstruoso ser solitario. Ib.


No pongan flores en mi tumba pues soy alérgico. Ib.


Yo sólo espero que los niños no cambien, que conserven íntegras sus capacidades perversas. Ib.


Luego nos acostamos a descansar y a darnos besos. Unos 700. Ib.


El pelo se desparramaba sobre la sábana blanca y era como si allí mismo estuviera estallando una supernova... Me dediqué a besarla hasta que mis labios tropezaron con el más fresco rincón de su existencia. Ib.


Sus dos pechos eran como las narices de dos ardillas dormidas. Su sexo parecía el dorso de un delfín hundiéndose en el agua cristalina de sus muslos. Ib.


Para que surja el nuevo hombre es necesario que asuma el sentido de su propia irresponsabilidad. Ib.


El poder para los imbéciles. La libertad y la irresponsabilidad para los frenápteros. Ib.


lunes, 23 de enero de 2012

El imperio de las mujeres

Por: Luis Miguel Rivas
El texto que leerán a continuación fue escrito por uno de esos amigos a distancia que resultan ser escritores y que comparten con naturalidad y sin cálculo sus opiniones y entusiasmos. En unas breves líneas de su nota biobibliogáfica se define: "Naci en Envigado, Antioquia, Colombia, tierra de Pablo Escobar Gaviria, el más perverso y el más bondadoso de los hombres, y de dos grandes escritores: el filósofo Fernando González y Luis Miguel Rivas". Resulta que mi amigo se llama Luis Miguel Rivas. Saquen sus conclusiones. Yo ya saqué la mía.

“La mujeres son lo más femenino que hay “, decía un amigo que no podía entender la extraña lógica de su mujer con respecto al amor, la vida y el mundo. Todo lo que para ella era complicado para él era simple y lo que para ella era sencillo para él era inescrutable. Y así llevan viviendo como veinte años sin alcanzarse a comprender completamente, pero ya sin pretender explicarse ni modificarse mutuamente.

Lo más parecido a “lo más femenino que hay” es un escritor que escribe sobre las mujeres tratando de meterse en ellas y mostrando, sin pretender explicar mucho, lo que ni siquiera ellas comprenden. Por eso cuando acabé de leer El imperio de las mujeres* de Marco Tulio Aguilera Garramuño me dije: “este tipo es de lo más femenino que yo conozco”.
El imperio se me hizo cercano, contundente e importante porque une tres cosas fundamentales para mí: Las mujeres, el amor y los cuentos. Y en los tres asuntos (todos tan manoseados en tantísimos años de historia escrita) Aguilera Garramuño trasciende lo fácil, asume riesgos y nos entrega ráfagas de lucidez, fragmentos de esa confusa claridad propia de la literatura de verdad y del corazón femenino.
Son once cuentos como once piedras de un collar fino: perfectamente redondas en la forma, inagotables en los significados y bellas en conjunto. Como si para hacer esas historias se hubieran reunido un poeta, un matemático, un carpintero, un gigoló retirado, un marido experimentado y un sicólogo…
Un pequeño relato-epígrafe llamado “El señor de los sueños” abre el libro a manera de aviso, como advirtiéndonos la inminencia de terrenos cenagosos, difusos, veleidosos y profundos. Y luego viene el desfile de mujeres: ajenas, propias, posibles, inalcanzables, fatales, redentoras, mezquinas, generosas, jóvenes, viejas, exitosas, derrotadas, brujas, santas, cotidianas, excéntricas, ingenuas, sabias, callejeras, domésticas… Pero todas inquietantes, poderosas y, cada una a su manera, bella. Con cualquiera de estas mujeres escritas me iría yo inmediatamente, abandonando todo, así me trajeran la enfermedad como en “La sonrisa en la espesura” o la tragedia como en “Mester de putería artística” o el sofocante gozo del matrimonio como en “El viejo truco del amor”. Y podría incluso traicionar a unas con otras viviendo por temporadas en los distintos cuentos de este libro.
Esta es una compilación de cuentos sobre el deseo. Siempre hay “ganas” en el aire. Una atmósfera erótica que uno celebra inicialmente como maestría artística y valora como logro intelectual, pero que alcanza niveles de expresión tan contundentes que transforman la lectura en un acto físico, con abultamiento en la parte baja del abdomen, incluido. Entonces me acuerdo de una frase de Raymond Carver: “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder que los actos”. Muchos episodios de este libro me entraron por los ojos en forma de letras y se convirtieron en acciones: también me reí. Me reí y me excité. A veces cada cosa a su vez y a veces las dos acciones juntas.
Descubrí que es posible, por ejemplo, tener una erección sonriente. Y encontré un camino en el que los burdos terrenos de la pornografía (siempre tan seria hasta cuando quiere ser poco seria) pueden ser trascendidos primero por el escritor y luego por la experiencia del lector. Garramuño juega con el tejido del deseo. Toma los hilos que lo conforman y los entrelaza de otras maneras. Los pasa por un baño de humor y sinceridad, les pone un toque de jugueteo infantil y agrega la receta de su magia personal. Finalmente nos entrega un mecanismo de sutilezas que de todas maneras nos despierta el animal. Pero se trata de una bestia hecha de otra pasta, que no se conforma con su simple condición de carne y secreciones, sino que aspira a algo divino, tan sutil como los hilos de los que está hecha.
Todo esto en el contexto de las relaciones de pareja, la soledad de los artistas, la egolatría humana, la inequidad social, los artificios del mundo literario y los fantasmas de la fama, entre otros. Entrar en sus páginas es realmente atisbar otro mundo: el imperio de la mujer y el deseo, esa realidad paralela, ese país regido por un soberano absoluto e inapelable, al que no queda más remedio que obedecer o comprender.
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El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Editorial Educación y Cultura, México, 2009.
 

viernes, 20 de enero de 2012

Premio José Eustasio Rivera

Muy pronto se celebrará en Neiva, capital de tierra caliente de Colombia, el 13 aniversario del Concurso de Novela más importante de este país y los 400 años de la fundación de esa próspera ciudad. Por tal motivo se entregarán los premios de la XII Bienal Nacional de Novela y el Primer Premio Internacional de Novela José Eustasio Rivera. Estaré asistiendo a ese evento como invitado, pues tuve el honor de ser el primer premiado en ese concurso, que es el más antiguo y prestigiado de Colombia. Abajo se pueden leer las bases.

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...