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sábado, 16 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 30-31 LA DIOSA PERRA

 Lo que soy al día de hoy, bueno, malo o grado X en la escala ética, estética o política, productivo, feroz, crítico, vanidoso, voluntarioso, admirador de la belleza, lector voraz, estudioso de todo lo existente, aventurero, soberbio, buena gente, honrado, sincero, aspirante a super héroe  –eso digo yo, habrá que ver qué opina le gente—, todo lo que soy tuvo su semilla en un pueblo-ciudad de Costa Rica que se llama San Isidro de El General: allí tuve mis estrenos, incluyendo uno fundamental en el Bar Tico, leí todo Dostoievski, Miller, las Mil y una Noches, Vargas Vila, recibí clases de lectura y redacción de la discretamente  sugestiva Vilma Alfaro de Vega (ah, nostalgia la mía de una debilidad endémica: la primera minifalda que vi en mi vida: el atisbo del gran secreto)  y lecciones de locura feliz de don Danilo Salas y arcanos feroces e indescifrables de matemáticas del despiadado negro Lindor, allí gané mi primera  medalla en carrera atlética compitiendo ni más ni menos que contra el campeón centroamericano Rafael Ángel Pérez (perdí pero me dieron medalla) (de ahí mi actual adicción a las preseas de todo tipo), allí tuve una existencia silvestre cerca del río General y conocí a las mujeres más ferozmente hermosas del mundo que habitaban el polvoriento parnaso de San Isidro. Allí comencé a escribir y gané mi primer concurso (segunda gran adicción) con una Biografía de Beethoven: el premio fue escuchar la Novena Sinfonía en el Teatro Nacional de San José de Costa Rica (recuerdo que disfruté la obra de quien consideraba mi semblable) con deleite de sibarita ignaro en el gallinero del Teatro, enfundado en un traje de paño negro grano-de-pólvora que me regaló el señor Rossi, dueño de la fábrica de fideos en donde trabajé empacando tallarines; recuerdo que mi madre recibió el traje de regalo y le pidió a un sastre que lo redujera para que se ajustara a mi cuerpo de quince flacos años).
Y a ese pueblo-ciudad, San Isidro de El General,  es a donde fui hace poco tiempo  a dar conferencias sobre la novela que escribí hace más de 40 años, una novela en la que yo describía a las lindas y atrevidas y descaradas putas de aquel pueblo del fin del mundo y al sargento y a las ferozmente hermosas, y al padre Coto y a don Danilo y a la Sietecolores y a la Musoc … Esa novela fue publicada por La Flor en Buenos Aires, tuvo una edición de 25 000 ejemplares en Colombia, le gustó a García Márquez, recibió el Premio Aquileo J. Echeverría, fue declarada novela post moderna y fundadora del post boom, fue criticada, censurada, alabada, acusada de plagio, el título de la obra fue usado por un filósofo norteamericano de apellido Wilbur (que según parece ha tenido buen éxito).
Y por esa novela es que regresé a San Isidro de El General y a Costa Rica.
La fundación de San Isidro fue llevada a cabo precisamente por el primer Barrantes, Sergio Barrantes, hombre no sólo vivo sino vivísimo, poseedor de 54 hectáreas de bosque y selva
 a cuya casa nos dirigimos.
¿Tema de la reunión?
Homenaje al prócer que ha cantado las glorias municipales y las llevado allende los mares. Allí se oficiaría no sólo una cena pantagruélica y una bebeta tremenda gargantuelesca, sino una de las escenas más memorables y acaso insoportables de mi vida. En un comedor gigantesco con ventanas monumentales que nos ofrecían el paisaje original más esplendido de palmas, árboles en estado diríase prehistórico, y atrás el río, el viejo río General en el que hicimos yo y mis hermanos de niños tantas fechorías y gozamos de tantos deleites, se llevó a cabo una especie de glorificación extrema de mi inmodesta persona.
El viejo Barrantes, un auténtico totem de aspecto prehistórico, presocrático, paleolítico tenía una cámara digital recién comprada y estaba dispuesto a agotar el infinito. Comenzó a disparar fotos, lo que haría constantemente durante varias horas. Decía mirando su contador de fotos: ya he tomado 60, me faltan 1117, ¡flash, flash, flash!: fotografió a mi esposa en todas las actitudes, me fotografió a mí de forma casi demencial y poco faltó para que me siguiera hasta el baño con su cámara con capacidad para tomar 1500 fotos. Pidió que lo fotografiaran conmigo entrelazando los brazos mientras bebíamos rústica champaña local en altas copas como si fuéramos novios. Barrantes tiene 93 años pero posee una energía de galeote bien alimentado. Su esposa, tan veterana como él, es una mujer dulce, mansa, sumisa. Doña Petrita recordó haber tenido gran amistad con doña Ruth, mi madre. “A esta casa venía doña Ruth contigo, un muchacho flaco, de brazos y piernas muy largas. Tendrías doce o trece años y no te quedabas quieto ni un instante, te movías para arriba y abajo, hablabas, cantabas, recitabas poemas de Neruda y García Lorca y no había forma de hacer que te sentaras quieto”. Mientras tanto el patriarca Barrantes seguía eufórico, me servía ron con coca, cognac de marca, guaro, insistía en que Lety bebiera, pero ella impávida (y siempre obsesiva por la salud y la buena digestión) seguía tomando agua. El patriarca le puso un plato con huevos de codorniz al frente. Este plato digno de Montesquieu es solo para mi hija, dijo -el patriarca había decidido adoptar a mi amada con quien había intimado desde la fiesta anterior. Los huevos de mis pajaritos queridos son sólo para mi hija, insistía de manera casi infantil. Leticia comió solo dos huevos, yo me comí el resto, unos veinte, deliciosos, incomparables, adictivos, podrías haber muerto engullendo huevos de codorniz, cien, doscientos, quinientos, estabas en la cima de la ola de la gran euforia,  de la vanidad satisfecha, me diría mi esposa al amanecer del día siguiente mientras yo pagaba las consecuencias en el trono de los incontinente, eres el modelo perfecto del perfecto suicida, imagínate el resultado de la autopsia: murió de una intoxicación de ego satisfecho. Frente a nosotros había veinte variedades de carnes: de faisán, de venado, de tepezcuintle, de la putamadre. Leticia ni las probó. Solo me miraba beber, comer, posar para las fotos y es como si estuviera diciendo yo te dejo, yo te dejo, nada más te miro. Todos los concurrentes insistían en demostrar la trascendencia de mi novela fundacional, su fidelidad al pasado, el carácter de documento de la obra, me hacían preguntas cómo qué se siente ser famoso y yo decía, no se siente nada: yo regreso a mi casa y allá no soy famoso, nadie me pone atención, soy como todos: trabajo, natación, leer, escribir y a veces salir de viaje y disfrutar de estas atenciones…pero generalmente mi vida es como la de cualquier oficinista al que su mujer manda a comprar tortillas y al que regaña si no lava los platos. No faltó quien dijera que mi novela era mejor que la mejor novela del mundo, y todos apoyaron y trataron de demostrarlo. Yo les dije: mi novela es importante para ustedes porque en ella se ven reflejados y en verdad no importa si es mejor o peor que otra, simplemente es una novela en la que este pueblo se ve reflejado. La fiesta se prologó aunque yo estaba al borde del desmayo tras horas y horas de conferencias, entrevistas, traslados, viajes, emociones violentas, encuentros. Comenzó a llover torrencialmente. A las ocho de la noche me puse de pie y dije ¡ya estoy muy cansado, no aguanto más, me voy!, y el patriarca dijo ¡no, no!, otro trago, y bueno, otro trago, más fotos, muchas más. Me regaló una hermosa edición de las obras completas de Cervantes en un tomo, me dijo que iba a hacer todo lo posible para traerme a San Isidro pues era imperativo que regresara y me instalara aquí y escribiera, Como Cervantes,  la segunda parte de la novela, y me retrató con su nieto Sergititito Barrantes: un muchacho rubio de ojos claros, inteligente, que hablaba con coherencia e información, mencionaba a Nietzsche y a Rilke con naturalidad, y me dijo: este muchacho, mi nieto, es tu sucesor, este muchacho es el que va a escribir la segunda parte de la gran novela.
Termine la noche mareado, como ayer, con el vientre lleno como un odre de todas las carnes, todos los vinos, todas las frituras, frijoles, arroz con pollo, confituras, vinos, aguas de mil aromas… pero, no pude dormir precisamente porque estaba agotado y sin embargo henchido de la energía inevitable cuando se han colmado todas las expectativas.

MEMORIAS INDISCRETAS 31. No lo niego: en mi vida hay tres o cuatro escenas (unas completamente reales, me constan, las viví con certeza y las recuerdo puntualmente; otras, imaginadas, que llegaron por alguna razón  inextricable a convertirse en parte del mapa de mi ser aquí y ahora; y otras de las que me he enterado porque me las han contado); escenas que regresan a mí de manera recurrente, como olas de brea que oscurecen esta deportiva, irresponsable forma de vida que llevo (según mi mujer). El recuerdo de mi iniciación en la vida sexual no es algo que me moleste. Fue desagradable o más bien un acto patético o grotesco. La conté en una de mis novelas. Si yo lograra investigar con precisión la fecha del acto, podría eliminar la posibilidad de que X sea en efecto hijo mío. (Explorar en Lacan: la estimulación del lado psicótico o suicida y el papel de los cortes).
MEMORAS INDISCRETAS 32.  Después de recibir todos los elogios y halagos imaginables y de engullir (no estoy exagerando) aproximadamente quince kilos de carnes de todas las aves, peces y maníferos terrestres y acuáticos y de bogar en siete u ocho litros de los licores más finos y/o estrambóticos que ha dado la tierra … me retiré tambaleante de aquel banquete de Trimalción. Leticia me llevaba como quien guía a un ciego.Al entrar al Casino del sur, donde nos estábamos hospedando,  vi en el espejo a un hombre con un enorme vientre. Un vientre de caricatura de hombre rico. Un vientre de fenómeno de circo. ¿Ya viste a ese tipo, le dije a mi esposa. Se puso al frente como un agente de tránsito, extendió la mano: Serás, pendejo, Garrita, ese que ves el el espejo eres tú. Entendí: ese era yo, señoras y señores, ese hombre ridículo en grado sumo que estaba viendo en el espejo del Casino del sur en Costa Rica tras una semana de excesos gastronómicos en San Isidro era yo.
El penúltimo día antes de salir de regreso a casa estoy pesando 99 kilos 800 gramos, es decir 200 gramos bajo mi récord histórico de los ciento cinco kilos (marca que logré tras quince días de comer paellas y tapas en los más caprichosos restaurantes de Madrid y Barcelona, después de presentar en uno de los más estruendosos fracasos de mi vida mi Historia de todas las cosas... Ya es contaré). He sido feliz en España tragando, engullendo, asimilando, saboreando y no me he preocupado: cuando llegue a mi rancho me someteré a una dieta rigurosa y redoblaré mi entrenamiento de natación. 
Vuelvo atrás, a la reunión en casa del seudo fundador, el tótem Barrantes. Era tanta la joda de los asistentes a la reunión en casa de don Sergio Barrantes: que si yo era el hombre más sincero del mundo, el mejor escritor del mundo, el más fuerte y simpático y agradable, el que tenía a la mujer más extraordinaria que se pudiera imaginar, el que se lo merecía todo, incluso una estatua en el centro de la ciudad, una casa de la cultura con su nombre, que se lo merecía todo, era tanta la joda, tanta y tantísima, que dije, en un rapto de inspiración, “si hay algo que yo quisiera en este mundo es ser poseedor de un buen pedazo de selva y bosque”: dicho y hecho: la comunidad comenzó a maquinar la posibilidad: ¿qué tal si don Sergio Barrantes le donaba al escritor una de las 54 hectáreas de paraíso que posee a espaldas de su casa? ¡Pura vida!, así nuestro héroe se vería obligado a venirse a vivir sus últimos años a San Isidro de El General, donde nos iluminaría con su sabiduría y su talento innegable; bueno, don Sergio Barrantes dijo que sí estaba de acuerdo y que inmediatamente le cedería su hectárea de paraíso a Garramuño; el inconveniente era que no había notario en cuerpo presente o abogado a la mano para legalizar el trato. Y yo entre los humos del alcohol y la perniciosa vanidad satisfecha comencé a preguntarme qué haré (¿qué haría?) si de verdad Barrantes me donara una hectárea de paraíso, humm, tendré (tendría) que venir a vivir a San Isidro, 40 grados a la sombra, las mujeres más ferozmente hermosas del mundo, ¡pura vida!, sin embargo, habría que cercar el terreno o ponerle una barda, no problem, maje, todos te ayudamos, yo regalo el alambre de púas, yo los postes, yo pago los peones, ¡listo!, ah, pero habría que darle mantenimiento al paraíso, chapear; ¡momento!, mejor meter unos cuatro o cinco caballos o  vacas para que se coman la hierba; el caso es que no tengo dinero para comprar caballos o vacas, dijo el escritor; fácil, respondió Sergio II, veterinario de pelos parados e impresionante papada, prestamos el terreno a los dueños de caballos; a ver, aclaremos esto, lo mejor es una venta, no una donación, pues eso generará muchos impuestos, dijo Eduardo Rojas, recién llegado, el abogado de los pobres, mira, escritor, le ponemos un precio simbólico, digamos 200 colones, es decir, cuatro dólares, y listo, ni siquiera te cobraré el trámite, basta que me hagas una donación de todos tus libros con firmas autógrafas. ¡Pura vida! El trato quedó hecho y don Sergio Barrantes, seudo fundador de San Isidro y poseedor de 54 hectáreas de paraíso, estuvo de acuerdo. Habría que ver si cuando se le bajaran los humos de la cruda estaría dispuesto a sostener el trato.

jueves, 7 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 19 A 24


MEMORIAS INDISCRETAS 19. A Sara Tustra, criatura entre Greta Garbo y María Félix, la conocí en una recepción de estudiantes extranjeros en Lawrence, Kansas. Más que impresionarme por su belleza, que era indudable, me molestó la maestría con que lograba que todos los asistentes la convirtieran en centro de atención. Con el espíritu destructivo que siempre me ha caracterizado, particularmente frente a misterios tan tentadores como las mujeres, tal vez movido por el poco interés que los concurrentes mostraban por mi irrefutable persona, en un intento de acercarme a ella para desmontar su mecanismo de encanto universal, comencé a someterla a una batería de ironías y descalificaciones que lejos de sacarla de su centro, la reafirmaron como soberana de la reunión. Quise buscarle un defecto y creí hallárselo en un ojo o un párpado, ligeramente manchados u obscuros. Sara Tustra,  como una diestra espadachina repelió mis ataques y siguió en su mundo y solamente en un instante nimio de su inigualable actuación se dirigió directamente a mí, me miró a los ojos y dijo: Ya me dijeron que eres el escritor colombiano que escribió no sé que obra maestra que fue publicada con gran estruendo publicitario en Buenos Aires. Felicidades, genio, pero ¿no crees que en una reunión internacional deberías hablar en español para que todos puedan comprender tu ingenio aborigen y admirarlo. Pasados varios días de soledad y desamparo  (MT estaba recién llegado a Lawrence y todavía no tenía cómplices propicios para sus fechorías deportivas y amorosas) y tras llamarla varias veces a Ellthworh, edificio de las residencias universitarias, vecino al mío, que era Mc Collum Hall, logré que Sara Tustra aceptara una reunión de diez minutos conmigo (“Tengo mil cosas que hacer”, dijo y a partir de entonces supe que esa era su agenda diaria, “mil cosas que hacer”); una reunión, le supliqué, nada más para limar asperezas y fomentar la fraternidad entre nuestros hermanos países, le dije. Era mexicana, aclaro. De las mexicanas muy muy hermosas, que las hay en abundancia, particularmente en los estados del norte (luego lo sabría, una vez que encallé en Monterrey, un par de años después). Seis meses de trabajo intenso tuve que sufir pare terminar con la hermosísima Sara Tustra en mi cama. Toda esa ordalía la relaté en mi novela Mujeres amadas, que ha recibido buenas lecturas y a la que algún lector poco parco calificó como la novela amorosa de la década y a la que otro lector menos piadoso llamó obra de sex fiction. Cuando tuve cerca  a Sara Tustra pude ver que no solo no tenía mancha alguna sino que poseía los ojos más bellos (pido rendidads disculpas por el villano lugar común) que crituara humana haya poseído. Pues esa mujer me tuvo ocupado varias décadas, aunque no me casé con ella, como lo llegamos a planear con todo y compra de sábanas santas. A esa mujer no sólo le escribí una novela sino que me  hizo llorar recordándola en una borrachera a lo largo del malecón de Veracruz, además me ha seguido visitando en sueños periódicos (románticos, idílicos, vengativos, procaces, utópicos, fantásticos, atroces) y fue la que mandó asesinar a mi amadísima esposa, que afortunadamente sigue viva.

MEMORIAS INDISCRETAS 20. El tacto no ha sido mi cualidad más destacada. He sido torpe, poco diplomático, a veces brutal en el trato con las personas. Colocado en situaciones de privilegio, digamos durante una recepción en la que se me entregaría un premio o abriendo con un discurso un congreso de académicos, he lanzado frases en ocasiones agresivas o groseras que sin duda ofendieron a quienes las escucharon. Mi excusa (más para justificarme ante mí mismo que por consolar a los que han sufrido mis exabruptos) es que acostumbro a ser perfectamente sincero siempre, siempre, y que la espontaneidad es parte esencial, irreductible, inevitable de mi personalidad. Sólo conozco a un escritor más violentamente brutal que yo: Rubem Fonseca. “Uno de los mayores placeres que se le puede ofrecer a la compañera de lecho en el momento de estar en pleno disfrute de los dones del cuerpo es meterle un dedo en el culito”, dije en una conferencia ante muy compuestas señoras no sé dónde. “No me gustó El otoño del patriarca”, le dije a García Márquez con entera desfachatez la primera vez que lo vi. Tenía yo por entonces 24 años y acababa de  ver publicada mi primera novela en Buenos Aires. Años después, ante un gran auditorio en la Feria del Libro de Bogotá, dije que un ejemplo de la más banal basura literaria era la novela Rosario Tijeras. El autor, Jorge Franco, estaba sentado a mi lado en una larga mesa plagada de “jóvenes promesas de la literatura latinoamercana”. Años después esa novela sería uno de los más grandes best sellers de Colombia y de ella se harían telenovelas y películas, mientras mis obras seguían siendo lo que se llama succes d’ estime, libros elogiados por la crítica hasta el ridículo pero que con dificultad alcanzaron una segunda edición. (Miento, miento para dramatizar: varios de mis libros han pasado de la tercera edición y uno ha alcanzado catorce). Dos veces fui representado por Carmen Balcells,  la mayor agente literaria de lengua castellana, y en las dos ocasiones eché a perder la oportunidad por apresuramiento y falta de humildad. Frente a mi esposa y al escritor Óscar Collazos me atreví a cortejar a la que por esos días era su mujer. Óscar me dijo, lo recuerdo: C’est moi qui monte. Cuando debería haberme comportado como hombre serio o como un caballero decente, terminé actuando como un rústico. Las dos o tres veces que me he graduado en universidades, en lugar de vestirme de acuerdo a las normas, con traje y corbata, he llegado con el pelo escurriendo agua, ataviado con ropa deportiva y zapatos sucios. Cuando recibí premios importantes (lo que ha sucedido una decena de  veces: en Costa Rica, en México y Colombia) no lo hice con sencillez sino con pomposa grandilocuencia y  llegué a insultar a un gobernador llamándolo corrupto frente a sus subordinados. Supongo que estos comprotamientos se han extendido a mis relaciones personales, particularmente a las afectivas, amorosas o eróticas, en las que he salido generalmente fracasado. La única relación en la que no he fracasado (hasta la fecha) es la que he tenido con mi esposa, aunque ha estado en extremo peligro muchísimas veces. Definitivamente: no soy modelo de nada.

MEMORIAS INDISCRETAS 22. Dos veces estuve en el infierno. La depresión mayor es el infierno (“depresión mayor” fue el diagnóstico que me parece el más adecuado a mi desorden mental, llamémoslo así,  diagnóstico emitido por uno de los diez o doce psiquiatras que tuvieron el cuestionable privilegio de tratar de entender mis terrores y confusiones metafísicas. Mi esposa, la recuerdo o la imagino con una terca, tozuda, inflexible dignidad arrastrándome como a un perro jalado por una cadena a consultorios de médicos  brujos y curanderos espirituales, a cubículos parroquiales y reuniones de maniáticos anónimos, la imagino siempre bella, fresca como una especie de Dorian Grey inmarcesible (parece que mi amada se estacionó en los diesisiete años y habiendo rebasado los cincuenta sigue con su piel de magnolia y sus ojos limpios); la depresión (la depresión mayor, bilis negra) es la experiencia de vida más excepcionalmente terrible, espantosa, desagradable, aborrecible, inolvidable, feroz, desoladora, aterradora, inexplicable, insoportable, incomunicable, insoslayable, triste, solitaria: es como estar siendo asesinado lentamente con un puñal que se hunde milímetro a milímetro en el pecho durante minutos, horas, días, semanas,  meses, años, hasta que el que la sufre se suicida o sale del abismo con las uñas levantadas y las yemas de los dedos en carne viva y la conciencia de que ha vivido la más atroz experiencia que se puede vivir. Y lo sorprendente, lo absolutamente sorprendente, es que en  muchas ocasiones esa experiencia de corrosión  del alma no corresponde con una situación real que la suscite: a veces el deprimido no tiene que estar así, no hay ni una sola razón o motivo verificables. El deprimido piensa que su persona es menos que nada, que vale menos que un perro moribundo, que todo lo que ha hecho en su vida  carece de sentido. Recuerdo que en uno de esos interminables días de siete años de abismo,  en una de esas 8760 horas de desgarro espiritual, en uno de esos 525 600 segundos de mi vida en el abismo, yo mismo quemé mis libros en una pira (los 32 libros que había publicado en 15 editoriales, en cinco países y que habían recibido decenas de premios literarios, cientos de reseñas, estudios, monografías, en general altamente elogiosos). Mi esposa asistía al evento y no intentó detenerlo, vio arder mis libros. Ella misma me había instigado a hacerlo, me había retado como me retó a cumplir con la amenaza de suicidarme. Yo estaba con la cabeza entre las manos, los codos apoyados en la mesa del comedor y decía interminablemente “me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir”, mientras ella cocinaba deportivamente, como si viviéramos en el mejor de los mundos y estuviera sonando el Himno a la alegría . “Si te quieres morir, ¿quién te lo impide?”, dijo con la frialdad de quien dice “mira, ha comenzado a llover”, y puso un vaso con agua y un tarro  de polvo mata ratas al frente. Después se sentó a esperar con la esperanza de que yo por fin definiera, frente al cráneo de mi vida... ser o no ser.
Un minuto duró mirándome: “¿De verdad te quieres morir?” Mi respuesta fue escueta: “No me quiero morir”.
¿Qué me estaba pasando? ¿Cuál fue el momento en que se desencadenó la caida rumbo al abismo, esa noche oscura del alma? ¿Por qué le sucedió ese cataclismo espiritual a alguien como yo, que se creía no semejante a los dioses sino superior a ellos? Una sonrisa, por favor. Detengámonos aquí, pasemos a otro tema, ya regresaremos al averno con una armadura menos vulnerable.

MEMORIAS INDISCRETAS 23. Pero dejemos atrás las tristezas. Hoy quiero recordar el día (la noche) en que conocí a la adolescente que habría  de cambiar mi vida disoluta, libérrima, alegremente irresponsable. De mujer en mujer había ido MT cabalgando por la existencia y lo último que se me habría ocurrido sería establecer una relación perdurable, posiblemente definitiva. Que me gustaban desde entonces y hasta ahora las mujeres muy jóvenes, ¿y a quién lo le gustan?, lo demuestra que yo haya encallado en esa criatura encantadora que era la que es hoy mi esposa: tenía 17 años recién cumplidos cuando yo estaba rayando la edad de Cristo en la cruz y era ella una sonrisa permanente de dientes tan hermosos, tan simétricos, que por varias semanas le estuve pidiendo que me dejara estudiarlos, unos ojos castaños cristalinos de aire vagamente oriental (¿hija de un tailandés? ¿pequeño desliz de la santa madre de mi amada), un rostro semi ovalado digno de un camafeo decimonónico, unos huequitos de la nariz perfectos que dilataba y comprimía con una gracia de cochinito feliz o de conejo, unos hermosos y diminutos pabellones auriculares (suena bien llamar a las orejas “pabellones auriculares”, ¿o no?), y unos labios de simetría renacentista. Sabía mover las orejas hacia adelante y hacia atrás como los elefantes y con éstas y otras gracias me hipnotizaba. Conjunto que, he de decirlo, me dejó helado al momento de verla en el sillón del jefe de la editorial: tenía sus lindas piernas levantadas con los talones apoyados en el escritorio y sus muslos enfundados en medias de lana que le llegaban arriba de una falda volada no tan larga, insisto,  medias de lana, y, aclaro, color café con leche (no olvido, ay, deleite supremo, el momento en que pude meter mis manos pecadoras bajo la armadura de lana y hacer que descendiera para permitirme el deleite tactil de sus frescos frutos).

La síntesis de mi novela de amor con la mujer que sería mi compincha durante  más de treinta años es la siguiente: la saludé con calculadora indiferencia, hice una llamada a Barcelona a mi representante Carmen Ballcels mientras la miraba, la calibraba, la estudiaba de reojo con malicia de tasador de diamantes, la veía bostezar y hacer un comentario evidentemente oblicuo dirigido a una gorda de rizos indómitos que allí fungía como testigo e inarmónica comparsa, no tienes idea, manita, el hambre que tengo, dijo, momento en el que vi abierta la puerta del cielo, pues si tiene hambre, niña, le presto un billete para que compre unos tacos, le dije, y ella, la criaturita, con desparpajo, ojitos sonrientes y mirada chispeante, dijo, cayitos, amigo, con lo que quería decir que aflojara la lana. Busqué en mi billetera y hallé solamente uno de 100, una verdadera fortuna por entonces (hablo de 1982, más o menos). Se lo entregué entero y le dije tengo que irme (y de verdad tenía que hacer un viaje de asuntos literarios) y, en voz baja, para que no oyera la gorda de rizos indómitos, ¿aceptarías una invitación a cine cuando regrese? La niña  le guiñó un ojo a la gorda como diciéndole, el negocio va bien, sólo que sea en sábado, comentó, el día que puedo escaparme, porque trabajo cuidado esta pulgosa oficina de lunes a viernes y el domingo lo tengo ocupado lavando ropa y además mi mamá no me deja salir el día del Señor.
Termino la historia: regresé de mi viaje, fuimos a cine, vi que en lugar de mirar la película (Los pájaros  de Hitchkok, imaginen) me miraba a mí como arrobada o sorprendida,  con sus grandes ojos fijos, diría un poeta amigo. Sentí que estaba al borde de algo indiscernible hasta que seguí el impulso que nació de lo más hondo de mi destino, me lancé en picada, cerré los ojos y embestí la pared de granito. Le di un beso. Ella (en venganza, hoy lo sé)  me devolvió otro, que duró los 30 minutos que restaban de la película. No habían pasados tre meses cuando ya estábamos casados. Y, 32 años después, seguimos casados, felizmente casados, lo digo con infinito desprecio a los que dicen que el amor constante es imposible después de tres meses. Sobre la intensa y terrible, luminosa ruta que me llevó al matrimonio escribí una novela que llamé  Carita sonriente.  Mi mujer la leyó de un tirón en una cama de las residencias artísticas en Banff. Sólo recuerdo que me dijo: ¿Tú escribiste esto? ¿No te da pena? He de decir que la novela no me gusta. No le hace justicia a mi niña. No pude atrapar su espíritu, su gracia indudable y hacerla vivir en una obra artística, como sí logré hacerlo con Irgla en  Mujeres amadas,  con Bárbara Bláskowitz en  La insaciablidad y con otra media docena de personas del sexo femenino que terminaron convertidas en protagonistas de mis novelas y cuentos.  En algún concurso no tan despreciable le dieron mención honorífica a la novela de mi gran amor sin comillas o cursivas. Tres amigos me recomendaron  no publicarla. Años más tarde mi amada diría: ¿Cómo es posible que a esas apestosas les hayas escrito novelas de verdad y a mí sólo me hiciste esa porquería? Estoy de acuerdo. Tengo la novela guardada y he pensado en convertir a la protagonista en una villana de espanto. (Ayer en internet un amigo me mandó un mensaje: “No dejes de ser malvado. Eso es lo que nos encanta de tu persona: que cultivas con deleite tu leyenda negra”. Y otro amigo de internet me acusó de racista por cultivar mi leyenda negra).

miércoles, 6 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS DE 18 A 21



MEMORIAS INDISCRETAS 18. La casa de San Isidro: unas escalerillas de madera que ascendían hacia un corredor con barrotes; un barandal de madera entretejida; una sala al frente, al lado, el cuarto de mamá, luego una habitación dividida de la sala por una pared de madera (en la que yo taladraría un hueco para ver a mi madre batallando contra un macho que le quería meter mano). En esa misma sala yo lucharía contra las robustas piernas de la casta Florencia intentando llegarlé al fondo de su intimidad. (Como lo hacía con frecuencia mi hermano mayor con todas las sirvientas que llegaran a la casa). Nunca pude llegar muy lejos. Lo que sí logré fue mirarla mientras se bañaba (escribí un cuento sobre el asunto: me parece que la aquiescencia de Florencia para que la observara durante sus ritos de higiene fue una especie de licencia que me concedía para que la dejara en paz o un simple invento de mis primeros escarceos narrativos). Muchos años antes, observando a otra doncellita, fue que tuve conciencia de que mi cuerpo ofrecía manifestaciones palpables, de un olor inconfundible, oneroso.
La casa de San Isidro (en realidad fueron varias: una cerca de una gasolinería, casi en las afueras; otra situada en un punto que ya no existe en mi memoria; la tercera, en una calle pedregosa, rumbo al Liceo Unesco. Bajo la tercera, en los laberintos subterráneos, serpenteando entre los pilotes de piedra que constituían los cimientos, construí mi particular refugio contra la realidad (lavar platos, hacer mandados, barrer y, sobre todo, buscar trabajo): puse un colchón viejo, cobijas, muchos libros y bajo el rayo de luz que se colaba por alguna celestial grieta pasaba las horas leyendo y escuchando ocasionalmente el estruendo pavoroso de la realidad que se desarrollaba allá arriba).
Mi madre, inconsciente del artista que se estaba incubando en los ocios a 42 grados de sol asesino del Valle de El General,  desgarró el tapiz de mi paraíso cuando me dijo: Ya te conseguí trabajo. Mañana debes presentarte en Pueblo Nuevo de Puntarenas. Eres el nuevo maestro.
A mis sesenta y nueve juveniles años la sensualidad sigue estando presente, particularmente en los sueños. La verdad es que, una vez que mi mujer ha perdido el entusiasmo por las actividades de los deleites corporales compartidos y ganado interés en peregrinos asuntos que a mí no me interesan, ya me resulta más cómodo ocuparme de otras cosas. Sin embargo mi cuerpo sigue insistiendo, y como ya no conservo el deseo de correr tras mujer alguna y aunque me siguen gustando las mujeres, particularmente las muy jóvenes, he preferido dejarlas pasar a mi lado sin hacer movimiento alguno.  No olvido unas páginas del diario secreto de José Donoso en el que le reprochaba a su mujer su frialdad y la compulsión que tenía el querido escritor chileno a su edad avanzada de recurrir al amor de sus propias manos. Recuerdo también el encuentro que tuve con Donoso en un hotel de Cali, donde de manera paternal, afectuosa, con la más absoluta naturalidad, me pedía que me acostara a su lado. (No estoy revelando nada nuevo sobre el asunto de la homosexualidad del autor de El lugar sin límites. Su propia hija, adoptiva, aclaro, la hizo pública, antes de suicidarse).


MEMORIAS INDISCRETAS 19. A Sara Tustra, criatura entre Greta Garbo y María Félix, la conocí en una recepción de estudiantes extranjeros en Lawrence, Kansas. Más que impresionarme por su belleza, que era indudable, me molestó la maestría con que lograba que todos los asistentes la convirtieran en centro de atención. Con el espíritu destructivo que siempre me ha caracterizado, particularmente frente a misterios tan tentadores como las mujeres, tal vez movido por el poco interés que los concurrentes mostraban por mi irrefutable persona, en un intento de acercarme a ella para desmontar su mecanismo de encanto universal, comencé a someterla a una batería de ironías y descalificaciones que lejos de sacarla de su centro, la reafirmaron como soberana de la reunión. Quise buscarle un defecto y creí hallárselo en un ojo o un párpado, ligeramente manchados u obscuros. Sara Tustra,  como una diestra espadachina repelió mis ataques y siguió en su mundo y solamente en un instante nimio de su inigualable actuación se dirigió directamente a mí, me miró a los ojos y dijo: Ya me dijeron que eres el escritor colombiano que escribió no sé que obra maestra que fue publicada con gran estruendo publicitario en Buenos Aires. Felicidades, genio, pero ¿no crees que en una reunión internacional deberías hablar en español para que todos puedan comprender tu ingenio aborigen y admirarlo. Pasados varios días de soledad y desamparo (MT estaba recién llegado a Lawrence y todavía no tenía cómplices propicios para sus fechorías deportivas y amorosas) y tras llamarla varias veces a Ellthworh, edificio de las residencias universitarias, vecino al mío, que era Mc Collum Hall, logré que Sara Tustra aceptara una reunión de diez minutos conmigo (“Tengo mil cosas que hacer”, dijo y a partir de entonces supe que esa era su agenda diaria, “mil cosas que hacer”); una reunión, le supliqué, nada más para limar asperezas y fomentar la fraternidad entre nuestros hermanos países, le dije. Era mexicana, aclaro. De las mexicanas muy muy hermosas, que las hay en abundancia, particularmente en los estados del norte (luego lo sabría, una vez que encallé en Monterrey, un par de años después). Seis meses de trabajo intenso tuve que sufir pare terminar con la hermosísima Sara Tustra en mi cama. Toda esa ordalía la relaté en mi novela Mujeres amadas, que ha recibido buenas lecturas y a la que algún lector poco parco calificó como la novela amorosa de la década y a la que otro lector menos piadoso llamó obra de sex fiction. Cuando tuve cerca  a Sara Tustra pude ver que no solo no tenía mancha alguna sino que poseía los ojos más bellos (pido rendidads disculpas por el villano lugar común) que crituara humana haya poseído. Pues esa mujer me tuvo ocupado varias décadas, aunque no me casé con ella, como lo llegamos a planear con todo y compra de sábanas santas. A esa mujer no sólo le escribí una novela sino que me  hizo llorar recordándola en una borrachera a lo largo del malecón de Veracruz, además me ha seguido visitando en sueños periódicos (románticos, idílicos, vengativos, procaces, utópicos, fantásticos, atroces) y fue la que mandó asesinar a mi amadísima esposa, que afortunadamente sigue viva.

MEMORIAS INDISCRETAS 20. El tacto no ha sido mi cualidad más destacada. He sido torpe, poco diplomático, a veces brutal en el trato con las personas. Colocado en situaciones de privilegio, digamos durante una recepción en la que se me entregaría un premio o abriendo con un discurso un congreso de académicos, he lanzado frases en ocasiones agresivas o groseras que sin duda ofendieron a quienes las escucharon. Mi excusa (más para justificarme ante mí mismo que por consolar a los que han sufrido mis exabruptos) es que acostumbro a ser perfectamente sincero siempre, siempre, y que la espontaneidad es parte esencial, irreductible, inevitable de mi personalidad. Sólo conozco a un escritor más violentamente brutal que yo: Rubem Fonseca. “Uno de los mayores placeres que se le puede ofrecer a la compañera de lecho en el momento de estar en pleno disfrute de los dones del cuerpo es meterle un dedo en el culito”, dije en una conferencia ante muy compuestas señoras no sé dónde. “No me gustó El otoño del patriarca”, le dije a García Márquez con entera desfachatez la primera vez que lo vi. Tenía yo por entonces 24 años y acababa de  ver publicada mi primera novela en Buenos Aires. Años después, ante un gran auditorio en la Feria del Libro de Bogotá, dije que un ejemplo de la más banal basura literaria era la novela Rosario Tijeras. El autor, Jorge Franco, estaba sentado a mi lado en una larga mesa plagada de “jóvenes promesas de la literatura latinoamercana”. Años después esa novela sería uno de los más grandes best sellers de Colombia y de ella se harían telenovelas y películas, mientras mis obras seguían siendo lo que se llama succes d’ estime, libros elogiados por la crítica hasta el ridículo pero que con dificultad alcanzaron una segunda edición. (Miento, miento para dramatizar: varios de mis libros han pasado de la tercera edición y uno ha alcanzado catorce). Dos veces fui representado por Carmen Balcells,  la mayor agente literaria de lengua castellana, y en las dos ocasiones eché a perder la oportunidad por apresuramiento y falta de humildad. Frente a mi esposa y al escritor Óscar Collazos me atreví a cortejar a la que por esos días era su mujer. Óscar me dijo, lo recuerdo: C’est moi qui monte. Cuando debería haberme comportado como hombre serio o como un caballero decente, terminé actuando como un rústico. Las dos o tres veces que me he graduado en universidades, en lugar de vestirme de acuerdo a las normas, con traje y corbata, he llegado con el pelo escurriendo agua, ataviado con ropa deportiva y zapatos sucios. Cuando recibí premios importantes (lo que ha sucedido una decena de  veces: en Costa Rica, en México y Colombia) no lo hice con sencillez sino con pomposa grandilocuencia y  llegué a insultar a un gobernador llamándolo corrupto frente a sus subordinados. Supongo que estos comprotamientos se han extendido a mis relaciones personales, particularmente a las afectivas, amorosas o eróticas, en las que he salido generalmente fracasado. La única relación en la que no he fracasado (hasta la fecha) es la que he tenido con mi esposa, aunque ha estado en extremo peligro muchísimas veces. Definitivamente: no soy modelo de nada.

MEMORIAS INDISCRETAS 21. Dos veces estuve en el infierno. La depresión mayor es el infierno (“depresión mayor” fue el diagnóstico que me parece el más adecuado a mi desorden mental, llamémoslo así,  diagnóstico emitido por uno de los diez o doce psiquiatras que tuvieron el cuestionable privilegio de tratar de entender mis terrores y confusiones metafísicas. Mi esposa, la recuerdo o la imagino con una terca, tozuda, inflexible dignidad arrastrándome como a un perro jalado por una cadena a consultorios de médicos  brujos y curanderos espirituales, a cubículos parroquiales y reuniones de maniáticos anónimos, la imagino siempre bella, fresca como una especie de Dorian Grey inmarcesible (parece que mi amada se estacionó en los diesisiete años y habiendo rebasado los cincuenta sigue con su piel de magnolia y sus ojos limpios); la depresión (la depresión mayor, bilis negra) es la experiencia de vida más excepcionalmente terrible, espantosa, desagradable, aborrecible, inolvidable, feroz, desoladora, aterradora, inexplicable, insoportable, incomunicable, insoslayable, triste, solitaria: es como estar siendo asesinado lentamente con un puñal que se hunde milímetro a milímetro en el pecho durante minutos, horas, días, semanas,  meses, años, hasta que el que la sufre se suicida o sale del abismo con las uñas levantadas y las yemas de los dedos en carne viva y la conciencia de que ha vivido la más atroz experiencia que se puede vivir. Y lo sorprendente, lo absolutamente sorprendente, es que en  muchas ocasiones esa experiencia de corrosión  del alma no corresponde con una situación real que la suscite: a veces el deprimido no tiene que estar así, no hay ni una sola razón o motivo verificables. El deprimido piensa que su persona es menos que nada, que vale menos que un perro moribundo, que todo lo que ha hecho en su vida carece de sentido. Recuerdo que en uno de esos interminables días de siete años de abismo,  en una de esas 8760 horas de desgarro espiritual, en uno de esos 525 600 segundos de mi vida en el abismo, yo mismo quemé mis libros en una pira (los 32 libros que había publicado en 15 editoriales, en cinco países y que habían recibido decenas de premios literarios, cientos de reseñas, estudios, monografías, en general altamente elogiosos). Mi esposa asistía al evento y no intentó detenerlo, vio arder mis libros. Ella misma me había instigado a hacerlo, me había retado como me retó a cumplir con la amenaza de suicidarme. Yo estaba con la cabeza entre las manos, los codos apoyados en la mesa del comedor y decía interminablemente “me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir”, mientras ella cocinaba deportivamente, como si viviéramos en el mejor de los mundos y estuviera sonando el Himno a la alegría . “Si te quieres morir, ¿quién te lo impide?”, dijo con la frialdad de quien dice “mira, ha comenzado a llover”, y puso un vaso con agua y un tarro  de polvo mata ratas al frente. Después se sentó a esperar con la esperanza de que yo por fin definiera, frente al cráneo de mi vida... ser o no ser. 
Un minuto duró mirándome: “¿De verdad te quieres morir?” Mi respuesta fue escueta: “No me quiero morir”. 
¿Qué me estaba pasando? ¿Cuál fue el momento en que se desencadenó la caida rumbo al abismo, esa nocheoscura del alma?¿Por qué le sucedió ese cataclismo espiritual a alguien como yo, que se creía no semejante a los dioses sino superior a ellos?Una sonrisa, por favor. Detengámonos aquí, pasemos a otro tema, ya regresaremos al averno con una armadura menos vulnerable.

sábado, 2 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 15-17 MUJERES


MEMORIAS INDISCRETAS 15. Mi lista de mujeres amadas o por lo menos el inventario de las que ocuparon un lugar en mi existencia de amoroso desaforado o buscador de afectos: Beleida, pequeñita, yo caminaba abajo, por la calle, ella arriba de la banqueta, le di un beso con los labios apretados y la cara tensa, sus hermanos eran carniceros y cuando se enteraron de nuestro romance me acecharon a sol y sombra hasta hacerme abominar del amor;
Alondra, modelo con nariz de tobogán, con la que yací en cama verde al lado del Río General, acto más atlético que amoroso o erótico que apareció en toda su bucólica crudeza en Breve historia de todas las cosas;
Verushka, una rubia de cabellera larga y líquida  que conocí en una feria en San Isidro, me ilusionó, la fui a visitar a su casa en Desamparados, la volví a ver meses más tarde, ay,  apercollada con Memo Moreira, el guapito del pueblo: me partió el corazón;
Zenaida, que cantaba en el coro de zarzuelas en el colegio de monjas: la conocí en una fiesta, bailamos, la acompañé a su casa en complicidad con la media noche por las calles solitarias de San Isidro, nos dimos besos golosos y de reprimida lujuria  en todas las esquinas, no la volví a ver sino meses después, me pareció eminentemente fea y yo me reconocí como un auténtico gañán intoxicado por los perfumes nocturnos y el alcohol;
Lilita, una trabajadora del cuerpo, linda y joven, que caminaba descarada y triunfante por las calles, me lanzaba requiebros poco decentes y me recordaba, frente a mis compañeros de la Escuela Normal, que nos habíamos conocido en el más siniestro congal del pueblo, el Bar Tico;
la otra rubia, Rosita, compañera del bachillerato, que decía que estaba enamorada de mí “pero sólo de la cintura para abajo”;
Sahiri Soto Suárez, la única mujer que estuvo a punto de enseñarme a bailar salsa, Sahiri Soto Suárez, a quien enamoré y en el momento más alto de nuestra relación abandoné para irme a estudiar filosofía y alemán y griego antiguo a Cali;
Carmelita, la que vendía dulces a la salida de las residencias universitarias: con ella las sesiones de amores físicos fueron maratónicas, epopéyicas, onomatopéyicas (yogábamos escandalosos e impíos ante un auditorio aplaudidor, el vecindario de estudiantes pobres de las residencias de la Universidad del Valle, singábamos, cogíamos, fornicábamos,  hasta que ya no me quedaba absolutamente nada en mis entresijos mientras su bebé de tres o cuatro meses dormía al lado del catre);
Alex, Alejandra, que sufrió el mismo destino de Sahiri (enamoramiento y subsiguiente abandono, en este caso para irme a estudiar a Kansas) (inspirado en el recuerdo escribí uno de los fragmentos más escabrosos y divertidos de novela Mujeres amadas: formamos en animal de cuatro piernas y dos espaldas en el baño de la casa del Negro Marmolejo, en plena fiesta),  la encontré muchos años más tarde e intenté revivir con ella los coitos felices e irresponsables, me acosté con Alex en el Hotel Intercontinental Cali en un lastimoso acto que incluyó (excluyó) a uno de sus senos, mutilado por el cáncer;
la ballenita caliente, así la apodé en Mujeres amadas, una judía peruana, poeta, que fue la primera en enseñarme las artes de las famosas flautistas del emperador (arte del que sería, muchísimos años más tarde, exponente emérita, plenipotenciaria, Bárbara Blaskowics, personaje principalísimo de La insaciabilidad);
Jaqueline, otra rubia, gringa, pequeñita, sabia en asuntos de literatura decimonónica, gozamos frugalmente de nuestros cuerpos rostizados al vino y a la pasión de su chimenea en su casita hundida en la nieve de Lawrence, Kansas (creí que había algo parecido al amor en el asunto hasta que ella me dijo: Para mí, my dear, lo nuestro es una aventurilla invernal con plazo fijo, pues debo decirte, sorry, tengo fijada la fecha para mi boda con un competente PhD de Princeton);
Irgla, protagonista de varias de las novelas de mi serie El libro de la vida, supongo que la amé porque ha ocupado muchos años de mi vida y a veces me visita en sueños, nuestro ayuntamiento era básicamente imposible por las diferencias sociopsicológicas y patológicas (de ella y de este escribano), terminé abandonando la plaza al darme cuenta de que no estaba dispuesta a renunciar a los privilegios de su estatus social a cambio de vivir una reumática vida de miseria y quimeras al lado de un escritorcillo que no terminaba de levantar vuelo después de un despegue brillante.
Luego viene la lista que  mujeres que desemboca en  la sensible criatura entre angélica y diabólica, como todas,  mujer que me ha acompañado (soportado, querido a veces, odiado en ocasiones, extrañado cuando he estado lejos, acompañado en los grandes momentos  como recepciones de premios, viajes de conferencias, estancias bajo la nieve y en cabañas en un bosque de Banff, Canada, sufrido mis prolongadas depresiones y mis insufribles euforias, mi mujer, la mujer de mi vida, sin ironía alguna,  en cuyo altar muere mi afición depredadora como el agua de un río en un desierto.

MEMORIAS INDISCRETAS 16. La lista anterior de  las-mujeres-de-mi vida es previa, claro, a la llegada de la grande, la principal, la única, es decir, a la mujer que tomó por asalto mi  existencia, convirtiéndose, como escribió Tolstoi en su Diario, en mi rueda de molino atada al cuello y borró de un plumazo a todas las ya citadas, incluso a otras, que también me dieron instantes de diversa índole amorosa, erótica y/o sepa Judas: a saber:
la Princesa de Huamantla, auténtica princesa de la Feria de las Flores de Papantla, hembra de pechos privilegiados y de lengua interminable que se aplicababa a largas y fatigosas disquisiciones sobre zapatillas finas, ropas de Fábricas de Francia y no a labores más generosas;
después viene en la lista Trilce, la hija de nariz caballuna de mi amante más tozuda y juiciosa, Bárbara Blaskowitz;
y más después aparece Alma Daylight, guatemalteca que fruncía la nariz de la forma más graciosa imaginable y quien que en una sola noche levantó una catedral de amor en mi imaginación y al día siguiente me informó que no podía involucrarse más allá porque estaba, ella misma decía, endemoniada pues noche a noche cuando no hacía el amor con un estricto desconocido, era visitada por bestias oníricas que la azotaban contra las paredes (“Por tu propio bien, olvídame, yo estoy perdida para siempre y no quiero perder a nadie más: lo mío es un fornicio cada noche con un desconocido y adiós”,
(a Alma Dayligth le regalé una sombrilla china que me costó más que mi famoso violín Markneukirchen;
y llegó la doctora nariz de cotorro, con sus anfetaminas, sus angustias, sus guardias nocturnas (con ella, como con la Princesa de Huamantla, visité las galas de estribor: en el primer caso con margarina como en El último tango en París, en el segundo con sus fértiles jugos espirituales);
y continúa con La Tota,  su pelambre de museo marino y sus botas de mosquetera, mujer o más bien engendro de muy particulares aromas que portaba un estilete en la bota de mosquetera y que me dejó como herencia una bolsa con hierbas medicinales;
y casi bailando una danza de sílfide, la polaca Korolenko, adoradora frenética de Chopin, quien se tendió sobre la bandera de su patria y a ritmo de La Polonesa dijo estar dispuesta a la ocupación (“Pero antes, bésame el cuellito”);
la juiciosa, pizpireta, simpática, esbelta como un junco del Nilo, ama de casa quien en una fiesta despotricó contra  su barrigoncito marido y me dijo “a mí me gusta el trote del macho aunque me zangoloteen y a mi marido lo que le gusta son los bultos de cemento, es arquitecto constructor el maldito”);
la muñeca de porcelana, llamábase Fiorella, con su nariz minuciosa, sus pecas infinitas tan mal distribuidas y su ceceo infantil, en su baño me hizo higiene previa con Jabosote y luego ejerció con eficiencia buenas dotes de real flautista del emperador; 
las niñas de la academia de Clitemnestra, que fueron el sueño de una noche de verano con todo y burro de elegantes orejas: asistí a la academia a estudiar danza contemporánea y a sufrir y disfrutar de las gracias adolescentes que un día se desnudaron todas para mí gracias a la complicidad de la maestra Clite, que muy en público manifestó su intención de enseñarme técnicas bastante particulares del placer gimnástico;
la otra Bárbara, Bárbara-Erika, que pasó directamente de la cama a ser protagonista de un cuento en el que borboteaba como un caldero de brujas su insaciabilidad aterrorizante: habitó todas las estancias de mi apartamentito cerca del cerro y en todas ejerció el imperio de su omnívora intemperancia y siempre utilizando la palabra obsesión como bandera de inocencia;
y años antes la gordita intelectual que se quería suicidar lanzándose desde la ventana del piso trece del  Hotel Tequendama después de haberme narrado sus fechorías precoces y procaces en el más exclusivo colegio de Bogotá, fechorías que, dijo, culminaron en un aborto y un desplome en el mundo de las anfetaminas;
la poeta pantera y su noche de descarada lujuria bajo un farol en el Parque de San Antonio en Cali, asunto que culminó cuando pagamos la habitación de un hotelito de cuatro pulgas con el único reloj de buena marca que he tenido en mi vida;
la cubanita adolescente que me desnudó de mis intenciones primitivas y me dejó como un cangrejo sin caparazón al sol de la Habana después de varios días de borrachera;
la otra polaca, gallina vieja, con una insoportable nostalgia anémica y un olor a guetto varsoviano, que regresó a su patria llevando como único equipaje su viola Guarneri;
la espantosa, aterrorizante, musculosa machorra Iris Moonligth, que abominaba de su nombre, Amanecer Pérez, con su show de sombreros y sus inconfesables prácticas en Chachalacas al lado de una banda de desaforados que tenía como líder a un alto funcionario que llegaba a Xalapa con una enorme casa rodante en la que transportaba una horda de  borrachos, drogos, mujeres de toda clase y condición que hacían fogatas propiciatorias y fornicaban bajo las estrellas a culo limpio o enfundados en  sacos de dormir (recuerdo ese reto frontal de la hercúlea walkiria “ustedes dos, cretinos, vengan al mismo tiempo con sus ridículas armas de guerra, puedo con ustedes y con todo un batallón”); 
Bárbara, Bárbara, Bárbara, tantos años entregada al amor de cien machos ventripotentes, dictatoriales, mansos o espirituales, a quien en un arranque de domesticidad le propuse matrimonio.
Y finalmente, como un puerto de salvación, acertijo y futuro impredecible, mi mujer, la que se ha conservado fresca como una flor silvestre al amanecer a pesar de todo lo que le ha pasado.
xxx

MEMORIAS INDISCRETAS 17. Todo escritor que se respete debe tener un crítico  de cabecera que cante sus glorias y pregone su nombre en congresos y academias. Yo lo tengo y además es mi amigo. Ya hablaré sobre él. Debe tener también una leyenda que repitan todos los periodistas boletineros. La mía la pueden leer en wikipedia. Según ella yo debuté a los 24 publicando una novela mejor que la mejor novela del mundo. Eso fue lo que escribió el editor en la contraportada del libro, que fue publicado, ¡además!, en Buenos Aires. Después vino el resto de mi vida: altibajos, más bajos que altos, pero ningún verdadero, auténtico, irrefutable éxito. He tenido, pues, una carrera más o menos mediocre. Lo que, he afirmado en varias ocasiones, agradezco. Gracias a que soy apenas un mediocre que trabaja (lo dijo Gustavo Álvarez, mi maestro primero en las malas artes literarias) he podido escribir carretadas, toneladas, kilómetros de letra, 20 novelas, 300 cuentos, mil artículos, etcétera. Lo que no es en verdad nada excepcional: Bárbara Cartland escribía una novela cada 40 días; Corín Tellado escribió 4000 novelas románticas; Rolf Kalmuczak escribió 2900 y utilizó cien pseudónimos; Charles Hamilton escribió el equivalente a 1200 novelas; otros escritores prolíficos: Simenon, Mary Faulkner, Isaac Assimov, Stephen King han azotado (han fatigado, diría el divino ciego) las imprentas con incontables obras de largo, corto y mediano aliento. De modo que mis 36 libros están lejos de ser hazañas o de alcanzar récord alguno. (El número varía según mi estado de ánimo o mi dosis de farsantía). Tampoco en el campo de las mujeres puedo envanecerme. Diminuto me vería al lado de Casanova o don Juan. Umberto Billo, portero de un hotel veneciano, ocupa un lugar privilegiado en el campo que podríamos llamar la caza del vellocino de oro por haber yogado con 8000 mujeres. Charlie Sheen, Julio Iglesias, Engelbert Humperdinck, Jack Nicholson, Magic Johnson, cada uno de ellos con más de mil dianas, merecen ser mencionados. De Fidel Castro se dice que singó con 35 000 mujeres, dato inverosímil que sin duda se debe atribuir a los fabricantes de su leyenda.
Ni probé fortuna dos veces con autor intratable, dijo Borges. Tal es mi caso. Basta un libro para que me aleje del autor para siempre. Me sucedió con Saramago y otros muchos.
Mi vida parece haber sido una escapatoria interrumpida por temporadas de resignación.

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