Stanislaus Bhor (*)
También William Faulkner soñaba con reescribir las
novelas que más trabajo le costaron, como los amos quieren al gato calicó de la
camada y regalan los lindos: El ruido y la furia fue reescrita cuatro veces
antes de ser publicada. Sartoris, primera entrega de la saga dedicada al clan
Sartoris y al clan Snopes del condado de Yoknapataupha tuvo que ser reducida a
dos de tres partes para ser impresa, pero solo después de la muerte del autor un
editor decidió ofrecerla como Faulkner quiso: completa y bajo el título Banderas
sobre el polvo. Hoy es una de las grandes novelas que complementan el mundo de
Faulkner. Borges, picado por la misma fijación, era más irresponsable y
reescribía sus poemas al dictado: cambiaba palabras y permutaba los versos.
Laurence Sterne añadía dos cuadernillos más cada tres años a su historia
imposible que tarda dos libros en narrar un nacimiento. Del gremio de
reescribidores, solo Cervantes y Flaubert lograron superar las primeras partes y
versiones de un texto. En Latinoamérica, Reinaldo Arenas figuraba como el gran
reescribidor de obras (ver la atrabiliaria Antes que anochezca vs la exacta El
color de el verano) pero desde 2011 (con menos tragedia) se le suma Marco Tulio
Aguilera a la lista de los que han conseguido reescribir sus novelas, decenios
mediante, y han logrado mejorarla.
A partir de la llegada de un negro a San Isidro de El General (que será
encarcelado por la disposición legal que prohíbe el color de la esclavitud, la
fealdad, los chinos y extranjeros) se encontrará en la prisión con un escritor
(Mateo Albán) quien, condenado a una larga pena, se dedica a escribir la
historia del pueblo a través de lo que le cuenta cada reo y de lo que puede ver
desde el ventanuco de su celda mientras imagina y tergiversa sus propios
recuerdos.
La historia dentro de la Historia de todas las cosas (
mise en abyme)
es la vida cotidiana: la de las gentes y orígenes y costumbres y secretos a
voces de un pueblo de Costa Rica y la de las circunstancias de la narración y el
origen de los personajes desaforados que desfilan por ella. La novela dentro de
la novela se va escribiendo y distribuyendo por entregas y en cuadernillos, y es
leída y comentada y criticada por los demás presidiarios. La narración despliega
así varios niveles y temas, en un solo estilo: crónica de situaciones,
anecdotario local, opiniones públicas y privadas del narrador, descripción de
los personajes, momentos históricos que determinan la vida del pueblo desde la
fundación hasta la llegada del progreso a través de la construcción de la
autopista Panamericana.
En un primer nivel, esta novela resulta un Thesaurus del cuerpo humano y de
los oficios: palabras antiguas y desusadas, neologismos y vocablos inventados
tanto para magnificar con la grandeza del idioma como para parodiar al mundo que
describe. Es una narración desbordante en figuras retóricas. Las que deciden el
estilo son las hipálages (“amistad intravenosa”, “virgen intonsa”, “instrumento
maullador”) el hipérbaton para convocar la retórica del siglo de oro (“y que los
hacían perder la continencia, risallorar o abandonar el calafate por la vía
retrógrada. Palabra de Dios.”), la metonimia homérica para caracterizar
personajes al elevar un defecto en lugar del todo (La De Los Pesados Senos, El
Lengua de Perro, El Poeta Gordo, El Villamuelino, Clementina La Más Fina), las
metáforas impías (“tranca de fortaleza medieval”, en lugar de miembro viril,
“indigestiones fetales” por abortos) y arrebatos poéticos (“como el discurrir de
un río que no vemos avanzar pero cuyo estruendo de aguas sin embargo
escuchamos”).
En otro nivel, es un catálogo de caracteres y personalidades y fisonomías y
anécdotas catastrales (el capítulo más bello -a mi juicio una pieza perfecta de
fisonomista- se titula “Óleo de cuatro doncellas y un villano” y describe los
caracteres de cuatro hermanas hermosas; el más conmovedor tal vez sea El
cementerio de elefantes). En otro se enumera y se parodia el linaje de los
ciudadanos ilustres; en otro, la raza de los desposeídos y la ralea de los
marginales (ver Baruch Geldsteinberg Hohensolen y las vírgenes impúberes). En
muchos hay guías de paisaje y escenas de la vida cotidiana (La primera
carretera, la construcción del aeropuerto y del hotel, Monumentos, El volcán y
las cobijas del diablo). En otros la historia oficial del lugar es tergiversada
para que no concuerde con la realidad (ver Primer suceso, Andante con moto
suzuki). En otros se hacen disquisiciones lingüísticas para explicar el
vocabulario (ver El Poeta Gordo y los profesionales).
En un plano superior, Historia de todas las cosas es una novela sin límites,
de vocación anárquica, que no persigue líneas narrativas, ni desarrolla tramas
cruzadas. Su argumento es el proceso de redacción de la propia novela. Cada
capítulo comienza y acaba en su extensión. Por eso puede empezar a ser leída por
cualquier fragmento, y por ello el lector puede retroceder o avanzar a saltos
sin cargos de conciencia.
Una primera versión publicada hace 37 años fue aplastada por la grandeza de
un género que embaucaba incautos y que los críticos denominaron “Realismo
Mágico”. El autor volvió dos veces sobre la novela, no para enmendarla y
deshacerse del lastre, sino para aumentar, acotar y pulir sus detalles. Así,
según podemos leer en los escolios que interrumpen la narración y las escenas
descabelladas para comentar los cambios, el autor integró al corpus narrativo su
propia crítica y las respuestas posibles que ofrece el narrador a esas críticas
en un estupendo juego retórico. También son comentadas las enmiendas y los
vacíos y los olvidos de la juventud con meditaciones de madurez de autor, y las
digresiones sobre el estilo y sobre los límites de la creación literaria
adelantan teorías estéticas que se convierte en manifiesto de intenciones. La
novela aspira a contener varios mundos: el de la fabulación, el de la realidad
tergiversada y el de la teoría de la novela. Contiene algo mejor: una respuesta
soberbia a los posibles detractores de la reescritura y del estilo y del
pastiche, tal como las integró Cervantes al Quijote. Marco Tulio Aguilera, en su
madurez, ha devuelto una estructura sin límites, con una abierta disposición
paródica de la narrativa latinoamericana. Y el resultado es notable: la novela
mejoró y se devoró a sus primeros críticos.
El acervo lingüístico revela a los precursores de este tipo de narración: el
siglo de oro de la literatura española (Cervantes y Quevedo), la filosofía
hedonista y vitalista (Nietzsche y presocráticos), el boom, la lengua vernácula
de América Latina y la herencia Hispánica. El tiempo histórico de la novela se
desdobla y oscila entre los años 40 y los años 70 del siglo XX (de fondo están
Vietnam, la dictadura de Somoza, la explosión de la bomba atómica, la
publicación de las primeras obras del boom). Aquí me gustaría aventurar una
parentela hipotética: sus afinidades estéticas están entre Flann O’brien, Henry
Fielding y Milorad Pavić. Otros dirán que los precursores son: Sterne, Joyce.
Los más desconfiados: Cabrera Infante, Carpentier, Fernando del Paso. El autor,
sin negar la genealogía, dice: Cervantes, Pirandello y García Márquez.
El valor fundamental de Historia de todas las cosas está en la sonoridad del
fraseo, en el linaje de la prosa y en la desmesura barroca. En términos
estéticos, el barroco ocurre cuando la obra (libro, cuadro o catedral) está tan
recargada de ornamento que amenaza con colapsar la estructura. Algunos autores
del esplendor de la novela latinoamericana (Asturias, Mutis, Carpentier)
defendían en barroquismo como la única forma de designar verbalmente el portento
del mundo americano: su paisaje exuberante e innominado, el eclecticismo de las
tradiciones, la abundancia de mitos fundacionales, la diversidad de palabras que
se entrelazaron en el encuentro de los mundos. Los académicos redujeron esa
intuición creativa a esta expresión castradora: “Realismo Mágico”. Los
mercaderes de la literatura lo convirtieron en una denominación de origen de la
escritura latinoamericana, creando un clan de lectores adeptos,
especializaciones enfermizas (entre académicos) y vocaciones frustradas (entre
escritores). Hoy solo perdura un rechazo generalizado entre escritores para no
ser encasillado en esa gaveta. Sin embargo, años han corrido desde 1975 cuando
Breve historia de todas las cosas fue saludada con objeciones por su relación
con la obra cumbre del aquel género de academias: Cien años de soledad. Con la
perspectiva del tiempo (desde el punto de vista de un lector que no está
empantanado ni familiarizado ni sofocado ni prevenido en el género), hoy se
pueden apreciar más diferencias sustanciales que semejanzas entre esta novela y
la de García Márquez. La influencia de García Márquez no es aquí un lastre: el
hecho de que el narrador se sirva de ella con cinismo y la convierta en un
pretexto para la parodia y el goce lingüístico, guarda las distancias. Si
hubiera algo que señalar, en descargo de la versión definitiva de Historia de
todas las cosas, es que en la novela fundacional de América, con la que se le ha
comparado, no hay negros, pero aquí sí. Luego, que hay humor (sarcástico,
grotesco, disparatado) y que toda la literatura que convoque al Dios del humor
en este santuario de solemnes se hace necesaria. Luego, que la anarquía feliz de
su estructura permite el descanso entre capítulo y capítulo (sorprende que no se
hace farragosa, pese a su extensión desquiciada). Luego, habría que añadir que
su lenguaje aspira a las nieves perpetuas del idioma (el que nos dio España y
que refinaron los ancestros de América), y que la grandeza de una lengua,
desusada y desperdiciada por tantos escritores, es aquí revitalizada por un
estilo eficaz. Solo por uno de esos logros merecía ser reeditada.
Historia de todas las cosas, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Trama
Editorial (Madrid) Ediciones de Educación y Cultura (México) 2011.
—————————————————-(*) Bloguero. Escribe cada semana
en http://unahogueraparaqueardagoya.blogspot,com