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miércoles, 20 de febrero de 2013

Unas páginas de la novela en proceso

Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empi­nándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas;  que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo des­mesurado, lo particular; que disfruta   gozosamente de los dones de la tie­rra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e inso­portable soledad.
Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo tra­go, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuen­cias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escu­rriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos mo­mentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movi­miento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.
Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calen­tar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.
Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía ho­rrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el pu­ro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad  tomar tanto tequila de forma tan continua y despiada­da. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desapare­cerá en cuanto amanezca. Entonces  todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala  o en corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letri­na...  Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.
Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual. No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a eva­luar  las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas  porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañar­se iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuer­za de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido laten­te, agazapada, y reventó gracias al tequila. La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y có­mo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson  y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la maña­na. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasi­ja de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a  mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no ten­go sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la ten­sión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo seme­jante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al par­que y congregar a una multitud para leerlo a gritos.
xxx

lunes, 28 de enero de 2013

La insaciabilidad

Con el siguiente párrafo se inicia la novela que estoy corrigiendo y que se llamará La insaciabilidad, obra que estará basada en la novela Las noches de Ventura (publicada en México por Planeta y en Colombia por Plaza y Janés, bajo el nombre de Buenabestia).

Me sucede con las mujeres lo que me pasa con los buenos violines: no puedo ver uno sin querer tenerlo entre mis manos, ob¬servar el tipo de madera, la textura y brillo del barniz, oler su cuello, su superficie, su interior, buscar la marca, indagar el origen, mirar en su intimidad, tocarlo si es posible, titubeante al principio, luego con mayor confianza y reverencia, afinarlo teniendo cuidado de no reven¬tar las cuerdas, lanzarme a la aventura de emprender una escala ele¬mental, después notas difíciles, golpes de arco intrincados, agresivos o acariciantes, para sentir el disfrute que proporciona la vibración ex¬tendiéndose del brazo a la mano, de la mano al arco, del arco a las cuerdas, de las cuerdas al puente, del puente a la base, de la base al al¬ma, del alma a todo el cuerpo del violín y al resto del mundo. Cada violín tiene su gracia y su arcano. Mi violín poco placer puede darme. Es un humilde instrumento firmado por F. Heberlein, de fabricación en serie, que a lo más tiene 150 años y fue fabricado en Markneukir¬chen, pueblito anónimo de Baviera. Tiene un gran clavo en el gaznate, un trozo de lápiz en lugar de alma y la cuarta cuerda vibra de manera antinatural. Aparte de ello, grietas en el cuerpo y un puente demasiado bajo. Estaba seguro, puesto que la experiencia me lo había enseñado, que con un buen instrumento podría interpretar música amable. Y con una buena mujer cultivar un buen amor.

domingo, 16 de diciembre de 2012

The book of life: El libro de la vida (conferencia en Canadá)


                                               THE BOOK OF LIFE
Second lecture at the Banff Centre for the Arts at Banff, Canada
                                            By Marco Tulio Aguilera
There was, there is, there will be this famous literary raven called "Nevermore", which has been following me since I started walking along the trails that surround Banff. The idea that everything I live is already past, makes me at the same time unhappy and happy. All the faces I see, for sure I will never see again, because even if I come back to this 'paradise encountered' for artists called Banff Centre for the Arts, they will never more be the same. I will be someone else: more aged, more calm (I suppose), less eager to drink, and eat and meet nice people, and imagine the many things I usually write.
            As some of you may know I came here to write, to finish writing, a big novel ambitiously called The Book of Life. This big novel, as a whole is formed by four books, maybe five. The first one is already published and is called Goodbeast or The Nights of Venture. The next two novels are ready, thanks to the Centre for the Arts. The second novel is called Beautiful Life and the third, The Little Violin Teacher. They deal with the theme I have always pursued, which is, the relations between women and men in the mainstream of life. I, as narrator, follow the steps of an artist, a male artist named Ventura, obsessed by three goals: the accomplishment of a work of art, the mastery of violín interpretation, and his need for understanding and loving women.
            Pulled by these three different cords, Ventura falls into a crisis. None of the three goals are attained, and he leads a life of exceses. Nevertheless he lives intensely, he knows biblically and unconventionally several women who allow him the experience of differing levels of involvement ranging from plain physical relations to something similar to love. Three women have a main role in Ventura's adventures: Barbara, a divorced woman about 40 years old, who is an authentic goddess of love and lust in a small city of Mexico called Xalapa; Trilce, her daughter, a 14 year old child gifted with the violin, and Carmina Ximena, the Princess of Huamantla, a humble but sophisticated psychology student.
            Here we have the elements of a dark comedy, of a quest in which Ventura struggles within the depths of depression, solitude, the pursuit of fame, glory, vanity, the search for beauty and satisfaction. All these elements mingle to create a fictional world full of what could be called as The Book of Life, but ends up being just the book of a solitary writer with great aspirations and very few achievements.
            There is something false about the life of this writer. The sense of sin is always present. Also the idea that life could be more than that vacuous pursuit. In the third novel, The Little Violin Teacher, an idea is taken to an extreme: the need to overcome rules is incarnated in a very tense relation between Ventura and the daughter of his past lover, Bárbara Blaskowitz. As a means to seduce the young girl, Trilce, the writer is taking violin lessons from her. He supposes he is in love with her and ends up sleeping with Trilce in a pitiful scene that practically ends the relation, not only with Trilce, but with her mother too.
            The fourth novel, which I worked on in Banff, is, or is meant to be, a tour de force. It portrays an authentic love story with all the components human feeling can possibly bear. Ventura meets another young woman and engages in a passionate relationship, which makes him forget all his other goals and relations. This young woman, Flor de María (something like Maryflower) is almost illiterate, but so beautiful and full of grace, so funny, witty and naive, that Ventura falls into an abyss. The relationship begins in a rather simple and natural way when Ventura invites her to the movies, and she doesn't watch the screen, but, instead, stares at him. This goes on until Ventura falls into a kiss, which is accepted enthusiastically by Flor de María. From that moment on, this artist will have no peace, no violin playing, no novel writing, no office work. Day after day, night after night Flor de María takes possession of Ventura. Not a step can Ventura venture, without having his loving Flor by him. This is a novel about the mysterious relationships that exist between love, sex and transcendence. It's also a novel about the struggle against selfishness by a male and the voracious love of a woman. Vanburgh said: "Once a woman has given her heart you can never get rid of the rest of her." Men, on the contrary, seldom commit to other than themselves. Rudyard Kipling had a very acute observation about the power of women: "A woman's guess is much more accurate than man's certainty".
            I have being saying for several years that the only hope for this world is for it to be ruled by women. They are more honest, more artistic in the way of feeling, more adept at finding hidden meanings, more loving. This world, ruled by men, is a pragmatic, decafeinated, unloving place. Women understand the world better because they rise and fall each month and know the alternation of bodily seasons. Men go straight as a line. They eat, then read the newspaper. They make love, then go to sleep. Women would go on enjoying the moment as it deserves.
     The novel I have just written is a novel about violence, about love in it's deepest sense, about eroticism's failures and splendors. It wouldn't be honest to say that this work is a masterpiece of originality. The idea of a big novel in several volumes following a cast of characters, most of them women, was developed by Marcel Proust in A la recherche du temps perdus. Also by Lawrence Durrell in The Alexandria Quartet, and by Henry Miller in The Rose Crucifixion. AlI I can say is that there is in this novel great optimism, a firm belief in life, love and the possibility of happiness on earth. The quest for love and fulfillment is the basis of this project. In a certain way this is The Book of Life I am reading and living, and this book was written by God. Not by me. Most of the stories have some relation to my existence, to the women I have met and the goals I have pursued. I have tried to explain myself to myself, to understand my eager abundance of excitement, and to be absolutely sincere.
     As has been said, a single person can have, in certain incomprehensible ways, the universe within him and herself, including planets, stars, beginnings and ends of new, flowing waters, mountains and wild roses, corruption, heavens, hells, sickness and health, sin and virtue, and also, please never forget, immense void space. As a person, the universe is full of galaxies, tiny and huge stars, and vast void space. Scientists have discovered that the percentage of void in an atom is millions of times larger than the percentage of matter. They have also discovered that the percentage of void in an atom is as great as the  percentage of void space in the Universe. Imagine in a human life that most of this life is void; that is to say, it lacks sense. Let's make a little experiment to prove that: let's try to remember the few really significant moments of our lives. Probably most of us would have to confess that love has had something to do with those moments. So probably the clue of this puzzle of life resides in love.
            As love, art is a place where meaning resides. Where real, profound meaning, relates to what we are as human beings. The survival of art is the survival of humankind. The battle of life today  inclines towards productivity, toward lack of sensitivity, and consumption. People work as donkeys to buy their spiritual empoverishment. Love and art are two of the main weapons against this death force.
            What I've tried to accomplish with this big bunch of pages called The Book of Life, is to humbly understand, to dramatize, to create a novel of the universe. No more, no less is what should be a work of art. My friend, the Mexican orchestra composer and conductor, Sergio Cardenas, in the midst of conversation over beer, raised this question: What do you, Marco, believe is in the very bottom of the human soul? I answered as plainly as I could, finding that it was a rather simple question: In the very bottom of the human soul lies the aspiration to be God. Not to be gods, but to be God. We have the choice of answering to that need, trying to be God, living as intensely as we can, trying to understand as much of the universe as we can, or we can plainly rest in the conviction that we are nothing but void advancing toward nothingness. That's the challenge God has put in front of us, and that is what God meant when God said that he made us in his image.
            Finally, on behalf of my Mexican compadres in this visit to this paradise of artists, on behalf of the composers Sergio Cárdenas and Rodrigo Sigal, I say thank you and farewell. I will always remember this place, hoping to return, keeping my links with Carol Holmes, Jill Swartz and Erin Michie, heads of the Leighton Studios for Artists, who have been always kind, as kind as humans beings can be. Farewell biking along the trails, farewell watching the Bow River growing, farewell playing basquetball with Rodrigo at five o'clock in the afternoon 40 days out of 43, farewell to ten pounds of overweight, farewell to philosophical conversations with Sergio Cardenas, farewell to my admiration for Canadian women and my indiscrete questions. Canada will be for me, from now on, not a vast and unknown territory in the world, but a big significant country in the map of my life.
            And finally again to this literary raven called "Nevermore" which has been following me along the trails of this Canadian Rockies. I can peacefully answer, without sadness, that he cannot molest me. His harrassment has been in vain, for I will keep this day in my heart, and hopefully, in a special place of my literature.
                                                                 
                                   Banff, June the fourth, 1997

miércoles, 6 de junio de 2012

MUJERES, MUJERES, MUJERES: AMOR Y EROS (DE SIN MÁSCARA)

AÑO 1982. Hay épocas que concentran demasiada energía, en las que se amontonan acontecimientos, verdaderos centros u ombligos de la vida, tiempos complejos y quizás incomprensibles a la luz de la distancia, pero que se viven con una especie de naturalidad, como si fueran parte de la materia real, no del vacío universal, épocas en las que la materia oscura opaca a la luminosa, tiempos sin sentido o aparentemente sin sentido. El año 82 fue una de esas épocas cifradas en las que parece ser el caos el que domina por sobre el orden y el sentido. En el 82 se acumularon a las puertas de mi casa, pasaron al frente o entraron directamente hasta la cocina, y claro, mi recámara, Shaka, la polaca adicta a Chopin, Bárbara Bláskowitz y su hija (que no era violinista como quise presentarla en  La pequeña maestra de violín), Concha Chacón y su chácara psicologista, Lygia, la pequeña y dulce mujercita con la que creí haber encontrado el amor, Rayza, la sublime inadaptada de la Habana. Y sin embargo seguía como el sol de mi horizonte Irgla, a quien por entonces no llamaba La Nauyaca porque la amaba o creía amarla. Todas las primeras mujeres que conocí durante mi primera época en Xalapa (época AdLL) pasaron casi transparentes a mis novelas de lo que llamé  El Libro de la Vida.  En esto que estoy escribiendo naturalmente no uso nombres propios, más bien recurro a los apelativos que usé en las novelas y si las implicadas llegan a leer estas páginas les pido que las recorran como si fueran literatura. No creo estar escribiendo lo que se llamaría estrictamente memorias, ni siquiera autobiografía y de verdad no me preocupa que se enmarque en algún género o denominación esto que mis amigos lectores tienen en sus manos. Tal vez sería agradable que lo leyeran como la novela de la vida de un escritor cínico, sincero, descarado, directo, autodestructivo, impío, misógino o quizás ginadicto (póngale usted, my friend, el calificativo que quiera o le acomode).
Abro la libreta de contabilidad número 5, donde hallo este registro: Del 18 de mayo de 1982 al 1 de marzo de 1983.
Libros en proceso de lectura:
Plexus  de Henry Miller
Ulises de Joyce
El amor y Occidente de Denis de Rougemont
Dilemas de Gilbert Ryle
Noches de Torcuato Tasso
Estoy leyendo las novelas del Concurso Jorge Isaacs. En mi habitación de la Calle Prolongación 3 se apilan 300 manuscritos. Continúo la escritura de Mujeres amadas.  Escribo entre 5 y 8 páginas diarias. Principios: Sólo escribir en el momento en que sienta la absoluta necesidad. Sólo escribir lo que me produzca sentimientos intensos de nostalgia, de alegría, de paz, de deseo, de lo que sea. ¡La intensidad por encima de todo! Basta de literatura desapasionada, descafeinada, desangelada. Hace aproximadamente veinte días hice el amor, digámoslo así, con Shaka au rebours. Creo que no lo registré.  Apenas escribí una nota demasiado indirecta. La primera vez nos calentamos los cuerpos y tuvimos jugueteos intelectuales durante dos horas. Es el tipo de personas a las que hay que hablarle de epifanías, iluminaciones y teorías hermenéuticas mientras se les mete mano. Súbitamente me dijo tras mirar su aparatoso reloj Cartier (que hace juego desastroso con unos anteojos descomunales que cabalgan una nariz algo incróspida): Gitanillo, debes irte exactamente en cuatro minutos, disfrútame y piérdete de vista. Y yo me dije, ahora o nunca. Una vez allanado el camino con un discurso sobre el concepto de virtud en Aristóteles me fue más fácil transitar por él. En la segúnda ocasión me dije: Shaka, te voy a hacer gozar hasta que quedes más seca que el desierto de Sahara.  Así fue. Gimió y gritó de tal manera, que temí que las vecinas (vive un apartamentito de muñecas dividido en cuatro estancias ocupadas por cuatro lindas solitarias que le hacen la vida amable al patrón) protestaran. (Pero si Shaka gritaba de tal manera, hay que decirlo, tal vez no fuera por legítimo entusiasmo sino por una especie de natural presunción suya, que la obliga a magnificar todo lo que hace y dice haciéndola parecer una actriz de cine mudo, que tiene que exagerar sus gestos para que se entiendan bien sus mensajes). Shaka cabalgó alegremente y me bañó en sus fluidos vitales y luego con gran frialdad, como la del conejo de Alicia, miró su reloj y dijo: Rápido, rápido, tienes que irte (y eso me recordó que dos o tres años antes la gringa pequeñita, la erudita del Departamento de Español de la Universidad de Kansas, tras disfrutar de mis artes, de una botella de vino y algunas estrofas del Siglo de Oro español me dijo: Ahora, menino, tienes que irte. Eso fue en Lawrence, en pleno invierno, a las tres de la mañana). De modo que una y otra, Shaka y la menina me trataron como elemento desechable. Y yo les aseguro que en los dos casos mi casta persona  ensoñaba no con fluidos vitales, sino con algún sentimiento noble, quizás el heteróclito amor. ¿Sabes qué?, remató Shaka, la adoradora de Chopin, yo le doy poca importancia a un  acostón. Y yo, iluso, pensando en enormidades como el amor. ¡Qué sandez! Me asombró sobre todo su familiaridad con el Corpus Christi. Se acostó frente a él, cuando estaba presentando armas, y lo contempló con interés, pero creo sin cariño. Su cuerpo blanquísimo, los pechos más hermosos que haya visto, su rubia cabellera casi blanca, su retórica literaria, la batalla encarnizada que presentaba para que no le quitara los lentes, todo ello paso directamente a Las noches de Ventura, pero curiosamente no fue protagonista de la línea vertebral de la novela, en la que Ventura era central, sino que ocupó una segunda (monstruosa) columna, en la que el Doctor Amóribus, alter ego del alter ego, disfrutaba de los dones de la polaca. Dejaré este tema a un lado, pues sólo leyendo la novela se puede entender esta especie de vida en tercera calca.
¿Qué sucedía por entonces en el mundo? La Guerra de las Malvinas. Escuchaba noticias sobre ello en un gran radio de onda corta que me acompañó muchos años.
En la página cuatro de la libreta de contabilidad registro esta frase escuchada en un  sueño:
--Yo siempre estoy dispuesto a pelear. Sólo falta que encuentre a una persona que quiera hacerme frente.
Visito con frecuencia a Bárbara Bláskowitz, la alemana, que cambia de amante cada dos o tres meses, alegando, ¡siempre!, estar enamorada hasta extremos francamente insoportables. Es bella, grandota, una teutona que en tiempos de los vikingos habría impuesto su ley. Platicaba en la sala con su nuevo amor, un francés calvo, caballeroso y culto. Les leí un capítulo de  Mujeres amadas. Parece escrito por un novato, dijo secamente Bárbara. No está mal escrito, replicó el francés, el problema es que tus personajes no existen, eres solamente tú el que hablas en tus novelas. En ese momento llegaron la hija mayor de Bárbara, a la que llamé Trilce en  La pequeña maestra de violín, y una bruja chilena, que comenzó a ejercer sus artes recurriendo a las revelaciones que le hacía un huevo dentro de un vaso de agua (dijo: Ay, esta niña va a repetir minuciosamente la vida de su madre).
Y en efecto, acoto, ya saliéndome del cuaderno de contabilidad: quizás un año más tarde la niña Trilce, recién cumplidos los quince años, terminaría en mi cama, como lo hizo su madre. Mi relación con la Trilce real fue pobre, lastimosa, tan breve que ya no recuerdo nada, pero a la hora de escribir la novela  La pequeña maestra de violín, fue adornada con una serie de teorizaciones sobre técnicas violinísticas y lecturas demasiado avanzadas para una criatura de su edad.
El martes 25 de mayo registro en la libreta de contabilidad: 5 minutos 52 segundos 5 décimas en una milla. El miércoles registro una serie de 5 veces 400 metros: el mejor tiempo: un minuto 3 segundos 5 décimas. Eso me lleva a recordar el año 1974: Estadio Pascual Guerrero, Cali, entrenamiento con los bellos negros de la Selección Colombia de Atletismo: hicimos una serie de diez veces 400 metros por debajo de un minutos. Esos eran los tiempos AdSLMG, antes de La Nauyaca: tiempos de Marilú Ostertad, de La Cabezona, de Carmen la vendedora de dulces, de María Helena la mulata de Pance.
Hay en mi lectura de Doctor Faustus una especie de dolorido sentimiento del deber: la idea de estar leyendo una obra grande, importante, de más de mil páginas densas, llenas de elucubraciones metafísicas y de todo tipo, como quisiera que fueran las mías (todas mis obras), que sin embargo (la de Mann) es muy diferente a lo que yo en general he escrito: el protagonista de Mann tiene ideas elevadas, ideales, si se quiere, muy espirituales, muy germánicos, distintos y quizás superiores a mis “ideales”, que pareciera me impulsan a buscar en las mujeres más sus cuerpos (el vórtice infernal de la voluptuosidad) que sus espíritus. En cierta medida me causa repulsión un espíritu tan puro, tan impoluto, como el de Leverkhun, un espíritu tan distinto al mío, que es carnal y terrestre a veces hasta el hartazgo. Hallo sin embargo una disculpa o una justificación en esta frase de Mann: Un matiz de amor aparece en cuanto el instinto lleva un rostro humano, aunque sea el más anónimo, el más despreciable. Y es aquí donde encuentro una esquina de justificación: en mi búsqueda y hallazgo de cuerpos, de la sucesión de cuerpos femeninos que transitaron por mi vida, yo espiaba la aparición del espíritu, de eso que hace que una persona diferencie a una criatura en particular, de la sucesión de seres que pasan frente a los ojos, por la ventana de la vida. Atisbando por la ventanita del túnel de Sábato he pasado mi vida a la espera de que haya alguien con quien me pueda comunicar, llámese alma gemela o simplemente compañera de viaje… que encontré, no dudo, en LL, mi Beatriz, la que me hundió y me sacó del infierno. (Me falta hablar de mi novela más sufriente, oscura, terrible: El sentido de la melancolía).
En la página 13 escribo: Me cuesta trabajo conciliar el sueño. El fuego interno sigue bullendo por horas y horas. No importa que haya desplegado una actividad de maniático: ir a la oficina, corregir galeras, comer frugalmente, ir a jugar básquet, leer, escribir a máquina, ver televisión, ir al concierto, donde más que escuchar  fui a ver a Adriana X interpretar el Réquiem de Mozart: el cuello delicado sustentado una cabeza de diosa eleática con un rostro perfecto que reflejaba la música celestial de Mozart en su último momento, su cuerpo danzando en casi inmovilidad con una gracia impresionante. Ir a cenar a La Tavola, regresar a casa, leer, tenderme en la oscuridad, aguardar con gran regocijo y una gran certeza el instante en que las tinieblas den paso a las imágenes. Esperar que de la oscuridad, a partir de una chispa, se abra la ventana que me permita acceder a ese mundo nocturno. Sentir que todo en la vida tiende  a una ignota armonía que quizás se asemeje a la muerte. Todo es una búsqueda imposible de paz, me digo. La paz es armonía con el mundo. Pero el  mundo es lucha. El sonido más insignificante me retorna al otro mundo, a ese que está afuera, a ese mundo que no soy yo y que por lo tanto es la guerra. La guerra y la paz: eso es la vida. Imposibilidad de conciliación. Y sin embargo …

martes, 3 de abril de 2012

MURAKAMI ABSUELTO, SOBRE MI "LIBRO DE LA VIDA" (PÁGINAS DE SIN MÁSCARA FRENTE AL ESPEJO)

Que el mundo se esté acabando no quiere decir que uno deba echarse a morir... Acabemos por ahora con Murakami: mi veredicto es, después de muchas dudas y vacilaciones, ¡absuelto! Me terminó por agradar el relato a veces casi lamentoso de sus “fracasos” en las maratones de Boston, Nueva York y su pueblo natal, los sufrimientos por los que tenía que pasar para culminar los 42 kilómetros 250 metros, y tal vez simpaticé con Murakami porque me hizo recordar algunos momentos de mi experiencia como fondista: cuando corría cuesta arriba por la empinada calle de Miguel Alemán en Xalapa y súbitamente vi a un hombrecillo que mediría apenas un metro cincuenta y cinco, llevaba a sus espaldas una mochila y en sus pies no unos zapatos de carreras sino uno pobres y gastados zapatos de cuero, y ese hombrecito escuálido me rebasó a buen paso y me dejó atrás, a mí, al atlético Mistercolombias, cuando apenas rebasaba los 30 años, y pensar que había entrenado por varios meses al lado del famoso Otón, el mesero maratonista; o me recordó la ocasión en que, muy cerca de la meta, en el Estadio Xalapeño, vi que una mujer de unos 35 años, con evidente sobrepeso, me rebasaba limpiamente, cuando estábamos a 800 metros de la meta (hay que hacer una salvedad en el segundo caso: luego me enteraría que la mujer no había hecho el recorrido completo, sino que se había sumado a la carrera cuando faltaban mil metros). Terminé de leer  De que hablo cuando hablo de correr mientras crucificábamos la ciudad de lado a lado en medio de un calor de barco de vapor... Y al final me doy cuenta de por qué después de rezongar y gruñir contra Murakami he decidido revalorarlo: porque me sentí reflejado en estas líneas que yo firmaría si no las hubiera escrito él ante: Hasta ahora he vivido haciendo sencillamente lo que me gusta y como me gusta. Y nunca, aunque la gente me intentase refrenar o aunque recibiera críticas malintencionadas, nunca he variado mi forma de actuar. Si comparto fervientemente estas palabras, más aun las siguientes: Lo único que se ve allí es mi naturaleza  de siempre: individualista, testaruda, falta de compañerismo, a menudo egoísta, y aun así, poco segura de sí misma y que siempre intenta encontrarles gracia (o algo parecido) hasta a las situaciones más penosas. Pero volvamos atrás: a mi Libro de la vida.  En alguna parte lo llamé Currículum genital,  haciendo más que evidente que esa serie de novelas no era precisamente la saga de un escritor en busca de amor y conocimiento, persiguiendo el difícil arcano del violín y casi de perfil tratando de pergeñar por lo menos una obra literaria de valor: era (o parecía ser) simplemente el inventario de las mujeres que habían caído bajo el encanto de Ventura: en las primeras escenas Barbara Blaskowitz, mujer madura, descendiente de polacos, erudita y de voraz boca competía con Concha Chacón, descendiente casi pura de totonacas, estudiante de psicología, insufriblemente pedante, que cedía sus encantos con apreturas de virgen necia (luego para matizar una castísima Lili, vecina del depredador, que no entregaría su castidad al novelista sino a un cuarentón de  enorme coche, que no podía ocultar sus aires de diputado del PRI); luego aparecerían en escena Trilce, la hija de Bárbara, niña prodigio del violín, y Claris, la ex esposa de Ventura (y de pronto un salto: en  Mujeres amadas  el protagonista no se casa con Irgla, y en  Noches de Ventura se dice que nuestro novelista sufre de nostalgias por su ex esposa). Y dentro de la novela principal, para aliviar un poco la sobrecarga de mujeres y de actos eróticos a veces medio circenses, se me ocurrió intercalar capítulos de una novela francamente burlesca o sicalíptica, en la que Ventura se crea un alter ego, Eleuterio Moon, el Doctor Amóribus, que somete a sus tratamientos, siempre lúbricos a: Ranita, la hija de Fernanda, niña de catroce años; a Margarita Seca,  criatura dulce y despedazada por la existencia; a Cleopatra Martínez, insufrible y diminuta muñeca de porcelana con naricilla egipcia; a la Korolenko, fantática de Chopin, otra polaca de sofisticación inaguantable: a todas ellas las sometía mi Doctor Amóribus a tratamientos fisicopsíquicos de ersuasión que culminaban, en general en la cama y en el fracaso). Las dos líneas argumentales coincidían: los protagonistas, Ventura y Moon, resultaban inmersos en una desolación tremenda, que… sin embargo presagiaba mejores tiempos. Los de las novelas siguientes: La hermosa vida y  La pequeña maestra de violín.  En ellas Ventura seduce o es seducido por la hija de su amante titular (que aparece en tres novelas), Bárbara Bláskowitz: Trilce es un diablillo, una Lolita demasiado intelectual (lectora de Mann), una violinista prodigiosa, a la que persigue nuestro protagonista a lo largo de 400 páginas, para arrepentirse inmediatamente después del primer encuentro. Aquí y allá van apareciendo nuevas mujeres, entre ellas una auténtica demonia, que está a punto de dejar a nuestro Ventura en los puros huesos y en el hospital. Y entre tanto estropicio de sexo despiadado y fingimiento de amor van apareciendo como subtexto las novelas que va escribiendo nuestro Ventura, los intentos de dominar las posiciones más elevadas del violín y los asedios de la más esquiva de las hembras: la Fama.  Después de  El libro de la Vida, que consta hasta ahora con  cuatro libros publicados, debe venir (ya está escrito el libro terrible,  El sentido de la melancolía, la obra que nunca debí escribir porque nunca hubiera querido vivir lo que motivó su escritura, asuntro doloroso que me exige cambiar de dirección este barco, a la espera de vientos propicios y un  estado de ánimo menos grave).

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...