Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 15-17 MUJERES


MEMORIAS INDISCRETAS 15. Mi lista de mujeres amadas o por lo menos el inventario de las que ocuparon un lugar en mi existencia de amoroso desaforado o buscador de afectos: Beleida, pequeñita, yo caminaba abajo, por la calle, ella arriba de la banqueta, le di un beso con los labios apretados y la cara tensa, sus hermanos eran carniceros y cuando se enteraron de nuestro romance me acecharon a sol y sombra hasta hacerme abominar del amor;
Alondra, modelo con nariz de tobogán, con la que yací en cama verde al lado del Río General, acto más atlético que amoroso o erótico que apareció en toda su bucólica crudeza en Breve historia de todas las cosas;
Verushka, una rubia de cabellera larga y líquida  que conocí en una feria en San Isidro, me ilusionó, la fui a visitar a su casa en Desamparados, la volví a ver meses más tarde, ay,  apercollada con Memo Moreira, el guapito del pueblo: me partió el corazón;
Zenaida, que cantaba en el coro de zarzuelas en el colegio de monjas: la conocí en una fiesta, bailamos, la acompañé a su casa en complicidad con la media noche por las calles solitarias de San Isidro, nos dimos besos golosos y de reprimida lujuria  en todas las esquinas, no la volví a ver sino meses después, me pareció eminentemente fea y yo me reconocí como un auténtico gañán intoxicado por los perfumes nocturnos y el alcohol;
Lilita, una trabajadora del cuerpo, linda y joven, que caminaba descarada y triunfante por las calles, me lanzaba requiebros poco decentes y me recordaba, frente a mis compañeros de la Escuela Normal, que nos habíamos conocido en el más siniestro congal del pueblo, el Bar Tico;
la otra rubia, Rosita, compañera del bachillerato, que decía que estaba enamorada de mí “pero sólo de la cintura para abajo”;
Sahiri Soto Suárez, la única mujer que estuvo a punto de enseñarme a bailar salsa, Sahiri Soto Suárez, a quien enamoré y en el momento más alto de nuestra relación abandoné para irme a estudiar filosofía y alemán y griego antiguo a Cali;
Carmelita, la que vendía dulces a la salida de las residencias universitarias: con ella las sesiones de amores físicos fueron maratónicas, epopéyicas, onomatopéyicas (yogábamos escandalosos e impíos ante un auditorio aplaudidor, el vecindario de estudiantes pobres de las residencias de la Universidad del Valle, singábamos, cogíamos, fornicábamos,  hasta que ya no me quedaba absolutamente nada en mis entresijos mientras su bebé de tres o cuatro meses dormía al lado del catre);
Alex, Alejandra, que sufrió el mismo destino de Sahiri (enamoramiento y subsiguiente abandono, en este caso para irme a estudiar a Kansas) (inspirado en el recuerdo escribí uno de los fragmentos más escabrosos y divertidos de novela Mujeres amadas: formamos en animal de cuatro piernas y dos espaldas en el baño de la casa del Negro Marmolejo, en plena fiesta),  la encontré muchos años más tarde e intenté revivir con ella los coitos felices e irresponsables, me acosté con Alex en el Hotel Intercontinental Cali en un lastimoso acto que incluyó (excluyó) a uno de sus senos, mutilado por el cáncer;
la ballenita caliente, así la apodé en Mujeres amadas, una judía peruana, poeta, que fue la primera en enseñarme las artes de las famosas flautistas del emperador (arte del que sería, muchísimos años más tarde, exponente emérita, plenipotenciaria, Bárbara Blaskowics, personaje principalísimo de La insaciabilidad);
Jaqueline, otra rubia, gringa, pequeñita, sabia en asuntos de literatura decimonónica, gozamos frugalmente de nuestros cuerpos rostizados al vino y a la pasión de su chimenea en su casita hundida en la nieve de Lawrence, Kansas (creí que había algo parecido al amor en el asunto hasta que ella me dijo: Para mí, my dear, lo nuestro es una aventurilla invernal con plazo fijo, pues debo decirte, sorry, tengo fijada la fecha para mi boda con un competente PhD de Princeton);
Irgla, protagonista de varias de las novelas de mi serie El libro de la vida, supongo que la amé porque ha ocupado muchos años de mi vida y a veces me visita en sueños, nuestro ayuntamiento era básicamente imposible por las diferencias sociopsicológicas y patológicas (de ella y de este escribano), terminé abandonando la plaza al darme cuenta de que no estaba dispuesta a renunciar a los privilegios de su estatus social a cambio de vivir una reumática vida de miseria y quimeras al lado de un escritorcillo que no terminaba de levantar vuelo después de un despegue brillante.
Luego viene la lista que  mujeres que desemboca en  la sensible criatura entre angélica y diabólica, como todas,  mujer que me ha acompañado (soportado, querido a veces, odiado en ocasiones, extrañado cuando he estado lejos, acompañado en los grandes momentos  como recepciones de premios, viajes de conferencias, estancias bajo la nieve y en cabañas en un bosque de Banff, Canada, sufrido mis prolongadas depresiones y mis insufribles euforias, mi mujer, la mujer de mi vida, sin ironía alguna,  en cuyo altar muere mi afición depredadora como el agua de un río en un desierto.

MEMORIAS INDISCRETAS 16. La lista anterior de  las-mujeres-de-mi vida es previa, claro, a la llegada de la grande, la principal, la única, es decir, a la mujer que tomó por asalto mi  existencia, convirtiéndose, como escribió Tolstoi en su Diario, en mi rueda de molino atada al cuello y borró de un plumazo a todas las ya citadas, incluso a otras, que también me dieron instantes de diversa índole amorosa, erótica y/o sepa Judas: a saber:
la Princesa de Huamantla, auténtica princesa de la Feria de las Flores de Papantla, hembra de pechos privilegiados y de lengua interminable que se aplicababa a largas y fatigosas disquisiciones sobre zapatillas finas, ropas de Fábricas de Francia y no a labores más generosas;
después viene en la lista Trilce, la hija de nariz caballuna de mi amante más tozuda y juiciosa, Bárbara Blaskowitz;
y más después aparece Alma Daylight, guatemalteca que fruncía la nariz de la forma más graciosa imaginable y quien que en una sola noche levantó una catedral de amor en mi imaginación y al día siguiente me informó que no podía involucrarse más allá porque estaba, ella misma decía, endemoniada pues noche a noche cuando no hacía el amor con un estricto desconocido, era visitada por bestias oníricas que la azotaban contra las paredes (“Por tu propio bien, olvídame, yo estoy perdida para siempre y no quiero perder a nadie más: lo mío es un fornicio cada noche con un desconocido y adiós”,
(a Alma Dayligth le regalé una sombrilla china que me costó más que mi famoso violín Markneukirchen;
y llegó la doctora nariz de cotorro, con sus anfetaminas, sus angustias, sus guardias nocturnas (con ella, como con la Princesa de Huamantla, visité las galas de estribor: en el primer caso con margarina como en El último tango en París, en el segundo con sus fértiles jugos espirituales);
y continúa con La Tota,  su pelambre de museo marino y sus botas de mosquetera, mujer o más bien engendro de muy particulares aromas que portaba un estilete en la bota de mosquetera y que me dejó como herencia una bolsa con hierbas medicinales;
y casi bailando una danza de sílfide, la polaca Korolenko, adoradora frenética de Chopin, quien se tendió sobre la bandera de su patria y a ritmo de La Polonesa dijo estar dispuesta a la ocupación (“Pero antes, bésame el cuellito”);
la juiciosa, pizpireta, simpática, esbelta como un junco del Nilo, ama de casa quien en una fiesta despotricó contra  su barrigoncito marido y me dijo “a mí me gusta el trote del macho aunque me zangoloteen y a mi marido lo que le gusta son los bultos de cemento, es arquitecto constructor el maldito”);
la muñeca de porcelana, llamábase Fiorella, con su nariz minuciosa, sus pecas infinitas tan mal distribuidas y su ceceo infantil, en su baño me hizo higiene previa con Jabosote y luego ejerció con eficiencia buenas dotes de real flautista del emperador; 
las niñas de la academia de Clitemnestra, que fueron el sueño de una noche de verano con todo y burro de elegantes orejas: asistí a la academia a estudiar danza contemporánea y a sufrir y disfrutar de las gracias adolescentes que un día se desnudaron todas para mí gracias a la complicidad de la maestra Clite, que muy en público manifestó su intención de enseñarme técnicas bastante particulares del placer gimnástico;
la otra Bárbara, Bárbara-Erika, que pasó directamente de la cama a ser protagonista de un cuento en el que borboteaba como un caldero de brujas su insaciabilidad aterrorizante: habitó todas las estancias de mi apartamentito cerca del cerro y en todas ejerció el imperio de su omnívora intemperancia y siempre utilizando la palabra obsesión como bandera de inocencia;
y años antes la gordita intelectual que se quería suicidar lanzándose desde la ventana del piso trece del  Hotel Tequendama después de haberme narrado sus fechorías precoces y procaces en el más exclusivo colegio de Bogotá, fechorías que, dijo, culminaron en un aborto y un desplome en el mundo de las anfetaminas;
la poeta pantera y su noche de descarada lujuria bajo un farol en el Parque de San Antonio en Cali, asunto que culminó cuando pagamos la habitación de un hotelito de cuatro pulgas con el único reloj de buena marca que he tenido en mi vida;
la cubanita adolescente que me desnudó de mis intenciones primitivas y me dejó como un cangrejo sin caparazón al sol de la Habana después de varios días de borrachera;
la otra polaca, gallina vieja, con una insoportable nostalgia anémica y un olor a guetto varsoviano, que regresó a su patria llevando como único equipaje su viola Guarneri;
la espantosa, aterrorizante, musculosa machorra Iris Moonligth, que abominaba de su nombre, Amanecer Pérez, con su show de sombreros y sus inconfesables prácticas en Chachalacas al lado de una banda de desaforados que tenía como líder a un alto funcionario que llegaba a Xalapa con una enorme casa rodante en la que transportaba una horda de  borrachos, drogos, mujeres de toda clase y condición que hacían fogatas propiciatorias y fornicaban bajo las estrellas a culo limpio o enfundados en  sacos de dormir (recuerdo ese reto frontal de la hercúlea walkiria “ustedes dos, cretinos, vengan al mismo tiempo con sus ridículas armas de guerra, puedo con ustedes y con todo un batallón”); 
Bárbara, Bárbara, Bárbara, tantos años entregada al amor de cien machos ventripotentes, dictatoriales, mansos o espirituales, a quien en un arranque de domesticidad le propuse matrimonio.
Y finalmente, como un puerto de salvación, acertijo y futuro impredecible, mi mujer, la que se ha conservado fresca como una flor silvestre al amanecer a pesar de todo lo que le ha pasado.
xxx

MEMORIAS INDISCRETAS 17. Todo escritor que se respete debe tener un crítico  de cabecera que cante sus glorias y pregone su nombre en congresos y academias. Yo lo tengo y además es mi amigo. Ya hablaré sobre él. Debe tener también una leyenda que repitan todos los periodistas boletineros. La mía la pueden leer en wikipedia. Según ella yo debuté a los 24 publicando una novela mejor que la mejor novela del mundo. Eso fue lo que escribió el editor en la contraportada del libro, que fue publicado, ¡además!, en Buenos Aires. Después vino el resto de mi vida: altibajos, más bajos que altos, pero ningún verdadero, auténtico, irrefutable éxito. He tenido, pues, una carrera más o menos mediocre. Lo que, he afirmado en varias ocasiones, agradezco. Gracias a que soy apenas un mediocre que trabaja (lo dijo Gustavo Álvarez, mi maestro primero en las malas artes literarias) he podido escribir carretadas, toneladas, kilómetros de letra, 20 novelas, 300 cuentos, mil artículos, etcétera. Lo que no es en verdad nada excepcional: Bárbara Cartland escribía una novela cada 40 días; Corín Tellado escribió 4000 novelas románticas; Rolf Kalmuczak escribió 2900 y utilizó cien pseudónimos; Charles Hamilton escribió el equivalente a 1200 novelas; otros escritores prolíficos: Simenon, Mary Faulkner, Isaac Assimov, Stephen King han azotado (han fatigado, diría el divino ciego) las imprentas con incontables obras de largo, corto y mediano aliento. De modo que mis 36 libros están lejos de ser hazañas o de alcanzar récord alguno. (El número varía según mi estado de ánimo o mi dosis de farsantía). Tampoco en el campo de las mujeres puedo envanecerme. Diminuto me vería al lado de Casanova o don Juan. Umberto Billo, portero de un hotel veneciano, ocupa un lugar privilegiado en el campo que podríamos llamar la caza del vellocino de oro por haber yogado con 8000 mujeres. Charlie Sheen, Julio Iglesias, Engelbert Humperdinck, Jack Nicholson, Magic Johnson, cada uno de ellos con más de mil dianas, merecen ser mencionados. De Fidel Castro se dice que singó con 35 000 mujeres, dato inverosímil que sin duda se debe atribuir a los fabricantes de su leyenda.
Ni probé fortuna dos veces con autor intratable, dijo Borges. Tal es mi caso. Basta un libro para que me aleje del autor para siempre. Me sucedió con Saramago y otros muchos.
Mi vida parece haber sido una escapatoria interrumpida por temporadas de resignación.

miércoles, 6 de junio de 2012

MUJERES, MUJERES, MUJERES: AMOR Y EROS (DE SIN MÁSCARA)

AÑO 1982. Hay épocas que concentran demasiada energía, en las que se amontonan acontecimientos, verdaderos centros u ombligos de la vida, tiempos complejos y quizás incomprensibles a la luz de la distancia, pero que se viven con una especie de naturalidad, como si fueran parte de la materia real, no del vacío universal, épocas en las que la materia oscura opaca a la luminosa, tiempos sin sentido o aparentemente sin sentido. El año 82 fue una de esas épocas cifradas en las que parece ser el caos el que domina por sobre el orden y el sentido. En el 82 se acumularon a las puertas de mi casa, pasaron al frente o entraron directamente hasta la cocina, y claro, mi recámara, Shaka, la polaca adicta a Chopin, Bárbara Bláskowitz y su hija (que no era violinista como quise presentarla en  La pequeña maestra de violín), Concha Chacón y su chácara psicologista, Lygia, la pequeña y dulce mujercita con la que creí haber encontrado el amor, Rayza, la sublime inadaptada de la Habana. Y sin embargo seguía como el sol de mi horizonte Irgla, a quien por entonces no llamaba La Nauyaca porque la amaba o creía amarla. Todas las primeras mujeres que conocí durante mi primera época en Xalapa (época AdLL) pasaron casi transparentes a mis novelas de lo que llamé  El Libro de la Vida.  En esto que estoy escribiendo naturalmente no uso nombres propios, más bien recurro a los apelativos que usé en las novelas y si las implicadas llegan a leer estas páginas les pido que las recorran como si fueran literatura. No creo estar escribiendo lo que se llamaría estrictamente memorias, ni siquiera autobiografía y de verdad no me preocupa que se enmarque en algún género o denominación esto que mis amigos lectores tienen en sus manos. Tal vez sería agradable que lo leyeran como la novela de la vida de un escritor cínico, sincero, descarado, directo, autodestructivo, impío, misógino o quizás ginadicto (póngale usted, my friend, el calificativo que quiera o le acomode).
Abro la libreta de contabilidad número 5, donde hallo este registro: Del 18 de mayo de 1982 al 1 de marzo de 1983.
Libros en proceso de lectura:
Plexus  de Henry Miller
Ulises de Joyce
El amor y Occidente de Denis de Rougemont
Dilemas de Gilbert Ryle
Noches de Torcuato Tasso
Estoy leyendo las novelas del Concurso Jorge Isaacs. En mi habitación de la Calle Prolongación 3 se apilan 300 manuscritos. Continúo la escritura de Mujeres amadas.  Escribo entre 5 y 8 páginas diarias. Principios: Sólo escribir en el momento en que sienta la absoluta necesidad. Sólo escribir lo que me produzca sentimientos intensos de nostalgia, de alegría, de paz, de deseo, de lo que sea. ¡La intensidad por encima de todo! Basta de literatura desapasionada, descafeinada, desangelada. Hace aproximadamente veinte días hice el amor, digámoslo así, con Shaka au rebours. Creo que no lo registré.  Apenas escribí una nota demasiado indirecta. La primera vez nos calentamos los cuerpos y tuvimos jugueteos intelectuales durante dos horas. Es el tipo de personas a las que hay que hablarle de epifanías, iluminaciones y teorías hermenéuticas mientras se les mete mano. Súbitamente me dijo tras mirar su aparatoso reloj Cartier (que hace juego desastroso con unos anteojos descomunales que cabalgan una nariz algo incróspida): Gitanillo, debes irte exactamente en cuatro minutos, disfrútame y piérdete de vista. Y yo me dije, ahora o nunca. Una vez allanado el camino con un discurso sobre el concepto de virtud en Aristóteles me fue más fácil transitar por él. En la segúnda ocasión me dije: Shaka, te voy a hacer gozar hasta que quedes más seca que el desierto de Sahara.  Así fue. Gimió y gritó de tal manera, que temí que las vecinas (vive un apartamentito de muñecas dividido en cuatro estancias ocupadas por cuatro lindas solitarias que le hacen la vida amable al patrón) protestaran. (Pero si Shaka gritaba de tal manera, hay que decirlo, tal vez no fuera por legítimo entusiasmo sino por una especie de natural presunción suya, que la obliga a magnificar todo lo que hace y dice haciéndola parecer una actriz de cine mudo, que tiene que exagerar sus gestos para que se entiendan bien sus mensajes). Shaka cabalgó alegremente y me bañó en sus fluidos vitales y luego con gran frialdad, como la del conejo de Alicia, miró su reloj y dijo: Rápido, rápido, tienes que irte (y eso me recordó que dos o tres años antes la gringa pequeñita, la erudita del Departamento de Español de la Universidad de Kansas, tras disfrutar de mis artes, de una botella de vino y algunas estrofas del Siglo de Oro español me dijo: Ahora, menino, tienes que irte. Eso fue en Lawrence, en pleno invierno, a las tres de la mañana). De modo que una y otra, Shaka y la menina me trataron como elemento desechable. Y yo les aseguro que en los dos casos mi casta persona  ensoñaba no con fluidos vitales, sino con algún sentimiento noble, quizás el heteróclito amor. ¿Sabes qué?, remató Shaka, la adoradora de Chopin, yo le doy poca importancia a un  acostón. Y yo, iluso, pensando en enormidades como el amor. ¡Qué sandez! Me asombró sobre todo su familiaridad con el Corpus Christi. Se acostó frente a él, cuando estaba presentando armas, y lo contempló con interés, pero creo sin cariño. Su cuerpo blanquísimo, los pechos más hermosos que haya visto, su rubia cabellera casi blanca, su retórica literaria, la batalla encarnizada que presentaba para que no le quitara los lentes, todo ello paso directamente a Las noches de Ventura, pero curiosamente no fue protagonista de la línea vertebral de la novela, en la que Ventura era central, sino que ocupó una segunda (monstruosa) columna, en la que el Doctor Amóribus, alter ego del alter ego, disfrutaba de los dones de la polaca. Dejaré este tema a un lado, pues sólo leyendo la novela se puede entender esta especie de vida en tercera calca.
¿Qué sucedía por entonces en el mundo? La Guerra de las Malvinas. Escuchaba noticias sobre ello en un gran radio de onda corta que me acompañó muchos años.
En la página cuatro de la libreta de contabilidad registro esta frase escuchada en un  sueño:
--Yo siempre estoy dispuesto a pelear. Sólo falta que encuentre a una persona que quiera hacerme frente.
Visito con frecuencia a Bárbara Bláskowitz, la alemana, que cambia de amante cada dos o tres meses, alegando, ¡siempre!, estar enamorada hasta extremos francamente insoportables. Es bella, grandota, una teutona que en tiempos de los vikingos habría impuesto su ley. Platicaba en la sala con su nuevo amor, un francés calvo, caballeroso y culto. Les leí un capítulo de  Mujeres amadas. Parece escrito por un novato, dijo secamente Bárbara. No está mal escrito, replicó el francés, el problema es que tus personajes no existen, eres solamente tú el que hablas en tus novelas. En ese momento llegaron la hija mayor de Bárbara, a la que llamé Trilce en  La pequeña maestra de violín, y una bruja chilena, que comenzó a ejercer sus artes recurriendo a las revelaciones que le hacía un huevo dentro de un vaso de agua (dijo: Ay, esta niña va a repetir minuciosamente la vida de su madre).
Y en efecto, acoto, ya saliéndome del cuaderno de contabilidad: quizás un año más tarde la niña Trilce, recién cumplidos los quince años, terminaría en mi cama, como lo hizo su madre. Mi relación con la Trilce real fue pobre, lastimosa, tan breve que ya no recuerdo nada, pero a la hora de escribir la novela  La pequeña maestra de violín, fue adornada con una serie de teorizaciones sobre técnicas violinísticas y lecturas demasiado avanzadas para una criatura de su edad.
El martes 25 de mayo registro en la libreta de contabilidad: 5 minutos 52 segundos 5 décimas en una milla. El miércoles registro una serie de 5 veces 400 metros: el mejor tiempo: un minuto 3 segundos 5 décimas. Eso me lleva a recordar el año 1974: Estadio Pascual Guerrero, Cali, entrenamiento con los bellos negros de la Selección Colombia de Atletismo: hicimos una serie de diez veces 400 metros por debajo de un minutos. Esos eran los tiempos AdSLMG, antes de La Nauyaca: tiempos de Marilú Ostertad, de La Cabezona, de Carmen la vendedora de dulces, de María Helena la mulata de Pance.
Hay en mi lectura de Doctor Faustus una especie de dolorido sentimiento del deber: la idea de estar leyendo una obra grande, importante, de más de mil páginas densas, llenas de elucubraciones metafísicas y de todo tipo, como quisiera que fueran las mías (todas mis obras), que sin embargo (la de Mann) es muy diferente a lo que yo en general he escrito: el protagonista de Mann tiene ideas elevadas, ideales, si se quiere, muy espirituales, muy germánicos, distintos y quizás superiores a mis “ideales”, que pareciera me impulsan a buscar en las mujeres más sus cuerpos (el vórtice infernal de la voluptuosidad) que sus espíritus. En cierta medida me causa repulsión un espíritu tan puro, tan impoluto, como el de Leverkhun, un espíritu tan distinto al mío, que es carnal y terrestre a veces hasta el hartazgo. Hallo sin embargo una disculpa o una justificación en esta frase de Mann: Un matiz de amor aparece en cuanto el instinto lleva un rostro humano, aunque sea el más anónimo, el más despreciable. Y es aquí donde encuentro una esquina de justificación: en mi búsqueda y hallazgo de cuerpos, de la sucesión de cuerpos femeninos que transitaron por mi vida, yo espiaba la aparición del espíritu, de eso que hace que una persona diferencie a una criatura en particular, de la sucesión de seres que pasan frente a los ojos, por la ventana de la vida. Atisbando por la ventanita del túnel de Sábato he pasado mi vida a la espera de que haya alguien con quien me pueda comunicar, llámese alma gemela o simplemente compañera de viaje… que encontré, no dudo, en LL, mi Beatriz, la que me hundió y me sacó del infierno. (Me falta hablar de mi novela más sufriente, oscura, terrible: El sentido de la melancolía).
En la página 13 escribo: Me cuesta trabajo conciliar el sueño. El fuego interno sigue bullendo por horas y horas. No importa que haya desplegado una actividad de maniático: ir a la oficina, corregir galeras, comer frugalmente, ir a jugar básquet, leer, escribir a máquina, ver televisión, ir al concierto, donde más que escuchar  fui a ver a Adriana X interpretar el Réquiem de Mozart: el cuello delicado sustentado una cabeza de diosa eleática con un rostro perfecto que reflejaba la música celestial de Mozart en su último momento, su cuerpo danzando en casi inmovilidad con una gracia impresionante. Ir a cenar a La Tavola, regresar a casa, leer, tenderme en la oscuridad, aguardar con gran regocijo y una gran certeza el instante en que las tinieblas den paso a las imágenes. Esperar que de la oscuridad, a partir de una chispa, se abra la ventana que me permita acceder a ese mundo nocturno. Sentir que todo en la vida tiende  a una ignota armonía que quizás se asemeje a la muerte. Todo es una búsqueda imposible de paz, me digo. La paz es armonía con el mundo. Pero el  mundo es lucha. El sonido más insignificante me retorna al otro mundo, a ese que está afuera, a ese mundo que no soy yo y que por lo tanto es la guerra. La guerra y la paz: eso es la vida. Imposibilidad de conciliación. Y sin embargo …

lunes, 23 de enero de 2012

El imperio de las mujeres

Por: Luis Miguel Rivas
El texto que leerán a continuación fue escrito por uno de esos amigos a distancia que resultan ser escritores y que comparten con naturalidad y sin cálculo sus opiniones y entusiasmos. En unas breves líneas de su nota biobibliogáfica se define: "Naci en Envigado, Antioquia, Colombia, tierra de Pablo Escobar Gaviria, el más perverso y el más bondadoso de los hombres, y de dos grandes escritores: el filósofo Fernando González y Luis Miguel Rivas". Resulta que mi amigo se llama Luis Miguel Rivas. Saquen sus conclusiones. Yo ya saqué la mía.

“La mujeres son lo más femenino que hay “, decía un amigo que no podía entender la extraña lógica de su mujer con respecto al amor, la vida y el mundo. Todo lo que para ella era complicado para él era simple y lo que para ella era sencillo para él era inescrutable. Y así llevan viviendo como veinte años sin alcanzarse a comprender completamente, pero ya sin pretender explicarse ni modificarse mutuamente.

Lo más parecido a “lo más femenino que hay” es un escritor que escribe sobre las mujeres tratando de meterse en ellas y mostrando, sin pretender explicar mucho, lo que ni siquiera ellas comprenden. Por eso cuando acabé de leer El imperio de las mujeres* de Marco Tulio Aguilera Garramuño me dije: “este tipo es de lo más femenino que yo conozco”.
El imperio se me hizo cercano, contundente e importante porque une tres cosas fundamentales para mí: Las mujeres, el amor y los cuentos. Y en los tres asuntos (todos tan manoseados en tantísimos años de historia escrita) Aguilera Garramuño trasciende lo fácil, asume riesgos y nos entrega ráfagas de lucidez, fragmentos de esa confusa claridad propia de la literatura de verdad y del corazón femenino.
Son once cuentos como once piedras de un collar fino: perfectamente redondas en la forma, inagotables en los significados y bellas en conjunto. Como si para hacer esas historias se hubieran reunido un poeta, un matemático, un carpintero, un gigoló retirado, un marido experimentado y un sicólogo…
Un pequeño relato-epígrafe llamado “El señor de los sueños” abre el libro a manera de aviso, como advirtiéndonos la inminencia de terrenos cenagosos, difusos, veleidosos y profundos. Y luego viene el desfile de mujeres: ajenas, propias, posibles, inalcanzables, fatales, redentoras, mezquinas, generosas, jóvenes, viejas, exitosas, derrotadas, brujas, santas, cotidianas, excéntricas, ingenuas, sabias, callejeras, domésticas… Pero todas inquietantes, poderosas y, cada una a su manera, bella. Con cualquiera de estas mujeres escritas me iría yo inmediatamente, abandonando todo, así me trajeran la enfermedad como en “La sonrisa en la espesura” o la tragedia como en “Mester de putería artística” o el sofocante gozo del matrimonio como en “El viejo truco del amor”. Y podría incluso traicionar a unas con otras viviendo por temporadas en los distintos cuentos de este libro.
Esta es una compilación de cuentos sobre el deseo. Siempre hay “ganas” en el aire. Una atmósfera erótica que uno celebra inicialmente como maestría artística y valora como logro intelectual, pero que alcanza niveles de expresión tan contundentes que transforman la lectura en un acto físico, con abultamiento en la parte baja del abdomen, incluido. Entonces me acuerdo de una frase de Raymond Carver: “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder que los actos”. Muchos episodios de este libro me entraron por los ojos en forma de letras y se convirtieron en acciones: también me reí. Me reí y me excité. A veces cada cosa a su vez y a veces las dos acciones juntas.
Descubrí que es posible, por ejemplo, tener una erección sonriente. Y encontré un camino en el que los burdos terrenos de la pornografía (siempre tan seria hasta cuando quiere ser poco seria) pueden ser trascendidos primero por el escritor y luego por la experiencia del lector. Garramuño juega con el tejido del deseo. Toma los hilos que lo conforman y los entrelaza de otras maneras. Los pasa por un baño de humor y sinceridad, les pone un toque de jugueteo infantil y agrega la receta de su magia personal. Finalmente nos entrega un mecanismo de sutilezas que de todas maneras nos despierta el animal. Pero se trata de una bestia hecha de otra pasta, que no se conforma con su simple condición de carne y secreciones, sino que aspira a algo divino, tan sutil como los hilos de los que está hecha.
Todo esto en el contexto de las relaciones de pareja, la soledad de los artistas, la egolatría humana, la inequidad social, los artificios del mundo literario y los fantasmas de la fama, entre otros. Entrar en sus páginas es realmente atisbar otro mundo: el imperio de la mujer y el deseo, esa realidad paralela, ese país regido por un soberano absoluto e inapelable, al que no queda más remedio que obedecer o comprender.
_________________________________________________________________
El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Editorial Educación y Cultura, México, 2009.
 

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...