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viernes, 18 de enero de 2013

Diario del escritor en pelota


Hoy 13 de octubre de 2012, a las 6: 49 de la tarde terminé, con enorme alivio, la lectura de El mal de Montano de Vila-Matas, el insufrible. Más allá de las sensaciones y razonamientos que me produjo durante varios días el libro (la novela, más bien: una especie de itinerario de lecturas, plagado de citas textuales, en general subrayables) poco me queda: el libro podría reducirse a la siguiente frase: la historia de la humanidad es el relato hecho carne del gradual extinguirse del espíritu. Un Hegel al revés. Entendí: 1, que Vila-Matas anticipó mi proyecto de Sin máscara frente al espejo; 2, que uno escribe para escribir y que eso es lo único que a uno como escritor le importa; 3, que el matrimonio es un yugo y una cadena de la cual el escritor trata de escapar toda la vida; 4, que en realidad uno siempre termina escribiendo un diario; 5, que uno, si quiere ser un escritor, y serlo a fondo, sin piedad y sin aliento, no tiene otra alternativa que ser la medida de todas las cosas; 6, y que si no lo fuera, sería preferible que se dedicara a otro oficio.
 Y a otra cosa. Entrevista a mi amigo el novelista Tomás González: me entero que vive lejos del mundo, aislado, cerca del pueblo de Cachipay, al lado de un torrente de agua salvaje y cristalina, con tres perros, varios gatos y gansos, que su mujer, Dora, ya no vive con él, que Tomás ahora tiene por compañera a una campesina muy morena y muy paciente, que a dos de sus hermanos los asesinaron, que tiene gran éxito literario (“El nuevo García Márquez”, se titula, con muy poca originalidad, la entrevista en la revista El Gatopardo) y que sus novelas las han traducido a varios idiomas. Me entero también que no quiere ver a nadie y que se ha armado de una filosofía de vida que le permite comprender con una sonrisa oriental la muerte, al violencia, la desgracia de vivir en un país como Colombia, donde suceden a diario las cosas más atroces. 
Y a otra cosa. Hoy vi en la calle la siguiente escena: una mujer estuvo a punto de atropellar a un muchacho que atravesaba una avenida con aire soñador; la mujer se bajó de su brillante camioneta de esposa de nuevo rico, se plantó frente al muchacho y comenzó a proferir los insultos más atroces; el muchacho le recetó un puñetazo en la jeta, puñetazo que la dejó sentada en el arroyo; los que asistimos a la escena no quisimos intervenir: el muchacho se alejó caminando tranquilamente: poco faltó para que le aplaudiéramos. Hay en el anterior párrafo una especie de espíritu que me gustaría fuera el estribillo, leit motiv o razón o guía de ruta de todo lo que estoy escribiendo: pasar de un tema a otro, de una escena a otra, de un razonamiento a otro, sin transición: movido apenas por la contigüidad de las caprichosas descargas eléctricas que recorren mis redes neuronales.
"Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo",  Sigmund Freud.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El el Valle del Tequendama, Taller en la Universidad Nacional, La luz difícil

En una casa de campo en el Valle del Tequendama. Competencias con mi hermano Gustavo, el descargador de buques: competencias de apnea y de panzas gordas. Yo gané la de apnea: tres piscinas de 15 metros bajo el agua; él hizo dos y media. Él ganó la competencia de panzas gordas: tiene por lo menos diez centímetros más que yo (también su cabeza sobreagua a la mía en siete centímetros). ¿Escenario? Casa de campo de unas parientas (dos lindas, diminutas, ancianas) en el Valle del Salto del Tequendama. Ayer impartí una larga y agradable conferencia ante alumnos del pregrado de la maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Central. Aunque los muchachos ya habían soportado cuatro horas sentados, escuchando los cuentos de sus compañeros, fueron aun más allá en su estoicismo: una hora de conferencia de MT (con las mismas historias de siempre: thank God LL no estuvo presente) y una hora más de preguntas. Luego firmar libros, las fotos de ley y el pago correspondiente: me invitaron a comer una arepa boyacense, un perro caliente y a tomar una colombiana (me refiero al refresco llamado Colombiana, honi soit qui mal y pensé). Hoy es 24 de noviembre de 2012. Fui el primero en levantarme. Salí a la sala, me instalé en una especie de sillón recamier y me dispuse a terminar de leer La luz difícil, de mi amigo Tomás González, en cuyo apartamento en Nueva York estuve en 1988. Salió la prima Susana, chiquita, seca, me dijo qué haces ahí en ese frío. Leyendo, le dije. Fue a traerme una cobija. Hay que cuidar al viejito, ironicé. Sin una sonrisa se alejó. Ella me rinde tributo porque me llamo Marco Tulio Aguilera, como mi padre, a quien ella (y toda la familia vieja) reverenciaba como a un dios. Terminé de leer la “novela” de Tomás. ¿Novela? No. Yo, que conozco a Tomás, sé que es un libro en el que ha cifrado su existencia de melancólico, de hombre que tuvo la fortuna de encontrar en el amor y en la literatura esplendores suficientes para justificar su vida y al que luego le cayó la malaventura como una lluvia de brea ardiente. ¡Cómo me gustaría ver a Tomás! Mirarnos a los ojos y saber que cada cual por su camino avanza hacia la muerte tratando de entender, o por lo menos de disfrutar lo que nos ha tocado vivir. Un gato y un perro que compiten por las caricias de los que hemos llegado a esta casa de campo, se acercan a mí. Quieren afecto y se los doy. LL sigue empeñada en no comunicarse conmigo. Siempre, a lo largo de mi vida, estoy esperando buenas noticias en cualquier momento. Ahora estoy en Colombia, bastante relajado, en este otro paraíso de la finca en el Tequendama. Podría ser que hoy mismo se diera la noticia de que me han otorgado en Premio Tusquets. Entonces yo tendría que alterar mis planes, abandonar mis compromisos y volar de inmediato a Guadalajara. Aparece con un plato en la mano y dice: “Amanecí con la arepa en la mano”. Son las 12 del día. Hace un calor infernal en esta casita prefabricada de las primas Susana y Pam, la casa de campo de nuestras primas hermanas. Yo estoy tendido en un sillón recamier. Ya leí El Tiempo y El Espectador. Los periódicos en Colombia son magros, secos, con muchos avisos clasificados y algunas columnas de opinión en las que se repiten los mismos temas. Poco hay legible, aparte de un largo reportaje sobre la explotación del cortran en el Guainía. El cortran es un mineral siete veces más valioso que el oro y la marihuana y la coca. Las FARC controla la explotación. Los periódicos siguen machacando con cualquier noticia resobada sobre García Márquez. La Nena y Pam cocinan como alquimistas. Los demás están en la piscina jugando voleibol. Hoy por la tarde regresaré a Bogotá para descansar y estar listo para las conferencias y talleres en la Nacional. En la piscina estuve hablando con la novia de Gustavito: ella está dispuesta a rescatar a su amor del cáncer. Le comenté que ese amor me hacía recordar el de von Aschenbach y Tadzio en Muerte en Venecia. Mi hermana intervino: ya no hables con MT: todo lo que digas puede aparecer en su próxima novela.

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...