Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta El imperio de las mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El imperio de las mujeres. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de enero de 2012

El imperio de las mujeres

Por: Luis Miguel Rivas
El texto que leerán a continuación fue escrito por uno de esos amigos a distancia que resultan ser escritores y que comparten con naturalidad y sin cálculo sus opiniones y entusiasmos. En unas breves líneas de su nota biobibliogáfica se define: "Naci en Envigado, Antioquia, Colombia, tierra de Pablo Escobar Gaviria, el más perverso y el más bondadoso de los hombres, y de dos grandes escritores: el filósofo Fernando González y Luis Miguel Rivas". Resulta que mi amigo se llama Luis Miguel Rivas. Saquen sus conclusiones. Yo ya saqué la mía.

“La mujeres son lo más femenino que hay “, decía un amigo que no podía entender la extraña lógica de su mujer con respecto al amor, la vida y el mundo. Todo lo que para ella era complicado para él era simple y lo que para ella era sencillo para él era inescrutable. Y así llevan viviendo como veinte años sin alcanzarse a comprender completamente, pero ya sin pretender explicarse ni modificarse mutuamente.

Lo más parecido a “lo más femenino que hay” es un escritor que escribe sobre las mujeres tratando de meterse en ellas y mostrando, sin pretender explicar mucho, lo que ni siquiera ellas comprenden. Por eso cuando acabé de leer El imperio de las mujeres* de Marco Tulio Aguilera Garramuño me dije: “este tipo es de lo más femenino que yo conozco”.
El imperio se me hizo cercano, contundente e importante porque une tres cosas fundamentales para mí: Las mujeres, el amor y los cuentos. Y en los tres asuntos (todos tan manoseados en tantísimos años de historia escrita) Aguilera Garramuño trasciende lo fácil, asume riesgos y nos entrega ráfagas de lucidez, fragmentos de esa confusa claridad propia de la literatura de verdad y del corazón femenino.
Son once cuentos como once piedras de un collar fino: perfectamente redondas en la forma, inagotables en los significados y bellas en conjunto. Como si para hacer esas historias se hubieran reunido un poeta, un matemático, un carpintero, un gigoló retirado, un marido experimentado y un sicólogo…
Un pequeño relato-epígrafe llamado “El señor de los sueños” abre el libro a manera de aviso, como advirtiéndonos la inminencia de terrenos cenagosos, difusos, veleidosos y profundos. Y luego viene el desfile de mujeres: ajenas, propias, posibles, inalcanzables, fatales, redentoras, mezquinas, generosas, jóvenes, viejas, exitosas, derrotadas, brujas, santas, cotidianas, excéntricas, ingenuas, sabias, callejeras, domésticas… Pero todas inquietantes, poderosas y, cada una a su manera, bella. Con cualquiera de estas mujeres escritas me iría yo inmediatamente, abandonando todo, así me trajeran la enfermedad como en “La sonrisa en la espesura” o la tragedia como en “Mester de putería artística” o el sofocante gozo del matrimonio como en “El viejo truco del amor”. Y podría incluso traicionar a unas con otras viviendo por temporadas en los distintos cuentos de este libro.
Esta es una compilación de cuentos sobre el deseo. Siempre hay “ganas” en el aire. Una atmósfera erótica que uno celebra inicialmente como maestría artística y valora como logro intelectual, pero que alcanza niveles de expresión tan contundentes que transforman la lectura en un acto físico, con abultamiento en la parte baja del abdomen, incluido. Entonces me acuerdo de una frase de Raymond Carver: “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder que los actos”. Muchos episodios de este libro me entraron por los ojos en forma de letras y se convirtieron en acciones: también me reí. Me reí y me excité. A veces cada cosa a su vez y a veces las dos acciones juntas.
Descubrí que es posible, por ejemplo, tener una erección sonriente. Y encontré un camino en el que los burdos terrenos de la pornografía (siempre tan seria hasta cuando quiere ser poco seria) pueden ser trascendidos primero por el escritor y luego por la experiencia del lector. Garramuño juega con el tejido del deseo. Toma los hilos que lo conforman y los entrelaza de otras maneras. Los pasa por un baño de humor y sinceridad, les pone un toque de jugueteo infantil y agrega la receta de su magia personal. Finalmente nos entrega un mecanismo de sutilezas que de todas maneras nos despierta el animal. Pero se trata de una bestia hecha de otra pasta, que no se conforma con su simple condición de carne y secreciones, sino que aspira a algo divino, tan sutil como los hilos de los que está hecha.
Todo esto en el contexto de las relaciones de pareja, la soledad de los artistas, la egolatría humana, la inequidad social, los artificios del mundo literario y los fantasmas de la fama, entre otros. Entrar en sus páginas es realmente atisbar otro mundo: el imperio de la mujer y el deseo, esa realidad paralela, ese país regido por un soberano absoluto e inapelable, al que no queda más remedio que obedecer o comprender.
_________________________________________________________________
El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Editorial Educación y Cultura, México, 2009.
 

martes, 9 de agosto de 2011

Sally en el sauna (Erotismos canadienses III)


Yo estaría tendida en las tablas del sauna, que forman una especie de coliseo romano en torno a las piedras hirvientes a las que un momento antes había rociado con agua fría. El vapor cubriría por completo la visión y me entregaría a una especie de pequeña muerte, de desánimo, de desamor. Allí estaba sola, sin nadie en el mundo y mi cuerpo, siempre tan exigente, se hallaba solo, tan libre y tan triste. Había aflojado la toalla, que antes rodeaba mi cuerpo, cubriendo desde mi pecho hasta el feliz nacimiento de mi Teddy Bear. Ahora la suave tela sólo cubría la carne fresca, soy carne fresca para la vida, y si nadie me aprovecha, muy pronto comenzará la corrosión del tiempo, mi piel se tornará flácida, descolorida, aparecerán lunares, arrugas, manchas pardas, se amarillarán mis dientes y mis uñas. Levanté una de mis rodillas y dejé que la toalla se deslizara sobre mi piel y que cayera, casi cruel, sobre mis entrepiernas abandonadas, entre las cuales saltó hacia afuera, como un muñeco de sorpresa, mi clítoris. Ey, niño, qué haces ahí. Hice que una de mis manos bajara desde mi cuello sudoroso hasta mi pecho, donde descubrí un seno, en cuya cima hallé con sorpresa un pezón erecto, duro como una piedra de río. Oh, Dios, si en este momento entrara alguien al coliseo, me vería sin fuerzas para cubrir mi cuerpo, llena de una voluptuosidad que me inmoviliza. Sí, señores, las mujeres somos seres frágiles, delicados, que tenemos momentos de debilidad. Tenemos fisuras. Esa es nuestra debilidad y nuestra fuerza. Los hombres son todo fisuras. Los hombres (casi todos) son una debilidad hecha carne. Por eso somos más castas, más espirituales, pero cuando somos putas, somos más putas. Ay, esta debilidad que siento, esa dejazón, esta entrega al calor, esta derrota, me deja a la intemperie. Si alguien entrara no sabría qué hacer. La toalla se ha empapado con el vapor y pesa como una losa. La tiro a un lado, estoy desnuda como una rosa recién salida del botón: soy fresca, soy dulce, soy bella y perfumada, estoy como en medio de un sueño, a punto de desmayarme. Tiendo una mano y con enorme dificultad logro verter más agua sobre las piedras. Sólo el vapor me salvará de la indiscreción de ese personaje que tarde o temprano va a entrar. Todo se nubla, se hace blanco. Vuelvo a caer derrotada sobre las tablas. La mano que levanté cae sobre mis muslos y halla acomodo muy cerca de mi Teddy Bear. El canto de mi mano me parte en dos mitades y me roza como el arco a las cuerdas de un violín. Escucho un sonido. Es la puerta que se abre. No sé si es hombre o mujer, niño, joven o anciano. ¿Qué haré? No tengo fuerzas para levantarme como movida por un resorte, sentarme correctamente, cubrirme con la toalla y, cuando el vapor se disipe, sonreír discretamente o simplemente ignorar a quien acaba de entrar. Dejo que la vida siga su curso. Mi cabeza cae a un lado, siguiendo la dirección del cuerpo que adivino entre brumas. Es del género masculino,  no hay dudas, y corpulento, sin ser excesivo. Podría ser un joven atleta. De los que hacen diez millas todas las tardes y luego vienen a terminar de acabarse para dormir tranquilos, sin malos pensamientos. No puedo determinar si es joven o adulto. A medida que el vapor se disipa puedo verlo entre mis pestañas entrebiertas. En torno a la cintura tiene una toalla brevísima, que se abulta levemente en el instante en que se tiende sobre la madera, en el extremo más alejado de esta habitación maravillosamente pequeña. Voltea hacia la pared porque no quiere mirarme. Es un prepotente o un tímido. Suspira a fondo. Veo que me mira. Estoy tendida, desnuda, abierta, dispuesta. Qué esperas tontico. Ven acá, le digo, apenas murmurando. Mi mano se entierra levemente en mi Teddy Bear. Veo que el milagro comienza a realizarse. La toalla de mi hombre vive bajo su sexo poderoso, tiembla. El hombre no hace nada por ocultar su erección. ¿Quién hará el primer movimiento? No voy a ser yo. No puedo. Veo que se levanta, se despoja de la toalla y me amenaza con su falo como un puño listo a descargarse sobre mi inerme personita. Ven acá. Se acerca. Se pone a mi lado. Espera una sonrisa de aquiescencia. Se la doy. Coloca cada una de sus manos en cada una de mis rodillas, las abre, me mira como dudando y yo lanzo un gemido, ay, soy tan débil. Se arrepiente de su primer intención. Me da un leve beso en los labios y luego regresa a mis entrepiernas. Entierra ocho dedos de pesisita en mis labios más sensibles y los abre como si fueran cortinas. Da un solo lenguetazo largo y profundo que me cimbra de pies a cabeza. Mi cuerpo se arquea. Coloco mis dos manos sobre mis pechos como asiéndome al borde del abismo y me dejo ir. Luego separo una de mis manos y la coloco sobre la base de su pene y aprieto con todas las fuerzas que me quedan. A manera de respuesta el hombre entierra todo su rostro en mi osito, rodea mis nalgas con sus manos y hunde sus dedos en mi esfínter. Soy toda suya, me despeño, me desboco, me derramo. ¿Qué puedo hacer, si tengo fisuras, lados flacos? No lo conozco ni quiero conocerlo. Siento que todo el hombre palpita entre mis dedos y que comienza a deshacerse. Termina, se levanta, se coloca la toalla en la cintura y se va.



4. La encrucijada de Sally


Pero la verdad es que no suce

viernes, 5 de agosto de 2011

Erotismos canadienses (I)

Al día de hoy he publicado 4 entradas de Erotismos Canadienses. Hoy comienzo a publicar este texto, incluido en El imperio de las mujeres (Editorial Educación y Cultura, México)
 
EL CORAZÓN DE UNA MUJER

 1. Sally y la montaña
 ¡Extrañísimo fin de semana! Me divertí mucho y como de costumbre estuve al borde de cumplir mis fantasías, pero también, como de costumbre (¡qué aburrimiento, qué virtuoso aburrimiento!) terminé durmiendo solita con mi oso de peluche Teddy Bear. Todo comenzó el viernes mientras estaba de barman en una fiesta muy funky que se celebró en Artes Visuales. Hubo una celebración especial con grandes personalidades en el campus...y adivina quién estaba allí. Geena Davies, la famosa estrella de cine, una dientona que ha sido pirata, amante lujuriosa y de todo en Hollywood. Me tocó servirle una cerveza Grashopper. Buena vibra la tipa, con una piel de lujo y una sencillez de cocinera tejana.
       El sábado convencí a uno de los compañeros que trabajan conmigo en RandR para que me acompañara a escalar montañas. (¡Me dejé agarrar por el anzuelo! Es un deporte increíblemente divertido, aterrorizante pero inolvidable. Quien ha escalado una montaña difícil ya nunca será el mismo papanatas de antes. Uno se siente más o menos seguro porque tiene el arnés amarrado, pero el trabajo de estos arneses depende de los clavos enterrados en la roca arriba de ti y en la persona que está al pie de la montaña poniendo atención a lo que sucede. Y sin embargo la soga está allí solamente como un apoyo. Tú eres quien hace todo el trabajo: estás sola frente al abismo y de ti depende la vida y la muerte. Cuando llegas arriba y miras hacia abajo, te das cuenta que fue tu propia fuerza la que te llevó a la cima. Entonces uno mira alrededor, ve las otras montañas y piensa que tu hazaña es apenas un escalón y que te falta lo más difícil. Wow, es una sensación ma-ra-vi-llosa.
       Después de escalar fuimos a tomar cerveza y a comer. Había sido un día demasiado caliente y yo tuve el premio de la peor quemadura de mi vida. Luego fui a acampar por la noche en Kootenay Park, aproximadamente a dos horas de Banff. Fue un verdadero banquete salir del trabajo e irme lejos, sin compañeras de habitación, sin turistas, sin el deber de ir a nadar a la piscina o de sonreírle a los clientes. ¡Bravo! ¡A disfrutar de un paisaje alucinante, todo para mí!  Me senté al lado del fuego, tomé vino y gocé de las estrellas hasta que ya no pude tener más lo ojos abiertos. El domingo por la mañana amaneció fresco y con un poco de garúa, clima perfecto para las aguas termales cercanas. De regreso a casa me desvié dos veces. Entré en Pait Pots, una zona rica en hierro que ha hecho que la tierra y el agua del área adquieran un brillante tono naranja. La otra salida del camino fue a Marble Canyon, el Cañón de Mármol, un lugar espléndido, con brillantes cascadas azules serpenteando entre rocas que parecen de puro mármol.
       Volví a trabajar como cantinera anoche. Tenía la esperanza de volver a ver a Geena Davies, pero ella no apareció.  De todos modos fue agradable conocerla y poder hablar con ella.
       Pero, perdona. Supongo que a ti te interesan historias más interesantes que éstas. La verdad es que la única cosa en la que pude pensar este fin de semana fue en  ¡sexo! Estaba tan caliente, tan horny, que me sentía casi lista a saltar como una pantera sobre cualquier cosa de género masculino que apareciera en mi camino. Pero la verdad es que no lo hice. Me conoces. Lo que me domina son las fantasías. Soy una niña buena, eso es lo que me aburre de mí misma.
       Paul, el muchacho con el que fui a escalar, es muy simpático y guapo, pero no estoy realmente interesada en iniciar nada, especialmente porque me encuentro a punto de abandonar este lugar, quizás definitivamente. Además estoy realmente gun shy after Peter y sería muy duro instalarle cuernos a la menor provocación. Me siento muy herida. Solamente quiero conseguir un perro y decirles al diablo para siempre a los hombres. Me siento tan cansada de permitir que cualquier macho atractivo se acerque a mí, tan aburrida de entregarme a cambio de nada, de sentir que a los hombres sólo les  interesan unos cuantos centímetros de mi persona. Ahora me doy cuenta: lo  único que realmente he buscado en las relaciones, es amistad, personas con quienes disfrutar la vida. Un perro puede servir para eso y te dará amor sin más interés que unas croquetas Champion. Y mejor aun, el perro te mimará tanto como quieras. Eso me parece muy bien para mí. Eso puede bastarme. ¿O estaré diciendo mentiras y lo que necesito es el sabor de la semilla para sentirme verdaderamente irrigada? ¿Crees que soy simplemente una bestia sexual como tantas otras hembras fáciles que hay en el mundo? Una cosa sí te puedo decir con absoluta certeza: me siento más viva que cualquiera.
       Te hablaré más tarde.
       Todavía en una pieza, Sally

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...