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sábado, 2 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 15-17 MUJERES


MEMORIAS INDISCRETAS 15. Mi lista de mujeres amadas o por lo menos el inventario de las que ocuparon un lugar en mi existencia de amoroso desaforado o buscador de afectos: Beleida, pequeñita, yo caminaba abajo, por la calle, ella arriba de la banqueta, le di un beso con los labios apretados y la cara tensa, sus hermanos eran carniceros y cuando se enteraron de nuestro romance me acecharon a sol y sombra hasta hacerme abominar del amor;
Alondra, modelo con nariz de tobogán, con la que yací en cama verde al lado del Río General, acto más atlético que amoroso o erótico que apareció en toda su bucólica crudeza en Breve historia de todas las cosas;
Verushka, una rubia de cabellera larga y líquida  que conocí en una feria en San Isidro, me ilusionó, la fui a visitar a su casa en Desamparados, la volví a ver meses más tarde, ay,  apercollada con Memo Moreira, el guapito del pueblo: me partió el corazón;
Zenaida, que cantaba en el coro de zarzuelas en el colegio de monjas: la conocí en una fiesta, bailamos, la acompañé a su casa en complicidad con la media noche por las calles solitarias de San Isidro, nos dimos besos golosos y de reprimida lujuria  en todas las esquinas, no la volví a ver sino meses después, me pareció eminentemente fea y yo me reconocí como un auténtico gañán intoxicado por los perfumes nocturnos y el alcohol;
Lilita, una trabajadora del cuerpo, linda y joven, que caminaba descarada y triunfante por las calles, me lanzaba requiebros poco decentes y me recordaba, frente a mis compañeros de la Escuela Normal, que nos habíamos conocido en el más siniestro congal del pueblo, el Bar Tico;
la otra rubia, Rosita, compañera del bachillerato, que decía que estaba enamorada de mí “pero sólo de la cintura para abajo”;
Sahiri Soto Suárez, la única mujer que estuvo a punto de enseñarme a bailar salsa, Sahiri Soto Suárez, a quien enamoré y en el momento más alto de nuestra relación abandoné para irme a estudiar filosofía y alemán y griego antiguo a Cali;
Carmelita, la que vendía dulces a la salida de las residencias universitarias: con ella las sesiones de amores físicos fueron maratónicas, epopéyicas, onomatopéyicas (yogábamos escandalosos e impíos ante un auditorio aplaudidor, el vecindario de estudiantes pobres de las residencias de la Universidad del Valle, singábamos, cogíamos, fornicábamos,  hasta que ya no me quedaba absolutamente nada en mis entresijos mientras su bebé de tres o cuatro meses dormía al lado del catre);
Alex, Alejandra, que sufrió el mismo destino de Sahiri (enamoramiento y subsiguiente abandono, en este caso para irme a estudiar a Kansas) (inspirado en el recuerdo escribí uno de los fragmentos más escabrosos y divertidos de novela Mujeres amadas: formamos en animal de cuatro piernas y dos espaldas en el baño de la casa del Negro Marmolejo, en plena fiesta),  la encontré muchos años más tarde e intenté revivir con ella los coitos felices e irresponsables, me acosté con Alex en el Hotel Intercontinental Cali en un lastimoso acto que incluyó (excluyó) a uno de sus senos, mutilado por el cáncer;
la ballenita caliente, así la apodé en Mujeres amadas, una judía peruana, poeta, que fue la primera en enseñarme las artes de las famosas flautistas del emperador (arte del que sería, muchísimos años más tarde, exponente emérita, plenipotenciaria, Bárbara Blaskowics, personaje principalísimo de La insaciabilidad);
Jaqueline, otra rubia, gringa, pequeñita, sabia en asuntos de literatura decimonónica, gozamos frugalmente de nuestros cuerpos rostizados al vino y a la pasión de su chimenea en su casita hundida en la nieve de Lawrence, Kansas (creí que había algo parecido al amor en el asunto hasta que ella me dijo: Para mí, my dear, lo nuestro es una aventurilla invernal con plazo fijo, pues debo decirte, sorry, tengo fijada la fecha para mi boda con un competente PhD de Princeton);
Irgla, protagonista de varias de las novelas de mi serie El libro de la vida, supongo que la amé porque ha ocupado muchos años de mi vida y a veces me visita en sueños, nuestro ayuntamiento era básicamente imposible por las diferencias sociopsicológicas y patológicas (de ella y de este escribano), terminé abandonando la plaza al darme cuenta de que no estaba dispuesta a renunciar a los privilegios de su estatus social a cambio de vivir una reumática vida de miseria y quimeras al lado de un escritorcillo que no terminaba de levantar vuelo después de un despegue brillante.
Luego viene la lista que  mujeres que desemboca en  la sensible criatura entre angélica y diabólica, como todas,  mujer que me ha acompañado (soportado, querido a veces, odiado en ocasiones, extrañado cuando he estado lejos, acompañado en los grandes momentos  como recepciones de premios, viajes de conferencias, estancias bajo la nieve y en cabañas en un bosque de Banff, Canada, sufrido mis prolongadas depresiones y mis insufribles euforias, mi mujer, la mujer de mi vida, sin ironía alguna,  en cuyo altar muere mi afición depredadora como el agua de un río en un desierto.

MEMORIAS INDISCRETAS 16. La lista anterior de  las-mujeres-de-mi vida es previa, claro, a la llegada de la grande, la principal, la única, es decir, a la mujer que tomó por asalto mi  existencia, convirtiéndose, como escribió Tolstoi en su Diario, en mi rueda de molino atada al cuello y borró de un plumazo a todas las ya citadas, incluso a otras, que también me dieron instantes de diversa índole amorosa, erótica y/o sepa Judas: a saber:
la Princesa de Huamantla, auténtica princesa de la Feria de las Flores de Papantla, hembra de pechos privilegiados y de lengua interminable que se aplicababa a largas y fatigosas disquisiciones sobre zapatillas finas, ropas de Fábricas de Francia y no a labores más generosas;
después viene en la lista Trilce, la hija de nariz caballuna de mi amante más tozuda y juiciosa, Bárbara Blaskowitz;
y más después aparece Alma Daylight, guatemalteca que fruncía la nariz de la forma más graciosa imaginable y quien que en una sola noche levantó una catedral de amor en mi imaginación y al día siguiente me informó que no podía involucrarse más allá porque estaba, ella misma decía, endemoniada pues noche a noche cuando no hacía el amor con un estricto desconocido, era visitada por bestias oníricas que la azotaban contra las paredes (“Por tu propio bien, olvídame, yo estoy perdida para siempre y no quiero perder a nadie más: lo mío es un fornicio cada noche con un desconocido y adiós”,
(a Alma Dayligth le regalé una sombrilla china que me costó más que mi famoso violín Markneukirchen;
y llegó la doctora nariz de cotorro, con sus anfetaminas, sus angustias, sus guardias nocturnas (con ella, como con la Princesa de Huamantla, visité las galas de estribor: en el primer caso con margarina como en El último tango en París, en el segundo con sus fértiles jugos espirituales);
y continúa con La Tota,  su pelambre de museo marino y sus botas de mosquetera, mujer o más bien engendro de muy particulares aromas que portaba un estilete en la bota de mosquetera y que me dejó como herencia una bolsa con hierbas medicinales;
y casi bailando una danza de sílfide, la polaca Korolenko, adoradora frenética de Chopin, quien se tendió sobre la bandera de su patria y a ritmo de La Polonesa dijo estar dispuesta a la ocupación (“Pero antes, bésame el cuellito”);
la juiciosa, pizpireta, simpática, esbelta como un junco del Nilo, ama de casa quien en una fiesta despotricó contra  su barrigoncito marido y me dijo “a mí me gusta el trote del macho aunque me zangoloteen y a mi marido lo que le gusta son los bultos de cemento, es arquitecto constructor el maldito”);
la muñeca de porcelana, llamábase Fiorella, con su nariz minuciosa, sus pecas infinitas tan mal distribuidas y su ceceo infantil, en su baño me hizo higiene previa con Jabosote y luego ejerció con eficiencia buenas dotes de real flautista del emperador; 
las niñas de la academia de Clitemnestra, que fueron el sueño de una noche de verano con todo y burro de elegantes orejas: asistí a la academia a estudiar danza contemporánea y a sufrir y disfrutar de las gracias adolescentes que un día se desnudaron todas para mí gracias a la complicidad de la maestra Clite, que muy en público manifestó su intención de enseñarme técnicas bastante particulares del placer gimnástico;
la otra Bárbara, Bárbara-Erika, que pasó directamente de la cama a ser protagonista de un cuento en el que borboteaba como un caldero de brujas su insaciabilidad aterrorizante: habitó todas las estancias de mi apartamentito cerca del cerro y en todas ejerció el imperio de su omnívora intemperancia y siempre utilizando la palabra obsesión como bandera de inocencia;
y años antes la gordita intelectual que se quería suicidar lanzándose desde la ventana del piso trece del  Hotel Tequendama después de haberme narrado sus fechorías precoces y procaces en el más exclusivo colegio de Bogotá, fechorías que, dijo, culminaron en un aborto y un desplome en el mundo de las anfetaminas;
la poeta pantera y su noche de descarada lujuria bajo un farol en el Parque de San Antonio en Cali, asunto que culminó cuando pagamos la habitación de un hotelito de cuatro pulgas con el único reloj de buena marca que he tenido en mi vida;
la cubanita adolescente que me desnudó de mis intenciones primitivas y me dejó como un cangrejo sin caparazón al sol de la Habana después de varios días de borrachera;
la otra polaca, gallina vieja, con una insoportable nostalgia anémica y un olor a guetto varsoviano, que regresó a su patria llevando como único equipaje su viola Guarneri;
la espantosa, aterrorizante, musculosa machorra Iris Moonligth, que abominaba de su nombre, Amanecer Pérez, con su show de sombreros y sus inconfesables prácticas en Chachalacas al lado de una banda de desaforados que tenía como líder a un alto funcionario que llegaba a Xalapa con una enorme casa rodante en la que transportaba una horda de  borrachos, drogos, mujeres de toda clase y condición que hacían fogatas propiciatorias y fornicaban bajo las estrellas a culo limpio o enfundados en  sacos de dormir (recuerdo ese reto frontal de la hercúlea walkiria “ustedes dos, cretinos, vengan al mismo tiempo con sus ridículas armas de guerra, puedo con ustedes y con todo un batallón”); 
Bárbara, Bárbara, Bárbara, tantos años entregada al amor de cien machos ventripotentes, dictatoriales, mansos o espirituales, a quien en un arranque de domesticidad le propuse matrimonio.
Y finalmente, como un puerto de salvación, acertijo y futuro impredecible, mi mujer, la que se ha conservado fresca como una flor silvestre al amanecer a pesar de todo lo que le ha pasado.
xxx

MEMORIAS INDISCRETAS 17. Todo escritor que se respete debe tener un crítico  de cabecera que cante sus glorias y pregone su nombre en congresos y academias. Yo lo tengo y además es mi amigo. Ya hablaré sobre él. Debe tener también una leyenda que repitan todos los periodistas boletineros. La mía la pueden leer en wikipedia. Según ella yo debuté a los 24 publicando una novela mejor que la mejor novela del mundo. Eso fue lo que escribió el editor en la contraportada del libro, que fue publicado, ¡además!, en Buenos Aires. Después vino el resto de mi vida: altibajos, más bajos que altos, pero ningún verdadero, auténtico, irrefutable éxito. He tenido, pues, una carrera más o menos mediocre. Lo que, he afirmado en varias ocasiones, agradezco. Gracias a que soy apenas un mediocre que trabaja (lo dijo Gustavo Álvarez, mi maestro primero en las malas artes literarias) he podido escribir carretadas, toneladas, kilómetros de letra, 20 novelas, 300 cuentos, mil artículos, etcétera. Lo que no es en verdad nada excepcional: Bárbara Cartland escribía una novela cada 40 días; Corín Tellado escribió 4000 novelas románticas; Rolf Kalmuczak escribió 2900 y utilizó cien pseudónimos; Charles Hamilton escribió el equivalente a 1200 novelas; otros escritores prolíficos: Simenon, Mary Faulkner, Isaac Assimov, Stephen King han azotado (han fatigado, diría el divino ciego) las imprentas con incontables obras de largo, corto y mediano aliento. De modo que mis 36 libros están lejos de ser hazañas o de alcanzar récord alguno. (El número varía según mi estado de ánimo o mi dosis de farsantía). Tampoco en el campo de las mujeres puedo envanecerme. Diminuto me vería al lado de Casanova o don Juan. Umberto Billo, portero de un hotel veneciano, ocupa un lugar privilegiado en el campo que podríamos llamar la caza del vellocino de oro por haber yogado con 8000 mujeres. Charlie Sheen, Julio Iglesias, Engelbert Humperdinck, Jack Nicholson, Magic Johnson, cada uno de ellos con más de mil dianas, merecen ser mencionados. De Fidel Castro se dice que singó con 35 000 mujeres, dato inverosímil que sin duda se debe atribuir a los fabricantes de su leyenda.
Ni probé fortuna dos veces con autor intratable, dijo Borges. Tal es mi caso. Basta un libro para que me aleje del autor para siempre. Me sucedió con Saramago y otros muchos.
Mi vida parece haber sido una escapatoria interrumpida por temporadas de resignación.

martes, 11 de septiembre de 2012

PARAISOS HOSTILES: LA NOVELA FRACASADA


Como no encontré la portada de
Paraísos hostiles subí  la de
Las noches de Ventura,
casi contemporánea
Domingo 21 de diciembre de 1981.  Me pongo mi equipo de campeón olímpico de la Colonia Burócratas Federales. Tres kilómetros de trote hasta la cancha. Básquet bajo un sol yucateco. Cervezas bajo los árboles con los maleantes de Economía, los que me atacarón en masa hace un año. En el café de 7 a 10 pm. Regreso a casa. Primera vez que enciendo la TV en cuatro meses. Poco, aparte de la incomparable naturaleza verde, me puede ofrecer esta ciudad de niebla casi eterna. Me masturbé fríamente después de escuchar la voz de la señora Bárbara por el teléfono. Después leí y escibí lo siguiente: He terminado de leer  La colmena.  Cela es implacable, tan inhumanamente humano que uno se pregunta si un ser tan acerbo puede ser feliz. Un ser con ojos, con ojos, más que con imaginación. Que no hace concesiones a nadie ni se inclina hacia ningún ismo que no sea la plana, redonda, redomada riqueza y patetismo de la realidad. Hay que haber visto, vivido, gozado y sufrido, sobre todo hay que haber sido despiadado e impertinentemente curioso para escribir un texto como  La colmena. Cela lo publicó a los 35 años. Lo trabajó durante cinco años. Dice en el prólogo de la primera edición: Esta novela mía no aspira a ser más -- ni menos, ciertamente— que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre.
            Y hoy, 32 años después, mientras estoy escribiendo esto me doy cuenta de que en la novela que por entonces tenía en proceso, Monterrey, Así es la vida, finalmente publicada bajo el título de  Paraísos hostiles, de alguna manera quise repetir el proyecto de Cela: mucha, mucha gente reunida toda en un mismo sitio, y cada una contando su historia. La diferencia es que yo sí le busqué un sentido general a esa “comedia humana” y lo encontré en el último capítulo de  El origen de las especies.  Reproduje las líneas finales: “No hay más ley que la guerra no otro consuelo del amor. Así es la vida”.
            El fracaso lamentable (y explicable: el editor ya iba en picada hacia la bancarrota y la obra es todo menos convencional) de esta novela en la que trabajé tantas horas de pie ante un atril que sostenía mi Olvetti Lettera 22, no me hace pensar que sea inferior a otras, que recibieron, como  Mujeres amadas 60 u 80 reseñas casi todas elogiosas, o como Breve historia de todas las cosas, a la que en el 2009 le quité la palabra “breve” y le agregué 200 páginas, que fue comparada con  Cien años de soledad y elevada por medio de valoraciones críticas casi insuperables. El fracaso de Paraísos hostiles, no hace que yo la considere inferior. Es una novela cerrada y pulida como una esfera de acero quirúrgico. Sé que vale. No ha habido reedición. Tengo tres ejemplares envueltos en pástico. Ya le llegará su hora. Y si no le llega. ¡A la mierda! Le echo un cinco al piano y sigo el vacilón.
            Debo escribir más sobre esta novela inquietante. Lo haré después de dedicarme a algo más leve y 

lunes, 3 de septiembre de 2012

EUSEBIO RUVALCABA HABLA SOBRE LA MAESTRA DE VIOLÍN




Para quienes han leído las obras anteriores de Aguilera Garramuño y han seguido su trayectoria vital, es claro que nuestro autor ha convertido su propia vida en parodia y que en  La pequeña maestra de violín se alcanza el punto más agresivo, más ácido y concentrado de lo que hasta ahora es una trilogía y quizás termine siendo una tetralogía.  El libro de la vida  se planteó desde la primera novela, Las noches de Ventura / Buenabestia, como una obra de carácter monumental, que de alguna manera el autor se atrevía a poner bajo la sombra próvida de  En busca del tiempo perdido,   La crucifixión rosada   y El cuarteto de Alejandría.  La apuesta está hecha y hasta el momento Aguilera Garramuño ha cumplido. Sólo una certeza puedo aventurar desde ahora:  leer a este colombiano es asunto en extremo apasionante. Las dimensiones que alcance su obra habrán de juzgarse desde la perspectiva de la cuarta novela  La plenitud del amor, aun inédita.
MT: el goce amoroso
Eusebio Ruvalcaba
1) No sé con exactitud su fecha y lugar de nacimiento. Y no hace mucha falta saberlo cuando se está delante de él. Su nombre es Marco Tulio Aguilera Garramuño, y su acento colombiano lo delata. Le calculo la edad y más o menos hemos de tener los mismos años de mirar la luna por las noches.
2) Radica en Xalapa, donde constantemente recibe reconocimientos a su obra, abundante y honda, decantada y de prosa juguetona. Esposo y padre, la mayor parte del tiempo lo pasa escribiendo. Es inagotable. De su cabeza —¿debí haber escrito de su imaginación?— surgen, escurren proyectos tras proyectos, la mayoría de los cuales terminan por verse convertidos en libros.
3) Marco Tulio Aguilera Garramuño (MT) es escritor de lectores. Y no fantasmas sino de carne y hueso. Su temática, su modo de contar, sus argumentos son atrayentes. No es autor de los que suele imaginarse cómo sería su vida si la gente lo leyera. Nadie más lejos de la masturbación intelectual que MT. Porque su literatura genera comentarios, polémica, freaks que están ahí, a la espera de la próxima novedad.
4) Que es difícil seguirle el paso es cierto. Porque constantemente su trabajo ve la luz. Quién sabe hasta qué punto MT se ve impulsado por sus lectores en Xalapa, por el ambiente literario que priva en esa ciudad culta, por la crítica que con toda seguridad se ocupa de él. Desconozco si en este caso exista una retroalimentación, una interacción con la cúpula y la base de la pirámide literaria de Veracruz en general y de su capital en particular.
5) MT es observador. Deposita su mirada aun en los detalles más irrelevantes. En persona y en su trabajo. Recuerdo que en su irreverente novela La pequeña maestra de violín, hay guiños que van dirigidos de un escritor goloso a un lector ídem. Ésta es una novela que yo recomiendo a los que están interesados en entrarle a la curvatura de una historia, o a las perversiones que acompañan al arte del sonido, porque a lo largo de su desarrollo queda la sensación de que se ha viajado por barco, de que se ha navegado, y de que todos los acontecimientos poseen una lógica indestructible, como lo es la vida misma.
6) Marco Tulio Aguilera Garramuño no bebe, o a lo más un par de tragos. Porque no le gusta bajar la guardia. Está alerta todo el tiempo. Es amable y desparpajado pero su mirada revela al hombre cuyo cerebro no descansa. Y esta tensión caracteriza a sus personajes protagónicos. Por ejemplo, en su novela Mujeres amadas los personajes están construidos en el puente de una tensión dramática que va de un extremo a otro, pero que no se permiten flaquear, ambigüedad equívoca para unos lectores, feliz para otros, los más maliciosos.
7) Para MT cualquier línea es un desafío, pero más aún cuando se trata de un cuento, en que todo —y todo es todo— habrá de quedar amarrado. Porque su literatura no proviene del pupitre académico sino de la vida misma. Como en sus Cuentos para antes de hacer el amor, uno de sus libros que figuran entre mis favoritos. Todo en ese volumen parece estar dirigido al goce amoroso. Personajes cortados con las tijeras del deseo, historias armadas a golpes del cincel de la carne, situaciones narrativas que empujan al lector al conocimiento de sí mismo, a hurgar en su inconsciente erótico, a establecer su perímetro sexual, y decir de aquí no paso, o bien cómo me he perdido de explotar mi cuerpo.
8) Encuentro en la literatura de MT aliento y lecciones, motivos para el amor y el trago. Me gustan sus personajes, de sobra agudos, punzantes la mayoría. Y celebro que de pronto lo publiquen editoriales mexicanas casi en forma marginal. Eso habla bien de él. Que no sea firma exclusiva de nadie.
9) MT es escritor a prueba de fuego, y si algo se le puede objetar a su visión de las cosas es la obsesión por García Márquez, por compararse con él. Cada quien en lo suyo. Yo no admiro a García Márquez, pero lo he leído y sé que su universo literario y el de Marco Tulio Aguilera Garramuño son absolutamente distintos, cada uno con un valor diferente. Lo que sí sé es que las comparaciones son desgastantes. Mejor contribuir a la articulación de la literatura con la vida. Dice Stefan Zweig en su artículo sobre Bruno Walter, a propósito de que salía perdiendo cuando se le comparaba con Gustav Mahler: “Ojalá que nuestro tiempo aprenda el secreto de resolver los contrastes por medio del esfuerzo justo, y de solucionar todas las disputas, de poner término a todas las disonancias por medio de la armonía humanamente dichosa”.
 Eusebio Ruvalcaba


martes, 3 de abril de 2012

MURAKAMI ABSUELTO, SOBRE MI "LIBRO DE LA VIDA" (PÁGINAS DE SIN MÁSCARA FRENTE AL ESPEJO)

Que el mundo se esté acabando no quiere decir que uno deba echarse a morir... Acabemos por ahora con Murakami: mi veredicto es, después de muchas dudas y vacilaciones, ¡absuelto! Me terminó por agradar el relato a veces casi lamentoso de sus “fracasos” en las maratones de Boston, Nueva York y su pueblo natal, los sufrimientos por los que tenía que pasar para culminar los 42 kilómetros 250 metros, y tal vez simpaticé con Murakami porque me hizo recordar algunos momentos de mi experiencia como fondista: cuando corría cuesta arriba por la empinada calle de Miguel Alemán en Xalapa y súbitamente vi a un hombrecillo que mediría apenas un metro cincuenta y cinco, llevaba a sus espaldas una mochila y en sus pies no unos zapatos de carreras sino uno pobres y gastados zapatos de cuero, y ese hombrecito escuálido me rebasó a buen paso y me dejó atrás, a mí, al atlético Mistercolombias, cuando apenas rebasaba los 30 años, y pensar que había entrenado por varios meses al lado del famoso Otón, el mesero maratonista; o me recordó la ocasión en que, muy cerca de la meta, en el Estadio Xalapeño, vi que una mujer de unos 35 años, con evidente sobrepeso, me rebasaba limpiamente, cuando estábamos a 800 metros de la meta (hay que hacer una salvedad en el segundo caso: luego me enteraría que la mujer no había hecho el recorrido completo, sino que se había sumado a la carrera cuando faltaban mil metros). Terminé de leer  De que hablo cuando hablo de correr mientras crucificábamos la ciudad de lado a lado en medio de un calor de barco de vapor... Y al final me doy cuenta de por qué después de rezongar y gruñir contra Murakami he decidido revalorarlo: porque me sentí reflejado en estas líneas que yo firmaría si no las hubiera escrito él ante: Hasta ahora he vivido haciendo sencillamente lo que me gusta y como me gusta. Y nunca, aunque la gente me intentase refrenar o aunque recibiera críticas malintencionadas, nunca he variado mi forma de actuar. Si comparto fervientemente estas palabras, más aun las siguientes: Lo único que se ve allí es mi naturaleza  de siempre: individualista, testaruda, falta de compañerismo, a menudo egoísta, y aun así, poco segura de sí misma y que siempre intenta encontrarles gracia (o algo parecido) hasta a las situaciones más penosas. Pero volvamos atrás: a mi Libro de la vida.  En alguna parte lo llamé Currículum genital,  haciendo más que evidente que esa serie de novelas no era precisamente la saga de un escritor en busca de amor y conocimiento, persiguiendo el difícil arcano del violín y casi de perfil tratando de pergeñar por lo menos una obra literaria de valor: era (o parecía ser) simplemente el inventario de las mujeres que habían caído bajo el encanto de Ventura: en las primeras escenas Barbara Blaskowitz, mujer madura, descendiente de polacos, erudita y de voraz boca competía con Concha Chacón, descendiente casi pura de totonacas, estudiante de psicología, insufriblemente pedante, que cedía sus encantos con apreturas de virgen necia (luego para matizar una castísima Lili, vecina del depredador, que no entregaría su castidad al novelista sino a un cuarentón de  enorme coche, que no podía ocultar sus aires de diputado del PRI); luego aparecerían en escena Trilce, la hija de Bárbara, niña prodigio del violín, y Claris, la ex esposa de Ventura (y de pronto un salto: en  Mujeres amadas  el protagonista no se casa con Irgla, y en  Noches de Ventura se dice que nuestro novelista sufre de nostalgias por su ex esposa). Y dentro de la novela principal, para aliviar un poco la sobrecarga de mujeres y de actos eróticos a veces medio circenses, se me ocurrió intercalar capítulos de una novela francamente burlesca o sicalíptica, en la que Ventura se crea un alter ego, Eleuterio Moon, el Doctor Amóribus, que somete a sus tratamientos, siempre lúbricos a: Ranita, la hija de Fernanda, niña de catroce años; a Margarita Seca,  criatura dulce y despedazada por la existencia; a Cleopatra Martínez, insufrible y diminuta muñeca de porcelana con naricilla egipcia; a la Korolenko, fantática de Chopin, otra polaca de sofisticación inaguantable: a todas ellas las sometía mi Doctor Amóribus a tratamientos fisicopsíquicos de ersuasión que culminaban, en general en la cama y en el fracaso). Las dos líneas argumentales coincidían: los protagonistas, Ventura y Moon, resultaban inmersos en una desolación tremenda, que… sin embargo presagiaba mejores tiempos. Los de las novelas siguientes: La hermosa vida y  La pequeña maestra de violín.  En ellas Ventura seduce o es seducido por la hija de su amante titular (que aparece en tres novelas), Bárbara Bláskowitz: Trilce es un diablillo, una Lolita demasiado intelectual (lectora de Mann), una violinista prodigiosa, a la que persigue nuestro protagonista a lo largo de 400 páginas, para arrepentirse inmediatamente después del primer encuentro. Aquí y allá van apareciendo nuevas mujeres, entre ellas una auténtica demonia, que está a punto de dejar a nuestro Ventura en los puros huesos y en el hospital. Y entre tanto estropicio de sexo despiadado y fingimiento de amor van apareciendo como subtexto las novelas que va escribiendo nuestro Ventura, los intentos de dominar las posiciones más elevadas del violín y los asedios de la más esquiva de las hembras: la Fama.  Después de  El libro de la Vida, que consta hasta ahora con  cuatro libros publicados, debe venir (ya está escrito el libro terrible,  El sentido de la melancolía, la obra que nunca debí escribir porque nunca hubiera querido vivir lo que motivó su escritura, asuntro doloroso que me exige cambiar de dirección este barco, a la espera de vientos propicios y un  estado de ánimo menos grave).

lunes, 14 de noviembre de 2011

Óscar de la Borbolla habla sobre Mujeres

En el local de la Editorial de la Universidad Veracruzana Óscar de la Borbolla presentó la 3a edición de Mujeres amadas... Así...

Yo no tuve juventud, quiero decir que me la pasé en blanco, e igual se me fue la niñez. Ya con el tiempo me hice de una infancia gracias a Mark Twain y fui, soy, Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Mis años párvulos los envenené con poetas a quienes no entendía y, luego, cuando lo reglamentario era andar corriendo detrás de las minifaldas,  yo andaba, literalmente, corriendo enfrente de los granaderos. Mis orgasmos mayores de estos años se los debo a Bakunin, Kropotkin y otros anarquistas. Dios y el estado o La conquista del pan fueron las obras que me llenaron el corazón de llamas y la cara de acné. De ahí que me haya costado trabajo conseguirme una juventud que cuadre a mi nostalgia. Salinger con su El guardián en el centeno casi me la brinda; pero no me gusta su minimalismo léxico, es bueno, pero no acepto que mi juventud sea redactada por un periodista plano y llano, podrá parecerles chocante, pero (y esta es mi verdad: la que marca mi gusto) Salinger maneja en ese estupendo libro menos vocabulario que el que yo tenía a la edad de su personaje. La vida de Holden Caulfied, sus cuitas y pesares, no obstante, los reconozco como míos y se los debo a Salinger.
Otro que también me procuró una juventud fue Fernando del Paso con su Palinuro de México, en esta novela sí que sobra el vocabulario, el vocabulario y los datos, quiero decir que es lamentable que un poeta de los vuelos de Del Paso no se haya autoliposuccionado, pues los amoríos de Palinuro con su prima Estefanía y las aventuras con el primo Walter y, en general, todo lo que es acción, poesía y no datos es una verdadera maravilla. En el Palinuro también encuentro recuerdos que, a falta de una juventud propia, he hecho míos. En Del Paso está el desmadre juvenil y la vida y la imaginación como a mí me habría gustado tenerlos y vivirlos. Lástima, insisto, que sea una obra elefantiásica a la que sobran algunos centenares de páginas.
 Hay entre los forjadores de mis recuerdos juveniles uno al que no encuentro ni una sola verruga: Ignatius J. Reilly, el personaje de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, esta es una obra a la que no le falta un gramo ni le sobra un pelo, pues es... dejemos a un lado los modales literarios y  digamos una vez siquiera un superlativo bien puesto, es una hiper chingonería de novela. Ese loco de Ignatius soy yo con su píloro mal puesto y su gorra de cazador y sus cuadernos Apache llenos de idioteces, creo que no hay retrato más acabado de la vida juvenil. En La conjura de los necios, se siente todo el despropósito, el desenfado, la ligereza y la gravedad de esos años. Gracias a Kennedy Tooole tuve juventud, mi memoria guarda aquellas escenas con más brillo que los años estúpidos de mis estudios de filosofía y toda aquella pérdida de tiempo que me ha hecho repetir mil veces, como mantra, lo que dice un personaje de Proust en Por los caminos de Swam: "y pensar que desperdicié los mejores años de mi vida con una mujer que ni siquiera era de mi tipo."
 Y hay otro más que me resarció de la juventud que no tuve: Roberto Bolaños con su obra Los detectives salvajes, aunque a mi gusto se extravió haciendo alarde de un virtuosismo con la polifonía. También a Bolaños debo la recuperación de mi juventud y máxime que precisamente él novela los años contemporáneos de los años míos que perdí.
No tuve, pues juventud y por eso, con sus altibajos, amo los libros que he citado y los traigo a colación aquí, porque es precisamente entre estos autores y entre esas obras donde quiero ubicar Mujeres amadas de Marco Tulio Aguilera. Ventura, el personaje central de esta novela pertenece a esta pandilla de jóvenes que me permiten vivir la que hubiera podido ser mi vida y no lo fue. Y por eso, sin ningún empacho, declaro que Mujeres amadas de Marco Tulio me ha regalado otra de las que sí habrían podido ser mi juventud. Ahora no tengo cuatro, sino cinco novelas para apropiarme de mí mismo.
¿Qué es lo primero que me gusta de Mujeres amadas? Pues obviamente la edificación de un clima desparpajado y juvenil: Ventura, presenta y representa una obsesión cuasi animal por el sexo y es, a la vez, capaz de idealizar hasta las cimas del amor platónico a Irgla, el personaje antagónico y primera interlocutora de esta obra que parece estar contada exclusivamente a ella; los disparates de Ventura y su pasión por Irgla me recuerdan el amor de Palinuro por su prima Estefanía: ese castigo que inventa Marco Tulio para Ventura de obligarlo a pasar 7 días sin poder levantar la vista para ver a Irgla, más los 7 días de dormir vestido junto a ella, más los 7 días de dormir desnudo junto a ella y en todos los casos sin poder tocarla, me evocan la locura de Palinuro y Estefanía cuando, creyendo que está enfermo, se llevan al espejo de paseo por las calles de México.
Otro aspecto que me gusta de la novela de Marco Tulio es el retrato de los dos personajes principales: Ventura, ese jovenzuelo contradictorio y desmadroso, consigue a lo largo de las páginas volverse un personaje de carne y hueso y lo logra a tal grado, que es imposible no creer que se trata del propio Marco Tulio; aunque yo en lo personal creo que Marco Tulio se ha disfrazado con la piel de Ventura y, que a estas horas, supongo, que a él mismo le resultará difícil distinguirse de su personaje, que es personaje-narrador y personaje-autor. En Mujeres amadas todas las distancias han desaparecido para dar a Ventura una realidad tal que lo saca del mundos de los seres de ficción para traerlo a este mundo donde parece estar vivo y coleando.
El grado de realidad que alcanza Ventura en la impresión del lector, es la misma que la que llega a tener Irgla: ella también se siente de carne y hueso: se comporta como una mujer, aunque como una peculiarísima mujer. Yo como lector sentí que la conocía y, ahora mismo, estoy convencido de que Irgla está en esta sala escondida, riéndose por dentro de todos nosotros, sin que podamos identificarla.
Me gusta también la sabiduría amarga y rasposa que destila esta novela. Los ejemplos están en todas las páginas, desde el principio, cuando el Big Ben --un samaritano mitómano, un celestino negro-- quiere ayudar a Ventura llevándolo con Mary Lou, mujer que supuestamente está enamoradísima de Ventura y que obviamente ni lo conoce y que cuando es forzada a recibirlo debe de contener el asco que le provoca para no vomitar, hasta casi el final cuando Ventura dice: "no te parece terrible que las verdades de nuestras propias vidas no las hallemos en las obras maestras sino en películas insulsas y canciones cursis" (p. 170); de un lado al otro campean este tipo de frases o de anécdotas que dan cuenta de que Marco Tulio ha pensado en la vida y lo ha hecho bien.
Y Mujeres amadas me gusta porque, más allá de esa coherente visión desencantada de la vida, contiene, como en toda obra que auténticamente me gusta, pasajes que consiguen estremecerme, que me obligan a experimentar un sentimiento. En la novela de Marco Tulio hay muchos momentos de este tipo, pero sobre todo uno que me atrevo a calificar de sublime: cuando y Ventura e Irgla se acuestan por fin, cuando se acuestan por primera vez. Esta escena no solo hace visible una relación sexual que convierte al lector en vouyerista, sino que permite palpar el amor que en ese momento están sintiendo los personajes y, simultáneamente, sin que esta vivencia se perturbe, uno también se entera de lo que piensa el narrador que va intercalando sus reflexiones (pp 90-93).
Hay otros aspectos que seguramente serán muy elogiado por la crítica académica cuando ésta se dé permiso de salir de su encierro, concediéndose la oportunidad de leer a un autor disfrutable como Marco Tulio Aguilera, me refiero a la dislocación de la línea temporal y espacial que Marco Tulio lleva a cabo en esta novela, y no sólo eso, sino también a la dislocación de la voz narrativa, pues Marco Tulio disgrega la narración mostrando un dominio de las técnicas de la novela moderna. Esos alardes a mí no me gustan, pero los aprecio. Y me desagradan porque ponen a prueba mi capacidad gestáltica, porque me ponen a trabajar, porque me quitan el gusto de dejarme ir, sin más, en la lectura. Con todo, en Mujeres amadas se consigue un manto que envuelve al lector, que lo envuelve como mundo. Aunque yo, como he intentado explicar disfruto más los mantos sagrados de la tradición lineal y no las túnicas de retazos por muy bien cosidas que estén.
Me congratulo, en suma, por haber leído Mujeres amadas, y agradezco públicamente a Marco Tulio por el regalo que sin saberlo me ha hecho: tengo, gracias a él, una nueva ruta para reconstruir mi juventud perdida.
Xalapa, a 2 de septiembre de 2011.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

miércoles, 31 de agosto de 2011

Germán Martínez comenta Mujeres amadas


Historias de mujeres 
Germán Martínez Aceves

Decía el genial Groucho Marx, el creador del marxismo con sentido del humor, “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”. Con Marco Tulio Aguilera sucede algo parecido. Sus historias están en búsqueda del amor, del humor, del sexo y de todo resorte que mueve a los hombres que se obsesionan y sueñan con el sentido de la vida marcado por el destino que deciden las mujeres.
            Mujeres amadas es una novela que transcurre entre lances aventureros de Ventura sin capítulos marcados y con la ilación de anécdotas y vivencias que parten de un eje común: la inalcanzable Irgla, tan enigmática como su nombre; y los caminos bifurcados por cada mujer que cruza los sentimientos del antihéroe del romanticismo.
            Las noches de Ventura es el antecedente de esta nueva entrega del prolífico Marco Tulio. Cualquier hombre que se digne en serlo, sabrá a la perfección que en su mente no sólo es ocupada por una mujer, sino por varias. La poligamia, aún en los terrenos de lo platónico, se impone a la monogamia. Aún el cura más casto es traicionado por la permanente presencia femenina.
            Ventura es el alter ego de Marco Tulio Aguilera o ¿es al revés? Lo cierto es que como caballero andante que en lances de audacia afronta la vida ante las mujeres, cada batalla le funciona para hacer reflexiones filosóficas, sicológicas y románticas.
            Las Mujeres amadas, del escritor colombmexicano Marco Tulio Aguilera, son puertas que se abren al abismo, a lo imposible o a la entrega deseada para llegar a la pregunta eterna: ¿por qué las mujeres son tan difíciles de comprender?
            De los campus universitarios estadounidenses  a Guadalajara y Xalapa, las andanzas amorosas de Ventura transcurren por Irgla, Luz Divina, Jenny, Ester, Wendy, Juliana, Mu y cuanta mujer imaginaria o real aparezca. El narrador apunta: “Hasta el momento Ventura no ha seducido sensu stricto a nadie. Ha sido objeto de embestidas intempestivas (como en el caso de Jenny), de abordajes (tipo Mu), víctima de sus propias fantasías o de las ajenas (H. Timmermann), cordero expiatorio de los deseos reprimidos de las mujeres (la gentil de Guadalajara) y de los hombres (con quienes tiene un éxito envidiable, tal vez por poseer un nalgamen apetecible y cierta languidez algo sospechosa). Es cierto que siempre está mascullando proyectos, que coloca cáscaras de plátano en las rutas de las víctimas, que vive escenas románticas fulminantes con unas 250 mujeres diarias, pero nunca lleva a la práctica sus ideas. En otras palabras: las que dan el tiro de gracia son ellas”.
Marco Tulio Aguilera explora sin desenfado los caminos del amor en un caleidoscopio múltiple. En sus historias hay cercanías con Henry James o Lawrence Durrell. En cada deseo, en cada obsesión, la literatura del autor de Mujeres amadas nutre su universo, sus frustraciones y sus éxitos.
Es probable que el título del libro sugiera historias románticas, puede ser, pero los encuentros con las mujeres amadas, deseadas y soñadas, son una oportunidad para la reflexión sobre las relaciones amorosas narradas por la virtud del escritor y vividas por la vulnerabilidad y obcecación de Ventura, el personaje de aventuras y desventuras.
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Mujeres amadas de Marco Tulio Aguilera es de la colección Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana, 2011, 209 páginas, se puede adquirir en el Servicio Bibliográfico Universitario, Xalapeños Ilustres 37; y la Feria Permanente del Libro Universitario, Hidalgo 9.

Presentación de Mujeres amadas

Lo invitamos para que el próximo viernes 2 de septiembre asista a la presentación de Mujeres amadas. Los comentarios estarán a cargo de Óscar de la Borbolla y Leticia Mora con la anuencia del autor Marco Tulio Aguilera. La cita es a las 19:00 horas en las instalaciones de la Editorial de la UV, Hidalgo 9.


La Editorial de la UV en el éter y el ciberespacio

Los invitamos a escuchar el programa Oye, lee y dile que se transmite todos los martes a las 18:00 horas en Radio Universidad Veracruzana, 1550 AM y a que consulte las páginas electrónicas www.uv.mx/editorial o www.uv.mx/corre en donde podrán consultar las novedades de la Editorial de la UV. Cualquier comentario lo puede hacer llegar a gemartinez@uv.mx 

jueves, 16 de junio de 2011

PRIMERAS PAGINAS DE MUJERES AMADAS

4a edición en Universidad Veracruzana. Disponible en Hidalgo  8, Xalapa
Librerias  Bonillas y del Fondo de Cultura Económica en el DF
Llegó el fin de la segunda primavera y con ella la novedad de tu mística sensualista. Sí, claro, Dios estaba en todas partes y los pájaros y las hojas y cada mínima partícula del universo integraban su extenso y perfecto territorio, sí, Dios era una especie de savia que todo lo une y nosotros somos la cima de esta gran maravilla, pero es que acaso por esa u otras razones hemos de privamos de los frutos del huerto. Lo que pasa –te decía– es que te falta sentido de la aventura, tienes alma de comerciante, eres una maldita abadesa que guarda su cuerpo como quien invierte a plazo fijo. Piénsalo bien, esto se pudre y se seca.
—Lo que el tiempo pudre lo reverdece la virtud –respondiste. Ajá, pensé o debí pensar, es de las que todavía se atreven a pronunciar sin rubor las grandes palabras, una absolutista, una monárquica de las convicciones.
—Sí, claro, a ti lo único que te interesa es satisfacer los bajos instintos.
Pronunció las palabras ominosas bajando la voz, con un fruncimiento del cuerpo, después de percatarse de que nadie nos escuchaba.
—Quiero que entiendas que el acto que me pides es definitivo, sucede una sola vez en la vida, tiene que ser cercano a la experiencia de la gracia–. Los ojos de Irgla, tan hermosos que cualquier comparación hubiera sido oprobiosa, brillaban llenos de una serena sabiduría, de un legítimo entusiasmo que amenazaba contagiarme.
—Ha de suceder en una noche especial en la que todo se confabule, en la que tanto mi compañero como yo tengamos una sensación de felicidad incomprensible, un deseo fantástico como de arrojamos al abismo.
¿Qué responder a semejantes argumentaciones? El análisis lógico del lenguaje no surte efecto sobre los que caen en los pantanos de la fe. Generalmente hubiera dado la espalda, literal y conceptualmente, y me hubiese dedicado a otras investigaciones con el furor y desesperanza habituales, mientras llegara el momento de emprender una nueva temporada de caza.
El negocio presente, sin embargo, ameritaba mayor atención.
Tal vez fueron el rencor contra aquel cascarón de decencia o su belleza excesiva y no obstante constreñida por una extraña modestia o la sospecha de que súbitamente y con un buen trabajo de termes acabaría por caer, los que me impulsaron a seguir el asedio. Una u otra argumentación, todas juntas o las que faltan por mencionar, el infinito, me atraparon.
Existían otros obstáculos. Yo compartía mi habitación en McCollum Hall con Abusaid y Abusaid estaba enamorado de Irgla. Dos premisas y un solo intrincado problema. Abu, velludo compañero, además de apuesto, varonil y galante, era perfectamente consciente de sus ¿gracias?, ¿virtudes?, palabras absolutas que es preferible reservar para Irgla.
Había estado en África del Sur, ahorró petrodólares y ahora, entonces, estudiaba inglés –aunque lo hablara perfectamente (si hay perfección en el habla de los estibadores londinenses)– y se dedicaba a despeinar los ositos de la vecindad. Esa era su vocación, despeinador de osos, y para cumplir con ella, necesitaba muchísimo dinero, conservar el cuerpo atlético y el espíritu agudo. No hay nada que sea imposible si se dispone de una botella de champaña y muchas palabras de más de cuatro sílabas, decía Abusaid, el sinvergüenza, tan agradable que daba asco. Hasta jugando tenis lograba armar gestos ferozmente elegantes.
Mantenía con Irgla conversaciones que llegaban a durar dos horas.
—Abu, my friend, ¿estás enamorado?
—Love doesn't exist, only fucking –respondió, sus resplandecientes botas una sobre la otra, al extremo del cuerpo que yo veía desde mi cama en perspectiva. Apoyaba la cabeza en las palmas de las manos y miraba el cielo raso, soñador minotauro, el pecho robusto y velludo, lanzaba suspiros que hacían vibrar el aire de la habitación.
—Tiene unos ojos que sólo he visto ocultos tras un velo en un mercado de Khorassan.
No me molesté en imaginar cómo serían semejantes ojos –los besos de la menina Jenny ocupaban todo mi tiempo– pero luego, cuando conociera a Irgla, sabría sin saberlo que Abusaid tenía razón.
¿De qué hablaban? Pues, respondió el persa, ella me cuenta historias como la del rey que nunca ponía los pies en la tierra, un rey llamado Mohe ‘shou’ mah, quien solamente hablaba en verso y yo le murmuro al oído relatos sobre el jardín de la montaña donde los dioses beben el inmortal haoma, destilado del árbol gaokerena, el árbol de la vida, cosas de esas, tonterías para pasar el rato.
—¿Only fucking? –pregunté sonriendo.
Un día descubrí que mi novela –el único ejemplar que tenía –había desaparecido. Abusaid, entre compungido y satisfecho, confesó que se la había prestado a la mujer de ojos persas.
—Imposible negarle nada a Irgla –dijo.
La primera vez que te vi fue en una cena internacional. Había japonesas, italianas, una peruana (la maniática de Ester, esa celestina sin par), tres persas (entre ellas Mush, que fingiría desmayarse cada vez que me viera y gritaría mi ratoncito, mi pequeño ratoncito, pero nunca se atrevería a ir más allá en sus expresiones de ternura) y dos o tres mexicanas. Mi idea era manejar la indiferencia de cigarrillo enclavado en las comisuras de los labios y ceño fruncido, chico malvadote, je, pero tus ojos como un batallón a pleno galope me acometieron. Desvié la mirada hacia la mesa, me sumergí en aquel mar caótico de extrañas viandas dispuestas como para un festín de Salomón, hice unas cuantas observaciones más grotescas que graciosas, metí los dedos en alguna región gastronómica de Tailandia, me llevé algo de color encarnado a la boca y estuve a punto de escupir.
Los ojos persas seguían mis movimientos sin disimulo, con lo que podría calificarse de amable repugnancia. Fue Ester la que vino a salvarme del fuego cruzado. Me ofreció un sitio cerca de ella. Loca sociable e inglés de Macchu Picchu, comenzó a hablar por rodos los orificios –no del todo despreciables– de su cuerpo. Ajá, dijo, conque yo era el escritor, había leído en The Kansan la entrevista, decían que el éxito había llegado temprano, que ya me comparaban con…cómo se llama, ése que escribió la novela aquella llena de gente, el árbol genealógico, fíjense, muchachas, just imagine, una promesa de la literatura, ¿qué estás estudiando?
—La verdad es que yo vine a USA a hacer imperialismo al revés –respondí.
—¿What did he say?–preguntó Irgla, diplomática Irgla, dispuesta a hacer intervenir a todos en la conversación.
—Dije que vine a este país a explotar a los gringos.
—Habla en inglés –suplicó Mush, la delicadeza hecha carne.
Los ojos de Irgla, más que las palabras de Mush, me azotaron contra la pared. Caí sentado en el suelo. Agité la cabeza para aclarar las ideas y confesé:
—Doy clases de español a hordas de albinos y de paso finjo estudiar literatura hispanoamericana.
—Pues yo –dijo Ester sin que entre mi silencio y sus palabras mediara una corchea– soy de Lima y ya llevo diez años en Kansas University–. Lanzó las dos manos al aire como el mago que saca diez kilómetros de género de seda–. Tengo un novio español que se llama Manolo, ya lo conocerás.
Y claro que lo conocería. Manolo, su tono doctoral, su bigote alicaído, esos dientes nicotinosos, envuelto en una nube de humo que lo acompañaba a todas partes como el espíritu de Dios al pueblo de Israel; Manolo, el que vivía justo en la habitación vecina, separado de Abusaid y mi persona apenas por un tabique miserable, Manolo que todas las noches, puntualmente, fornicaba, ante un auditorio nostálgico, con una mujer que era, naturalmente, Ester. Ester que seguía hablando sobre el cielo y la tierra y vinculaba los platillos que estaban sobre la mesa con rostros y nacionalidades, amontonando viandas frente a su víctima al tiempo que relataba las peripecias de su llegada a Lawrence, qué desorientada estaba, decía, me entró la enfermedad del muermo, una gripe perniciosa, mocos y llanto, día y noche, hasta que zaz, me llegó el verdadero amor.
Aproveché la pausa dramática de Ester. Me puse en pie de forma algo estudiada, con lentitud e indiferencia, sin mirar hacia el vórtice de tus ojos. Caminé en torno a la mesa, levantando aquí y allá una lechuga o un rábano para darle verosimilitud a lo que cualquier despistado habría calificado de vil abordaje. Noté que Irgla dominaba la escena con naturalidad. Manejando los cubiertos elegantemente lograba suspender la atención de todos gracias a un cierto ritmo que imprimía a sus actos; ya fuera que detuviera el proceso de masticación para escuchar con mayor deleite las más atroces banalidades o que usara la punta de la servilleta para posarla en las diversas porciones de sus labios, diríase que estaba materializando en el aire una serie de cuadros memorables.
—Quédate quieta –le dije.
—¿Para qué? –preguntaste no sin cierta domesticada virulencia.
Había en tu voz una de esas leves tonadas que aparte del encanto natural poseen la particularidad de sugerir paisajes y cosas de esas a los de imaginación apresurada.
—Quiero estudiar lo que tienes adentro de los ojos –dije.
—No vas a ver lagos ni estanques –dijiste– solamente platos.
—¿Podrías ponerte en pie y caminar? –pedí.
—Soy paralítica –dijiste y con ello clausuraste el asunto.
La verdad es que estaba buscando el defecto. Aquella noche, para consolarme, inventé un lunar horrible sobre el párpado derecho. Traté entre sueños de discernir si era parte del maquillaje o un imperdonable error de quienes te fabricaron.
Por eso es que cuando concertamos la primera cita –y cómo llegué a ella es complejo de explicar; creo que Abusaid fue el pretexto, y la discusión de mi novela, la carnada– le pedí que asistiera desnuda, para considerar sin obstáculos todas sus partes.
La vi venir desde su edificio hacia el mío. Yo me había sentado en la atalaya del octavo piso de McCollum con los pies colgando sobre el abismo. Es perfecta, casi perfecta, me decía el Savonarola que llevo dentro, sabe vestirse, lo que puede ser un obstáculo, pues el más elemental tratado sobre el amor especifica que a mayor elaboración en el andamiaje mayor grado de dificultad en el proceso de seducción.
Cuando bajé estaba sentada en la sala de los televisores. En torno suyo y a distancias diversas se habían dispuesto media docena de observadores. El más osado estaba a punto de aventurar una pregunta. Parecía estar legítimamente absorta en la lectura de un libraco de lomo considerable. De vez en cuando levantaba los ojos, el resplandor de sus ojos, y sonreía a los asediantes. O es demasiado ingenua o confía en el poder de su personalidad, me dije, conociendo como conocía la calidad de las alimañas depredadoras que estaban en torno a ella.
Tras un prolongado estudio opté por acercarme. Me dejé caer pesadamente en el sillón frente a ella y le pedí que me dejara mirar de cerca su ojo derecho.
—Me niego –dijo–, no soy un caballo.
Pero ya me había percatado de que no tenía la mancha ominosa. Irgla, a su vez, se había fijado en mi aspecto. ¿Por qué no te cortas el pelo?, preguntó. ¿Para qué?, respondí. Para que no parezcas un hombre de las cavernas. Lo que pasa, expliqué, es que me gusta parecerme a Beethoven. Además, ¿cuándo has visto a un genio con corte militar?
También hablamos de otros temas, pero fueron intrascendentes. Creo. 

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...