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viernes, 8 de marzo de 2013

Juan Villoro presenta Poéticas y obsesiones, de Garramuño



CONTRA LA SOCIEDAD DE ELOGIOS MUTUOS: PRESENTACIÓN DE  POÉTICAS Y OBSESIONES. ENCUENTROS CON GARCÍA MÁRQUEZ

Mayra Zepeda Arriaga, Excélsior, México, 2 de marzo 2008

Juan Villoro presentó el libro más reciente de Marco Tulio Aguilera en la Feria del Libro del Palacio de Minería en el Distrito Federal, México, el pasado 2 de marzo. Dijo que Poéticas y obsesiones. Encuentros con García Márquez (publicado por la Universidad Veracruzana en su colección Ficción) era un libro que se leía con enorme pasión y entusiasmo, porque había sido escrito con pasión y entusiasmo.
Dijo: “Así como Marco Tulio ha escrito grandes libros de cuentos y novelas que ya son clásicos de la literatura no sólo colombiana sino latinoamericana y de la lengua española en general, así escribió este libro, en el que con pericia de relojero desmontó y volvió a montar los mecanismos del cuento y la novela”.
                   Agregó: “Como el  buen panadero, Marco Tulio trabajó la masa con paciencia y entregó a la editorial de la Universidad Veracruzana un libro digno de figurar en las mejores bibliotecas y de ser estudiado por generaciones de aspirantes a escritores. La segunda parte del libro, la correspondiente a los encuentros con García Márquez, nos muestra a un escritor lleno de talento en todo su esplendor, frente a su genial maestro, García Márquez. Nadie, hasta ahora, que yo sepa, se ha enfrentado a Gabo con tanto desparpajo, con tanta autoridad, y paradójicamente, con tanto respeto”.
                   Juan Villoro abrió su ejemplar de  Poéticas y obsesiones  y dijo: “Voy a leer la dedicatoria que le hizo Marco Tulio a Gabo en su primera novela: ‘Para García Márquez, a quien pienso matar... literariamente’. A su vez Gabo le dedicó  El olor de la guayaba a Marco Tulio, de la siguiente manera: ‘Para Marco Tulio, de la competencia’.
                   “La crónica de los encuentros con García Márquez, que aparece en la segunda parte del libro —continuó diciendo Villoro— se lee con apasionamiento, como sucede con todo lo que escribe Marco Tulio. Se nota en ella la tremenda admiración de un autor por su modelo y también se nota la bonhomía, el cariño y el respeto que Gabo tiene por Marco Tulio, que es 22 años más joven. Algo que sin duda llamará la atención es el desparpajo del joven escritor, su atrevimiento, a veces su burlona admiración, frente a un escritor que es, ni más ni menos, el más querido del mundo”.
                Dijo Villoro que Poéticas y obsesiones. Encuentros con García Márquez es una antología de antología que debería estar en las mejores bibliotecas latinoamericanas y ser lectura obligadtoria para todos los que quieren ser escritores de cuento o novela, incluso de crónica, pues, señaló “los encuentros con García Márquez convertidos en crónica por Marco Tulio son, a mi modo de ver, de lo mejor que se ha escrito en lengua castellana, comparable, por ejemplo a lo que hiciera Norman Mailer sobre Trópico de cáncer  o Sexus”.
                   Entrando a otro aspecto del libro de Aguilera Garramuño, Villoro destacó los ensayos y conferencias sobre Henry Miller y Nabokov. Dijo: “En nuestra generación considerábamos los libros de Miller como autoayuda. Pienso que el hecho de que un escritor de la talla de Marco Tulio Aguilera haya regresado a Miller con tanta pasión, presta un servicio de rescate a la literatura”.
                   Concluyendo dijo: “Sólo puedo terminar diciendo que de Marco Tulio se puede esperar lo mejor y que si él ha anunciado grandes cosas, como una parodia de Cien años de soledad,  que dice va a estar a la altura de su modelo, no tenemos más que creerle y sentarnos a esperar.”
El novelista Eusebio Ruvalcaba, que estaba anunciado como segundo presentador, no pudo asistir al Palacio de Minería, pero envió unas líneas encomiásticas: “De entrada, debo aclarar que Poéticas y obsesiones. Encuentros con García Márquez se lee bajo una suerte de encantamiento, tal como si lo que se tuviera en las manos fuera una novela y no un volumen de ensayos.Ahora que se ha puesto tan de moda que los escritores se tiren tarascadas a modo de hienas hambrientas, es motivo de celebración y agradecimiento que venga un escritor experimentado y ponga sobre la mesa su juego de cartas. ¿Cuándo un escritor hace esto? Simplemente cuando tiene los pelos de la mula en la mano. Digo que ahí radica parte de la sustancia de Poéticas y obsesiones. La otra estriba en la profunda observación que el autor lleva a cabo de sus clásicos, es decir, de quienes para él son sus clásicos. Es justo la otra gran lección que se deriva del libro, y algo que sólo un escritor verdadero es capaz de dar: que cada quien tiene derecho a tener sus autores y que entre más estrictamente personal esa selección mejor todavía. Cuando un libro de éstos cae en mis manos, cuando un escritor me abraza a través de su honestidad clara y sencilla, no me queda más remedio que emborracharme a su salud. ¡Salud, Marco Tulio!”Germán Martínez, quien fungiera como moderador, también externó sus opiniones sobre el libro, opiniones, que aunque entusiastas, fueron moderadas. Cuando le tocó el turno al autor de  Poéticas y obsesiones, habló de forma bastante heterodoxa: dijo que era necesario hacerle una lobotomía y un examen minucioso al cerebro de Juan Villoro para descubrir de dónde salía un pensamiento tan lúcido, coherente, ordenado y elocuente, con puntos y comas, como si estuviera leyendo un discurso en el aire; dijo que admiraba a Eusebio Ruvalcaba, que había escrito una de las novelas más hermosas de la literatura mexicana, Desgajar la belleza, y que lo admiraba aun más por hablar maravillas sobre Poéticas y obsesiones, sin haberla leído; agradeció a Germán Martínez, de quien dijo tenía una vocación cristiana al servicio de la cultura y un escondido talento creador que no había dejado salir; dijo Marco Tulio que las presentaciones de libros eran aborrecibles porque se gastaban demasiados adjetivos magnificativos y que por ello en su próxima presentación iba a invitar a un enemigo para que hablara mal de su libro y equilibrara la balanza, incluso pronunció el nombre de su enemigo: Cristóbal Domingo Sabio. Luego habló sobre su obsesión con García Márquez. “Desde que leí  Cien años de soledad, en 1970, acostado en un catre destartalado, en una pensión de quinta en la ciudad de Cali, quedé atrapado. Escribí Breve historia de todas las cosas, una novela que fue publicada en Buenos Aires y comparada con  Cien años de soledad.  García Márquez llamó desdeParís para felicitarme por el libro. Luego, a lo largo de los años he recibido aliento de parte de Gabo. Según me contaron en su biblioteca mis libros, todos dedicados, ocupan un lugar privilegiado al lado de los de Álvaro Mutis”. Aguilera Garramuño que su libro Cuentos para  ANTES  de hacer el amor acaba de recibir su tercera edición mexicana en la editorial Educación y Cultura, y que en el año 2009 publicará con esa misma editorial  El imperio de las mujeres, libro que lleva el subtítulo de Cuentos  EN LUGAR  de hacer el amor. Agregó que actualmente está trabajando en una novela que será una parodia de Cien años de soledad y que no será una novela perfecta, como Cien años de soledad, sino una novela imperfecta, que en su imperfección encontrará su calidad. Dijo que esta novela será una fiesta de la imaginación. “Voy a destruir el lenguaje castellano, haré aportaciones de lenguajes arcaicos y de las lenguas que he estudiado, particularmente el italiano, el portugués y el griego antiguo.”No pararon aquí los planes, los proyectos, los propósitos de Aguilera Garramuño: “Pero el anterior no será mi trabajo mayor. Después de esta novela vendrá otra, que ahora está en 1111 páginas. Se llama  El sentido de la melancolía y servirá para cerrar un ciclo de novelas que he llamado El libro de la vida.  Hasta ahora he publicado tres: Las noches de Ventura/Buenabestia (Planeta, México y Plaza y Janés, Colombia), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla) y  La hermosa vida  (CONACULTA, Colección Guardagujas.) La cuarta novela, inédita, se llama  El amor pleno. Es un proyecto novelístico del tamaño de  En busca del tiempo perdido”.Tras las anteriores palabras concluyó la emotiva presentación de  Poéticas y obsesiones. Una presentación diferente a todas las que ha presenciado esta reportera. Escuchando al autor uno  tiende a pensar que quizás Juan Villoro tenga razón: de Marco Tuilio Aguilera (Garramuño) se puede esperar lo mejor. La literatura colombiana y la latinoamericana tienen en este autor el mejor relevo, cuando haya desaparecido la generación del boom. Para terminar repetiré una frase del afamado crítico Raymond Williams: “Marco Tulio no necesita estar en el boom. Él puede hacer su propio boom.” Quizás ya lo haya hecho y no nos hemos dado cuenta. Lo grave del asunto es que el mismo Marco Tulio lo sabe. En una de sus entrevistas dijo: “Soy un continente inexplorado”.
México D.F. 2 de marzo de 2008


viernes, 1 de marzo de 2013

Guillermo Vega Zaragoza: sobre Historia de todas las cosas


AGUILERA GARRAMUÑO: EL PODER DE LA INVENCIÓN
 Marco Tulio Aguilera Garramuño, Historia de todas las cosas, Trama Editorial Madrid y Educación y Cultura, México, 2011, 515 pp.
 Por Guillermo Vega Zaragoza.
 Publicado con autorización de Revista Universidad Nacional de México

Así como se sigue considerando que todos los escritores mexicanos son hijos de Pedro Páramo, para muchos es casi ley que todos los escritores colombianos sean hijos de Aureliano Buendía. Pero en el caso de Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, Colombia, 1949) no era para menos. En 1975, cuando sólo tenía 24 años, tuvo el infortunio de que su primera novela, Breve historia de todas las cosas la promoviera Ediciones de La Flor como que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que Gabriel García Márquez pero sin bigote. Las coincidencias eran muchas (sin contar el hecho de que ambas fueron publicadas originalmente por editoriales argentinas): la historia de un pueblo y de sus pintorescos habitantes, el ánimo voraz de la novela total y una narrativa exuberante como la selva misma.
Sin embargo, en ese entonces muchos lectores se fueron con la finta. Ahora sabemos que Aguilera Garramuño no era ni es, ni por cerca, un seguidor del “realismo mágico”. Así lo demostraríacon su vasta obra posterior, que incluye más de treinta libros, los cuales han recibido diversos premios y reconocimientos, entre los que destaca el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí por sus célebres Cuentos para después de hacer el amor.
En el caso de su primera novela, se trató más bien de un ejercicio de parodia, pleno de humor, que se desdoblaba en una crítica más puntual a la idiosincrasia de los pueblos latinoamericanos, retratando sus lacras, infortunios y desatinos, pero pocos parecieron entender el chiste.Uno de los pocos que apreciaron con justeza la apuesta fue ni más ni menos que Seymour Menton, quien señaló en La novela colombiana. Planetas y satélites (FCE, 2007): “Breve historia de todas las cosases una especie de parodia deCien años de soledad, que se distingue de su modelo por el tono predominantemente humorístico y por su afiliación con la novela autoconsciente, o sea la novela estilo Rayuela que comenta su propio proceso creativo”. Luego de hacer un análisis comparativo puntual y detallado entre las dos obras, Menton concluye: “Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes deCien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites macondinos de la última década”.
Pero treinta y seis años después, Aguilera Garramuño decidió trabajar de nuevo sobre esa primitivaexperiencia. Ahora la ha rebautizado comoHistoria de todas las cosas que es —y no esal mismo tiempo—una versión corregida y aumentada de aquella primera incursión novelística. Lo es porque conserva gran parte de las anécdotas que tienen como escenario el poblado imaginario de San Isidro de El General, ubicado en Costa Rica, y aparece la galería de personajes ya conocidos, una inacabable corte de los milagros que ya poblaba las páginas de la alucinante narración original.
Y no lo es porque, ya desde el título, el autor ha decidido hincar aún más sus sardónicos dientes. Ya no se trata de una “breve historia”: se trata de “La historia” de todas las cosas. Ha llenado huecos, ha introducido nuevos personajes, ha replanteado escenas y descripciones, la ha aumentado hasta sobrepasar las 500 páginas, proponiendo al lector una experiencia literaria renovada. En efecto, esta reciente versión se lee de manera diferente y sobresalen en ella, ya sin tomar tanto en cuenta la impronta macondiana, los mejores artilugios con los que siempre ha contado el autor, como lo ha demostrado en otras novelas comoMujeres amadas, Las noches de Ventura, La pequeña maestra de violín y La hermosa vida.
A la manera de Rabelais, en Historia de todas las cosas Aguilera Garramuño ha realizado“una obra basada en la risa que degrada, corporiza y vulgariza ante la imposibilidad de llegar a la verdad con certeza”, como ha dicho Diógenes Fajardo, a propósito de Gargantúa y Pantagruel. En el mismo sentido, Mijaíl Bajtin ha señalado que Rabelais rechazó los moldes literarios de su tiempo“mucho más categóricamente que Shakespeare o Cervantes, quienes se limitaron a evitar los cánones clásicos más o menos estrechos de su época”. En Rabelais, dice Bajtín, “no hay dogmatismo, autoridad ni formalidad unilateral”. Las imágenes rabelesianas son “decididamente hostiles a toda perfección definitiva, a toda estabilidad, a toda formalidad limitada, a toda operación o decisión circunscritas al dominio del pensamiento y la concepción del mundo”.
Así Aguilera Garramuño en este libro desternillante, libérrimo, totalmente disfrutable. Como Rabelais, se ha resistido a ajustarse a los cánones y reglas del arte literario dominantes, tal cual lo señala el propio narrador de la novela: “Tengo, amigos, el derecho de inventar lo que se me de la gana. Fácil, en la tramoya literaria todo se puede, hasta lo que no se puede. El que quiera oír o leer, que oiga o lea, y el que no, que ponga a enfriar sus pelotas. En lo que escribo, señor orate, soy rey soberano, dios y el mundo se callan.”

lunes, 3 de septiembre de 2012

EUSEBIO RUVALCABA HABLA SOBRE LA MAESTRA DE VIOLÍN




Para quienes han leído las obras anteriores de Aguilera Garramuño y han seguido su trayectoria vital, es claro que nuestro autor ha convertido su propia vida en parodia y que en  La pequeña maestra de violín se alcanza el punto más agresivo, más ácido y concentrado de lo que hasta ahora es una trilogía y quizás termine siendo una tetralogía.  El libro de la vida  se planteó desde la primera novela, Las noches de Ventura / Buenabestia, como una obra de carácter monumental, que de alguna manera el autor se atrevía a poner bajo la sombra próvida de  En busca del tiempo perdido,   La crucifixión rosada   y El cuarteto de Alejandría.  La apuesta está hecha y hasta el momento Aguilera Garramuño ha cumplido. Sólo una certeza puedo aventurar desde ahora:  leer a este colombiano es asunto en extremo apasionante. Las dimensiones que alcance su obra habrán de juzgarse desde la perspectiva de la cuarta novela  La plenitud del amor, aun inédita.
MT: el goce amoroso
Eusebio Ruvalcaba
1) No sé con exactitud su fecha y lugar de nacimiento. Y no hace mucha falta saberlo cuando se está delante de él. Su nombre es Marco Tulio Aguilera Garramuño, y su acento colombiano lo delata. Le calculo la edad y más o menos hemos de tener los mismos años de mirar la luna por las noches.
2) Radica en Xalapa, donde constantemente recibe reconocimientos a su obra, abundante y honda, decantada y de prosa juguetona. Esposo y padre, la mayor parte del tiempo lo pasa escribiendo. Es inagotable. De su cabeza —¿debí haber escrito de su imaginación?— surgen, escurren proyectos tras proyectos, la mayoría de los cuales terminan por verse convertidos en libros.
3) Marco Tulio Aguilera Garramuño (MT) es escritor de lectores. Y no fantasmas sino de carne y hueso. Su temática, su modo de contar, sus argumentos son atrayentes. No es autor de los que suele imaginarse cómo sería su vida si la gente lo leyera. Nadie más lejos de la masturbación intelectual que MT. Porque su literatura genera comentarios, polémica, freaks que están ahí, a la espera de la próxima novedad.
4) Que es difícil seguirle el paso es cierto. Porque constantemente su trabajo ve la luz. Quién sabe hasta qué punto MT se ve impulsado por sus lectores en Xalapa, por el ambiente literario que priva en esa ciudad culta, por la crítica que con toda seguridad se ocupa de él. Desconozco si en este caso exista una retroalimentación, una interacción con la cúpula y la base de la pirámide literaria de Veracruz en general y de su capital en particular.
5) MT es observador. Deposita su mirada aun en los detalles más irrelevantes. En persona y en su trabajo. Recuerdo que en su irreverente novela La pequeña maestra de violín, hay guiños que van dirigidos de un escritor goloso a un lector ídem. Ésta es una novela que yo recomiendo a los que están interesados en entrarle a la curvatura de una historia, o a las perversiones que acompañan al arte del sonido, porque a lo largo de su desarrollo queda la sensación de que se ha viajado por barco, de que se ha navegado, y de que todos los acontecimientos poseen una lógica indestructible, como lo es la vida misma.
6) Marco Tulio Aguilera Garramuño no bebe, o a lo más un par de tragos. Porque no le gusta bajar la guardia. Está alerta todo el tiempo. Es amable y desparpajado pero su mirada revela al hombre cuyo cerebro no descansa. Y esta tensión caracteriza a sus personajes protagónicos. Por ejemplo, en su novela Mujeres amadas los personajes están construidos en el puente de una tensión dramática que va de un extremo a otro, pero que no se permiten flaquear, ambigüedad equívoca para unos lectores, feliz para otros, los más maliciosos.
7) Para MT cualquier línea es un desafío, pero más aún cuando se trata de un cuento, en que todo —y todo es todo— habrá de quedar amarrado. Porque su literatura no proviene del pupitre académico sino de la vida misma. Como en sus Cuentos para antes de hacer el amor, uno de sus libros que figuran entre mis favoritos. Todo en ese volumen parece estar dirigido al goce amoroso. Personajes cortados con las tijeras del deseo, historias armadas a golpes del cincel de la carne, situaciones narrativas que empujan al lector al conocimiento de sí mismo, a hurgar en su inconsciente erótico, a establecer su perímetro sexual, y decir de aquí no paso, o bien cómo me he perdido de explotar mi cuerpo.
8) Encuentro en la literatura de MT aliento y lecciones, motivos para el amor y el trago. Me gustan sus personajes, de sobra agudos, punzantes la mayoría. Y celebro que de pronto lo publiquen editoriales mexicanas casi en forma marginal. Eso habla bien de él. Que no sea firma exclusiva de nadie.
9) MT es escritor a prueba de fuego, y si algo se le puede objetar a su visión de las cosas es la obsesión por García Márquez, por compararse con él. Cada quien en lo suyo. Yo no admiro a García Márquez, pero lo he leído y sé que su universo literario y el de Marco Tulio Aguilera Garramuño son absolutamente distintos, cada uno con un valor diferente. Lo que sí sé es que las comparaciones son desgastantes. Mejor contribuir a la articulación de la literatura con la vida. Dice Stefan Zweig en su artículo sobre Bruno Walter, a propósito de que salía perdiendo cuando se le comparaba con Gustav Mahler: “Ojalá que nuestro tiempo aprenda el secreto de resolver los contrastes por medio del esfuerzo justo, y de solucionar todas las disputas, de poner término a todas las disonancias por medio de la armonía humanamente dichosa”.
 Eusebio Ruvalcaba


lunes, 21 de mayo de 2012

CARLOS FUENTES. ESPLENDOR Y TRAGEDIA

Artículo próximo a aparecer en  Newsweek en español
Marco Tulio Aguilera Garramuño


La vida de Carlos Fuentes, uno de los más importantes escritores de los tiempos actuales, daría tema para una gran novela en la que el esplendor del triunfo social, literario y político estuvo opacado por unas desdichas íntimas de dimensiones comparables a las de las grandes tragedias griegas. Así cómo cuenta con varios libros aclamados en el mundo entero, su existencia estuvo signada por la muerte de dos de sus hijos y de su primera esposa, en circunstancias particularmente atroces. Con todo y esas desventuras, Carlos Fuentes no perdió su apostura de príncipe y su mirada de águila imperial.

Del brazo del presidente de la república entró al Palacio de Bellas Artes Silvia Lemos, la viuda de Carlos Fuentes. Acompañaban al féretro los aplausos fervorosos de sus lectores. Sobre la caja se colocó la bandera de México. Habló Consuelo Sáizar, directora del Consejo Nacional de la Cultura. Mencionó palabras de los jóvenes escritores Jorge Volpi y Juan Villoro, lo que de alguna manera fue una especie de entronización de dos sucesores de la gran gloria de las letras mexicanas. Carlos Prieto, otro de los grandes de México, interpretó al cello Zarabanda de Bach. Habló Federico Reyes Heroles. Emitió un discurso brillante y erudito. Lo llamó hombre complejo y completo. Destacó su disciplina de trabajo, su carácter de gran seductor, su capacidad histriónica, sus dotes de gran conversador, su iberoamericanismo, su valentía, su don crítico y la gran generosidad. Comentó su cercanía con el público, que lo impulsaba a permanecer horas enteras firmando libros a sus lectores, a los que privilegiaba por encima de cualquier halago de los poderosos.

Un fragmento de una entrevista que le hizo El País, en Buenos Aires, con motivo de su presencia a la Feria del Libro, explica de alguna manera las razones por las cuales un hombre vigoroso y activo a sus 83 años, de quien nadie esperaba una muerte tan repentina, cayó súbitamente desmayado en el baño de su casa el 15 de mayo de 2012, para ya no recuperarse: "Carlos Fuentes llegó a Buenos Aires a comienzos de mayo para asistir a la Feria del Libro. Acababa de entregar una novela a su editorial y ya tenía otro libro en la cabeza, iba de un almuerzo a una cena, firmó ejemplares durante tres horas, recibió a decenas de periodistas, uno detrás de otro, respondió a cientos de preguntas sin titubear, sin demorarse, sin dudar en un nombre ni una fecha”.  

Antes de estar en Buenos Aires había asistido a la Feria del Libro en Bogotá, donde se sometió al mismo trajín. Lo mató, sin duda, la gana de seguir viviendo con intensidad casi juvenil una existencia plena. Sólo le faltó el premio Nobel y sobre ello Carlos Monsiváis –otro de gran intelectual recién desaparecido—se atrevió a hacer una broma de mal gusto. Dijo: “A Carlos Fuentes se le agrava el insomnio durante todos los meses de octubre: se la pasa al lado del teléfono esperando la llamada de la Academia”. El mismo Monsiváis, comentando el volumen desmesurado y la ambición de las novelas  Terra Nostra  y  Cristóbal Nonato dijo que para leerlas había que conseguir una beca.

Intelectuales y lectores en general, autoridades, sus amigos y sus enemigos –que no le faltaron nunca--, encajaron el golpe y abrumaron a la prensa, twitter, facebook y todos los medios posibles con mensajes de condolencia, valoraciones de su obra, testimonios de gratitud, acusaciones de plagio, revelaciones inéditas, recuerdos de sus virtudes y sus defectos (unos afirmando que era el rey de los vanidosos, otros destacando su sencillez y su don de gentes).

Enrique Krauze y algunos jóvenes escritores polemizaron con Fuentes. El primero, en un célebre ensayo publicado en la revista  Vuelta, dirigida por Octavio Paz, el otro grande, buscó desacreditar un concepto de identidad mexicana que Fuentes intentó definir en varias obras. Su amigo y compañero del boom, José Donoso, a pesar de admirarlo, no esquivó caracterizar a Fuentes como “un gran reciclador de textos ajenos”. Los otros miembros del boom, sin embargo, fueron unánimes en expresar altísimos elogios: Gabriel García Márquez y Julio Cortázar manifestaron su admiración sin medida.
Un par de meses antes de su muerte Fuentes descalificó a Enrique Peña Nieto, candidato a la presidencia de México, quien al ser preguntado en la Feria del Libro de Guadalajara por el nombre de un libro que hubiera marcado su vida, no supo responder. Ante semejante muestra de solidez intelectual Fuentes dijo públicamente: "Este señor tiene derecho a no leerme. Lo que no tiene derecho es a ser presidente de México a partir de la ignorancia, eso es lo grave". También manifestó que en su opinión el candidato menos inapropiado a la presidencia era Andrés Manuel López Obrador.
Fue promotor de muchos escritores menores. Ayudaba a los que lo ayudaban. Como persona me pareció altivo y distante. Como muchos del boom, fue amigo de los poderosos y tuvo algunas veleidades con personajes no del todo recomendables. Marcó una época en México, como lo hizo Octavio Paz. Admirable su energía, su voracidad literaria y su solidez teórica. Creó en torno suyo, como muchos otros escritores, un coro de adoradores, seguidores y estudiosos. Me quedo con su novela La región más transparente  y  La muerte de Artemio Cruz. Pienso que los hombres que tienen una energía tan grande como la suya, independientemente de que me guste o no su obra en general, seguirán ejerciéndola en otro plano. No creo que vaya a descansar en paz. Pienso que seguirá trabajando. Opino que esto no se acaba ni cuando se acaba.
Xalapa, mayo 16 2012










miércoles, 7 de marzo de 2012

¿POR QUÉ TOMARSE TAN EN SERIO A GARCÍA MÁRQUEZ?

Visita a GARCIA MARQUEZ
CON SORPRESA FINAL
1ª, 2ª y 3ª parte
Diario de un escritor
No había visto a García Márquez  desde hacía quince o veinte años. Se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocerlo. Ella es su gran admiradora. Entre sus obras preferidas están  El amor en los tiempos del cólera y el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”. Leticia dice que ningún escritor tiene el encanto de García Márquez. Muchos lectores comparten esta opinión. Yo lo admiro pero tengo mis reservas. Reconozco que estoy obsesionado por su figura o tal vez por su fama. Aunque en verdad debo decir que no envidio su vida, eternamente acosado. Si hay algo que aprecio es que no me llamen a deshoras, que no me acechen en la calle, que no me pidan autógrafos. Un autógrafo de vez en cuando, pero no diez en línea. Unas cinco o seis invitaciones nacionales y dos al extranjero al año. No veinte o treinta diarias, como le sucede a él. Hay claras diferencias entre él y yo: Gabo es tímido; yo atrevido; Gabo es reservado, yo exhibicionista. Gabo poco adicto al deporte; yo fanático.
 Desde que le dieron el Premio Nobel se volvió inalcanzable. Antes lo vi cinco o seis veces: en Bogotá, Xalapa, Coyoacán, el DF. Cuando se descubrió que tiene una enfermedad grave, se recluyó con mayor reconcentración. Declaró que ya no iba a aceptar más premios, reconocimientos ni invitaciones. Dijo que  ni una entrevista más. La publicación del primer tomo de sus memorias  Vivir para contarla, no tuvo el estruendoso éxito que se esperaba. A mí particularmente me dejó un sabor de incompletitud, de falta de sinceridad, de excesivo auto elogio, y así lo manifesté en un artículo en la revista Crítica de Puebla, artículo que titulé “Crónica de lectura de Vivir para contarla”.  En ese texto yo sostenía que las verdaderas memorias de García Márquez no eran ésas, sino otras, que debía tener guardadas en una caja fuerte. Me atrevo a suponer que García Márquez no siguió escribiendo sus memorias porque prefirió tener una vejez tranquila, al lado de Mercedes (es curiosa esa relación de Gabo con su esposa: ella siempre ha estado a la sombra tal vez porque esa ha sido su opción de vida. Mientras él habla sobre libros —sobre sus libros—, ella conversa sobre sus compras en las grandes tiendas de París.)
 Pues como se me metió en la cabeza que mi esposa debía conocer a Gabo, un día decidí caerle por sorpresa en su casa en la Calle Fuego. Resulta que, o Gabo no estaba o no quiso recibirnos. De todos modos le dejé el manuscrito de una de mis novelas inéditas,  Agua clara en el Alto Amazonas, y nos tomamos fotos frente a su puerta.
 El fin de semana pasada decidí insistir, ya solo, sin mi esposa.  Tardaron mucho en atender el llamado del timbre. Una ventanita se abrió a la altura de mis ojos y una mujer de edad juvenil, demasiado joven y guapa para ser sirvienta, me preguntó qué deseaba. Quiero ver a don Gabriel, soy su compatriota, me apellido Garramuño. Los ojos de la muchacha se iluminaron: ¿El de los cuentos? Le respondí que sí, tratando de entender una complicidad que sospechaba pero de la cual no estaba seguro. Evidentemente no era una sirvienta. Tal vez se trataba de una sobrina o de una hija de su hijo Gonzalo.
     —Mire, no sé si quiera recibirlo. Hay orden de no recibir a nadie. Lo voy a anunciar sólo porque me gustaron sus cuentos.
 —Nada más dígale mi apellido, mi segundo apellido, Garramuño, el de la novela de todas las cosas. Dígale así: “Garramuño, el de la novela de todas las cosas”. Si no quiere recibirme, me lo dice y me voy.
Volvió a cerrar la ventanita.
 Me apoyé en la puerta, levanté una pata y la puse contra ella, crucé los dedos. Me fumé un par de cigarrillos —llevo años tratando de abandonar el vicio pero no lo logro. En realidad es uno de los dos vicios que me quedan. Es decir, soy casi un santo.
 Escuché una discusión. Creí escuchar la palabra “nadie”, pronunciada casi a gritos por otra voz femenina. Debe ser Mercedes, pensé. Mercedes, la que me debe una invitación a comer, me dije. No sé si le simpatizo a la esposa de García Márquez. Pienso que no. En las pasadas entrevistas —que le hice a la traición a Gabriel— de alguna manera me burlaba. Decía que yo iba a ser mejor escritor que él, que El otoño del patriarca  era una novela indigesta, que Gabo escribía cuentos de hadas, que  Ojos de perro azul era un libro que me avergonzaría firmar, que Gabo se exhibía como seductor ante las cajeras del Samborns.
 Pasaron varios minutos. Finalmente se abrió la puerta y fue el mismo Gabo quien apareció. No andaba con bastón, sus ojos se veían brillantes. No estaba encorvado. No era un hombre derrotado por la enfermedad. Más bien parecía un monje budista sorprendido en el momento de conquistar la serenidad. En lugar de estrecharme la mano me abrazó, como la segunda vez que nos vimos en el Hotel Xalapa.
 —No conozco a nadie tan terco ni tan pesado como tú, Garramuño, qué quieres. Hace más de treinta años me dijiste que te ibas a casar…
            —Y tú me dijiste: “Ya te jodiste”.
 —¿Te jodiste?
 —No. Estoy bien.
 —Tienes razón: no te jodiste. He recibido tus libros uno tras otro.
 —¿Y qué te han parecido?
 —Ya te dije hace muchos años que no voy a hablar de tus libros. Una palabra mía alabando lo que has escrito bastaría para joderte el resto de la vida.
Continúo con la crónica de mi reciente visita a Gabo. Nos quedamos en que yo le había mandado por correo todos mis libros uno a uno a lo largo de los años. —¿En privado no me podrías decir qué te han parecido mis libros?
 —No —dijo enfático, casi enojado— que te baste con saber que no los he tirado a la basura.
 Atravesamos dos salas, una estancia con marquesina y muchos helechos, entramos a un jardín, en el que había una fuente y una especie de arroyuelo que no logré ver dónde se perdía. Entramos a una cabaña de madera rústica. Mi estudio, dijo.
 Se suavizó. Dijo que guardaba mis libros con cariño, e incluso me llevó al librero donde estaban. Allí los vi, bien alineaditos: Breve historia de todas las cosas, Alquimia popular, Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Las noches de Ventura/Buenabestia, La hermosa vida, La pequeña maestra de violín, Cuentos para antes de hacer el amor, Cuentos para después de hacer el amor, Eroticón frenáptero  (inconseguible en México),  La pequeña maestra de violín, El pollo que no quiso ser gallo, El ojo en la sombra, El amor y la muerte, Poéticas y obsesiones, Los placeres perdidos.  Todos estaban dedicados, con dedicatorias a veces insolentes, a veces  llenas de afecto.
Incluso tenía libros que yo ya no tengo, como  La cuadratura del huevo  y  El arte como problema. Mis libros estaban al lado de los de Álvaro Mutis. Entonces era cierto lo que me había contado Fabio Jurado: que en sus libreros Gabo privilegiaba los libros de Mutis y los míos.
—¿A qué viniste?
—Quiero verte antes de que te mueras o antes de que me muera yo. Eres como mi madre: por tu culpa empecé a escribir y siempre me han comparado contigo, para bien y para mal.
 —¿Y para qué diablos quieres verme?
 —Porque eres el único genio literario vivo y yo soy tu sucesor. ¿Sabías que estoy escribiendo una parodia de  Cien años de soledad?
 Gabriel fermentó una larga sonrisa no sé si de menosprecio, superioridad, comprensión, piedad o rencor. Recordó varias escenas: cuando nos conocimos en el local de Alternativa y yo le dediqué mi primera novela así: “Para García Márquez,  a quien pienso matar literariamente”; cuando nos vimos en el Hotel Xalapa y él prefirió reunirse con una apetitosa y gordita periodista (recuerdo su nombre, Rosa Elvira Vargas, ahora trabaja en  La Jornada) en lugar de cumplir una cita conmigo (recuerdo que yo me enojé y quise regañar a Gabo: él me respondió así: Cachaco tenías que ser); cuando me invitó a comer tacos en una taquería de Coyoacán junto con varios colombianos; cuando me defendió de los personajes que querían expulsarme del país por pornógrafo…
         —¿Así que estás escribiendo una parodia de  Cien años de soledad? ¿Crees que tienes los huevos de dinosaurio que se necesitan para lograrlo?
 —La historia me juzgará —dije melodramático. Gabo soltó una carcajada.
 —Eso es lo que me gusta de Colombia: produce unos locos de miedo.
Continúo relatando mi visita a García Márquez en su casa. Nos quedamos en que Gabriel me llevó a su estudio, al fondo del jardín, me ofreció un tequila y me invitó a sentarme en un profundo sillón de cuero blanco. Él lo hizo en una mecedora de abuelita, frente a mí.
Mercedes, la Gaba, andaba rondando como una gata en celo y cada cinco minutos se asomaba al estudio y le decía a su marido: recuerda que necesitas reposo, ¿ya te tomaste tu medicina?, es hora de tomar la presión, ¿no tienes frío?, ¿tienes hambre? A mí me ignoraba por completo, lo que yo debía entender como una invitación a ahuecar el ala.
Le pregunté a Gabo si ya había leído  Poéticas y obsesiones, en el que reúno las entrevistas que le hice.
—¿Las entrevistas a la traición?, preguntó.
—Eso, las entrevistas a la traición, dije.
—No la leí. Tengo libros más interesantes que leer. Por lo menos hay treinta libros que quiero leer antes del tuyo. Además esas entrevistas ya las has publicado en veinte partes y son la culminación de tu vanidad. Me utilizas a mí para hablar de ti mismo
—Tú también te auto promocionaste en el pasado. Recuerdo que en una reunión con Gustavo Sainz inventaste una historia para promocionar un libro tuyo. Inventaste que el manuscrito te lo habían robado. Yo asistí al invento y a la planeación de la promoción. En esos días Sainz era el papa de la cultura de México. Era director del Instituto Nacional de Bellas Artes.
—No me gusta cómo has movido tu carrera. Con premios literarios uno tras otro.
—Tú también hiciste lo mismo. Comenzaste ganando el Premio de Novela Esso en Colombia, luego ganaste otros, y cuando ya eras muy famoso dijiste: ya no quiero más. Yo he participado en concursos y he ganado varios para salir adelante. No tuve una mafia poderosa que apoyara mi promoción. Trabajé solito, desde la periferia, ciudades de provincia. Tú formaste una rosca de gente muy talentosa: Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Donoso —que por cierto siempre te tuvo mucha envidia (fui jurado con él en un concurso y me hablaba no muy bien de ti, pero la que hablaba peor era su mujer, Pilar).
García Márquez insistió en que no le interesaba leer las entrevistas que le hice. Dijo que abominaba de todo lo que fuera divulgación de su imagen, de sus opiniones.
—Ahora mi vida es escuchar vallenatos, Brahms, Bartok, cuidar a mis nietos, leer…
—¿Escribir?
—Eso es asunto privado. Si no supiera que eres chismoso podríamos hablar de todo. Ya sé que vas a escribir minuciosamente todo lo que yo diga o haga. Apuesto que ya me contaste las manchas que tengo en la cara, el temblor de mis manos, ya anotaste cómo estoy vestido. No dudo que me hayas olido a fondo cuando cometí el error de permitir que me abrazaras.
—No fui yo el que te abrazó, Gabo.
—No serás el mejor escritor de Colombia y del mundo pero sí el rey de los vanidosos.
—Mis defectos son mis virtudes.
—Esa frase es mía, Garramuño.
—Hace años también dijiste que yo te había robado un título: Cuentos para antes de hacer el amor —dije.
—…Y me lo robaste.
Ya no quise seguir discutiendo.
—Y esa novela que va a ser mejor que Cien años de soledad ¿de qué trata?
—De la vida en un pueblo más divertido que Macondo. Un pueblo lleno de putas y de beatas, de bobos y de locos, de judíos, españoles y gringos.
—Si tiene putas va a ser una novela divertida.
Cambié de tema. Le pregunté que cómo estaba.
 —Si algo quisiera en la vida en este momento es no ser nadie, salir a la calle y que todo el mundo me ignore. ¿Quieres un consejo? Abandona la literatura y dedícate al basquetbol o a pescar en algún pueblito costero de Veracruz.
 Hay otros detalles del encuentro pero se ha terminado el espacio de esta columna.
ENTREVISTA IMAGINARIA

sábado, 4 de febrero de 2012

García Márquez y yo (o a la inversa)

Una vieja reseña recuperada para celebrar la nueva edición de...
Poéticas y obsesiones de Marco Tulio Aguilera

 Fabio Martínez
Universidad del Valle
Cali, Colombia

 El nuevo libro de Marco Tulio Aguilera, Poéticas y obsesiones (Editorial Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, 2007) nos ofrece una nueva perspectiva de un escritor que nos había acostumbrado a una temática fundamentalmente centrada en los temas del amor, el erotismo y las relaciones, en general tormentosas, entre hombres y mujeres. (Aunque no hay que olvidar aquella faceta de escritor de literatura infantil, que le permitió obtener el Premio Nacional Juan de la Cabada hace algunos años, con su libro El pollo que no quiso ser gallo,  publicado por Alfaguara Infantil).  Quizás lo más llamativo de este nuevo libro   de Marco Tulio Aguilera, Poéticas y obsesiones,  sea la narración que hace de sus encuentros con el que sin duda es su escritor favorito, su ídolo y su modelo (de paso, también, su compatriota): Gabriel García Márquez[i]. A lo largo de cuarenta páginas Aguilera relata, de manera dramatizada, o quizás sería mejor decir, novelada, su relación con el autor de Cien años de soledad.  Desde su primer encuentro en Bogotá, cuando Aguilera tenía poco más de veinte años y acababa de publicar en  Buenos Aires su primera novela Breve historia de todas las cosas,  hasta el encuentro más reciente, en las calles de Coyoacán, tal vez un año antes de que le concedieran el Nóbel a Gabo. Llama la atención en esta serie de encuentros el desparpajo con que Aguilera trata a su héroe, un desparpajo que llega a ser insolencia, a la cual García Márquez responde con juvenil  actitud, a veces poniéndose al nivel de Aguilera. Tal es el caso del intercambio de dedicatorias. Aguilera le dedica a García Márquez  su primera novela de la siguiente manera: “Para García Márquez, a quien pienso matar… literariamente”. García Márquez le dedica a Marco Tulio  El olor de la guayaba de la siguiente manera: “Para Marco Tulio, de la competencia”. La dedicatoria de García Márquez es una obra maestra de la ambigüedad: no se sabe quien es de la competencia: Marco Tulio o el mismo García Márquez.
              En pocas ocasiones como en ésta podemos asistir a una confrontación tan abierta entre dos escritores de edades tan diferentes. García Márquez nació en 1927, Marco Tulio en 1949. Con 22 años de diferencia, Marco Tulio, que inició su carrera con una novela que fue calificada por su editor, Daniel Divinsky, de Ediciones La Flor de Buenos Aires, como mejor que Cien años de soledad  y por otros como una mala imitación de la misma novela, ha desarrollado una narrativa personal que ha ido consolidando su carrera, independientemente de la sombra enorme que proyecta el hijo de Aracataca. Pueba de ello son sus obras subsecuentes.

       La más reciente novela de Marco Tulio Aguilera,  El amor y la muerte, que fuera finalista del Concurso Internacional de Novela Alfaguara en España y que fuera publicada por la misma editorial Alfaguara, ha sido unánimemente comentada en muchos países como obra de la más alta calidad, en la que se explora el alma femenina. Su libro Cuentos para después de hacer el amor ya lleva once ediciones en varios países, la más reciente en España, publicada por Punto de Lectura, de la misma editorial Alfaguara.

      La parte más académica de Poéticas y obsesiones se ocupa de reproducir las conferencias que Aguilera ha dictado en Colombia, México, Estados Unidos y Canadá. En ellas explica de manera conversacional cómo ha escrito sus novelas y cuentos, sacando conclusiones que ha cifrado en sus “poéticas”. Así como Cortázar escribió su “Paseo por el cuento” y  Quiroga su “Decálogo del buen cuentista”, y así como Edgar Allan Poe  describió la manera en la que escribió su poema del cuervo, Aguilera ha hecho una especie de desmonte de los procesos de la creación de sus textos en conferencias memorables que sin duda se integrarán a las lecturas obligadas para todos aquellos que quieran ser cuentistas o novelistas.

      Textos como “¿De dónde salen los cuentos?”, “La creación del cuento”, “El arte de la novela”, “Oficio de Caín”, “La novela: seda entre las manos”, que ya han sido recogidos en antologías tanto en México (Poéticas del Cuento I, II, III de Lauro Zavala, UNAM) como en otros países (Monte Ávila, Venezuela; Colcultura, Colombia; El Cuento,  Argentina) harán que los aspirantes a escritores dispongan de nuevas herramientas, y los lectores busquen las obras narrativas de este escritor colombiano que poco a poco, desde su refugio en la provincia mexicana, en Xalapa, ha ido ganando un lugar cada vez más privilegiado en las letras de letras de lengua española.

    La ratificación de su estatura como narrador ha sido resaltada por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, al invitarlo al Encuentro Internacional de Cuentistas, donde alternó con el brasileño Rubem Fonseca y los mexicanos Sergio Pitol y Rosa Beltán, así como con otros cuentistas de varios países. Dicho encuentro se llevó a cabo a fines del presente año.  La publicación más reciente de Aguilera es la tercera edición (de rústica y lujo) de  Cuentos para ANTES de hacer el amor (no confundir con Cuentos para  DESPUES de hacer el amor, que ya lleva once ediciones en México, Colombia y España). El autor colombiano ha anunciado la próxima publicación de su novela  Agua clara en el Alto Amazonas  y del libro  El imperio de las mujeres. (Cuentos EN LUGAR  de hacer el amor).



[i] El texto íntegro de estos encuentros con García Márquez fue publicado originalmente en la revista Crítica de la Benemérita Universidad de Puebla.

jueves, 30 de junio de 2011

LAS MEMORIAS SECRETAS DE GARCÍA MÁRQUEZ

Reflexiones tras la lectura de Vivir para contarla  de Gabriel García Márquez



No tenía la intención de leer el primer tomo de las memorias de García Márquez sino en algún lejano día en que me hubiera reconciliado con su literatura. Los libros más recientes del maestro me han dejado insatisfecho y no porque fueran de inferior calidad, sino simplemente por un prejuicio bastante infantil: se habían transformado de tal manera en producto único de consumo por parte de la inmensa masa de lectores, que, me decía, en alguna parte debe estar la trampa, llámese fórmula, secreto, receta o simple sabiduría literaria. O tal vez se trataba de elemental envidia, que es un veneno casi infalible.
          Pero la Providencia tiene sus designios, que generalmente no coinciden con los del viviente. La vida literaria —la vidita— me puso una trampa. Recibí una invitación para escribir sobre  Vivir para contarla.  La invitación venía de la revista Crítica,  que es prácticamente una de mis tres revistas de la vida. Total,  cedí a la tentación.
Vivir  para contarla.  El título me saltó como un chango a la espalda desde el principio y me hizo pensar en una vida vivida como espectáculo. No una vida para vivirla, sino para observarla a la distancia, de la manera fría y calculada con la que el escultor mira el bloque de mármol; una vida contemplada desde el exterior, desde arriba, con ojo de narrador, que intenta hallar qué hay en ella de narrable, de interesante, de explotable. (Y mi comercio epistolar con algunas personas afines a GM me ha reafirmado en esa idea: nuestro escritor no recurrió sólo a su memoria, sino a las memorias de los que lo conocieron: el libro es por lo tanto una especie de antología de memorias, no sólo del escritor, sino de quienes lo conocieron en las diversas etapas de su vida.). (De paso me ha llamado la atención y me ha llenado de asombro la manera en que Gabo ha sabido guardar su vida privada —que debe tenerla, y de la que se escuchan consejas, que naturalmente no repetiré— y cómo ha logrado independizar su literatura de su vida, hasta convertirla en un territorio de fantasía, que comparten millones de lectores.)
          Primero que todo tengo que decir que Gabo —digámoslo en confianza, pues ya parece ser pariente de todos, una especie de papá grande o abuelo universal— cae de lleno y sin autocompasión  en el abismo que todo libro de memorias bordea: el de la autoalabanza, la glorificación (o, en su caso, la justagloria.) Sí, habla bien de ese personaje que conoció en su infancia, pubertad y principios de madurez, dice que fue una especie de niño prodigio, que recitaba poemas enteros del Siglo de Oro, que cantaba como un mirlo y pintaba como un Miguel Angel; dice que sus títulos académicos le fueron otorgados por el don de su gracia (afirma que es incapaz a la fecha de sumar siete más cuatro sin armar toda una fórmula algebráica) y que terminó sus estudios con el pecho acorazado de medallas, no por merced de su inteligencia o su disciplina. Dice que era recibido en cantinas, burdeles y redacciones periodísticas con aplausos, con exclamaciones inverecundas (¡Ya llegó el genio! ¡Llegó el gran Gabo! Cuando publica su primer cuento, el grande crítico Zalamea exclama “¡Con García Márquez nace un nuevo y notable escritor”.)  Informa que no tuvo que hacer grandes esfuerzos en la vida porque tuvo amigos, y como dice un famoso filósofo de Guadalajara, los amigos son mejores que Dios. Dice que decían de él que su correspondencia la recibía en los burdeles y no en su casa familiar comme il faut; se autocondecora con el título de “veterano de tres blenorragias”. Dice que su primer premio literario no lo buscó sino que se lo ofrecieron. Dice que el  mundo literario antes de él en Colombia estaba casi vacío...
Pero todo lo anterior y mucho más lo dice con gracia y arte, casi con inocencia, de modo que no sólo se le perdona sino que se le agradece. Decir que en el colegio de jesuitas terminó con el pecho acorazado de medallas, que contaba las mentiras más encantadoras del mundo, que se bañaba desnudo con las mujeres de su familia sin sentir curiosidad alguna, y muchas otros asuntos agradables, hace que la lectura se deslice como quien escucha un cuento de hadas. (Y ése es ya un viejo argumento de este lector y comentarista que soy yo: que el don de García Márquez, su universal aceptación reside en el hecho de que ha logrado embaucarnos a todos con sus cuentos de hadas. Hasta las masacres tienen efluvios poéticos y resultan agradables en la pluma de este Rey Midas, auténticamente irrepetible en la literatura.)
          No sólo lo que escribe García Márquez sino lo que se mueve en torno a él resulta encantador, absurdo, realismo mágico en su esplendor: que sus libros sean colocados en los estantes de las librerías bogotanas al ritmo del Himno Nacional de Colombia, que sus amigos periodistas y admiradores sufran espasmos de emoción ante su cercanía en un cine, que se le trate como a una reina de belleza y él acepte estos tratamientos, que ande de pipicogido con reyes, emperadores y presidentes —ha sido el eterno mimado de los presidentes de México, ya sean del PRI o del PAN— que huya de la fama y cuando ésta lo elude él mismo busque el reconocimiento —nunca olvidaré el instante en que Gabo iba a pagar la cuenta de un desayuno que habíamos compartido en un Samborn’s  de Las Lajas: la cajera ignoró todo el tiempo la magnitud del personaje que tenía al frente y el cuitado del Gabo hacía todo lo posible para que ella lo mirara y lanzara la exclamación pertinente.
El camino de este personaje de la nueva novela de García Márquez que se llama  Vivir para contarla se encuentra tan lleno de fanfarrias y timbales, se antoja tan digno, incluso en los momentos de mayor miseria, que uno se pregunta si en verdad existe alguien a quien hasta los pecados y las lacras le sirvan de condecoración. Pero bueno, lo que pasa es que muchos quisieran que hubiera una verdad histórica, asunto imposible cuando el personaje es una auténtica máquina de fabular. Es claro que lo de Gabo es una fábula, un embeleco, y él mismo lo advierte de entrada, curándose en salud: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Una máxima bastante acomodaticia e ingeniosa, que podría quedar en la historia de las máximas al lado de algunas inolvidables de Pascal, Santo Tomás o Tito Monterroso (“Los enanos tienen un sexto sentido que los hace reconocerse a primera  vista”, verbi gratia.)
Gran parte de los comentraristas colombianos de libros iniciaron sus notas sobre esta obra con disculpas: “No es fácil leer con cabeza fría un libro que se promocionó como un jabón”, escribe Carlos Lemos Simmonds. “Vivir para contarla había adquirido el aburrido rango  de un libro canónico aun antes de nacer. ¿Cómo aproximarse a la última obra del escritor vivo más famoso del mundo y al autor de lengua castellana más importante después de Miguel de Cervantes Saavedra; del escritor más universal de cuantos existen sin distinción de lengus y culturas; del hombre que cambió nuestras vidas y que ha soñado por todos nosotros”. Culmina Lemos “no faltó quien propusiera que en cada hogar colombiano se entronizara solemnemente el libro. Como la Biblia”.     
                  Lemos descubre —o dice descubrir— varios errores de tipo histórico; anota que la prosa de Gabo se acartona cuando no puede dejar volar su imaginación, que se vuelve triste y sin luces cuando sale de la costa colombiana. Afirma que la obra está a medio camino entre la novela y la historia, y que en el campo novelístico alcanza altos vuelos, y en el memorialístico, cae, se arratona.
          No estoy del todo de acuerdo con las anteriores observaciones. Hay páginas ambientadas en Bogotá que valen la pena y que tienen importancia histórica. La sección dedicada al Bogotazo, con todo y estar basada en un célebre libro de Arturo Alape, es estremecedora y da versiones interesantes sobre la muerte de Jorge Eliécer Gaitán (una especie de salvador de la patria que fue asesinado, como Colosio,  a tiempo, para que se convirtiera en útópico salvador de la patria, eludiendo el triste destino de ser uno más de la lista de fracasados.)
 Considero que Gabo nos hizo un favor al no recetarnos su historia a manera de crónica. Nos la recetó con el endulcorante de su fantasía, así podemos apurar lo que de alguna manera ya sabíamos, y encontrar en la receta nuevos ingredientes de la sopa magnífica que nos ha estado dando el Gabo durante tantos años, una sopa que no termina de coserse, por fortuna, y que nos promete sorpresas, aunque quizás no tan grandes como las de su plenitud literaria, cuando acometió proezas como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera —yo no termino por digerir la idea de que El coronel o Cronica de una muerte anunciada sean obras literarias plenas. Es parte de los embustes inventados por los críticos y por el mismo Gabo para convencernos de que nuestro escritor siempre cagó rosas, nunca espinas.
          Las tendencias dominantes en Vivir para contarla siguen siendo las mismas de sus exitosas obras anteriores: el uso de los superlativos, de hipérboles, la magnificación (se repite lo bíblico, cataclísmico, prodigoso, los confines del mundo, lo colosal, habla de aguaceros universales, si fuma, fuma 70 cigarrillos de tabaco negro,  los personajes visten como para una película de García Márquez filmada por Ripstein, los caractéres de sus personajes son irremediables, fatales —si no fuman ni beben, no lo hicieron nunca y no lo harán jamás—, si el protagonista yoga puede hacerlo tres días seguidos gracias a una sopa de iguana. Su vida ha sido deslumbrante, incluso en los momentos de miseria: fue un brillante declamador y memorista que podía guardar a la segunda lectura poemas kilométricos, fue cantante aclamado en emisoras y serenatas, en burdeles de espanto y cantinas, fue estudiante lleno de honores y privilegios y con sus primeros cuentos vino a salvar a la literatura colombiana de un terrible vacío, fue veterano de blenorragias, desertor de la carrera de Derecho, pero nunca, nunca dudó que su destino fuera la más absoluta apoteosis. “Si uno quiere ser escritor debe ser mejor que Cervantes”, ha dicho.
          A medida que uno va leyendo va encontrándose con pistas dejadas sabiamente por el autor, que, sin duda, quiso hacer un libro en clave para sus queridos lectores, quienes podrán identificar las señas de las fuentes de sus obras anteriores. Hay de nuevo esa sorprendente simetría, que sólo logran el gran arte o el gran artificio: cada capítulo tiene setenta páginas, así como cada capítulo de El amor en los tiempos del cólera tenía no sé cuántas. Mienta la masacre de las baneras, habla de la siesta del sábado, de los pescaditos de oro y de mil otros secretitos bastante públicos. El estilo es único, parejo, pulido, con algunos descubrimientos e imágenes deslumbrantes —más bien pocas. Hace unas cuantas aportaciones o recuperaciones a la lengua: frémito, botamen, lampazo, conduerma, famina, averío, guataco (y lo pone como tarea a sus lectores... esa es la parte experimental del libro de Gabo.)
          No es un secreto que cada escritor y cada ser humano se crea y se cree su propia leyenda. La del Gabo ha ido tejiéndola él mismo y nos la ha hecho creer. Nos la ha hecho verosímil. Cito: “Alfonso Fuenmayor me dijo entonces algo que no olvidé nunca: ‘Es que la credibilidad, mi querido maestro, depende mucho de la cara que uno ponga para contarlo’”. La cara de Gabriel al contar esta gran leyenda suya es la del niño que cuenta su gran mentira con la absoluta certeza de que es solamente la verdad. Otro dato importante que contribuye a que se le crean todos los cuentos al Gabo es el del encanto personal, la simpatía y la capacidad de captar amigos que lo han querido siempre, que lo han endiosado, lo han apoyado, lo han protegido: Mutis, Fuenmayor, Cepeda Samudio, Germán Vargas —único del grupo de los siete sabios de  Cien años de soledad, a quien pude conocer en un famoso concurso y quien trató de explicarme que eso que estaba usando indebidamente frente a don José Donoso, no era un cenicero sino un recipiente para los camarones...
Reitero: virtud importante de estas memorias, es que no lo son en realidad, sino —como lo señalara Dasso Saldívar, su biografo más minucioso, aunque no muy acatado (en correo reciente Dasso me informa que Gabo le pidió modificar fechas y dice que para escribir  Vivir para contarla se documentó en la misma biografía de Dasso,  Viaje a la semilla— una novelización de una vida. (Mi esposa sostiene que no va a leer las memorias de Gabo, pues las considera de entrada una mentira de pe a pa. Le respondo: Pero es que esas memorias no son para creérselas, sino para disfrutarlas –defiendo yo al Gabo contra el escepticismo de Lety, que cada vez descree más de la raza letal de los intelectuales.
Entre las características más destacadas que el Gabo cree descubrir en sí mismo se halla la timidez, argumento que repite por lo menos veinte veces en el  libro. Pienso que más que timidez es compasión por el género humano que desde hace ya bastante tiempo tiene que soportar el oprobio de coexistir con del escritor más famoso del mundo. Por eso de alguna forma el Gabito evita mezclarse con la gente común y escoge preferentemente a presidentes, actores y actrices, gente que no se sentirá tan aplastada por su deslumbrante aura de genio inapelable. Es pues tímido ante la multitud, pero con sus conocidos, gente a la que puede mirar a los ojos mientras les habla, se comporta como un magno sabio, un papa irrefutable, el más grande de los simpáticos que engendrado haya el universo. Sólo cuando uno se lo encuentra a solas con Gabo es que puede hablar con él de humano a humano. De otra forma entra en acción la máscara que nuestro escritor debe ponerse muy a pesar suyo, cosa que no le ha de agradar. Entonces debe huir pues se trata en efecto de un tímido social. Debe estar entre los suyos para estar a sus anchas y perder la patológica timidez. Lo que no es reprochable, sino  por completo explicable: nos pasa a todos. Para llevar al extremo el asunto basta imaginar a un noruego típico rodeado por una tribu de pigmeos. Eso es Gabo: un nórdico entre pigmeos. Y esta primera parte de sus memorias es la fábula del ascenso de un mortal al Olimpo. Como a los dioses, le lloverán alabanzas, tantas, que ninguna voz discordante alcanzará a escucharse en medio de la algarabía. No es pequeña la empresa con la que se ha castigado el Gabo: dos volúmenes más en los que debe seguir creciendo el estruendo, el escándalo, la fanfarria, el esplendor.
Para quienes, como yo, no hayan quedado satisfechos con este primer volumen y no estén dispuestos a quedar satisfechos con los dos siguientes hay una consoladora noticia. Una información que tendrán los lectores de Crítica  como primicia mundial: Gabriel García Márquez está escribiendo, muy en secreto, sus verdaderas memorias, una obra de altísimo calibre en todos los ámbitos, en la que no dirá ni una sola mentira, no inventará la más leve fábula y con la que va a demostrar para siempre y de manera irrefutable, que la realidad supera a la más desaforada fantasía. Pero esta obra solamente será publicada de manera póstuma, pues contiene materiales tan extraordinariamente delicados, que harán temblar los cimientos no sólo de la literatura, sino de la humanidad en pleno. Tal obra sentará los cimientos de una nueva moral, una nueva política y una nueva forma de entender a las mujeres*.
*Artículo originalmente publicado en la revista Crítica de la Universidad de Puebla,  noviembre, 2002

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...