Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Marco Tulio Aguilera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marco Tulio Aguilera. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de abril de 2019

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019

LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO 


Por Eduardo García Aguilar
La Universidad Veracruzana rinde homenaje al escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), quien cumple 40 años de actividad en esa prestigiosa institución situada en Xalapa, en el estado de Veracruz, donde ha sido profesor, editor y director de varias publicaciones. A lo largo de fructífera vida literaria ha publicado decenas de libros de narrativa y ensayo y ejercido la crítica literaria en revistas y diarios de México y el continente americano, donde se ha involucrado en diversas polémicas por su implacable criterio al analizar las obras de sus contemporáneos. 
Al llegar a la venerable edad de 70 años, Garramuño, como suele llamársele, sigue siendo el infatigable autor que no ceja en una tarea literaria iniciada de manera precoz con su primera novela Breve historia de todas las cosas, publicada por Ediciones de la Flor en 1975, y el año pasado logró el Premio nacional de Novela de México con su ultimo libro sobre la melancolía, Formas de luz, una vasta obra donde cuenta el hundimiento de un hombre en el infierno de la depresión, siguiendo los pasos del gran autor estadounidense William Styron, quien en lo máximo de su fama cayó de repente en el abismo personal tras recibir un premio literario en París.
Aguilera Garramuño estudió filosofía en la Universidad del Valle, donde en los tiempos de Estanislao Zuleta, Andrés Caicedo y Enrique Buenaventura, empezó a escribir su obra bajo la tutoría de Gustavo Alvarez Gardeazábal, que leyó el primer manuscrito de su novela más famosa. Desde entonces empezó a ganar todos los concursos de cuento y novela en que participaba, entre ellos el prestigioso galardón del Sesquicentenario de la Universidad del Cauca en 1978 con su cuento Próxima guerra en Alaska.
Como fui finalista de ese premio al lado de Sandro Romero Rey y Nayla Chehade, empecé a seguirlo desde entonces como autor, antes de encontrarlo en México en 1980 y compartir con él las páginas de varios suplementos y revistas mexicanos, como el conocido Sábado del diario Unomásuno, que abrió las puertas a varias generaciones de autores latinoamericanos y mexicanos de ese tiempo bajo la conducción de Huberto Batis. 
Garramuño dice de él mismo que es un megalómano, un egoísta, pero por el contrario es tal vez uno de los más generosos autores de su generación y uno de los pocos que lee a sus contemporáneos y los sigue con afecto y paciencia celebrando sus éxitos o criticando sus malos libros. El ejercicio crítico le ha granjeado no pocas molestias y le ha cerrado puertas a este autor que sin duda merece un sitio más prominente en la lista de los narradores más notables del post boom.
Dotado de una gran inteligencia, erudito en temas literarios y además atleta destacado en pruebas de natación desde su primera juventud, Garramuño es en cierta forma un inclasificable pues su trayectoria ha sido casi la de un apátrida a quien ningún país reivindica como suyo porque tiene varios. Nacido en Colombia, terminó el bachillerato en Costa Rica, donde se sitúa su primera novela, y después residió en Estados Unidos, donde realizó el posgrado de literatura en Kansas y más tarde en la ciudad de Monterrey, desde donde viajó para ser acogido por la prestigiosa Universidad Veracruzana, la misma que editó en los años sesenta por primera vez Los funerales de la mama grande de Gabriel García Márquez y Diario de Lecumberri de Alvaro Mutis.
De madre argentina y padre colombiano Garramuño dejó muy pronto su natal Colombia, a la que ha sido fiel a lo largo de estas décadas. Del lado argentino vienen tal vez sus tendencias megalómanas y su "déficit de atención", como dice su sabia hermana menor; y de Colombia el espíritu guerrero que lo ha llevado a tratar de derruir torres y molinos imaginarios y ganarse enemigos gratuitos. De Estados Unidos viene su pasión por la ciencia y el deporte competitivos, de México su rebeldía sacrificial y prehispánica y de Centroamérica la efervescencia de sus transiciones, inspiradas en el ímpetu del nicaragüense Rubén Darío y la productividad del guatemalteco Miguel Angel Asturias.
Esa diversidad de orígenes lo hace inclasificable, una especie rara que no ondea ninguna bandera ni aspira ser el emblema de algún país, grupo o región específica. En su torre de marfil de la ciudad de Xalapa, Aguilera Garramuno vive un exilio interior que le facilita ejercer su libertad literaria por caminos muy originales que lo hacen derivar al mismo tiempo por abismos y vertientes cruzadas, como el improbable amor loco entre un helicóptero y un rinoceronte.    
En México ha publicado casi todos sus libros, entre los que se destaca Cuentos para después de hacer el amor,  Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Venturas y desventuras de un frenáptero, Los grandes y los pequeños amores y otros más que exploran las tribulaciones del deseo, las derivas del amor, los misterios de la mujer, los secretos de las lolitas de Nabokov, los disturbios mentales del creador, las ansias y las angustias de los declinantes hombres heterosexuales de la segunda mitad del siglo XX y los primeros lustros del siglo XXI.
Su obsesión por las mujeres y sus misterios surge tal vez de la búsqueda imposible de la bella madre perdida, que muy joven quedó viuda y a cargo de una amplia prole y cuyo destino explora en El amor y la muerte, novela que resultó finalista del premio Alfaguara. En tiempos de radical insurrección feminista, la obra de Aguilera Garramuño puede ser un material básico para entender la decadencia definitiva del hombre heterosexual en Occidente y el agotamiento del cruel patriarcado milenario.    
La prosa de Garramuño se destaca por la complejidad de un estilo que no da concesiones a la facilidad en boga y sus intrincadas tramas nos muestran la labor de un coloso literario que revisa con furia maniática cada una de sus oraciones, las retuerce, pule, energiza, golpea, rompe y teje como en su tiempo lo hizo Marcel Proust encerrado en su habitacion de asmático para escribir En busca del tiempo perdido. 
Tal vez por estas y otras razones Marco Tulio Aguilera Garramuño es uno de los autores latinoamericanos más notables de la actualidad y la Universidad Veracruzana acierta al homeneajearlo en el marco de la Feria Internacional del libro de Veracruz dedicada este año a Colombia. 
---
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de abril de 2019

viernes, 29 de marzo de 2019

La vida continúa: marzo 2019 (fotos y noticias)

EN AquaX después de entrenar los 1500 para
el próximo Nacional Máster en

Cuatro  medallas de oro y una de plata en el Campeonato
Abierto de Azteca CANMEX marzo 2019

Presentaré la novela La cloaca, Premio Sergio Galindo 2018, en la FILU

Diario de Xalapa anuncia
el homenaje que la Feria
del Libro  me hará, con la
presencia de Joaquín
Diez Canedo,  Raciel
Martínez
y
Daniel Ferreira

Presumiendo medalla

Sigo asistiendo los martes al programa
IRRADIA de Radio Más a hablar
sobre libros

sábado, 16 de febrero de 2019

MEMORIAS INDISCRETAS 30-31 LA DIOSA PERRA

 Lo que soy al día de hoy, bueno, malo o grado X en la escala ética, estética o política, productivo, feroz, crítico, vanidoso, voluntarioso, admirador de la belleza, lector voraz, estudioso de todo lo existente, aventurero, soberbio, buena gente, honrado, sincero, aspirante a super héroe  –eso digo yo, habrá que ver qué opina le gente—, todo lo que soy tuvo su semilla en un pueblo-ciudad de Costa Rica que se llama San Isidro de El General: allí tuve mis estrenos, incluyendo uno fundamental en el Bar Tico, leí todo Dostoievski, Miller, las Mil y una Noches, Vargas Vila, recibí clases de lectura y redacción de la discretamente  sugestiva Vilma Alfaro de Vega (ah, nostalgia la mía de una debilidad endémica: la primera minifalda que vi en mi vida: el atisbo del gran secreto)  y lecciones de locura feliz de don Danilo Salas y arcanos feroces e indescifrables de matemáticas del despiadado negro Lindor, allí gané mi primera  medalla en carrera atlética compitiendo ni más ni menos que contra el campeón centroamericano Rafael Ángel Pérez (perdí pero me dieron medalla) (de ahí mi actual adicción a las preseas de todo tipo), allí tuve una existencia silvestre cerca del río General y conocí a las mujeres más ferozmente hermosas del mundo que habitaban el polvoriento parnaso de San Isidro. Allí comencé a escribir y gané mi primer concurso (segunda gran adicción) con una Biografía de Beethoven: el premio fue escuchar la Novena Sinfonía en el Teatro Nacional de San José de Costa Rica (recuerdo que disfruté la obra de quien consideraba mi semblable) con deleite de sibarita ignaro en el gallinero del Teatro, enfundado en un traje de paño negro grano-de-pólvora que me regaló el señor Rossi, dueño de la fábrica de fideos en donde trabajé empacando tallarines; recuerdo que mi madre recibió el traje de regalo y le pidió a un sastre que lo redujera para que se ajustara a mi cuerpo de quince flacos años).
Y a ese pueblo-ciudad, San Isidro de El General,  es a donde fui hace poco tiempo  a dar conferencias sobre la novela que escribí hace más de 40 años, una novela en la que yo describía a las lindas y atrevidas y descaradas putas de aquel pueblo del fin del mundo y al sargento y a las ferozmente hermosas, y al padre Coto y a don Danilo y a la Sietecolores y a la Musoc … Esa novela fue publicada por La Flor en Buenos Aires, tuvo una edición de 25 000 ejemplares en Colombia, le gustó a García Márquez, recibió el Premio Aquileo J. Echeverría, fue declarada novela post moderna y fundadora del post boom, fue criticada, censurada, alabada, acusada de plagio, el título de la obra fue usado por un filósofo norteamericano de apellido Wilbur (que según parece ha tenido buen éxito).
Y por esa novela es que regresé a San Isidro de El General y a Costa Rica.
La fundación de San Isidro fue llevada a cabo precisamente por el primer Barrantes, Sergio Barrantes, hombre no sólo vivo sino vivísimo, poseedor de 54 hectáreas de bosque y selva
 a cuya casa nos dirigimos.
¿Tema de la reunión?
Homenaje al prócer que ha cantado las glorias municipales y las llevado allende los mares. Allí se oficiaría no sólo una cena pantagruélica y una bebeta tremenda gargantuelesca, sino una de las escenas más memorables y acaso insoportables de mi vida. En un comedor gigantesco con ventanas monumentales que nos ofrecían el paisaje original más esplendido de palmas, árboles en estado diríase prehistórico, y atrás el río, el viejo río General en el que hicimos yo y mis hermanos de niños tantas fechorías y gozamos de tantos deleites, se llevó a cabo una especie de glorificación extrema de mi inmodesta persona.
El viejo Barrantes, un auténtico totem de aspecto prehistórico, presocrático, paleolítico tenía una cámara digital recién comprada y estaba dispuesto a agotar el infinito. Comenzó a disparar fotos, lo que haría constantemente durante varias horas. Decía mirando su contador de fotos: ya he tomado 60, me faltan 1117, ¡flash, flash, flash!: fotografió a mi esposa en todas las actitudes, me fotografió a mí de forma casi demencial y poco faltó para que me siguiera hasta el baño con su cámara con capacidad para tomar 1500 fotos. Pidió que lo fotografiaran conmigo entrelazando los brazos mientras bebíamos rústica champaña local en altas copas como si fuéramos novios. Barrantes tiene 93 años pero posee una energía de galeote bien alimentado. Su esposa, tan veterana como él, es una mujer dulce, mansa, sumisa. Doña Petrita recordó haber tenido gran amistad con doña Ruth, mi madre. “A esta casa venía doña Ruth contigo, un muchacho flaco, de brazos y piernas muy largas. Tendrías doce o trece años y no te quedabas quieto ni un instante, te movías para arriba y abajo, hablabas, cantabas, recitabas poemas de Neruda y García Lorca y no había forma de hacer que te sentaras quieto”. Mientras tanto el patriarca Barrantes seguía eufórico, me servía ron con coca, cognac de marca, guaro, insistía en que Lety bebiera, pero ella impávida (y siempre obsesiva por la salud y la buena digestión) seguía tomando agua. El patriarca le puso un plato con huevos de codorniz al frente. Este plato digno de Montesquieu es solo para mi hija, dijo -el patriarca había decidido adoptar a mi amada con quien había intimado desde la fiesta anterior. Los huevos de mis pajaritos queridos son sólo para mi hija, insistía de manera casi infantil. Leticia comió solo dos huevos, yo me comí el resto, unos veinte, deliciosos, incomparables, adictivos, podrías haber muerto engullendo huevos de codorniz, cien, doscientos, quinientos, estabas en la cima de la ola de la gran euforia,  de la vanidad satisfecha, me diría mi esposa al amanecer del día siguiente mientras yo pagaba las consecuencias en el trono de los incontinente, eres el modelo perfecto del perfecto suicida, imagínate el resultado de la autopsia: murió de una intoxicación de ego satisfecho. Frente a nosotros había veinte variedades de carnes: de faisán, de venado, de tepezcuintle, de la putamadre. Leticia ni las probó. Solo me miraba beber, comer, posar para las fotos y es como si estuviera diciendo yo te dejo, yo te dejo, nada más te miro. Todos los concurrentes insistían en demostrar la trascendencia de mi novela fundacional, su fidelidad al pasado, el carácter de documento de la obra, me hacían preguntas cómo qué se siente ser famoso y yo decía, no se siente nada: yo regreso a mi casa y allá no soy famoso, nadie me pone atención, soy como todos: trabajo, natación, leer, escribir y a veces salir de viaje y disfrutar de estas atenciones…pero generalmente mi vida es como la de cualquier oficinista al que su mujer manda a comprar tortillas y al que regaña si no lava los platos. No faltó quien dijera que mi novela era mejor que la mejor novela del mundo, y todos apoyaron y trataron de demostrarlo. Yo les dije: mi novela es importante para ustedes porque en ella se ven reflejados y en verdad no importa si es mejor o peor que otra, simplemente es una novela en la que este pueblo se ve reflejado. La fiesta se prologó aunque yo estaba al borde del desmayo tras horas y horas de conferencias, entrevistas, traslados, viajes, emociones violentas, encuentros. Comenzó a llover torrencialmente. A las ocho de la noche me puse de pie y dije ¡ya estoy muy cansado, no aguanto más, me voy!, y el patriarca dijo ¡no, no!, otro trago, y bueno, otro trago, más fotos, muchas más. Me regaló una hermosa edición de las obras completas de Cervantes en un tomo, me dijo que iba a hacer todo lo posible para traerme a San Isidro pues era imperativo que regresara y me instalara aquí y escribiera, Como Cervantes,  la segunda parte de la novela, y me retrató con su nieto Sergititito Barrantes: un muchacho rubio de ojos claros, inteligente, que hablaba con coherencia e información, mencionaba a Nietzsche y a Rilke con naturalidad, y me dijo: este muchacho, mi nieto, es tu sucesor, este muchacho es el que va a escribir la segunda parte de la gran novela.
Termine la noche mareado, como ayer, con el vientre lleno como un odre de todas las carnes, todos los vinos, todas las frituras, frijoles, arroz con pollo, confituras, vinos, aguas de mil aromas… pero, no pude dormir precisamente porque estaba agotado y sin embargo henchido de la energía inevitable cuando se han colmado todas las expectativas.

MEMORIAS INDISCRETAS 31. No lo niego: en mi vida hay tres o cuatro escenas (unas completamente reales, me constan, las viví con certeza y las recuerdo puntualmente; otras, imaginadas, que llegaron por alguna razón  inextricable a convertirse en parte del mapa de mi ser aquí y ahora; y otras de las que me he enterado porque me las han contado); escenas que regresan a mí de manera recurrente, como olas de brea que oscurecen esta deportiva, irresponsable forma de vida que llevo (según mi mujer). El recuerdo de mi iniciación en la vida sexual no es algo que me moleste. Fue desagradable o más bien un acto patético o grotesco. La conté en una de mis novelas. Si yo lograra investigar con precisión la fecha del acto, podría eliminar la posibilidad de que X sea en efecto hijo mío. (Explorar en Lacan: la estimulación del lado psicótico o suicida y el papel de los cortes).
MEMORAS INDISCRETAS 32.  Después de recibir todos los elogios y halagos imaginables y de engullir (no estoy exagerando) aproximadamente quince kilos de carnes de todas las aves, peces y maníferos terrestres y acuáticos y de bogar en siete u ocho litros de los licores más finos y/o estrambóticos que ha dado la tierra … me retiré tambaleante de aquel banquete de Trimalción. Leticia me llevaba como quien guía a un ciego.Al entrar al Casino del sur, donde nos estábamos hospedando,  vi en el espejo a un hombre con un enorme vientre. Un vientre de caricatura de hombre rico. Un vientre de fenómeno de circo. ¿Ya viste a ese tipo, le dije a mi esposa. Se puso al frente como un agente de tránsito, extendió la mano: Serás, pendejo, Garrita, ese que ves el el espejo eres tú. Entendí: ese era yo, señoras y señores, ese hombre ridículo en grado sumo que estaba viendo en el espejo del Casino del sur en Costa Rica tras una semana de excesos gastronómicos en San Isidro era yo.
El penúltimo día antes de salir de regreso a casa estoy pesando 99 kilos 800 gramos, es decir 200 gramos bajo mi récord histórico de los ciento cinco kilos (marca que logré tras quince días de comer paellas y tapas en los más caprichosos restaurantes de Madrid y Barcelona, después de presentar en uno de los más estruendosos fracasos de mi vida mi Historia de todas las cosas... Ya es contaré). He sido feliz en España tragando, engullendo, asimilando, saboreando y no me he preocupado: cuando llegue a mi rancho me someteré a una dieta rigurosa y redoblaré mi entrenamiento de natación. 
Vuelvo atrás, a la reunión en casa del seudo fundador, el tótem Barrantes. Era tanta la joda de los asistentes a la reunión en casa de don Sergio Barrantes: que si yo era el hombre más sincero del mundo, el mejor escritor del mundo, el más fuerte y simpático y agradable, el que tenía a la mujer más extraordinaria que se pudiera imaginar, el que se lo merecía todo, incluso una estatua en el centro de la ciudad, una casa de la cultura con su nombre, que se lo merecía todo, era tanta la joda, tanta y tantísima, que dije, en un rapto de inspiración, “si hay algo que yo quisiera en este mundo es ser poseedor de un buen pedazo de selva y bosque”: dicho y hecho: la comunidad comenzó a maquinar la posibilidad: ¿qué tal si don Sergio Barrantes le donaba al escritor una de las 54 hectáreas de paraíso que posee a espaldas de su casa? ¡Pura vida!, así nuestro héroe se vería obligado a venirse a vivir sus últimos años a San Isidro de El General, donde nos iluminaría con su sabiduría y su talento innegable; bueno, don Sergio Barrantes dijo que sí estaba de acuerdo y que inmediatamente le cedería su hectárea de paraíso a Garramuño; el inconveniente era que no había notario en cuerpo presente o abogado a la mano para legalizar el trato. Y yo entre los humos del alcohol y la perniciosa vanidad satisfecha comencé a preguntarme qué haré (¿qué haría?) si de verdad Barrantes me donara una hectárea de paraíso, humm, tendré (tendría) que venir a vivir a San Isidro, 40 grados a la sombra, las mujeres más ferozmente hermosas del mundo, ¡pura vida!, sin embargo, habría que cercar el terreno o ponerle una barda, no problem, maje, todos te ayudamos, yo regalo el alambre de púas, yo los postes, yo pago los peones, ¡listo!, ah, pero habría que darle mantenimiento al paraíso, chapear; ¡momento!, mejor meter unos cuatro o cinco caballos o  vacas para que se coman la hierba; el caso es que no tengo dinero para comprar caballos o vacas, dijo el escritor; fácil, respondió Sergio II, veterinario de pelos parados e impresionante papada, prestamos el terreno a los dueños de caballos; a ver, aclaremos esto, lo mejor es una venta, no una donación, pues eso generará muchos impuestos, dijo Eduardo Rojas, recién llegado, el abogado de los pobres, mira, escritor, le ponemos un precio simbólico, digamos 200 colones, es decir, cuatro dólares, y listo, ni siquiera te cobraré el trámite, basta que me hagas una donación de todos tus libros con firmas autógrafas. ¡Pura vida! El trato quedó hecho y don Sergio Barrantes, seudo fundador de San Isidro y poseedor de 54 hectáreas de paraíso, estuvo de acuerdo. Habría que ver si cuando se le bajaran los humos de la cruda estaría dispuesto a sostener el trato.

viernes, 15 de febrero de 2019

EL SUAVE OLOR DE LA SANGRE


EL SUAVE OLOR DE LA SANGRE

Cuento de MT Aguilera Garramuño incluido en Cuentos para antes de hacer el amor (Educación
 y cultura México y Plaza y Janés, Colombia… agotados)

—Señoras, señoritas, señores, caballero conductor —dijo aquel extraño individuo que parecía haber escapado de una grotesca obra de teatro—, sírvome comunicarles que ha regresado la raza azteca y que por lo tanto no vengo ni venimos a vender agüitas milagrosas.
            Vestía un taparrabos que ceñía con un cinturón de cuero lleno de herrajes. Portaba una pluma en la frente y tobilleras de conchas. Estaba de pie, al lado del conductor, al que le había puesto una mano en el hombro. Aspiró aire a fondo y continuó:
            —Como podrán notar si miran con cuidado a lo largo de la extensión de este vehículo automotor hay la cantidad de trece jóvenes sonrientes y armados con puñales, dagas, macanas, llaves inglesas, picahielos, cuchillos matamarranos, estiletes y hasta inclusive martillos de emergencia, de modo que lo más conveniente para la salud y el correcto tejido de la piel es que permanezcan en silencio, inmóviles, tranquilos, como en misa, digo.
            Al mirar con mayor atención vimos que tenía una especie de rústico cuchillo de vidrio en la mano y que su punta estaba justo bajo la barbilla del conductor.
            —Al señor autotransportista que con tanta gracia maneja la unidad le recomendamos que se desvíe de la ruta que le asignó el destino y busque las calles menos iluminadas prefiriendo consecuentemente las sombras naturales de la noche. Insisto, antes de pasar a consideraciones mayores y atendiendo a la seguridad de los pasajeros, que no vayan a gritar o hacer visajes sospechosos ya que puede suceder la infortunada casualidad de que se nos arrime una patrulla y quiera invitación a la fiesta. Anuncio a la comunidad que la presente no es acción terrorista ni de locos solitarios ni de vinosos o drogadictos, pues como se podrá notar somos jóvenes de saliva blanca y saludable, un poco huesudos y con verdor anémico, pero en realidad gente honorable, como quedará demostrado en lo sucesivo.
            Vi que nadie se movía. Aquello no sólo era horroroso sino emocionante.  Miré de reojo y me percaté de que el fantoche no estaba mintiendo. Distribuidas en el autobús había más de media docena de individuos extravagantes, que serían risibles si no mostrasen un fanatismo y una determinación indudables, aparte de armas rústicas escalofriantes.
            —Todo lo anterior encontrará sus razones y justicias a lo largo del viaje, pues obedece a un planzote diabólico que yo y mis compañeros tigres y serpientes hemos elaborado con el puro ingenio y talento mexicanos. Somos, sépase, reclutas de la raza azteca, discípulos del guerrero Tlacaelel y estamos bajo el amparo del terrible Huitzilopotchtli, quien nos ha forjado invencibles, resistentes al dolor, aficionados a la mística de la flor y el canto. Y para demostrarlo, que suenen flautas y tambores, mis tigres y serpientes, mientras pasamos a suplicar a los señores pasajeros que aflojen cuanto tengan de valor colocándolo en las bolsas que para el efecto mis guerreros pondrán al alcance de sus manos. Háganlo voluntariamente y con alegría, que es para una buena causa. Van a decir ustedes que tal vez somos malvadotes, vampiros ávidos de sangre y cosas de esas, porque picamos panzas y abollamos cráneos y amenazamos a los honrados ciudadanos que regresan a sus hogares después de la labor patriótica y sufriente de engrandecer a la nación y a la familia mediante el trabajo honrado; pero mis señores, pregunto, ¿es que no conocen la Biblia?
            Nadie había dicho una palabra. El conductor ejercía su trabajo con la indiferencia de quien está acostumbrado a lo peor. El individuo seguía hablando. Parecía hacerlo con absoluta sinceridad, sin retórica. Sus compañeros lo miraban con humildad militar.
            —Si el señor Dios, primero, el último y el único, dueño de las cosas del cerca y del lejos, les decía a sus profetas: “Maldigo al pueblo de Israel que adoró a los ídolos falsos; yo haré que se coman la carne de sus propios hijos”, ¿qué no diremos o haremos nosotros, apenas aprendices de reclutas abandonados de la mano de Dios? Amigos míos, discúlpennos, intención nuestra no es ofender a nadie, culpa no tenemos pues somos, como Holofernes, el feo general de los filisteos, como Nabucodonosor, el magnífico rey, instrumentos de la ira del Señor. Y sin embargo pensarán: Son unos ignorantes, sin padres conocidos, unos hijos de puerca revolcada, unos pobres diablos que no poseen ni la tierra de sus uñas. Negativo, ni lo uno ni lo otro: somos, como quien dice, vengadores con conciencia. Pregunto: ¿Por qué los malvados tienen prosperidad en sus vidas? ¡Por qué el rayo fulmina al justiciero y no al ladrón? Uno aquí chíngale y chíngale y nada. Ellos allá muy despernancados con sus palabrotas y sus cochesotes, todos sonrisas y anteojos oscuros. Digo, es claro que esto es un atraco. Negarlo sería ver clarito en lo oscuro. Pero, momento: este atraco no es de los alevosos, no es un latrocinio seco sin razones y verdades, paso a paso se irán dando cuenta.
            Los acompañantes del líder se paseaban de arriba a abajo, como exhibiéndose. Yo miré a uno directamente a los ojos. Me devolvió la mirada casi con cariño. No parecía mala gente.
            —Tómese nota: los jóvenes que ustedes pueden ver tan bien adornados con sus cortopunzantes, sus plumas y sus conchas rituales no tienen rostros salvajes ni actitudes insolentes, sino que, muy por el contrario, y pese a la poca educación que han tenido por azares y brincos de la vida, se comportan con gentileza y si amagan o golpean lo hacen forzados por el instinto y la disciplina resultado de terribles privaciones y peligros. Atención allá atrás, mi tigre, a la señora del simpático bigote, sí, usted, con seguridad viene del banco y trae billetes uno sobre otro, bien planchaditos, y cuando llegue a casa va a contarlos a la luz de la veladora que ilumina a la Virgencita de Guadalupe, nuestra madre. Amiga mía, agradezca que le vamos a quitar ese peso de encima, recuerde la historia del camello y el rico, piense que si es oro se rompe, si es jade se estrella, si es plumaje se rasga. Palabras del divino Netzahualcóyotl.
            Al decir esto alzó la voz, como quien anuncia un número de circo.
            —Y para hacer menos doloroso este trance, mientras la nave avanza victoriosa contra las olas de la noche sin detenerse en semáforos, haremos unas preguntas, digo, para entrar en confianza. Veamos, usted, señor, el que tiene buena y bien plantada barba, comuníquenos su profesión. ¿Periodista, dijo? ¿Lo oyeron, mis reclutas? Aquí tenemos a un cortés informador que mañana nos va a exaltar con el pincel de su pluma. Ojalá nos saque también unas fotos en posición de asalto y con los rostros cubiertos y las fieras pelambres volando al viento. Prometemos que podrá conservar el rollo y a cambio sólo le pedimos que escriba hermosamente sobre la raza, no vaya a decir que somos maleantes del orden común ni vinosos o drogadictos y por favor no se fije en los fantasmas molares de Cacamatzin; el pobre no ha conocido dentista o matasanos en todos los años de su vida que son catorce bien cumplidos y que pasó en una ciudad perdida a seis horas del Centro, donde no hay más agua que la caída del cielo ni más alimento que el hallado entre montañas inmensas de basura. Y mucho menos, señor periodista, se le ocurra inventar gestos criminales y crueldades dignas de bestias y si por casualidad se atreve a revelar lo que va a suceder, no lo haga sin antes dar razones. Fíjese, digo, y tome nota que somos una banda bien organizada, un semillero de las futuras hordas aztecas que bajarán a la ciudad como la niebla. Escriba ahí que tenemos un plan de ataque y que no abordamos el barco todos en manada, como los piratas de la Malasia, sino uno en cada parada y solamente cuando toamos posiciones, fue que este humilde hablante comenzó a desgranar su discurso mientras se preparaba lo que ha de venir.
            Así había sido. Nadie notó nada extraño hasta que el hombre subió al autobús y comenzó a hablar.
            —Somos nahuatlacas a mucha honra y venimos como quien dice a quitarle un grano de arena al desierto de la injusticia y a refrescar los aromas de un pasado glorioso hoy sepulto bajo los cimientos de rascacielos tan altos como la Torre de Babel y bajo las líneas del Metro que se abren camino hollando los antiguos palacios de nuestros antepasados. Conscientes somos de que en este territorio los de arriba engordan sobre los cadáveres de los de abajo, y cuanto más se roba más blanquita se pone la piel y todo sucede en una rueda interminable, sin descanso y sin piedad, digo. Usted, joven, ¿por qué tan serio? Miro en su rostro y en su cuerpo la preparación del salto del felino. Atención, mi buen Yoyotzin, arrímale el fierro a la vena asiática a ver si se le despierta la sonrisa y queda calmo, no vaya a hacer el viaje sin regreso al sitio de los descarnados. Recuerde, caballero, que más vale perro vivo que león muerto.  A mis alegres tigres y serpientes les pido que se apresuren a buscar entre los más robustos pasajeros a uno de buena cara, lindo cuerpo, sin cicatrices, chichones o piquetes, blanquito como debe ser el enemigo, su cabeza bien formada, de acuerdo a la ley, para agasajarlo como se merece, ponerle su guirnalda de flores y darle a beber el agua del olvido, mientras yo sigo mi discurso sobre la múltiple conjugación del verbo vengar. Digo, aquí según dicen estamos en una democracia y es necesario extender sus derechos a todas las clases sociales. Los primeros libros son sabios porque aunque fueron escritos con manos de hombres, sobre ellos cayó la luz divina. Los primeros libros anunciaron el porvenir: “En esta tierra nadie dice la verdad”, palabra de los sabios aztecas, y la verdad es que vivimos en una guerra perpetua, una guerra sin héroes auténticos, una guerra deshonrosa, en la que los antiguos valientes han bajado las cabezas.  Nosotros, los jóvenes tigres y serpientes,  hemos reconocido esa verdad y decidimos abandonar las vecindades miserables, el serrucho, los ladrillos, las taquerías a medio arroyo, las esperas inútiles, las miradas gachas. Sí, señoras y señores, tenemos la verdad y vamos a proclamarla y a ponerla en práctica. Regresa el reinado del Antiguo Testamento, aborrecemos de los lloriqueos del Nuevo, no creemos ni en Cristo ni en la humildad. Retorna con nosotros el imperio de la guerra florida, el suave olor de la sangre. Por un ojo cobramos dos ojos, por un diente dos dientes. Lo dijo el Señor: “Va a llegar una desdicha tras otra. El fin ya se acerca, ya llega el fin. Míralo, ya viene allí. Se te llegó el turno a ti, morador de la tierra.”
            Su voz se había levantado casi hasta el grito. Inmediatamente bajó casi hasta el susurro.
            —Señora, dele el pecho al niño, no tenga pena, alimente al joven guerrero. La raza azteca respeta a las madres que son la tierra madura donde nacerá la generación que verá la nueva Tlalocan. El pasajero de allá, sí, usted: meta el brazo, no vaya a ser que quede sin el gusto de saludar con sus cinco dedos.
            Uno de aquellos pasajeros se había acercado a un pasajero. Estaba sonriente. De una bolsa sacó lo que parecía un disfraz y una botella.
            —Al prisionero elegido le damos una cordial felicitación y le pedimos que beba sin disgusto el licor que el joven guerrero le ofrece, beba, beba a su antojo y si quiere fumar hágalo y deje que su encargado, su servidor, de nombre Temotzin, le adorne la cabellera y el cuerpo con flores y plumas. Que suene la música de flautas y tambores para celebrar la elección mientras yo continúo explicando a mis amigos que hubo un tiempo mejor en el que nuestros padres andaban desnudos y dichosos por una tierra que en lugar de penas daba frutos, por un paraíso en el que el agua era ambrosía, licor de dioses, por sendas de mil verdes que iluminaban la pupila, por un campo en flor en el que los antiguos se despertaban con el estrépito de las aves preciosas, las rojas guacamayas, el ave quetzal, el pájaro de fuego, la garza azul, el pájaro cascabel, el pájaro dardo, el pájaro macana, un mundo en el que había sólo aquello que era esencial, sólo lo hermoso, lo indispensable, y en el que no se comerciaba ni con sueños ni con basura, sino con los productos de la tierra, esmeraldas rojas, escudos de turquesas, caracol rojo y conchas de colores, pieles de tigres, cintas para la frente, orejeras de oro y cristal de roca, rasuradoras de obsidiana.
            El hombre parecía poseído. Sus palabras habrían sido maravillosas si no estuvieran anunciando lo que todos sospechábamos.
            —Y miren ustedes, dolientes habitantes de la ciudad, a qué punto hemos llegado: el verdor ha sido cubierto con pavimento, el aire antes transparente que hacía de la vida una eterna embriague, ahora está lleno de gases y transforma la existencia en una náusea constante, los ríos ya no transportan el licor sagrado sino física mierda excrementicia. Tome nota, señor periodista, digo, que no se le escape una palabra, que la voz de los tigres y serpientes llegue tonante a la nación mexicana y al mundo.
            Súbitamente apuntó con un dedo hacia la parte trasera del autobús.
            —A Bacuc, cerca de la puerta de salida, le pido que no se me duerma y que mantenga el matamarranos a la vista del público para que no haya equivocados o difuntos, que pueden ser la misma cosa. A Coyote Dos le pido que no se engolosine con la señorita ni le ande hurgando el escote con los ojos, pues no hay tiempo para incontinencias.  Recuerda mi tigre lo que pasó en el anterior abordaje, todo por no guardar los principios y la disciplina. A Cantor le recomiendo, por el contrario, que no se ande con decencias, pues si el caballero no quiere cooperar, es muy su problema. Aízale un suavezón tubazo en la base craneana cuidando de no darle en el occipucio, como se te ha enseñado, no vaya a suceder que el amigo se nos escape hacia el valle de los sin regreso.
            Escuchamos un sonido seco, acompañado por un grito y luego gemidos. Yo preferí no mirar. Imaginé un cráneo hundido, vertiendo juguito como una sandía.
            —¡Sopas, compadre! Que sirva esto de experiencia para que sepan que el asunto va en serio y que no estamos en un circo sino en una guerra. Así está bien, mi don, quítese el saco y déselo a mi coyotito que pasa mucho frío en estas noches de diciembre y no me venga a decir que lo perjudicamos, pues con seguridad en el armario de su casa tiene seis o siete como el presente, además, digo, fíjese cómo le cae de bien ese color melón tierno a mi Coyote. Y usted, el elegido, siga bebiendo, comparta con nosotros y no se apure por tanta amistad de la raza azteca. Sí, muy bien. El señor conductor nos ha pasado la solicitud de que le ofrezcamos alguito de licor, que pues no conoce estas calles sin rumbo y teme caer a un abismo del drenaje profundo y necesita ánimo para seguir adelante sin luces, dice que tener la punta de un destripacristianos en el cuello y andar por semejantes desoladeros ya le tiene la garganta como el desierto de Sara en la Arabia Inaudita. Faltaría más, cómo no, mi querido piloto, con todo el gusto del mundo le ofrecemos el agua de la vida, sabroso pulque añejado por la sabia Xochi, noventa y nueve años de paciencia al servicio de la fórmula secreta, todo, para que conduzca con alegría y nos lleve a buen puerto.
            El conductor se echó un trago largo. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. No se veía asustado. Incluso llegó a solicitar permiso para prender la radio.
            —Digo, que suene la verdadera música, no se pongan nerviosos los pasajeros de esta nave, señorita, no llore, no le va a pasar nada, ya le advertí al Coyote que no se haga la ilusión de manosearle, ni siquiera con los ojos, el virginal seno. Suelten sus anillos, relojes, pulseras, aretes, collares, billeteras, lo sentimos mucho, no aceptamos tarjetas de crédito, y piensen que lo aquí perdido lo están ganando en otra tierra menos triste, la del Tlalocan. Recuerden que toda tristeza es vanidad. Dice el poeta: “De aquí nos vamos, tenemos que dejar los cantos, tenemos que dejar las flores.” Y nosotros, díganme, ¿qué estamos dejando? Pues basura, basura, basura, el Distrito Federal produce en una semana más desperdicios que mil años de babilonios, amorreos, hebefeos, asirios o árabes. Por eso, y para redimir la tierra y la raza, es que el combate debe comenzar, la verdadera guerra que iniciamos los de la Colonia Renovada Emiliano Zapata, donde hay menos agua que en el mentado desierto de Sara y más basura que en el último estercolero del Juicio Final. Días tenebrosos vendrán. El que está en la ciudad buscará el campo y en el campo sólo hallará la peste. Regresará a la ciudad y sólo encontrará infortunios y calles deshabitadas, los billetes inútiles serán azotados por remolinos de vientos negros como la bilis y nadie correrá tras ellos porque una tonelada de billetes no alcanzará para comprar un kilo de carne, y además porque ya no habrá qué comprar y acaso ni siquiera quien venda o quien compre. De los supermercados quedarán apenas los despojos y toda hierba será masticada tres veces. Buitres, ratas y la variedad completa de las alimañas tenebrosas y las bestias recorrerán libremente las calles, y de todas las fieras será el hombre la más voraz y terrible. Los poderosos serán humillados y desearán cambiar sus lujos por el abrigo de perros sarnosos y el calor de vacas con muermo bajo los puentes. Toda belleza será abominable y las mujeres afearán sus rostros y ocultarán sus cuerpos bajo andrajos para no suscitar deseos pecaminosos. Todo verdor se amustiará.
            Nunca, nunca había yo escuchado a una persona tan convincente. Ese hombre parecía tener el don de trastocar la realidad con sus palabras, era como un ilusionista. Un pase de sus manos lograba cambiarnos el paisaje.
            —Usted, el de la sudadera azul, agárrese del tubo con las dos manos, de pie en el centro del pasillo y con las piernas abiertas y permanezca así hasta que terminemos nuestro mensaje y nuestro rito. Ya el elegido tiene los ojos alegres de modo que es llegada la hora de que le pongan el chaquetín. Si le parece saco de harina Tres Estrellas no se preocupe, imagine que está bordado con hilos de oro y que de sus olanes cuelgan mil campanillas de plata.
            Me atreví a mirar hacia atrás. Un hombre le había pasado una soga en torno al cuerpo del que llamaba el elegido, inmovilizándole los brazos a los costados.
            —Aprieta bien, cuidando, eso sí, que no se le vean afectadas las funciones circuladora y respiratoria. El señor de la corbata: Abra su maletín y vacíelo sobre el asiento, no se preocupe por los documentos, podrá conservarlos al igual que el maletín: solamente le encargo la gorrita a cuadritos que va a adornar muy bien la pelambre de este servidor. Tú, Temo, apártate de la tentación, recuerda las enseñanzas y la mística de los caballeros águilas y serpientes: manos fuera, que la señorita ya dio lo que tenía que dar. Esto dice el Señor Dios tocante a los moradores de la ciudad: “Comerán su pan llenos de ansiedad, beberán su agua con susto, temerán que su tierra quede desolada de lo que contiene, todo, por la violencia de los que habitan en ella”.
            Vi que a un hombre de camisa con paisaje marítimo, un joven con cara de rata le picaba las costillas.
            —Que levante las manos, pues se le notan inquietas, muy bien, eche para arriba las manos y no se moleste si hoy se le olvidó restregarse el desodorante, peores pestes hay en este mundo y olores tan asquerosos, que los que viven en el centro de la ciudad no alcanzan a imaginarse. Tú, revísalo bien, que tiene cara de guardar los billetes en las partes íntimas, fíjate en los calcetines, se conoce a ese tipo de avaros por la temblorina que les entra cada vez que tienen que meterse la mano en el bolsillo.
            Una mujer comenzó a llorar.
            —No sufra, señora, no llore, guarde sus aguas para tiempos más negros. ¿Dice que le hemos quitado el dinero con el que daría de comer a sus hijos? Matzin, devuélvele seis mil pesos para que vea que somos humanitarios; con eso podrá darles frijoles a sus muchachos durante un mes y si se quedan con hambre, muy bien, para que vayan educando el callo de la barriga. Se acercan los tiempos de las vacas flacas y a mayor gordura y opulencia, mayor sufrimiento: pronto vendrá el paraíso de los flacos, la tierra prometida de los miserables. ¡Música, mis tigres y serpientes!
            Sonaron panderetas, un flautín, conchas y un tambor. Aquello no era ruido solamente sino una pieza bien ensayada. Gente profesional, de eso no hay duda.
            —En aquel tiempo descendieron del norte las hordas de los aztecas, un pueblo perseguido por todos, un pueblo sin rostro y al que los habitantes del Valle de México preguntaban: “¿Quiénes sois vosotros? ¿de dónde venís?” Era un pueblo guerrero, gente desnuda de ropa pero vestida con pieles de animales, feroces en el aspecto y grandes batalladores que se alimentaban de la caza y habitaban en los lugares cavernosos. Quisieron vivir en paz con los felices poseedores del Valle de Anáhuac, pero el rey Cocoxtli les asignó un erial de piedras y serpientes con la intención de que allí murieran de hambre y por las picaduras de las víboras. Más, oh ironía, los aztecas mucho se alegraron cuando vieron las culebras: a todas las asaron y se las comieron. Los aztecas, nuestros padres, como los hebreos, triunfaron sobre las malas artes del faraón y levantaron su ciudad, tan espléndida como Jerusalén.
            Adivinamos que atrás estaban forcejeando. Nadie se atrevió a voltear.
            —No se fijen, señoras y señores, en lo que pasa. Quiero evitarles malas impresiones. Me permitiré contarles que hemos puesto una cobija sobre el asiento del fondo para crear el ambiente necesario y estamos quemando un poco de sándalo, a falta de copal, que por las prisas del operativo no pudimos conseguir, digo, y esto para lograr el objetivo de convocar a los espíritus de nuestros mayores. Digo: al señor conductor le solicitamos que aminore la velocidad para facilitar la operación. Al periodista le damos licencia para que observe con sus propios ojos y si quiere tome unas cuantas fotos que harán atractivo su reportaje.
            Una mujer, sin alterarse, pidió que le dejaran conservar su anillo.
            —No, señorita, aquí no valen argumentos sentimentales: si es argolla de compromiso, déle gracias a Dios que usted la cede para una buena causa, agradezca que le quitamos el metal precioso y la piedra brillante que mañana serán lastre en las aguas de la desesperación. Del naufragio final sólo se salvarán los que vayan desnudos y humildes. Y ahora, antes de despedirnos, debo dar una mala noticia al señor que ya está con la luz dentro del cuerpo, con flores en el cabello y aromas en la piel, su chaquetín de lujo y su corona de amargo cempasúchil. Buena o mala noticia, según se la mire y considere: su persona, por razón de las bellas orejas y de la aún más hermosa apostura y la piel blanquita, ha sido escogida para dejarnos en recuerdo  un trofeo que guardaremos con cariño y veneración. Le pedimos al público un instante de recogimiento y al elegido le solicitamos que permanezca absolutamente inmóvil, so pena de que se le escape el fierro de carnicero a mi amigo tigre y se le inmiscuya en la digna panza; que permanezca inmóvil, digo, mientras Baltasar le agarra con un par de dedos metálicos la parte superior del órgano auditivo y con un bisturí se lo desprenda de un solo tajo indoloro y sorpresivo, y esto, amigos, con dos altas finalidades: primera, que haya efusión de agua florida, tan propicia para la restauración del Sexto Sol, que es cuando la raza azteca saldrá de las profundas cavernas a recuperar lo perdido, y segunda, que se guarde su caracol de carne o pabellón auditivo pegado con un clavo en la pared-archivo del club y asociación nuestra como testimonio de una nueva y significante acción intrépida  de los tigres y serpientes.
            El autobús estaba casi inmóvil. Transitábamos por una zona oscura con las luces apagadas. Parecía que estábamos entrando en un enorme lote baldío. Las luces de la ciudad se veían como manchones entre lo que parecía ser un macizo de árboles.
            —Se ruega por favor al público que no se deje arrastrar por la curiosidad morbosa y que si en algo quiere cooperar evite escenas lastimosas de gritos desgarradores, desmayos y aguas mayores. Cierre los ojos, amigo, así, no tiemble, y adelante, mi buen hijo de Huitzilopotchtli. ¡Son tus flores, oh dios del sol, flores rojas, blancas y verdes, flores bien olientes que se entretejen perfumadas, ¡jey, jey, jey, aleluya!
            El “aleluya” se confundió con un alarido espantoso. Luego hubo un silencio total. El hombre volvió a hablar de forma sosegada.
            —Sépase que no hacemos esto por crueldad sino a manera de perpetuación de las costumbres de los aztecas que extraían corazones para que la maquinaria del universo siguiera funcionando, y que si nosotros no repetimos el acto en su totalidad es por falta de recursos y de tiempo. Así como los hebreos rescataban de los cadáveres como trofeos mil prepucios de filisteos y de la misma forma en que al abrir la puerta de su casa Eloibeth halló quinientas cabezas de sus enemigos, y todo ello fue del agrado del Dios de los Ejércitos, nosotros también queremos levantar esta oreja como sacrificio y holocausto para renovar el suave olor de la sangre, agradable a los ojos del señor. ¡Miren, miren!
            Algunas personas se voltearon descaradamente a mirar. Una anciana se desmayó. Estuvo a punto de desplomarse en el corredor. Uno de los asaltantes la tomó con delicadeza y apoyó su cuerpo en el del pasajero vecino.
            —Además sirve este acto mínimo e indoloro, si se lo compara con el exterminio de pueblos enteros, como anuncio de otras ofrendas mayúsculas que acontecerán cuando se revienten los hilos de araña que columpian a esta nueva Babilonia, el día en que los caballos correrán desbocados y los jinetes se llenarán de pánico. El que sea prudente que entienda estas cosas, el que sea cuerdo conózcalas. Detenga la nave, señor conductor.
            —Era inútil pedir que se detuviera. Desde hacía algunos minutos estaba inmóvil.
—Y diciendo estas palabras desaparecen los espantos—. Los invasores comenzaron a bajar—. Aquí nos quedamos, señores, señorita, caballeros, tras cumplir con el sagrado deber de nuestro ministerio. Nos despedimos de mano y de corazón. Recuerden: somos el anuncio de lo que ha de venir.
            El camino de regreso a la ciudad fue tan extraño como el asalto. El conductor estaba totalmente borracho y cantaba rancheras. Estuvimos a punto de desbarrancarnos varias veces. El herido seguía atado. Una mujer le había tomado la cabeza, la refugiaba contra su pecho y con un pañuelo trataba de contener la hemorragia. Llegamos a un hospital, abandonamos al herido al frente. A nadie se le ocurrió desamarrarlo. Allá quedó, gritando como un cochino con el cuchillo en la yugular. El conductor volvió a su ruta y nos fue abandonando en nuestros destinos. Eso fue todo. Supongo que nadie puso la denuncia. Nos fue bien. Por otros rumbos de esta ciudad no cortan la oreja. Y hacen desaparecer a los testigos. Además, como decía un compañero de viaje: ¿Para qué discutir, si tienen la razón?




Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...