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viernes, 1 de abril de 2011

EN BICI POR LA SABANA DE BOGOTÁ. GABO NO QUIERE HABLAR CON NADIE.


DIARIO COLOMBIANO
Recorrido en bicicleta por la Sabana de Bogotá
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Comenzaré a publicar en este blog alterno páginas de mi Querido Diario. ¿Año? No estoy seguro. Lo indudable es que lo que cuento sucedió hace más de diez años.
Me entero que mi amigo Gustavo Alvarez Gardeázabal ganó la elección y es el próximo gobernador del Valle del  Cauca. El próximo sábado iré a Cali, donde probablemente lo vea y sin duda él reiterará, ya como gobernador, su oferta de que regrese a vivir a Colombia y le ayude a gobernar. Qué puedo responderle. Será un gran compromiso, un compromiso semejante pero más largo, al de responder a los llamados de tantos amigos o interesados, que querrán emborracharse conmigo porque tienen la idea de que soy importante y saben que soy palpable, a diferencia del Gabo que se volvió etereo.
     La Mona me cuenta una anécdota. García Márquez fue con su mujer a un concierto en un pueblito cerca de Bogotá. Nadie se acercó a él, absolutamente nadie, nadie lo miró, Mercedes lanzaba en vano su capa española sobre el hombro y nada, GM se mantenía con los ojos fijos en el frente, la espalda tiesa, como un general que no tiene quien le alce la voz ni le mire a los ojos. Me dio mucho gusto, dijo la Mona, que nadie le diera importancia a GM. El pueblo de Zipacón le pagó con la misma moneda de invisibilidad. GM no quiere hablar con nadie, nadie quiere hablar con GM. GM sólo habla con ministros, presidentes, embajadores y con su círculo de elegidos, los poderosos de este país, dice la Mona. Y  escuchando hablar a la Mona, pensé que yo, en mis modestas proporciones ya estaba asumiendo las mismas actitudes: sin tener ni su fama ni su gloria y mucho menos su obra ya estaba jugando al famoso, libreme señor. Recordé también lo que me dijo Gabo: que a veces está en su casa, esperando que lo llamen sus amigos y nadie lo llama.
     La batalla por conciliar el sueño fue dura, pero finalmente lo logré. A las ocho de la mañana del día siguiente ya estaba en pie lavando los platos y arreglando la casa, para que la Nena no tuviera trabajo al despertar y pudiéramos salir temprano, como en efecto sucedió. Montamos la bici en la parte trasera de su Renault Twingo, un auto como de juguete propiedad de Nena y emprendimos camino rumbo a la autopista a Medellín. A la salida de Bogotá bajamos la bici y emprendí los 16 kilómetros rumbo a Subachoque. Recorrimos grandes extensiones de prados idílicos, de un verdor espléndido, con casas de tejas muy bellas. Multitudes de ciclistas elegantemente uniformados iban y venían, familias enteras, señoras gordas, niños, todos con sus bicicletas de carreras, todos en una comunidad ciclística muy bella, en la que no se notaba para nada el país violento que pintan las agencias noticiosas. La Nena, que es bióloga y recorre Colombia de arriba a abajo por selvas y cañadas, me contó sus encuentros con la guerrilla. Dice que en general los guerrilleros son personas amables y educadas, que viven en las montañas y que no molestan sino a los ricos y al gobierno y que están interesados en mejorar la situación de este país. "Una vez fuimos detenidos en un río por un grupo de guerrilleros que viajaba en una pequeña lancha. Nos llevaron a un campamento, nos retuvieron un tiempo mientras utilizaban nuestra lancha para transportar gente o armas y luego nos devolvieron la lancha, y siempre nos trataron como caballeros. Yo me he encontrado veinte veces con la guerrilla y nunca me han robado ni me han amenazado".
     El recorrido rumbo a Subachoque se hacía cada vez más empinado pero logré hacerlo en 20 minutos a una velocidad de 20 kilómetrtos por hora. Ya en Subachoque entregué la bici a Nena y tomé el volante de Twingo, mientras mi hermana emprendía el rumbo a Pradera. Sus espléndidas piernas subían y bajaban energicamente. La Nena mide casi uno ochenta y tiene cuerpo de atleta, inteligencia despierta y disciplina espartana. Dice que no se ha casado porque no ha encontrado hasta ahora a ningun hombre superior a ella. En Pradera descansamos y en un puesto en la carretera comí obleas y masato. Luego seguimos por una carretera de terracería, atravesamos la cordillera y llegamos a Zipaquirá, donde en el mercado almorzamos de lo lindo: cuchuco de espinazo, tubería negra, papas criollas y longaniza. Luego bocadillos beleños y un chocolate. Todos estos sabores tan colombianos los recuperé con deleite y observé aquel pueblo tan bello, tan agradable, bajo un cielo de promoción por tiempo limitado, en medio de los paisajes mas conmovedores. Colombia en su esplendor, gente extraordinariamente amorosa. Cualquier persona al dirigirse a ti te llama mi amor, papito, mamita, su merced.  La población colombiana vive en la ilusión de que todo sigue su marcha normal, incluso en medio del caos de la violencia. Ha aprendido a vivir con la serenidad de un Epicuro.

miércoles, 30 de marzo de 2011

EL IMPERIO DE LAS MUJERES

EL IMPERIO DE LAS MUJERES DE MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO
Por: Luis Miguel Rivas
En la foto MT se oculta --¿real o metafóricamente?-- tras su libro recién publicado.
El texto que leerán a continuación fue escrito por uno de esos amigos a distancia que resultan ser escritores y que comparten con naturalidad y sin cálculo sus opiniones y entusiasmos. En unas breves líneas de su nota biobibliogáfica se define: "Naci en Envigado, Antioquia, Colombia, tierra de Pablo Escobar Gaviria, el más perverso y el más bondadoso de los hombres, y de dos grandes escritores: el filósofo Fernando González y Luis Miguel Rivas". Resulta que mi amigo se llama Luis Miguel Rivas. Saquen sus conclusiones. Yo ya saqué la mía. Casi inmediatamente el Gran Cenamor, administrador de la página virtual más leída de España, Asamblea de palabras, solicitó autorización para reproducir el texto. La nota que leerán a continuación es la segunda reacción que ha suscitado El imperio de las mujeres, libro recién publicado...


“La mujeres son lo más femenino que hay “, decía un amigo que no podía entender la extraña lógica de su mujer con respecto al amor, la vida y el mundo. Todo lo que para ella era complicado para él era simple y lo que para ella era sencillo para él era inescrutable. Y así llevan viviendo como veinte años sin alcanzarse a comprender completamente, pero ya sin pretender explicarse ni modificarse mutuamente.

Lo más parecido a “lo más femenino que hay” es un escritor que escribe sobre las mujeres tratando de meterse en ellas y mostrando, sin pretender explicar mucho, lo que ni siquiera ellas comprenden. Por eso cuando acabé de leer El imperio de las mujeres* de Marco Tulio Aguilera Garramuño me dije: “este tipo es de lo más femenino que yo conozco”.
El imperio se me hizo cercano, contundente e importante porque une tres cosas fundamentales para mí: Las mujeres, el amor y los cuentos. Y en los tres asuntos (todos tan manoseados en tantísimos años de historia escrita) Aguilera Garramuño trasciende lo fácil, asume riesgos y nos entrega ráfagas de lucidez, fragmentos de esa confusa claridad propia de la literatura de verdad y del corazón femenino.
Son once cuentos como once piedras de un collar fino: perfectamente redondas en la forma, inagotables en los significados y bellas en conjunto. Como si para hacer esas historias se hubieran reunido un poeta, un matemático, un carpintero, un gigoló retirado, un marido experimentado y un sicólogo…
Un pequeño relato-epígrafe llamado “El señor de los sueños” abre el libro a manera de aviso, como advirtiéndonos la inminencia de terrenos cenagosos, difusos, veleidosos y profundos. Y luego viene el desfile de mujeres: ajenas, propias, posibles, inalcanzables, fatales, redentoras, mezquinas, generosas, jóvenes, viejas, exitosas, derrotadas, brujas, santas, cotidianas, excéntricas, ingenuas, sabias, callejeras, domésticas… Pero todas inquietantes, poderosas y, cada una a su manera, bella. Con cualquiera de estas mujeres escritas me iría yo inmediatamente, abandonando todo, así me trajeran la enfermedad como en “La sonrisa en la espesura” o la tragedia como en “Mester de putería artística” o el sofocante gozo del matrimonio como en “El viejo truco del amor”. Y podría incluso traicionar a unas con otras viviendo por temporadas en los distintos cuentos de este libro.
Esta es una compilación de cuentos sobre el deseo. Siempre hay “ganas” en el aire. Una atmósfera erótica que uno celebra inicialmente como maestría artística y valora como logro intelectual, pero que alcanza niveles de expresión tan contundentes que transforman la lectura en un acto físico, con abultamiento en la parte baja del abdomen, incluido. Entonces me acuerdo de una frase de Raymond Carver: “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder que los actos”. Muchos episodios de este libro me entraron por los ojos en forma de letras y se convirtieron en acciones: también me reí. Me reí y me excité. A veces cada cosa a su vez y a veces las dos acciones juntas.
Descubrí que es posible, por ejemplo, tener una erección sonriente. Y encontré un camino en el que los burdos terrenos de la pornografía (siempre tan seria hasta cuando quiere ser poco seria) pueden ser trascendidos primero por el escritor y luego por la experiencia del lector. Garramuño juega con el tejido del deseo. Toma los hilos que lo conforman y los entrelaza de otras maneras. Los pasa por un baño de humor y sinceridad, les pone un toque de jugueteo infantil y agrega la receta de su magia personal. Finalmente nos entrega un mecanismo de sutilezas que de todas maneras nos despierta el animal. Pero se trata de una bestia hecha de otra pasta, que no se conforma con su simple condición de carne y secreciones, sino que aspira a algo divino, tan sutil como los hilos de los que está hecha.
Todo esto en el contexto de las relaciones de pareja, la soledad de los artistas, la egolatría humana, la inequidad social, los artificios del mundo literario y los fantasmas de la fama, entre otros. Entrar en sus páginas es realmente atisbar otro mundo: el imperio de la mujer y el deseo, esa realidad paralela, ese país regido por un soberano absoluto e inapelable, al que no queda más remedio que obedecer o comprender.

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El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Editorial Educación y Cultura, México, 2009.

martes, 29 de marzo de 2011

LA NOVELA QUE PRETENDIO OPACAR A CIEN AÑOS DE SOLEDAD

LA NOVELA QUE PRETENDIÓ OPACAR A CIEN AÑOS DE SOLEDAD
Se anuncia en Barcelona la edición de la Historia de todas las cosas de Marco T. Aguilera

Treinta y seis años después de su primera edición en Buenos Aires, vuelve a ser publicada la novela que pretendió competir en calidad e importancia con Cien años de soledad.  La escribió un joven colombiano de 24 años, que ha cargado injustamente con el estigma de ser un imitador de Gabriel García Márquez. La publicó Ediciones La Flor, del prestigioso editor Daniel Divinsky en 1975, quien se atrevió a escribir las siguientes palabras en la contraportada: “Nos, los editores de este libro, declaramos al lector: 1. Que Aguilera Garramuño no es un seudónimo utilizado por García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad. Aguilera Garramuño es el de la fotografía y, como se verá, no tiene bigote. 2. Que Breve  historia de todas las cosas es la novela más imaginativa, loca, entretenida y rica que haya pasado en mucho tiempo por nuestras manos. 3. Que garantizamos al lector satisfacción completa. Caso contrario, se le devolverá el importe de su compra en la tienda principal de San Isidro de El General. 4. Que el mencionado pueblo San Isidro de El General no es Macondo, y su único parecido es que ambos sólo podrían estar en Colombia. 5. Que todos los comentarios bibliográficos de este libro van a relacionarlo con García Márquez, siendo esto una mentira: a nosotros nos gusta más Aguilera Garamuño. 6. Con todo lo dicho, ¿no le parece que vale la pena ver qué pasa?”
Efectivamente uno se pregunta qué pasó con esa novela presentada de forma tan insolente. Y esto fue lo que pasó: fue entregada por el autor a García Márquez en su propia mano, Gabo la recibió escéptico, y una semana más tarde llamó a Aguilera Garramuño para felicitarlo. “No creo que sea mejor que  Cien años de soledad, pero no le hace falta. Es una novela extraordinaria y original”. Muchos lectores autorizados pensaron lo mismo y otros, más bien pocos, acusaron a la obra de ser un subproducto del realismo mágico. La edición argentina se vendió bien pero no de la manera copiosa que esperaba el editor, en parte porque Argentina por esos días estaba hundida en la peor crisis de su existencia y gobernada por la feroz tiranía de los militares. Salió una segunda edición de 25 000 ejemplares en Plaza y Janés de Colombia.  Y ahí terminó la carrera de esa novela, que si bien no fue olvidada por la crítica y los lectores, sí fue relegada por su autor, que se dedicó a sobrevivir en Estados Unidos, Colombia y México y que comenzó a publicar otros libros que tuvieron alguna repercusión pero que no llegaron a tener eco mundial. Lo más cerca que estuvo este autor de alcanzar una difusión mundial, fue cuando, en el año 2000, fue finalista del Concurso Alfaguara con su novela El amor y la muerte, concurso que ganara Elena Poniatowska.  La editorial, para evitar comparaciones, ocultó el hecho de que la novela de Aguilera Garramuño había sido finalista. Pero la crítica de muchos países resaltó el hecho y el mismo escritor levantó una polémica contra Alfaguara, afirmando lo que ya se sabe: que se premia lo que se vende, no la calidad, y que ese concurso estaba amañado. Aguilera Garramuño, urguido por una pulsión narrativa y un poder literario que han reconocido críticos de muchos países, a lo largo de los años ha publicado libros que se han transformado en clásicos. Por ejemplo  Cuentos para después de hacer el amor,  que a la fecha lleva 16 ediciones y  El pollo que no quiso ser gallo,  cuentos infantiles, que ha vendido casi 50 000 ejemplares. Emprendió un proyecto del tamaño de  En busca del tiempo perdido, constituido por cinco novelas, de las cuales lleva cinco publicadas:  Mujeres amadas, Las noches de Ventura, La pequeña maestra de violín, La hermosa vida  y una inédita,  El sentido de la melancolía. En la memoria de los lectores queda, sin embargo, la primera novela,  Breve historia de todas las cosas, que fue considerada por Seymour Menton como lo más cercano que se haya escrito a  Cien años de soledad ; se recuerda que esa obra entró en la historia de la literatura latinoamericana exaltada en libros de John Brushwood, Seymour Menton, Raymond Williams, Anderson Imbert  y en artículos publicados en medios literarios de muchos países. La  Estafeta Literaria de Madrid le dedicó una página, y Germán Vargas,  uno de los siete sabios de  Cien años de soledad, destacó su gozosacalidad, así como lo hicieron cien o más críticos. Y aun así el autor decidió dejar relegada esa novela y dedicarse a demostrar que no es, de ninguna manera, una sombra del célebre Gabo. Como dato curioso hay que anotar que años después el filósofo norteamericano Ken Wilbur publicó un libro con el mismo título. Y como dato aun más curioso hay que apuntar que un escritor español publicó, 15 años después de la publicación de  Cuentos para después de hacer el amor,  un libro con el mismo título.
 Pues bien: 36 años después de la publicación de  Breve historia de todas las cosas, una pequeña y prestigiosa editorial de la provincia mexicana llamada Educación y Cultura, publicará una novela que se llama  Historia de todas las cosas.  Es la misma vieja novela, alimentada con la sabiduría narrativa acumulada a lo largo de los años, pero con 220 páginas más. Y ahora sí Aguilera Garramuño afirma que va a demostrar que lo que dijo su editor original, si no era verdad entonces, sí lo es ahora. Si alguien tiene curiosidad por conocer a este extraño escritor colombiano que se ha atrevido a mirar del sol de frente, puede visitar su blog www.mistercolombias.blogspot.com  Y finalmente una noticia: Aguilera Garramuño estará el 5 de octubre dictando una conferencia sobre su obra en la Biblioteca Bòbila de L’ Hospitalet de Llobregat.  En la siguiente dirección se podrá hallar información sobre la novela del autor y la conferencia en Barcelona.

lunes, 28 de marzo de 2011

AMAZONAS SEGÚN ANTÚNES

El Amazonas de Garramuño
Rafael Antúnez

Hace cosa de un mes, o un poco más, estuvo en Xalapa el gran poeta Tomás Segovia. El motivo, o el pretexto de su charla, era presentar su reciente traducción de una pieza de William Shakespeare. Tomás habló largo y tendido sobre Shakespeare, la traducción y la poesía. Cuando llegó el momento de que dialogara con el público, alguien, sin venir a cuento con el tema, le preguntó cuál era el destino de la novela. Esta pregunta hecha a un novelista parece una impertinencia, pero hecha a un poeta parecía, y era, una barbaridad. Tomás la sorteó como pudo y acabó hablando de una novela escrita por él.
Su respuesta no me convenció, aunque intuyo que no hay una respuesta a esa pregunta que pueda convencer a todos. ¿Cuál es el destino de la novela?
La pregunta me rondó varias veces la cabeza, sin que alcanzara a hallar una respuesta cabal. Probablemente la hubiera olvidado, tal y como uno suele olvidar todo lo que pasa en las presentaciones de libros, pero la lectura de Agua clara en el Alto Amazonas de Marco Tulio Aguilera (Benemérita Universidad de Puebla, Colección Asteriscos, México 2010), me hizo volver sobre ella.
Quizá mi respuesta les parezca una perogrullada, pero tengo mis razones para creer en ella. A mí me gusta pensar que el destino de la novela es no tener destino. Creo que ésta es una de las grandes enseñanzas que Cervantes nos regaló a los novelistas. Hay que salir a los caminos, pero no recorrer las mismas sendas, hay que viajar, sí, pero no repetir los itinerarios de viaje de otros novelistas. Salir al camino como lo hizo don Quijote, renunciando a ser el hidalgo Alonso Quijano y convirtiéndose en el Caballero de la Triste Figura, dejar de ser cuerdo y volverse loco.
La novela de Marco Tulio se inscribe en una tradición (el viaje por el río en busca de algo o de alguien) que tiene representantes tan dignos como Joseph Conrad y Álvaro Mutis, pero, a diferencia de ellos, Marco Tulio escribe una novela celebratoria, su personaje no viaja al corazón de las tinieblas, sino, como su título lo dice, en busca de agua clara, contempla deslumbrado la inmensidad de la jungla, la turbulencia de sus aguas, escucha el ensordecedor rumor de la selva, ve embelesado la belleza de las indígenas y las posee, en sueños, en historias… El personaje de Marco Tulio, al alejarse de la sociedad e internarse en la jungla, al quedar libre, o desnudo de todos los ropajes que la sociedad da o impone, se convierte en un hombre que debe enfrentarse, más que con la naturaleza, consigo mismo. Confrontarse para descubrir si es bueno o malo. La herramienta que los personajes de Marco Tulio eligen es la narración más que la acción. La narración de hechos que pueden ser o no ser verdad. En este sentido, Agua clara… está más cerca del espíritu de Las aventuras de Huckleberry Finn, que del de las tribulaciones de Maqroll el Gaviero. La narración les sirve para remontar el río del tiempo. “En realidad la novela teje dos historias de viajes –ha escrito Joaquín Díez-Canedo–: una crónica de un viaje real de un académico universitario a la selva y una novela en la que se narra un viaje imaginario de un personaje muy semejante al que hace el cronista de la primera historia. Estas dos historias se confunden, se relacionan y se fecundan. En las dos líneas narrativas los protagonistas asumen actitudes cínicas, pero de un cinismo al estilo de Diógenes: los dos pretenden vivir con pocas cosas y aislarse del mundo para recuperarse a sí mismos. Hay dos tipos de viajes: uno, el exterior, en el que hay muchas anécdotas, aventuras y peripecias; y otro, el viaje interior, en el que tales aventuras propician una transformación. El protagonista (los protagonistas) se conocen a sí mismos al conocer el mundo”.
¿Habrá estado alguna vez Marco Tulio Aguilera en el Alto Amazonas? A mí me gusta pensar que no. O, mejor dicho, que no ha estado físicamente. Y que como a todo buen novelista, le bastó con leer sobre el tema y dar rienda suelta a su imaginación.
Hace algunos años apareció un libro que tiene por título ¿Fue Marco Polo a China? Lo escribió una connotada cinóloga, Frances Wood, experta en historia antigua de China y conocedora como pocos del chino clásico. Ella buscó y rebuscó en viejos archivos, anales y crónicas del medievo chino y llegó a una sorprendente conclusión: el viaje de Marco Polo a la China nunca tuvo lugar: “Marco Polo, cuyo libro impulsó al rey don Enrique el Navegante a enviar navíos a la India y a Cristóbal Colón a buscar por el Oeste los tesoros del gran Kan, no salió nunca de Europa, y su relato es una falsificación de tercera o cuarta mano, un zurcido de cronicones embusteros y testimonios mal contados por otros”. Pero este embuste es, si bien lo vemos, también uno de los grandes triunfos de la imaginación.
Marco Tulio, prefiero pensar, inventó su Amazonas, su río de historias, falsas y verdaderas. La verdad literaria siempre será más bella que la verdad, porque no necesita pruebas ni testimonios, no requiere de ningún tipo de comprobación. Si el novelista dice que ha estado en el Amazonas y el lector duda de él, bien hará en cerrar la novela e ir en busca de un libro de viajes. Marco Tulio no deja lugar a dudas sobre su postura. Escribe: “Es claro que escribir una novela no salva a nadie, es simplemente un pretexto, una aventura que digiere el tiempo, ayuda a vivir y a escapar de las rutinas a veces insoportables. Las novelas son mentiras grandes que parecen verdaderas y que mientras más mentirosas sean resultan más verosímiles. El novelista termina por habitar más en su mundo que en el de los demás. Es, ni más ni menos, un esquizofrénico. Lo separa del mundo un abismo y lo une un puente: su obra.”
De una manera muy cervantina, el narrador olvida o trastoca, como ustedes quieran, los nombres de su o sus amadas, la real o reales y las imaginarias. Y al trastocar una y otra vez la realidad, al hacerla tan confusa o tan hermanada a su fantasía, el narrador no hace otra cosa que volver una y otra vez (por sus propios senderos y con sus propios medios) a esa vieja y siempre nueva pregunta que campea por la gran novela desde Cervantes hasta nuestros días: ¿Qué es la realidad? Hasta qué punto son reales las historias que nos refiere el narrador, hasta qué punto es real su viaje. Don Quijote, el santo patrón de los novelistas, es un alma errabunda que sale a los caminos en busca de aventuras, labrando a cada paso su destino. La novela, y Agua clara en el Alto Amazonas es buena prueba de ello, hace lo mismo. Es una loca que está cuerda, una mentirosa que se vale de las mentiras para decir su verdad, para lanzar sus preguntas, sus impertinencias, sus vicios, sus dudas y certezas a los cuatro vientos. Fundada sobre la libertad y sobre la duda, pues sin dudas no hay libertad, el narrador se sincera, o finge sincerarse (en realidad no importa) para decir a cada momento su verdad: “Sé que en verdad no estoy engañando a nadie, pues la imaginación es una de las más altas formas de la realidad. Einstein dice que la imaginación es más importante que el conocimiento. Estoy de acuerdo. Quienes me conocen en carne y hueso, saben que fui deportista voluntarioso, atleta mediocre, para no desentonar con la medianía que es mi regla de vida y mi mejor estrategia para triunfar –y que la vanidad o el temor a la vejez y a los achaques del amor tardío (mi mujer es quince años menor que yo, acudió a mis clases de redacción científica; de ahí pasó a mi cama y luego al registro civil: hoy tenemos tres hijos) me han mantenido relativamente en forma. A los cuarenta y nueve conservo una figura no del todo estropeada. Sé también que soy ligeramente mitómano, lo que no es nada excepcional. Una de mis características sobresalientes es la imprudencia. Repito: soy el inmodesto director de una revista científica de provincia, pero también el héroe de mí mismo y de algunos lectores ingenuos o desorientados”.
Agua clara en el Alto Amazonas es una novela de viajes, al interior de la selva amazónica imaginada por Marco Tulio Aguilera. Como un moderno Aduanero, Marco dibuja, inventa, una flora, una fauna, un río que es muchos ríos, un narrador que es muchos narradores, una mujer ideal que es muchas mujeres, y una novela que no dudo en calificar como de las mejores escritas por él. Una novela que crea su propio destino, errabunda y licenciosa, poética y turbia como las aguas del Amazonas, de donde este novelista nos ha traído un poco de agua clara.



sábado, 26 de marzo de 2011

LA BALADA DE LOS BANDOLEROS BALADÍES, PREMIO LATINOMAERICANO DE NOVELA 2010

NOVELA PREMIADA CON EL PREMIO LATINOAMERICANO SERGIO GALINDO ES UN ATERRADOR TESTIMONIO DE LA VIOLENCIA
Marco Tulio Aguilera
Hay en Colombia toda una tendencia novelística a la que han llamado el sicariato. A ella pertenecen novelas que han alcanzado una celebridad en general basada en el escándalo, la violencia, la falta de escrúpulos, la exhibición casi gozosa de lo peor de la naturaleza humana: masacres, desmembramientos, decapitaciones, desollamientos, prostitución de adolescentes y niños, exterminios masivos, venganzas, niños que asesinan a cambio de una dosis de marihuana… todo lo imaginable, en esas novelas se repite hasta el delirio en escenas que harían palidecer de envidia al marqués de Sade, escenas que son exhibidas y consumidas por un público casi insaciable que sigue con apasionamiento novelas como Rosario Tijeras, Sin tetas no hay paraíso, Satanás, Buda Blues. No olvido que hace algunos años Gustavo Álvarez, escritor que ya abomina de la literatura, me dijo: “Ya lo que tú escribes no le interesa a nadie en Colombia. El amor es un tema desterrado. Aquí sólo tiene público la muerte, mientras más atroz, mejor”. No es vituperable, opino, que se traten estos asuntos que han acompañado a la humanidad desde siempre (recordar por ejemplo que los romanos crucificaron a los seguidores de Espartaco equidistantemente cada diez metros a lo largo de cientos de kilómetros, por ejemplo, o que los nazis tuvieron como programa moralizante exterminar a la raza judía o que los aztecas sustentaban con sangre el edificio de su concepción del mundo), pero sí que se narren estas escenas con frialdad quirúrgica, sin algún tipo de poetización, explicación o metaforización. Todo en esta malaventurada humanidad tiene un significado, y eso es lo que soslayan muchas de estas novelas. Hay en el público, particularmente en el colombiano, el gringo y ahora el mexicano, una especie de encanto por la muerte: basta recordar el fanatismo que tienen los gringos por sus asesinos seriales y el éxito que ha alcanzado en México la serie televisiva llamada Mujeres asesinas y la popularidad casi invulnerable del ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe, que hizo un gobierno  genocida entre los aplausos de multitudes. ¿Qué hay detrás de todo esto? Alguien, tal vez un anónimo creador, parece querernos acostumbrar a convertir a la muerte en una especie de carnaval al que podemos asistir risueños… hasta que nos toque el turno de poner la cabeza en la guillotina.
¿A qué viene todo este resobado y resabido discurso? A que estoy leyendo la novela premiada en el Concurso de Primera Novela Sergio Galindo 2010 y veo en  ella, leo en ella, la culminación, el exacerbamiento de esta especie de cultura de muerte. Los asesinatos se cuentan en esta novela por miles y van repitiéndose sin la profunda reflexión que ocasiona en Raskolnikov el asesinato de la anciana usurera de  Crimen y castigo. ¿Perjuicios que causa esta literatura? En Colombia se atribuye a estas novelas y series televisivas el aumento de la sevicia de los asesinatos, el crecimiento de las pandillas de sicarios, la pérdida de la sensibilidad hacia el arte, el culto al dinero, a la falta de compromiso, el odio a la patria, a la vida. Pero, ¿todo este arte necrofílico es acaso un invento de mentes perversas? Evidentemente no: en Colombia pasa todo eso y más.
La novela de este joven colombiano, Daniel Emilio Ferreira Gómez, La balada de los bandoleros baladíes, se lee casi sin aliento, con una especie de encanto por el horror. No tiene un estilo depurado, más bien escribe apenas con brochazos de palabras, palabras efectivas, con poca elaboración, pero directas. Narra la venganza de un   monstruo moral contra un mundo que sólo le ofreció ignominia, asco, horror y que no tuvo en su existencia ni un solo instante de paz. Estremecedora, resulta ser un espejo de lo que ha sucedido en Colombia, está sucediendo en México y puede suceder en el mundo. Apocalíptica, sin duda, como la novela Necrópolis,  de Santiago Gamboa, no es sin embargo una obra depreciable, sino un testimonio descarnado, quizás cínico o amoral, que exige lectura. Y, hay que decirlo, es la mejor novela de cuantas hayan sido premiadas en el Concurso Primera Novela Sergio Galindo, promovido por la Editorial de la Universidad Veracruzana.

martes, 22 de marzo de 2011

TRES AFORISMOS DE MT

Las mujeres siempre tienen la razón; y si no la tuvieran habría que dársela.

Que el mundo se esté acabando no quiere decir que uno tenga que echarse a morir.

Todas las guerras que ha habido han tenido su origen en la necesidad que tienen los hombres de huir de su casa muy temprano para no tener que lavar platos.

Eduardo García Aguilar habla de Garramuño

SAMEDI 13 AVRIL 2019 LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO  Por Eduardo García Aguilar La Universidad Veracruzana ...