He aquí un artículo aparecido en La Crónica, en el que René Avilés Fabila habla, con su habitual libertad y desparpajo, de un no-homenaje que le hizo la FLU 2010 y de otros temas que tienen que ver con la ratonera cultural mexicana http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=577216
Incluyo también una carta que le envié al respecto.
René
Gracias por tu respuesta. Hay muchos detalles de tu carta que me tocan, porque comparto contigo muchas situaciones. La del ninguneo es la más evidente. Llevo treinta años escribiendo sobre literatura mexicana y a cambio de ello los escritores mexicanos me han ignorado olímpícamente. Difícil encontrar un nombre de autor que no haya yo tocado en mis reseñas a lo largo de los años en La Palabra y el Hombre, Crítica u otros medios. Fuera del suplemento Sábado y del Búho de Excélsior, pocos medios se han ocupado de mis trabajos. Fuera de Enrique Serna, José Agustín y Juan Domingo Argüelles, pocos se han ocupado de mi trabajo. Lo más común es que los escritores quieran que les sirvan pero no quieren servir a nadie. Es muy frecuente que me encuentre con verdaderos capos de las mafias literarias y que ellos manifiesten ser mis lectores, pero que a la hora de enfrentarse a mis libros prefieran ignorarlos. En las grandes editoriales mi nombre está vetado ya sea porque he tocado a Fuentes, a Poniatowska, a Revueltas o a otros santones. Después de estar aspirando a publicar en las grandes editoriales y después de lograrlo algunas veces, he llegado a pensar que no debo ocuparme tanto de buscar gran difusión: lo que debo hacer es publicar mis libros donde buenamente pueda, y seguir adelante. Pienso que conservando íntegra mi capacidad de ejercer el criterio y ejerciéndolo donde me dejen, soy más feliz que elogiando sin medida a mediocres para subir flacos escalones.
Creo que vale la pena reflexionar sobre esto.
Recibe todo mi afecto
mta
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lunes, 9 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
EL DISCURSO AMOROSO DE MUJERES AMADAS
He aquí una excelente tesis sobre mi novela Mujeres amadas... Reproducida sin autorización de la autora... que tampoco me pidió permiso para hacer su tesis sobre mi novela...
http://recursosbiblioteca.utp.edu.co/tesisdigitales/texto/863865A662.pdf
http://recursosbiblioteca.utp.edu.co/tesisdigitales/texto/863865A662.pdf
miércoles, 4 de mayo de 2011
PREMIO LATINOAMERICANO SERGIO GALINDO A PRIMERA NOVELA EN LA FERIA DEL LIBRO UNIVERSITARIO
Programa General
CHIVA: Hector Dario Rivas Barrera, colombiano, gana Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo en FILU 2011. En boletín de Germain Martínez se informa que es una novela "entre el amor y la droga"... colombianos teníamos que ser. Ya que legalicen la droga y se dejen de violencias inútiles...
lunes, 2 de mayo de 2011
LA HERMOSA VIDA
En la siguiente dirección encontrarán un artículo del poeta mexicano Eduardo Langagne sobre mi novela La hermosa vida, tercera de la serie de novelas que he llamado El libro de la vida, obra que languidece en el catálogo de libros de CONACULTA, Colección Guardagujas. Tiene un precio elevadísimo, para ser una novela publicada hace casi diez años. Supongo que no les interesa venderla: publican para llenar bodegas, no la colocan en librerías, no la promueven... Y creo que la novela está bastante bien. Publicaré apartes en este blog. Cuento en ella algunos secretitos de José Donoso. Píquenle al vínculo...
http://cdigital.uv.mx/bitstream/123456789/591/1/2002123P199.pdf
Perdón... no sé por qué no funcionó el vínculo. A cambio de ello les ofrezco el primer capítulo de La hermosa vida...
Perdón... no sé por qué no funcionó el vínculo. A cambio de ello les ofrezco el primer capítulo de La hermosa vida...
CLASES DE VIOLÍN
Le pedí a la hija de Bárbara que me diera clases de violín. Pidió 200 pesos por hora de 45 minutos sin dejar de mascar su chicle, dejando deslizar su mirada de abismo entre la fronda de sus pestañas. Nunca creí que se atreviera a pedir tanto. Pago eso y hasta tres ojos de la cara, pensé, mirando a la niña que me hacía fumar los dedos y jurándome a mí mismo que no iba a cometer una torpeza. Dejaría que las cosas siguieran su curso. ¡200 pesos! "Y no admitiré que te propases...un minuto más", dijo sonriendo con ese destello de encanto de bestia joven que la hace tan turbadora.
Esa es la primera historia que quiero contar, pero antes debo liberarme de la Princesa de Huamantla, a quien vería justamente después de mi primera clase.
--A ver, toma el violín y haz una escala de Do mayor.
¿Una qué? Yo toco el violín como si montara una bicicleta, como si tripulara una mujer. No sé nada de escalas. Tengo idea de las rayas y las bolitas. Del pentagrama. Sé navegar sin instrumentos y hasta el presente no he naufragado.
Tomé el violín. Cerré los ojos y me dije: tocar una escala debe ser como subir una escalera. Simplemente subes y no miras los escalones.
Cuando llegué al rellano abrí los ojos.
--Deja el violín a un lado.
Tomó una de mis manos. La sopesó. Relájate, dijo. La acarició.
--Estas manos nunca, nunca, llegarán a interpretar ni la pieza más elemental con la sutileza necesaria. Eres pesado, torpe, cursi, excesivo, falto de toda armonía--. ¡Otra insultadora! Dios, cómo me persiguen. Hace algún tiempo tuve una esposa. Bueno, casi tuve una esposa, que me insultaba hasta dormida--. Vuelve a tomar el instrumento e interpreta cualquier cancioncilla.
Me atreví a lanzarme contra Santa Lucia Luntana, una de las pocas piezas que podía interpretar a mis quince años, en el gallinero que fue mi sala de conciertos hace ya tanto tanto tiempo. Trilce enterró la uña de su índice derecho con una saña terrible en mi cuello, en la muñeca derecha, en la cintura, en las piernas, al tiempo que decía:
--Tocas con el cuerpo tenso, con la muñeca derecha tiesa como una piedra, con los hombros y el cuello rígidos. El cuerpo debe estar relajado, como si estuvieras haciendo ejercicios de yoga. La muñeca que lleva y trae el arco debe moverse en armonía, casi como un pincel que va y viene sobre un lienzo.
Toda la clase la dedicó a asuntos técnicos. No hubo ni un instante de deleite, como no fueran las miradas de reojo y a escondidas que le lanzaba al candorosísimo seno, al talle de menta y al horizonte delicioso de su cuello. Allí donde se juntan el mar de sus ropas y el cielo de su busto, perdía este inocente su vocación de músico.
--Eres demasiado masculino. Para tocar bien el violín hay que conservar vivo el espíritu casto que todos traemos dentro al nacer, dejarse poseer por el instrumento, ser ligeramente andrógino, como Paganini, cuyo carácter diabólico no era tal, sino simplemente una feminidad mal entendida.
Ahí comenzó el asunto con Paganini.
--¿Sabías que Paganini tenía una debilidad enfermiza por las niñas impúberes, que no se bañaba durante meses, que mató a una niña en un burdel, que las ancianas perdían la compostura y que caían presas de una lujuria incontrolable en sus conciertos?
--Eso no es nada raro. Yo también tengo las mismas debilidades y otras que cultivo en mi jardín particular.
Lo dije en voz baja, enterrando el dedo gordo en las arenas movedizas. Trilce no se inmutó. Cuando ella habla solamente parece escuchar su propio eco.
--Fue el más grande violinista que haya existido y existirá --Suspiró, modióse un borde del labio, observó las yemas de sus dedos con ojos de bella iluminada--. A los grandes se les debe permitir todo.
No respondí. Sólo los dedos de mi mano izquierda hablaron, arqueándose nerviosos o juguetones sobre el cuello de mi Stradivario de circo. En ningún momento me miró a los ojos. Me prohibió determinantemente que a partir de entonces interpretara piezas aunque fueran elementales. Lo primero era dominar los rudimientos. Escalas, escalas, escalas.
--Tienes que subir y bajar escalas, soñar escalas, interminablemente, horas y horas y horas, hasta que cada nota sea perfecta, inconfundible, una obra maestra en sí misma.
Tuve la tentación de decirle que no quería ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Moscú, sino tocar para mí en las horas de soledad o desconsuelo, pero estoy seguro de que si se lo hubiera dicho, habría cancelado definitivamente las clases.
Mi historia con la Princesa de Huamantla es larga y tediosa. Incluso más larga que mi historia con Bárbara Blaskowitz, la madre de Trilce. A Carmina Ximena la conocí en una fiesta de sanos borrachos. Dos días después estábamos en la cama y tres o cuatro años después seguíamos fornicando sin amor ni entusiasmo. Al cuarto año comenzó a anunciarme que se iba a casar. Aplaudí la decisión y fingí pena por cortesía. Pasó meses pregonándolo mientras yo le trabajaba Los Senos Más Eminentes de La Parroquia hasta terminar entrepiernados, ahítos y más desganados que nunca.
En la segunda clase estuve desastroso, semiadormecido, bostezando continuamente, al tiempo que miraba con fruición de borracho a mi pequeña maestra.
--Qué pasaría si yo fuese un estricto profesor austriaco y estuviésemos en Viena --dijo Trilce masticando las palabras--. Eres miope y obtuso, das los golpes de arco como si estuvieras a punto de vomitar, careces de ritmo y las notas son ambigüas, confusas. No haces música sino algo entre melcocha y ruido de aserradero. Y, ¿sabes por qué? Porque crees en las estupideces de los manuales de música. Colocas el cuerpo como si estuvieras posando para una estatua. Aprietas la mandíbula, tienes la espalda tensa, pareces estar esperando el disparo de salida de una carrera de cien metros.
Volví a colocar mi cuerpo en posición. El pie derecho adelantado. La muñeca izquierda curva sobre el cuello del violín. Puse el instrumento en línea con mi torax. Trilce se paró frente a mí. Movió la cabeza denegativamente.
--La verdad es que no existe una posición correcta para tocar el violín. Cada persona debe descubrir su propia posición y ella depende de la longitud de los brazos y la configuración de la estructura ósea. Casi todos los maestros enseñan a tocar mal, los métodos clásicos son absurdos, piden a sus alumnos que usen músculos antagónicos a los que deben usar. El violinista tiene que imitar a la naturaleza, no ir contra ella.
Tomó mi brazo izquierdo y lo colocó en ángulo de cuarentaicinco grados con respecto a la clavícula. Modeló mi muñeca con su mano. Respiré hondo. Intenté una escala.
--Imagina que estás en una corte y que te miran damas de altos peinados, con joyas deslumbrantes y escotes profundos. Piensa que Vivaldi está entre los presentes y que cada nota tuya será juzgada severamente y que si te equivocas te cortarán la cabeza.
La mano del arco temblaba. Una nota que debía ser larga y sostenida fingió brincos de rana sobre el agua pantanosa. El arco formaba un ángulo borracho con respecto al puente del violín.
--Serás un escritor medianamente soportable, pero como músico eres un macaco. Las cuerdas del violín no son uniformes, sino que tienen arcos y nudos. Si tocas sobre un arco constantemente, el sonido saldrá parejo, pero si vas de arco a nudo, tu sonido saldrá como el encefalograma de un maniático, ¿entiendes?
Tomó el violín. Lo hizo con gracia y energía. Emitió una nota larga, solemne, majestuosa. Me puso el instrumento en las manos.
--Así. Toca cada nota como si fuera una catedral gótica, imagina que eres Ruggiero Ricci, párate con elegancia, con el cuerpo descansando, cierra los ojos y contempla un sereno curso de agua cristalina en el bosque. Unas criaturas de pies sutiles y cuerpos de gacela, envueltas en telas tenues como nubes transparentes, te observan.
Pensé: Mejor tiro el violín y voy a buscarlas. Pero no lo dije. Miré su cuerpo, ese rostro de criatura tránsfuga de un paisaje de Bougereau. La belleza y la armonía de Trilce son subyugantes, ensordecedores, aletargantes, son como una cascada, como un raudal que baja entre piedras pulidas por siglos, como una estampida de búfalos, como ... ¡mierda!, le dan ganas a uno de hacer poesía. Lo que Bárbara tiene de hombruno, en su hija es quintaesencialmente femenino: hay tal encanto en el conjunto de su persona que uno no tiene otra alternativa que quedarse extasiado contemplándola. Pero existe en ella una tensión no resuelta que hace pensar en un bicho de venenos desconocidos.
Trilce notó el sesgo de mi mirada. ¿Cuándo, querida Trilce, cuándo le pides licencia al Señor de los Sueños para salirte del olimpo y entrar en mi corazón y en mis entretelas? De tanto mirarla perdí el ritmo por enésima vez. Trilce tomó un par de ladrillos y los hizo chocar a manera de metrónomo.
--El arte entra con sangre. Tú nunca vas a llegar a ser un artista. ¿Sabes por qué Paganini llegó a tocar como nadie lo hará jamás aunque la posición de su cuerpo al hacerlo era absurda, grotesca, casi animal? Porque su padre, que era tendero, lo obligaba a tocar tras la pared de la tienda desde los tres años de edad. Y cuando el niño dejaba de tocar, su padre iba con un látigo y le despellejaba la espalda. Paganini pasó toda su vida tocando violín o violando niñas, por eso es que nadie podrá volver a tocar como él.
Según Trilce el arte de tocar el violín se hace fácil cuando el violinista descubre el ángulo en el que debe estar su brazo izquierdo. Para ello debe mirarse constantemente en un espejo, hasta lograr que el arco corra absolutamente paralelo con respecto al puente.
--Es un asunto cósmico. Cuando un violinista toca bien, está cumpliendo con las leyes de la totalidad, forma parte de la sinfonía universal, es llevado por la mano de Dios. El gran secreto del artista es este: hay que herir un punto y limitarse a él, nada más. Cualquier otra ambición es absurda. Tocar bien el violín es la cosa más fácil del mundo cuando se descubre el punto que hay que herir. Lo difícil no existe. Cuando se encuentra algo difícil es porque se está haciendo algo mal.
Al final de la clase mi pequeña maestra estaba sudando, se comía las uñas, se mordía los nudillos, más que respirar suspiraba.
--Quizá en tu tercera encarnación llegues a ser violinista. Por ahora apenas puedes aspirar, con esfuerzo y disciplina, a ser comparsa de ciego. ¿Sabes lo que te está perjudicando? Esas salidas al mundo.
Y tenía razón. Bastó ver a la Princesa para que cayera. ¿Qué? Alguien me llamó, burp, aquí estoy, dijo la Señora Lujuria vestida de andrajos, sus muslos hercúleos, sus pechos de Diana. ¿Cuánto tiempo sin olerte el coño, mi indiecita amada, Los Senos Más Famosos de La Parroquia? La invité a cenar y me dispuse a perder el tiempo y algo más, pero, bueno, el tiempo perdido es el único tiempo ganado, dice Proust, y semen retentum venenum est.
La señora Lujuria, sonriente, demoniaca, cruzó una pierna y balanceó la otra, en su rostro un gesto de burlesca resignación, de inocencia perversa, se sabía caricatura y gozaba de ello.
--No se puede servir a dos amos, cariño --me dijo--. Ven a mis brazos.
Frugalmente, como de costumbre, llevé a la Princesa a casa, y apenas como pretexto para lo otro le ofrecí un revoltijo de papas, cebolla y huevos, que bajamos con un vino de alcantarilla. Ella comió y bebió sin chistar, paciente como siempre ha sido, sabedora de que conmigo la patraña de las velas y los sahumerios no funciona. Luego echamos un par de caldos tlalpeños cargaditos y sabrosos, durmió y se fue.
--Esas salidas al mundo te van a estropear. La Parroquia te va a acabar como artista. Tienes que hacer lo que yo hago. Encerrarte a piedra y lodo. Quizás tengas salvación. Dime, ¿qué estás haciendo?
--Escribo una novela de amor.
--Llevas veinte años escribiendo una novela de amor. Tu autobiografía amatoria, supongo. La exaltación de tu vanidad de macho.
--Hay algo más. Yo también quiero herir un punto, como dices.
--¿Cuál?
--Quiero escribir una novela como una espada que atraviece el pecho del lector, una obra que sea un abismo del que nadie escape, sin valles, con puros picos nevados. Descubrir la sustancia más íntima de la mujer, desnudar su misterio o su embuste.
Trilce sonrió.
--Pareces un niño. Todavía no te das cuenta de que el mundo de los sueños es inalcanzable o que es un paraíso que perdims hace tiempo. Quieres violentar la naturaleza. Eres un campesino educado a prisa. Eres kitsh en grado sumo: crees posible pescar la perfección y hacerla encarnar en una mujer, en una obra, quieres aclimatar a los pájaros bajo el agua. En cualquier arte hay que seguir las leyes de la vida: es necesario tener remansos de paz, para que cuando venga la intensidad, ésta apriete el corazón del lector, del que escucha, del que mira.
¡Quince años! Quince años y habla como el oráculo de Delfos. Extendió la mano derecha y con el dedo índice de la izquierda acarició su palma abierta. Dejé sobre ella el dinero. No hablamos sobre su madre ni sobre las viejas complicidades. Hubiera sido inútil insistir: ella no existía sino para ser virtuosa. ¿Yo? Pues, el viejo chisme. Sigo empeñado en ser un genio literario, pero mientras llego a serlo, quiero hacer unas cuantas piruetas, dos o tres paradas en el camino, dormir en posadas amables con mozas generosas, beber buen vino y comer truchas sin mojarme el culo.
--No estoy segura que tengas el rigor necesario para aspirar a ser un Chéjov --dijo--. Pierdes mucho tiempo en escoria, la lascivia y el desenfreno te comen el cerebro. La ambición, la vanidad, la intemperancia te acosan.
¡Los ojos de Trilce, esos ojos de uva moscatel, de paisaje antes del viaje, esos ojos como ramas cargadas de frutos! Quisiera comparar los ojos de la madre y la hija, decidir de una vez por todas cuáles me emponzoñan el alma con más deleite.
Mi maestra abrió la puerta que da a la calle, después de dejar escrita sobre el libro de Crickboom la tarea. Salí cabizbajo y rasguñado por las espinas de las frondas de los rosales hirsutos y polvorientos que rodean la casa. Sentí a mi niña allá atrás esbelta, alada, dueña del poder de su juventud y de su talento intacto, con su espada flamígera en la mano. Sus observaciones me deprimieron. Razón tenía: me faltaba fibra y me sobraban ganas de dilapidarme a mí mismo. ¿Conclusión? Me prometí desollarme los dedos hasta los huesos con las cuerdas del violín el fin de semana y dedicarme al ascetismo.
Cuando la Princesa abandona el campo de aterrizaje (todavía no he podido comprar un colchón decente, por lo que no me permito escribir "campo de plumas", lo que sería menos rústico) me mantengo un rato con los ojos cerrados. ¿Qué hacer? Prendo el aparato enemigo. Como una obsesión, como una aviso del infierno o del cielo --¿quién puede decir con conocimiento de causa la diferencia?--, como una pesadilla, veo a la señora Bárbara Blaskowitz. Está en el noticiero del Canal de Veracruz. Bárbara, como Proteo, asume todas las personalidades, como Dios, está en todas partes: al lado del Gobernador inaugurando un puente, en la fundación de un nuevo refugio para niños desvalidos, como asesora del director del nuevo reclusorio, como madrecita de alcohólicos, neuróticos, drogadictos y madrina de equipos de ciegos, como líder de un sindicato diferente cada año, encabezando una campaña para recoger víveres para los indígenas de los altos de Chiapas. Y siempre se renueva, eterna Bárbara, no permite las ofensas del tiempo sobre su cuerpo de diosa del Walahlla y su espírit de amazona.
Bárbara Blaskowitz parece una enfermedad incurable: quien la conoció no la supo jamás olvidar. Quién la amó que no la amara a primera vista. Quien conoció la ciencia de sus labios la recordará hasta el borde de la tumba inhóspita. Tirana. Apago el aparato. Tomo el violín. Los ejercicios me absorben y adormecen, gastan mi fuego, mi dotación cotidiana de fuego. Poco a poco voy encontrando, con ayuda de Trilce, los secretos del violín y de la música. Hoy supe con asombro que los tonos melancólicos, menores, y los alegres, mayores, tienen sexo: unos son masculinos y otros femeninos. Todo obedece a las mismas leyes. Las mujeres son como los violines: sólo ceden sus secretos a quienes sepan interpretarlas.
Trilce estudia por una especie de mandato divino, de autosacrificio. ¿Para qué encerrarse a estudiar violín como una maniática, si no va a salir a dar conciertos, a enseñar su arte? Trilce no da razones. Pasa la existencia recluida en la casita cuya renta le paga su padre, por el rumbo de la vieja carretera a Coatepec. En las últimas semanas estuvo preparando una pieza para violín solo de Bartok. Aquello era una especie de choque de ejércitos impíos entre relámpagos y truenos, remansos y cataclismos, un despeñadero de aguas que arrasaban el universo entero, aquello era la conciliación definitiva y el apocalipsis, todo bajo el poder de aquella criatura que con el instrumento en las manos parecía un dios empeñado en construir y reconstruir un mundo que no terminaba de quedar a su medida y deleite. La idea original era presentarse en el Teatro del Estado y luego firmar el contrato para iniciar una gira de conciertos que la haría recorrer varias capitales de Europa Oriental. Luego ya no le interesó el asunto: todo se reducía a batallar contra la tremenda dificultad de la pieza. "El público me pone nerviosa, dijo. Ante el maestro de perfeccionamiento en la escuela de Milán fui capaz de ejecutar lo que casi nadie ha hecho. Pero basta que dos o tres antropoides me estén mirando para que los dedos se me pongan tiesos como ramas secas".
Los hombres no son otra cosa que estorbos en su vida. Una vez que logró independizarse de su madre, pudo escapar del círculo satánico de los hombres que asedian a la señora Blaskowitz como bestias en celo y que miran a su hija con codicia.
No puedo dejar de embobarme ante la energía y la pericia violinística de Trilce, pero tengo otros deberes para con la eternidad. Me dedico a leer las Memorias de Simone de Beauvoir: lentas, lentas, con algunos hallazgos no del todo deslumbrantes. Mi intención es leer toda la literatura femenina que pueda, para lograr en mi libro ("La obra maestra del mes", comentan los compañeros de oficina, que me ven seis de cada ocho horas convertido en un póngido, robándole tiempo a la Editorial para dedicárselo a mis novelas) el otro ángulo de la perspectiva amorosa.
La idea de que las mujeres aman de una forma diferente a los hombres, aparte de ser un lugar común, es seductora y en cierta forma inevitable: las mujeres aman más: la calidad de su amor es más esencial, ocupan más tiempo en el asunto, disfrutan más del erotismo; de hecho las mujeres quieren estar amando siempre; la característica de su amor es la continuidad, mientras que los hombres aman esporádicamente, en sus ratos libres. Para las mujeres el amor es una ocupación de tiempo completo, por eso no sirven en campos de alta especulación: hay escasas científicas eminentes, pintoras, escritoras. ¿Dónde está el Miguel Angel femenino, dónde el Cervantes o el Einstein?
Virginia Woolf en una conferencia que se ha hecho célebre y que se convirtió en una especie de manifiesto de las mujeres que han aspirado a ser escritoras y seres humanos plenos, señala que el gran defecto de muchos novelistas hombres es que escriben exclusivamente con la parte masculina de sus espíritus. Y señala que las almas auténticamente grandes son andróginas y que gracias a ello pueden dar cuenta de la naturaleza humana en su complejidad. Los drenajes de las almas femeninas desembocan en el mismo mar de incertidumbres.
La Parroquia es el hoyo negro de Xalapa. Los machos y las hembras de este pueblo van a ese café como si fueran a misa, en la esperanza de conocer a alguien diferente que naturalmente nunca llega. Entré como habitualmente lo hago, tratando de no ser visto y de ver lo más posible, para tener un registro completo de los enemigos y un dominio del campo de batalla. Allí estába Bárbara, espléndida como la reina de las nieves, imperando en medio de una jauría de lobos aullantes. Bárbara disfrutaba de su corte de ancianos, en cuyo centro se hallaba el médico turco que parece una rata del drenaje profundo de la ciudad de México.
Recientemente se ha descubierto una nueva raza de ratas, del tamaño de perros doberman, que viven bajo la ciudad de México y son inmunes a todos los venenos conocidos
El turco hacía el papel de príncipe consorte. Era el número catorce (tal vez exagere) en la lista de sus amantes conocidos y todo el pueblo lo sabía. Tomé asiento en un rincón alejado del ruido, con la intención de leer unas cuantas páginas de mi Libro de la Guarda. Sin embargo no pude concentrarme. Noté que la señora Blaskowitz volteaba frecuentemente. La saludé a distancia con lo que quería ser una afectuosa, leve y amable sonrisa. Vi que se ponía en pie y avanzaba hacia el segundo piso, donde están los baños, y con asombro descubrí que pasaba a unos cuantos centímetros de mi cuerpo y no saludaba. ¡Emergencia! Algo muy grave debía estar pasando para que su nobleza teutona incurriera en el bajo recurso de la indiferencia. Sin embargo esperé que al bajar se sentara a mi lado. No lo hizo. Pero tampoco fue a sentarse con el turco y sus seniles. En realidad dio un rodeo, supongo que estaba dudando, y se dirigió a mi mesa. La domino, pensé, está en mi poder. Bastó que lo pensara para que ella cambiara de rumbo otra vez y se sentase con una mujer de la Sociedad de Adictas a las Relaciones Destructivas. Pensé: Me está poniendo una trampa: espera que yo haga el movimiento de acercarme; se ha sentado en un sitio neutral. Pues voy a caer en la trampa: cuando me lo piden amablemente puedo ser humilde. Estoy dispuesto a ponerme de rodillas ante quien se ponga de rodillas frente a mí. Me puse en pie. Avancé hacia ella. Me senté a su lado. Le di un beso de albañil en la mejilla, que ella ofreció con desidia, cuando habitualmente hace aspavientos de placer, hummm, como si un simple beso la hiciera absolutamente feliz. Hablamos de lo básico y dejamos lo demás en el umbral de los emocionantes malentendidos.
Le dije que la había visto en la televisión. Comentó que ganaba 10 000 pesos sumando los cuatro trabajos que tenía. Once veces mas que yo, respondí. ¿Qué haces, preguntó. Escribo mi obra maestra del mes, respondí. Y a veces me lastimo mi parte más tierna pensando en ti, agregué.
Bárbara se había dedicado a leer palmas de manos. En este pueblo no hay muchas diversiones, las hembras disponibles escasean y casi siempre hay una cortina de niebla que parece nata de leche recién hervida. El resto del tiempo caen sobre el mundo gotas que parecen pedradas. Por eso a la señora Blaskowitz nunca le faltan clientes. Le tendí la mía.
--Tienes mucha suerte --dijo--. Has disfrutado de muchos amores. En tu vida hay un triángulo. En tu mano derecha veo dibujada una estrella de David. Posees un profundo instinto artístico--. Todo lo anterior era, sin duda, muy poco brillante, más chisme que premonición, hum. Luego:
--Andas bajo el agua y casi nunca te asomas a la superficie. Siempre estás recomenzando.
--¿Qué?
--Todo.
Miré sus ojos del color de la aguamarina, transparentes y aterciopelados, sensibles, sentimentales, como deben ser los de una mujer que ha hecho del enamoramiento su profesión. A diferencia de los de su hija --fríos, de una mortal severidad--, pregonaban una condición desolada, un ansia de protección, que la habían entregado desnuda al antojo de una horda de impertinentes. Si había serpientes en el campo florido de Bárbara Blaskowitz, nunca lo supe. Goce de ella hasta que otro mortal le tocó el corazón a la dama. Un día salí de la ciudad y al regresar ya había otro individuo sentado en su regazo.
--Tienes unos ojos hermosos y castos--le dije. No me atreví a agregar "diferentes a los de tu hija, que parecen anunciar cuidado con el perro".
--¿Sabes leer ojos?
--Sólo algunos. Sólo los ojos de las mujeres enamoradas.
Entonces le expliqué mi historia favorita para cazar a cierto tipo de doncellas poéticas. La señora Blaskowitz no es doncella en ninguna de sus partes, pero sí tiene el don de la poesía, especialmente en la boca más juiciosa y abnegada que he conocido. También le conté un sueño con bestia incluida. Ella replicó con lo que llamó El sueño de la telaraña.
--Soñé que las relaciones de los seres humanos son como hilos de araña.
Guardé esa idea y ya en casa me puse a destramarla. Tenía razón la madre de Trilce: la telaraña es el tejido de la vida y uno está ligado por hilos sutilísimos con muchas personas. Bárbara tiene buenas ideas pero no sabe aprovecharlas. Le basta vivirlas, para luego verlas extinguirse en la noche de la amnesia.
--Es curioso --dijo--: tu vida y mi vida parecen estar coincidiendo de nuevo --. Y luego, cayendo en uno de sus habituales trances depresivos:
--Tengo una relación con un tipo que me considera el depósito de sus vicios.
Entendí que se refería a otro individo. No al médico turco.
Me gusta la imprudencia, la irresponsabilidad de esta gallarda mujer y siento por ella un rabioso llamado del cuerpo. ¿A qué se dedica ahora, aparte de leer manos y servir de consuelo a desdichados? Dice que es maestra de teatro, que toma clases de danza, que vive con ganas, que continúa con sus sesiones de terapia colectiva. De ella me sigue atrayendo su paradójica condición: es grandota y saludable, pero tiene una sensibilidad dolorosa, de prima dona.
Es cierto lo que dice Petronio: No hay que confiar demasiado en los planes que uno se traza, pues la fortuna también tiene sus designios.
Y si olvidara los sueños locos que tengo con respecto a Trilce, si le dijera a Bárbara que la nena me está dando clases de violín y le jurara que mis intenciones son sanas. No cubriría a tu hija ni por todo el oro del mundo, pensé decirle recordando a una amiga mía de nombre Desdémona. Todo lo había calculado antes de encontrarme por segunda ocasión con la madre de Trilce.
La hallé de buen humor. Yo también lo estaba. La noche anterior había soñado con una sueca de lengua de vaca y luego me había lustrado el pellejo pensando en aquella ocasión en que mi ex, Claris, obnubilada por los humos de la cannabis por primera vez en su vida, le había hecho los honores a mi cabeza menos pensante, mientras yo estaba sentado como un emperador en un sillón reclinomátic y afuera caía la nieve (recordar esa escena para La Novela).
--Es escritor y se cree obligado a ser maestro de insolencias --dijo Bárbara, dirigiéndose a la mujer que estaba en la mesa de al lado.
--Pésimo escritor, pero escritor al fin y al cabo --aclaré.
Luego hubo una pausa. Llegamos a la zona del silencio. Ella se puso en pie. Me dio un beso de despedida.
--Me siento muy alegre de...verte --dijo, y yo arreglé la frase: de que nos hayamos reconciliado. Mientras la besaba vi que el turco, quieto en su silla como un soldado en su puesto de guardia, nos estaba mirando. Ojalá el tipo le haga una recriminación, ella saque una pistola del bolso y le ponga un punto final en la frente, pensé. Pero, ay, en este pueblo no pasan ese tipo de cosas.
El resultado de semejante encuentro fue un hambre nerviosa que me impidió dormir bien esa noche. Soñé que hacía el amor con la Princesa y con su hermana menor. Mientras estaba metiéndole el lingam a la Princesa, me dedicaba a besar a su hermanita.
El jefe está leyendo El adolescente virgen (opus 008 del baúl de los inéditos). ¡Ese título, ese título, qué absurdo!--. Leyó 150 páginas durante el fin de semana, lo que es buen indicio. Dice tener algunos reparos. Veremos. Paucas pallabris. La clave del sosiego está en ocuparme de otra cosa, acaso La Virtud tenga razón: paciencia, no compararme con nadie, la felicidad y la paz sólo se alcanzan cuando no se buscan.
Todos los pases (del toreo y de la literatura) ligados, todos bien torneados, con sosiego, control y suavidad. Nada de trampas o enredos, eso escribió Hemingway. Bueno: tal tipo de escritor corresponde a una concepción optimista y pragmática de la vida, que no busca significaciones sino simplificaciones. No señor, no es tan sencillo como sacar un mínimo común múltiplo a la vida.
Y ahora sí voy a contar como estuvo el verdadero fin último (sin redundancia alguna) de mi relación con la Princesa.
miércoles, 27 de abril de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
UNA NOVELA CON HISTORIA
Dossier crítico y comentarios a la novela Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño
Como parte de la campaña de promoción de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas voy a reproducir apartes de las notas críticas que aparecieron en varios países sobre la citada novela frenáptera. Incluye textos de Alfonso Chase, Eduardo Gudiño Kieffer, Edmundo Valadés, Germán Santamaría, Raymond Williams, Andrés Hurtado, Juan José Barrientos, Jorge Ruffinelli, Miguel Donoso Pareja (el único que criticó acerbamente la novela), Seymour Menton, Juan José Barrientos, Carlos Morales, etc.
Otra novela parece repetir el fenómeno de Cien años de soledad
Extractos de notas críticas y periodísticas sobre Breve historia de todas las cosas
Eduardo Gudiño Kieffer, el ya famoso novelista argentino, durante una estancia en Cali, Colombia, en un congreso de narrativa, descubrió un inesperado parentesco con un joven escritor colombiano: Marco Tulio Aguilera Garramuño, autor de la novela inédita entonces Breve historia de todas las cosas. Gudiño llevó a Buenos Aires el manuscrito, “después de haberlo leído casi sin pausas para respirar, en el avión y luego en casa” (son casi 400 páginas). Le pareció que había en él una revelación deslumbrante de un escritor muy interesante. Al día siguiente, desvelado, se lo llevó a su editor Daniel Divinsky (editor y casi inventor de Quino, autor de Mafalda). Divinsky celéricamente publicó la novela en su prestigiosas ediciones La Flor. Desgraciadamente eran los tiempos de la peor violencia argentina y entre tanta sangre la novela no tuvo la repercusión que se esperada. En la contraportada Divinsky escribió que consideraba que esta novela era lo más interesante que había aparecido en América Latina desde Cien años de soledad.
Edmundo Valadés, “Otra novela parece repetir el fenómeno de Cien años de soledad”, en Sección de Escritores y Libros, Diario Novedades, 1º de abril de 1976, México.
Una novela pura vida. Más divertida que las del boom, ella sola vivita por la energía que emana de la historia y la solapada ternura de su autor por los personajes, por nuestras montañas, por la tristeza vital de la provincia y por esa mirada que descubrió en los costarricenses, y que a pesar de su confesada miopía logró descifrar hasta el agotamiento (...) Más divertida que Cien años de soledad (...) Es un sainete bellísimo en donde lo real se vuelve fantasía y lo maravilloso se hace casi real, por las características esenciales de unos personajes deformados, caricaturizados, elementalizados y hechos vida por la magia del recuerdo y la sonrisa (...) Hay una especie de concubinato entre García Márquez y José Amado, entroncada por supuesto, y ahí reside la categoría de pastiche, con las locuras, fantasías y fiebres de este especialísimo personaje que debe ser Marco Tulio Aguilera Garramuño
Alfonso Chase, suplemento Postdata del periódico Excélsior, Costa Rica, 10 de agosto de 1975
San Isidro de El General no tiene nada que ver con Macondo, salvo el hecho de que ambos personajes de ficción inventados por autores literarios colombianos. ¿Inventados? Hasta cierto punto, puesto que, podrían constituir un reflejo, entre real y mágico de, muchos coloridos pueblos de Latinoamérica. San Isidro de El General —a todo color y sabor— es el protagonista de Breve historia de todas las cosas, entretenida y chispeante novela del colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño que acaba de publicar en Buenos Aires
Breve historia de todas las cosas impone a la atención de la crítica y de los lectores de habla castellana a un nuevo e imaginativo narrador colombiano en momentos en que el mundialmente famoso Gabriel García Márquez anuncia que durante un largo periodo dejará de lado la novela y el cuento para dedicarse a la política.
ANSA-Noticiero Cultural Latinoamericano, hoja 11, agosto 13, 1975, Buenos Aires.
Entre la generación de jóvenes rebeldes que aparece hoy en día en la novelística latinoamericana, Aguilera Garramuño puede ser considerado como el primer colombiano que entra dentro de la categoría de los que convierten a la literatura en objeto de juego. Sin embargo lo que es de mayor importancia en Garramuño, especialmente en su novela Breve historia de todas las cosas, es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historia divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos, algo que sin lugar a dudas es esencial a la novela.
Raymond Williams, Inter.-American Review of Bibliography, num. 1, enero-marzo, 1977.
Novela “frenáptera”, la Breve historia de todas las cosas, tal vez más larga que breve (pero se lo agradece el lector), tiene una carga de humor e ingenio grande. Humor que no fabrica el narrador, sino que sabe tomar de las actitudes y personalidades de la gente de todos los días, que hace de sus vicios y profesiones, de su manera de enfrentarse con los demás y con el mundo, un extraordinario espectáculo trágico-cómico. Pero ellos no ríen, ellos simplemente hacen su vida; la vida no es un asunto de reírse. Reímos nosotros, los espectadores, que vivimos fuera de ese círculo, de ese alejado y particularísimo rincón del planeta llamado San Isidro de El General.
Andrés Hurtado García, La Estafeta Literaria, no. 583, Madrid, 1976.
Nos deja esta novela la impresión de que la vida es un circo, su lectura trae el premio de la gratificación de la amenidad. Novela entonces amena y hasta en su mayor parte regocijante, de inventiva ingeniosa y sostenida a veces hasta el delirio, con un humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva, Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica y de la otra: de la vida) sorprendentes y hasta increíbles en un joven de 24 años.
Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, No. 29, Nueva Época, enero-marzo 1979, Xalapa, México.
Cosas como Aguilera Garramuño no es un pseudónimo de García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad nos parece una publicidad torpe, ya gastada, y que previene en el lector contra el libro. Lo menos que se puede pensar es que se trata de alguien que quiere utilizar a otro como trampolín, recurso también muy trajinado y poco serio (…) Sin embargo se encuentra uno con un narrador dotado, imaginativo, bastante descuidado, hiperbólico, desmesurado, gratuito en muchos aspectos, torrencial y desmadejado
Miguel Donoso Pareja, Bitácora Latinoamericana, enero 5, 1978, Diario El Día, México D.F.
No es de extrañar la paradoja de una visión muy seria de la sociedad dentro de una obra tan divertida. Paradójico es el título BREVE historia de todas las cosas. Paradójico es también el hecho de que San Isidro de El General, Costa Rica, Centroamérica, se convierta, igual que Macondo, en el prototipo de cualquier pueblo latinoamericano. Por lo tanto no tiene sentido que los astrónomos colombianos sigan desconociendo la obra por su ambiente “extranjero”. Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes de Cien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites de la última década.
Seymour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Plaza y Janés, Bogotá, 1978.
La novela de Aguilera Garramuño es muy divertida y verdaderamente legible, pero está muy lejos de superar y ni siquiera igualar a su modelo (Cien años de soledad), a pesar del empleo indudablemente hábil de una gran cantidad de recursos narrativos: los ingredientes de la pasta pueden ser muy buenos y la preparación esmerada, pero con todo a veces los pasteles que pueden ser muy buenos no se esponjan en el horno, por lo menos no tanto como uno quisiera. El autor publicó esta primera novela cuando andaba por los veinticuatro años, así que, si no se quema (como los deportistas) al proponerse a García Márquez como modelo, no dudo que llegue a dar mucho. Si Gabo se propuso a Cervantes como modelo, no veo por qué Marco Tulio no pueda hacer lo mismo con García Márquez.
Juan José Barrientos, Punto y aparte, Xalapa, 18 de octubre de 1979.
No hay que equivocarse entrando en comparaciones entre los estilos de García Márquez y de Garramuño, pues la propiedad con que este último se desenvuelve dentro del lenguaje desenfadado y verborréico, permite advertir que no está empeñado en imitar a nadie, que simplemente está soltando su vena deslumbrante por donde tiene que hacerlo, por la vía que le es absolutamente propia y que por tanto maneja a su antojo… Garramuño no es un imitador de García Márquez, ni pretende plagiar a nadie, es un autor con auténtica vena literaria de la mejor estirpe, emparentada con Cervantes y lo mejor de la literatura castellana, una vena que ha explotado artísticamente la vida de un pueblo por el conducto más indicado de la sonrisa y la ironía.
Carlos Morales, La República, San José, Costa Rica, junio 29, 1976.
La presente versión de Breve historia de todas las cosas, realizada por Plaza y Janés, con un tiraje extraordinario para una novela publicada en Colombia (20 000 ejemplares), es la segunda edición de la publicada en Buenos Aires. De ella se habló bastante hace tres años entre los escritores. Por entonces Jairo Mercado escribió que no se explicaba cómo una novela como ésta aparecía y no se armaba con ella un fenomenal escándalo literario, sólo comparable al de Cien años de soledad. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y un endiablada sabiduría literaria y humana, y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y llenos de poderío de la literatura colombiana, y me atrevería a decir latinoamericana, de todos los tiempos.
Germán Santamaría, Revista Dinners, Bogotá, Colombia, fecha ¿?
Dossier crítico y comentarios a la novela Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño
Segunda parte
José Guillermo Varela, Isaías Peña, John Brushwood, Fernando Herrera, Tomás Herrera, Germán Santamaría, Gustavo Alvarez Gardeazábal...
El narrador muestra sus ganas de contar, de describir en la narración con ritmo frenético el complejo mundo de su situación en el universo. Muestra. Exhibe su capacidad de observación. Mira todo lo que a su alrededor acontece, sin perder detalle. Visión de impresionismo fotográfico que capta en un todo, como a través de una lente cóncava y tridimensional, la vida urbana. Alucinación que abarca en una muestra representativa el todo del ente nacional de un pueblo que es, como diría Borges, todos los pueblos. De ahí la universalidad de Breve historia de todas las cosas, una novela tan intensamente localista. Es tan ajena que parece propia. Todo lo abarca sin perderse en el fárrago, con un equilibrio pasmoso: niveles sociales y sus desempeños, caracteres individuales cargados de una tipificación sociopsicológica, grupos cívicos (Club de Damas Grises, Cámara Junior, Club de Leones), grupos místicos (los mormones, el niño hindú Masera-Ti, espiritistas del Centro Flor de Paud), centros sociales, prostíbulos (los más hermosos y sorprendentes lugares, los más originales, los más sórdidos, con criaturas tan delicadas que habría envidiado Kawabata), compañías de explotación transnacionales, estatal desorden administrativo, corrupción, peculados, locos, bobos, ineptos, ilusos, imbéciles, pordioseros, intelectuales, que , y no sería extraño, Garramuño, en su casi anormal sabiduría de 24 años de edad, hacen pensar en la realización plena del aleph borgiano. Realización del aleph borgiano pero en novela, no en cuento. Todo aparece en esta fotografía y mucho más. De todo se ríe el narrador (que en este caso es desvergonzadamente el autor). Con una sonora risa lingüística, con una extensa carcajada estructural, con una sorprendente capacidad para ironizar, para burlarse del mismo lector, para tomarle el pelo, para desmitificar, para jugar con la historia de la historia, pintando anárquicamente la anarquía… Desde ahora afirmo y sin recelos que Breve historia de todas las cosas es una excelente novela, un tour de force casi inexplicable en un joven de 24 años. Es una de las novelas mejor escritas en Colombia y su escritor, Aguilera Garramuño, estudiante de filosofía y fondista, se constituye no en una promesa sino una realidad actual, original, que marca a la literatura colombiana como sólo tres o cuatro grandes novelas lo han hecho. En este autor desemboca lo mejor de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Borges, Arreola, Sábato, Carpentier y Agustín Yañez, ese casi olvidado y maravilloso autor de Al filo del agua.
José Guillermo Varela García, El País, Cali, Colombia, 29 de marzo de 1981
Breve historia de todas las cosas le confirió al autor, de inmediato, pasaporte de escritor de pesos completos. Se trata de una novela de 370 páginas cuya composición total podría asociarse a un gran mural de un pueblo maravilloso, como sólo podría estar en Latinoamérica y en la imaginación prodigiosa de este joven colombiano que es Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Isaías Peña, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1 de octubre de 1981.
Las posibilidades de juego de la imaginación en la novela Breve historia de todas las cosas son casi infinitas.
John Brushwood, La novela hispanoamericana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México.
Su novela pertenece a la gran tradición de la novelística hispanoamericana y contemporánea (… ) La modernidad de esta novela consiste en ser una construcción que se mira en el espejo de otras edificaciones literarias; digo espejo a propósito, porque reflejo no es fiel reproducción de la sombra, antes bien la imagen. Y la obra de Aguilera Garramuño es proyección no sólo de la narrativa de “experimentación” actual, sino también de los clásicos: el Quijote, obra de la que recupera lenguaje, ingenio y una percepción alucinada de la realidad (…) Esa actitud crítica hacia la sociedad es lo que hace de Breve historia de todas las cosas una gran novela (…) Si se quiere, la historia de ese pueblo inolvidable de San Isidro de El General, su controversia como pueblo o ciudad, es un drama donde la sangre no se derrama; sino que bulle; hierve porque todos sus pobladores están insatisfechos. ¿De qué? Ausencia de confrontación y una fantasía que los devora; ellos quieren vivir el paraíso con el disfrute de la carne (…) ¿Semejante a Cien años de soledad? No. Lo que hay es una semejanza disímil. Un gozoso paso adelante. No realismo mágico sino magia realista. Garramuño usa un procedimiento inverso. La imaginación del novelista se sitúa en primer plano; con ella él intuye y descubre su propia fantasía y la de otros; el mundo real en que vivimos con nuestras irrealidades. El estilo de Garramuño se nutre del sueño, es pariente de Calderón de la Barca; apenas despertamos vemos alrededor la magia de la realidad. Marco Tulio le impone su sueño, su fantasía, a la realidad: no depende de ella. Y la imaginación de este joven colombiano es de un poder arrasador (…) Su novela no es una aceptación de un mundo creado sino la creación de otro tan poderoso como el anterior. Garramuño compite risueñamente con Dios y su creación. Ese es el tamaño de su ambición. Es un deicida. Crítica de la realidad. Eso es. Y además, crítica de la crítica, autoconciencia en la creación. En efecto: en Breve historia de todas las cosas se cuenta la historia de la escritura, cómo nació, se gestó y se desarrolló. Al narrador le interesa primus inter pares no la historia, sino la escritura del relato: le interesa el sueño, no el origen del sueño. Parodia del Quijote (parodia de la parodia, pues) — hay una Dulcinea, hay un presidiario que está al borde de la locura a causa de los excesos de lectura, hay un lenguaje arcaico (burlesco). Parodia de Cien años de soledad —hay algunas escenas que podrían entrar en la novela de García Márquez sin pedir permiso, pero que se diferencian porque Garramuño les pone una piedra que no las deja elevarse y flotar—. Parodia y homenaje a Shakespeare (tenemos una tragedia de amor tan conmovedora como Romeo y Julieta). Homenaje a Al filo del agua y Pedro Páramo. Alusión a la alegoría de la caverna de Platón. Reinterpretación y ampliación del aleph de Borges… Todo ello haría pensar en una obra pedante, erudita, pesada. Nada más lejos. Esta novela es de una alegre ligereza que ha llevado a algunos críticos a hablar de superficialidad. Podría decirse que sí, es superficial como una fiesta de disfraces … que oculta cien tragedias. (…) Y Garramuño llega hasta lo insólito: escribe mal para poder burlarse de sí mismo: el narrador apela a un cierto descuido, elegante y divertido descuido, en la coherencia de su escritura, en el manejo del tiempo, en las identidades de personajes que cambian de nombre y de vida. No le tiene miedo a las influencias. Las anota con nombres y apellidos. Es un reto. Un sentimiento de poderío narrativo a veces incluso descarado, que a algún crítico ha llegado a molestar. (…) La crítica seria ha reconocido dos poderes en Aguilera Garramuño: su gran imaginación y la pasmosa facilidad con que narra. Es notable también la selección a veces extravagante o precisa de palabras, que sin duda aprendió de Borges y a la que supo darle matices absolutamente personales.
Fernando Herrera, “Tradición y novedad: Breve historia de todas las cosas”, Separata de la Revista Iberoamericana, Pittsburgh, números 138-139, enero-junio 1987, Estados Unidos.
Una vez que el “boom” ha pasado, aunque sigue y seguirá dando sus coletazos, hay quienes pregonan la llegada del “bang”, conformado por un nuevo grupo de narradores que irrespetan o ignoran a sus antecesores y que crea obras originales, vigorosas y dignas de ser leídas: Gudiño Kieffer, Aguilera Garramuño, Siria Poleti y otro grupo de “muchachos” que forman la nueva selección de nuestros literatos. Seguiremos teniendo buena lectura por muchos años.
Tomás Fernández, “¡A tiro de bang!”, El País, Colombia, 4 de julio, 1982
Uno no se explica cómo la publicación de una novela como Breve historia de todas las cosas no provoca un fenomenal escándalo literario. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y legibles de la literatura colombiana de todos los tiempos.
Germán Santamaría, Revista Dinners, Colombia.
El espíritu de Salvador Dalí habita en Garramuño. Iconoclasta, caprichoso, narcisista, con un talento torrencial, que demuestra desde su primera novela, Breve historia de todas las cosas. Esta novela es ante todo un acumulado satírico de críticas, parodias y homenajes al sistema novelador de todos los pueblos tropicales. Con ello esta novela se coloca al otro lado del proceso macondino de escribir, tan solemne, lanzando una gran carcajada frente al rostro adusto y papal de García Márquez. Lo cuestiona de frente, parodiándolo con humor y con sorna y diciéndole a los lectores que el sabor a Macondo no es monopolio de García Márquez, sino que es sabor a Colombia y Latinoamérica. Hay escenas en la que uno llega a pensar: Esto es García Márquez, pero mejorado y, lo que es más atrevido, parodiado. (…) Hay un virtuosidad grande en el manejo de los personajes, que llegan a ser, muchos de ellos, casi todos, entrañables, inolvidables, llenos de gracia: Californio el simple, la Costurera Flaca y la Santa Flaca, el Paticorvo Palomo, los dos músicos: Rey David y Benito Chúber… cincuenta, cien criaturas pintadas con cariño y pasión que pasan al lector casi directamente, configurando una novela arrolladora, que uno podría leer de una sentada si la vida cotidiana lo permitiera (…) Esta novela es el reflejo caprichoso de toda una realidad americana deformada por el más insolente, humorístico, sarcástico, hábil y descarado escritor que Colombia haya producido en muchos años. Es un espejo deformado de lo que los latinoamericanos somos.
Gustavo Álvarez Gardeazábal, “El nuevo novelista colombiano”, Nueva Frontera, Colombia, 29 de noviembre de 1975.
Como parte de la campaña de promoción de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas voy a reproducir apartes de las notas críticas que aparecieron en varios países sobre la citada novela frenáptera. Incluye textos de Alfonso Chase, Eduardo Gudiño Kieffer, Edmundo Valadés, Germán Santamaría, Raymond Williams, Andrés Hurtado, Juan José Barrientos, Jorge Ruffinelli, Miguel Donoso Pareja (el único que criticó acerbamente la novela), Seymour Menton, Juan José Barrientos, Carlos Morales, etc.
Otra novela parece repetir el fenómeno de Cien años de soledad
Extractos de notas críticas y periodísticas sobre Breve historia de todas las cosas
Eduardo Gudiño Kieffer, el ya famoso novelista argentino, durante una estancia en Cali, Colombia, en un congreso de narrativa, descubrió un inesperado parentesco con un joven escritor colombiano: Marco Tulio Aguilera Garramuño, autor de la novela inédita entonces Breve historia de todas las cosas. Gudiño llevó a Buenos Aires el manuscrito, “después de haberlo leído casi sin pausas para respirar, en el avión y luego en casa” (son casi 400 páginas). Le pareció que había en él una revelación deslumbrante de un escritor muy interesante. Al día siguiente, desvelado, se lo llevó a su editor Daniel Divinsky (editor y casi inventor de Quino, autor de Mafalda). Divinsky celéricamente publicó la novela en su prestigiosas ediciones La Flor. Desgraciadamente eran los tiempos de la peor violencia argentina y entre tanta sangre la novela no tuvo la repercusión que se esperada. En la contraportada Divinsky escribió que consideraba que esta novela era lo más interesante que había aparecido en América Latina desde Cien años de soledad.
Edmundo Valadés, “Otra novela parece repetir el fenómeno de Cien años de soledad”, en Sección de Escritores y Libros, Diario Novedades, 1º de abril de 1976, México.
Una novela pura vida. Más divertida que las del boom, ella sola vivita por la energía que emana de la historia y la solapada ternura de su autor por los personajes, por nuestras montañas, por la tristeza vital de la provincia y por esa mirada que descubrió en los costarricenses, y que a pesar de su confesada miopía logró descifrar hasta el agotamiento (...) Más divertida que Cien años de soledad (...) Es un sainete bellísimo en donde lo real se vuelve fantasía y lo maravilloso se hace casi real, por las características esenciales de unos personajes deformados, caricaturizados, elementalizados y hechos vida por la magia del recuerdo y la sonrisa (...) Hay una especie de concubinato entre García Márquez y José Amado, entroncada por supuesto, y ahí reside la categoría de pastiche, con las locuras, fantasías y fiebres de este especialísimo personaje que debe ser Marco Tulio Aguilera Garramuño
Alfonso Chase, suplemento Postdata del periódico Excélsior, Costa Rica, 10 de agosto de 1975
San Isidro de El General no tiene nada que ver con Macondo, salvo el hecho de que ambos personajes de ficción inventados por autores literarios colombianos. ¿Inventados? Hasta cierto punto, puesto que, podrían constituir un reflejo, entre real y mágico de, muchos coloridos pueblos de Latinoamérica. San Isidro de El General —a todo color y sabor— es el protagonista de Breve historia de todas las cosas, entretenida y chispeante novela del colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño que acaba de publicar en Buenos Aires
Breve historia de todas las cosas impone a la atención de la crítica y de los lectores de habla castellana a un nuevo e imaginativo narrador colombiano en momentos en que el mundialmente famoso Gabriel García Márquez anuncia que durante un largo periodo dejará de lado la novela y el cuento para dedicarse a la política.
ANSA-Noticiero Cultural Latinoamericano, hoja 11, agosto 13, 1975, Buenos Aires.
Entre la generación de jóvenes rebeldes que aparece hoy en día en la novelística latinoamericana, Aguilera Garramuño puede ser considerado como el primer colombiano que entra dentro de la categoría de los que convierten a la literatura en objeto de juego. Sin embargo lo que es de mayor importancia en Garramuño, especialmente en su novela Breve historia de todas las cosas, es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historia divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos, algo que sin lugar a dudas es esencial a la novela.
Raymond Williams, Inter.-American Review of Bibliography, num. 1, enero-marzo, 1977.
Novela “frenáptera”, la Breve historia de todas las cosas, tal vez más larga que breve (pero se lo agradece el lector), tiene una carga de humor e ingenio grande. Humor que no fabrica el narrador, sino que sabe tomar de las actitudes y personalidades de la gente de todos los días, que hace de sus vicios y profesiones, de su manera de enfrentarse con los demás y con el mundo, un extraordinario espectáculo trágico-cómico. Pero ellos no ríen, ellos simplemente hacen su vida; la vida no es un asunto de reírse. Reímos nosotros, los espectadores, que vivimos fuera de ese círculo, de ese alejado y particularísimo rincón del planeta llamado San Isidro de El General.
Andrés Hurtado García, La Estafeta Literaria, no. 583, Madrid, 1976.
Nos deja esta novela la impresión de que la vida es un circo, su lectura trae el premio de la gratificación de la amenidad. Novela entonces amena y hasta en su mayor parte regocijante, de inventiva ingeniosa y sostenida a veces hasta el delirio, con un humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva, Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica y de la otra: de la vida) sorprendentes y hasta increíbles en un joven de 24 años.
Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, No. 29, Nueva Época, enero-marzo 1979, Xalapa, México.
Cosas como Aguilera Garramuño no es un pseudónimo de García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad nos parece una publicidad torpe, ya gastada, y que previene en el lector contra el libro. Lo menos que se puede pensar es que se trata de alguien que quiere utilizar a otro como trampolín, recurso también muy trajinado y poco serio (…) Sin embargo se encuentra uno con un narrador dotado, imaginativo, bastante descuidado, hiperbólico, desmesurado, gratuito en muchos aspectos, torrencial y desmadejado
Miguel Donoso Pareja, Bitácora Latinoamericana, enero 5, 1978, Diario El Día, México D.F.
No es de extrañar la paradoja de una visión muy seria de la sociedad dentro de una obra tan divertida. Paradójico es el título BREVE historia de todas las cosas. Paradójico es también el hecho de que San Isidro de El General, Costa Rica, Centroamérica, se convierta, igual que Macondo, en el prototipo de cualquier pueblo latinoamericano. Por lo tanto no tiene sentido que los astrónomos colombianos sigan desconociendo la obra por su ambiente “extranjero”. Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes de Cien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites de la última década.
Seymour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Plaza y Janés, Bogotá, 1978.
La novela de Aguilera Garramuño es muy divertida y verdaderamente legible, pero está muy lejos de superar y ni siquiera igualar a su modelo (Cien años de soledad), a pesar del empleo indudablemente hábil de una gran cantidad de recursos narrativos: los ingredientes de la pasta pueden ser muy buenos y la preparación esmerada, pero con todo a veces los pasteles que pueden ser muy buenos no se esponjan en el horno, por lo menos no tanto como uno quisiera. El autor publicó esta primera novela cuando andaba por los veinticuatro años, así que, si no se quema (como los deportistas) al proponerse a García Márquez como modelo, no dudo que llegue a dar mucho. Si Gabo se propuso a Cervantes como modelo, no veo por qué Marco Tulio no pueda hacer lo mismo con García Márquez.
Juan José Barrientos, Punto y aparte, Xalapa, 18 de octubre de 1979.
No hay que equivocarse entrando en comparaciones entre los estilos de García Márquez y de Garramuño, pues la propiedad con que este último se desenvuelve dentro del lenguaje desenfadado y verborréico, permite advertir que no está empeñado en imitar a nadie, que simplemente está soltando su vena deslumbrante por donde tiene que hacerlo, por la vía que le es absolutamente propia y que por tanto maneja a su antojo… Garramuño no es un imitador de García Márquez, ni pretende plagiar a nadie, es un autor con auténtica vena literaria de la mejor estirpe, emparentada con Cervantes y lo mejor de la literatura castellana, una vena que ha explotado artísticamente la vida de un pueblo por el conducto más indicado de la sonrisa y la ironía.
Carlos Morales, La República, San José, Costa Rica, junio 29, 1976.
La presente versión de Breve historia de todas las cosas, realizada por Plaza y Janés, con un tiraje extraordinario para una novela publicada en Colombia (20 000 ejemplares), es la segunda edición de la publicada en Buenos Aires. De ella se habló bastante hace tres años entre los escritores. Por entonces Jairo Mercado escribió que no se explicaba cómo una novela como ésta aparecía y no se armaba con ella un fenomenal escándalo literario, sólo comparable al de Cien años de soledad. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y un endiablada sabiduría literaria y humana, y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y llenos de poderío de la literatura colombiana, y me atrevería a decir latinoamericana, de todos los tiempos.
Germán Santamaría, Revista Dinners, Bogotá, Colombia, fecha ¿?
Dossier crítico y comentarios a la novela Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño
Segunda parte
José Guillermo Varela, Isaías Peña, John Brushwood, Fernando Herrera, Tomás Herrera, Germán Santamaría, Gustavo Alvarez Gardeazábal...
El narrador muestra sus ganas de contar, de describir en la narración con ritmo frenético el complejo mundo de su situación en el universo. Muestra. Exhibe su capacidad de observación. Mira todo lo que a su alrededor acontece, sin perder detalle. Visión de impresionismo fotográfico que capta en un todo, como a través de una lente cóncava y tridimensional, la vida urbana. Alucinación que abarca en una muestra representativa el todo del ente nacional de un pueblo que es, como diría Borges, todos los pueblos. De ahí la universalidad de Breve historia de todas las cosas, una novela tan intensamente localista. Es tan ajena que parece propia. Todo lo abarca sin perderse en el fárrago, con un equilibrio pasmoso: niveles sociales y sus desempeños, caracteres individuales cargados de una tipificación sociopsicológica, grupos cívicos (Club de Damas Grises, Cámara Junior, Club de Leones), grupos místicos (los mormones, el niño hindú Masera-Ti, espiritistas del Centro Flor de Paud), centros sociales, prostíbulos (los más hermosos y sorprendentes lugares, los más originales, los más sórdidos, con criaturas tan delicadas que habría envidiado Kawabata), compañías de explotación transnacionales, estatal desorden administrativo, corrupción, peculados, locos, bobos, ineptos, ilusos, imbéciles, pordioseros, intelectuales, que , y no sería extraño, Garramuño, en su casi anormal sabiduría de 24 años de edad, hacen pensar en la realización plena del aleph borgiano. Realización del aleph borgiano pero en novela, no en cuento. Todo aparece en esta fotografía y mucho más. De todo se ríe el narrador (que en este caso es desvergonzadamente el autor). Con una sonora risa lingüística, con una extensa carcajada estructural, con una sorprendente capacidad para ironizar, para burlarse del mismo lector, para tomarle el pelo, para desmitificar, para jugar con la historia de la historia, pintando anárquicamente la anarquía… Desde ahora afirmo y sin recelos que Breve historia de todas las cosas es una excelente novela, un tour de force casi inexplicable en un joven de 24 años. Es una de las novelas mejor escritas en Colombia y su escritor, Aguilera Garramuño, estudiante de filosofía y fondista, se constituye no en una promesa sino una realidad actual, original, que marca a la literatura colombiana como sólo tres o cuatro grandes novelas lo han hecho. En este autor desemboca lo mejor de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Borges, Arreola, Sábato, Carpentier y Agustín Yañez, ese casi olvidado y maravilloso autor de Al filo del agua.
José Guillermo Varela García, El País, Cali, Colombia, 29 de marzo de 1981
Breve historia de todas las cosas le confirió al autor, de inmediato, pasaporte de escritor de pesos completos. Se trata de una novela de 370 páginas cuya composición total podría asociarse a un gran mural de un pueblo maravilloso, como sólo podría estar en Latinoamérica y en la imaginación prodigiosa de este joven colombiano que es Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Isaías Peña, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1 de octubre de 1981.
Las posibilidades de juego de la imaginación en la novela Breve historia de todas las cosas son casi infinitas.
John Brushwood, La novela hispanoamericana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México.
Su novela pertenece a la gran tradición de la novelística hispanoamericana y contemporánea (… ) La modernidad de esta novela consiste en ser una construcción que se mira en el espejo de otras edificaciones literarias; digo espejo a propósito, porque reflejo no es fiel reproducción de la sombra, antes bien la imagen. Y la obra de Aguilera Garramuño es proyección no sólo de la narrativa de “experimentación” actual, sino también de los clásicos: el Quijote, obra de la que recupera lenguaje, ingenio y una percepción alucinada de la realidad (…) Esa actitud crítica hacia la sociedad es lo que hace de Breve historia de todas las cosas una gran novela (…) Si se quiere, la historia de ese pueblo inolvidable de San Isidro de El General, su controversia como pueblo o ciudad, es un drama donde la sangre no se derrama; sino que bulle; hierve porque todos sus pobladores están insatisfechos. ¿De qué? Ausencia de confrontación y una fantasía que los devora; ellos quieren vivir el paraíso con el disfrute de la carne (…) ¿Semejante a Cien años de soledad? No. Lo que hay es una semejanza disímil. Un gozoso paso adelante. No realismo mágico sino magia realista. Garramuño usa un procedimiento inverso. La imaginación del novelista se sitúa en primer plano; con ella él intuye y descubre su propia fantasía y la de otros; el mundo real en que vivimos con nuestras irrealidades. El estilo de Garramuño se nutre del sueño, es pariente de Calderón de la Barca; apenas despertamos vemos alrededor la magia de la realidad. Marco Tulio le impone su sueño, su fantasía, a la realidad: no depende de ella. Y la imaginación de este joven colombiano es de un poder arrasador (…) Su novela no es una aceptación de un mundo creado sino la creación de otro tan poderoso como el anterior. Garramuño compite risueñamente con Dios y su creación. Ese es el tamaño de su ambición. Es un deicida. Crítica de la realidad. Eso es. Y además, crítica de la crítica, autoconciencia en la creación. En efecto: en Breve historia de todas las cosas se cuenta la historia de la escritura, cómo nació, se gestó y se desarrolló. Al narrador le interesa primus inter pares no la historia, sino la escritura del relato: le interesa el sueño, no el origen del sueño. Parodia del Quijote (parodia de la parodia, pues) — hay una Dulcinea, hay un presidiario que está al borde de la locura a causa de los excesos de lectura, hay un lenguaje arcaico (burlesco). Parodia de Cien años de soledad —hay algunas escenas que podrían entrar en la novela de García Márquez sin pedir permiso, pero que se diferencian porque Garramuño les pone una piedra que no las deja elevarse y flotar—. Parodia y homenaje a Shakespeare (tenemos una tragedia de amor tan conmovedora como Romeo y Julieta). Homenaje a Al filo del agua y Pedro Páramo. Alusión a la alegoría de la caverna de Platón. Reinterpretación y ampliación del aleph de Borges… Todo ello haría pensar en una obra pedante, erudita, pesada. Nada más lejos. Esta novela es de una alegre ligereza que ha llevado a algunos críticos a hablar de superficialidad. Podría decirse que sí, es superficial como una fiesta de disfraces … que oculta cien tragedias. (…) Y Garramuño llega hasta lo insólito: escribe mal para poder burlarse de sí mismo: el narrador apela a un cierto descuido, elegante y divertido descuido, en la coherencia de su escritura, en el manejo del tiempo, en las identidades de personajes que cambian de nombre y de vida. No le tiene miedo a las influencias. Las anota con nombres y apellidos. Es un reto. Un sentimiento de poderío narrativo a veces incluso descarado, que a algún crítico ha llegado a molestar. (…) La crítica seria ha reconocido dos poderes en Aguilera Garramuño: su gran imaginación y la pasmosa facilidad con que narra. Es notable también la selección a veces extravagante o precisa de palabras, que sin duda aprendió de Borges y a la que supo darle matices absolutamente personales.
Fernando Herrera, “Tradición y novedad: Breve historia de todas las cosas”, Separata de la Revista Iberoamericana, Pittsburgh, números 138-139, enero-junio 1987, Estados Unidos.
Una vez que el “boom” ha pasado, aunque sigue y seguirá dando sus coletazos, hay quienes pregonan la llegada del “bang”, conformado por un nuevo grupo de narradores que irrespetan o ignoran a sus antecesores y que crea obras originales, vigorosas y dignas de ser leídas: Gudiño Kieffer, Aguilera Garramuño, Siria Poleti y otro grupo de “muchachos” que forman la nueva selección de nuestros literatos. Seguiremos teniendo buena lectura por muchos años.
Tomás Fernández, “¡A tiro de bang!”, El País, Colombia, 4 de julio, 1982
Uno no se explica cómo la publicación de una novela como Breve historia de todas las cosas no provoca un fenomenal escándalo literario. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y legibles de la literatura colombiana de todos los tiempos.
Germán Santamaría, Revista Dinners, Colombia.
El espíritu de Salvador Dalí habita en Garramuño. Iconoclasta, caprichoso, narcisista, con un talento torrencial, que demuestra desde su primera novela, Breve historia de todas las cosas. Esta novela es ante todo un acumulado satírico de críticas, parodias y homenajes al sistema novelador de todos los pueblos tropicales. Con ello esta novela se coloca al otro lado del proceso macondino de escribir, tan solemne, lanzando una gran carcajada frente al rostro adusto y papal de García Márquez. Lo cuestiona de frente, parodiándolo con humor y con sorna y diciéndole a los lectores que el sabor a Macondo no es monopolio de García Márquez, sino que es sabor a Colombia y Latinoamérica. Hay escenas en la que uno llega a pensar: Esto es García Márquez, pero mejorado y, lo que es más atrevido, parodiado. (…) Hay un virtuosidad grande en el manejo de los personajes, que llegan a ser, muchos de ellos, casi todos, entrañables, inolvidables, llenos de gracia: Californio el simple, la Costurera Flaca y la Santa Flaca, el Paticorvo Palomo, los dos músicos: Rey David y Benito Chúber… cincuenta, cien criaturas pintadas con cariño y pasión que pasan al lector casi directamente, configurando una novela arrolladora, que uno podría leer de una sentada si la vida cotidiana lo permitiera (…) Esta novela es el reflejo caprichoso de toda una realidad americana deformada por el más insolente, humorístico, sarcástico, hábil y descarado escritor que Colombia haya producido en muchos años. Es un espejo deformado de lo que los latinoamericanos somos.
Gustavo Álvarez Gardeazábal, “El nuevo novelista colombiano”, Nueva Frontera, Colombia, 29 de noviembre de 1975.
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